CAPÍTULO 16 LA VIDA EN LA ISLA (La Hispaniola)
LA VIDA EN LA ISLA (La Hispaniola)
La llegada a la isla marcó el inicio de una etapa completamente distinta para la familia De Saint-Tournier. Clément, Mathilde y Juliette se trasladaron primero, dejando atrás la vida que habían construido en los Estados Unidos.
Al llegar, se instalaron temporalmente en la casa de la tía Mériem, la hermana de Mathilde, que vivía junto a su esposo, mientras comenzaban a organizar todo lo relacionado con la construcción del palacete que Clément había soñado.
Era una etapa de transición. Nada estaba completamente listo.
Los muebles, los carros, los electrodomésticos y los adornos que habían adquirido para el palacete no llegaban, y la vida cotidiana transcurría en medio de la espera, los ajustes y la incertidumbre.
La diferencia con la vida anterior era evidente. Lo que antes era estabilidad y comodidad, ahora se había transformado en adaptación.
Con el paso de los días, la situación de Clément comenzó a cambiar. Pasaba los días en su habitación.
A pesar de ello, su presencia seguía siendo la misma. Seguía pendiente de su esposa, Mathilde, y de sus tres hijas, Eugénie, Clarisse y Juliette.
Al verse en ese estado y sin poder levantarse, decidió mandar a buscar a Eugénie y Clarisse, quienes aún se encontraban en el extranjero.
Quería verlas. Quería que estuvieran presentes para el cumpleaños de Mathilde, que se celebraba el 24 de abril.
Eugénie y Clarisse regresaron a la isla sin conocer la gravedad de la situación. Llegaron el 23 de abril de 1983, un día antes del cumpleaños de su madre.
Al reencontrarse con Clément, lo encontraron delicado de salud.
Sin embargo, su forma de ser no había cambiado. No quería que sus hijas permanecieran a su lado viéndolo así.
Les decía que salieran, que no porque él estuviera un poco delicado de salud tenían que dejar sus actividades.
Así que les pidió que fueran a la peluquería para poder cumplir con el compromiso que tenían ese día.
Miró a Juliette. Notó el color de sus uñas, un tono claro, apagado.
Y en ese momento le dijo:
“Ay, mi hijita, cámbiate ese color y ponte algo más vivo, como el rojo que tanto te gusta”.
Quería que salieran, que se arreglaran, que siguieran con su vida como siempre.
Y aún en ese momento, seguía siendo el mismo padre atento, pendiente de los pequeños detalles.
Sin decirlo, intentaba protegerlas.
Clément permanecía en cama. Mathilde lo cuidaba constantemente, con dedicación.
A pesar de su estado, él seguía presente. Pendiente de su familia. De cada detalle.
Intentaba mantener la normalidad dentro de la casa.
La familia, por su parte, no imaginaba la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Pensaban que se recuperaría.