CAPÍTULO 4 PASEANDO EN EL CONDE (Navidad en familia)
PASEANDO EN EL CONDE (Navidad en familia)
La Navidad siempre tenía algo especial. Las calles de la ciudad se llenaban de luces, la música sonaba en cada esquina y todo parecía distinto. Era una época del año en la que el ambiente cambiaba y, con él, también lo hacía la emoción de quienes la vivían.
Aquella tarde, la familia De Saint-Tournier salió de paseo a las tiendas en El Conde.
Las niñas estaban tan emocionadas; a ellas les encantaba pasear con su familia, y ese paseo era muy especial ya que iban a ver todas las decoraciones de Navidad y los juguetes en las tiendas, y para ellas eso era algo maravilloso.
En ese paseo solamente iban: la pequeña Eugénie, sus padres, Clément y Mathilde, y su hermana Clarisse.
Su hermanita menor, Juliette, aún estaba muy pequeña; se había quedado en la casa con la queridísima Nana Célestine, a la que las niñas querían muchísimo, y ella les tenía mucho cariño; las cuidaba y protegía con mucho esmero, a pesar de que Célestine era muy joven; las quería como si fueran sus propias hijitas.
La Nana, Célestine, una persona muy cariñosa y dulce con las niñas, a las que quería muchísimo, al igual que a toda la familia, se sentía muy a gusto en la casa de los De Saint-Tournier.
Ella se refería a ese hogar como la casa del Amor y la Alegría, ya que vivir allí era un sueño, porque siempre estaban tan felices que esa felicidad era contagiosa.
Siempre había mucha armonía y se sentía mucha paz.
Un lugar maravilloso donde no faltaba la música, una música suave que “Don Clément”, como ella le decía, ponía en el tocadiscos.
Se sentía mucha tranquilidad, pero, más que todo, era ese amor que tenía esa familia.
En todos los años que estuvo con ellos, nunca escuchó una queja ni una discusión; tampoco nunca vio a Clément alzar la voz a Mathilde ni a sus hijas.
Era una casa donde todo era tan armonioso que lo único que se escuchaba eran las risas de las niñas, la música, todos ellos cantando, bailando, cocinando los platillos de diferentes culturas: francesa, libanesa, española, italiana y, por supuesto, la comida del Caribe.
Pero lo que más le agradaba a Célestine era cómo se sentía en esa casa, viendo y viviendo la felicidad, el cariño y ese gran amor que ellos se tenían.
Aquellas salidas durante las Navidades eran súper especiales; no eran por casualidad, estaban bien planeadas por Clément y Mathilde.
Cuando ya estaban en las tiendas y las niñas se quedaban mirando las vitrinas de juguetes, Clément y Mathilde aprovechaban para observar en silencio, muy atentos a cada detalle, a cada mirada de sus hijas frente a las vitrinas.
Y así sabían exactamente qué deseaban para la Navidad; no compraban los regalos en ese momento, porque todo estaba planeado: los habían dejado separados para recogerlos después, para que las niñas no se dieran cuenta.
Y después, ya muy tarde en la noche, cuando las niñas estaban durmiendo, Mathilde y Clément regresaban a las tiendas para recoger los regalos que habían dejado separados.
Era una tradición muy bonita, porque en esos días de la víspera de la Navidad las tiendas cerraban temprano para luego, muy tarde en la noche, volver a abrir hasta la medianoche, para que las personas que aún no tenían los regalos para sus hijos pudieran ir de compras.
Y todo eso lo hacían en secreto, para que las niñas no se dieran cuenta de que el Niño Jesús eran en realidad sus padres.
Esa tarde, como tantas otras, caminaban despacio. Se detenían frente a cada vitrina, comentaban lo que veían y reían. Las niñas estaban felices. Era un momento mágico, porque la Navidad era una época muy linda, especial y mágica, sobre todo para la familia de Eugénie.
En las tiendas en El Conde ya se sentía el ambiente navideño y para esas fechas ya se escuchaba música navideña alegre por todas partes. Era Navidad, y las canciones sonaban alto, mezclándose con las voces de la gente, con el movimiento de la calle, con esa alegría que llenaba todo.
Fue entonces cuando una vitrina captó por completo la atención de Eugénie.
Ella no lo podía creer. ¡Qué cara de sorpresa y felicidad a la vez!
Quedó atónita, inmóvil por un momento, cuando vio que en esa vitrina había algo que siempre había soñado tener y que era casi imposible de conseguir, especialmente durante las Navidades.
Era un muñeco que parecía un bebé real. Lloraba cuando había que cambiarle el pañal y se movía con una naturalidad que lo hacía parecer de verdad. Era un muñeco hermoso, con su trajecito azul que parecía casi real.
Era: “El Famoso Niño Mimado”.
Eugénie se quedó completamente emocionada mirándolo. Para ella no existía nada más a su alrededor en ese momento. Se imaginaba teniéndolo en sus brazos, cuidándolo, mimándolo y jugando con él. Parecía tan tierno, tan suavecito, como un bebé de verdad.
Era tanta su emoción que estaba casi llorando de alegría por lo que había descubierto en la vitrina.
Eugénie seguía mirando la vitrina y dando brinquitos de emoción. Fue tanta su emoción y algarabía que no se dio cuenta de que sus padres y su hermana Clarisse ya no estaban a su lado; no vio que sus padres habían entrado a la tienda donde estaba el famoso Niño Mimado.
Pero cuando Eugénie volteó para hablarles, ¿cuál fue su sorpresa al darse cuenta de que ya no estaban a su lado?
Ella se asustó muchísimo y se angustió al no verlos, porque había muchas personas a su alrededor. Comenzó a mirar entre la multitud y salió rápido a ver si los veía, mirando de un lado a otro, tratando de encontrarlos.
Caminaba cada vez más angustiada, porque pensó que sus padres se habían olvidado de ella y la habían dejado. Pensó que se habían regresado a la casa sin ella. Fue un momento de mucha angustia, un momento indescriptible.
Y mientras la música seguía sonando y la multitud seguía caminando y pasando por su lado, todo se sentía muy triste, y Eugénie se estaba desesperando al no ver a su hermana Clarisse y mucho menos a sus padres.
Después de un rato caminando, un policía se le acercó al verla llorando y un poco desconcertada, y le preguntó:“¿Qué te pasa, pequeña? ¿Por qué lloras? ¿Cómo te llamas? ¿Por qué estás sola? ¿Dónde están tus padres? ¿Dónde vives? ¿Cómo llegaste hasta aquí? ¿Cómo se llaman tus padres?”
Tantas preguntas al mismo tiempo para una pequeña como Eugénie eran demasiado abrumadoras en ese momento de tanta angustia.
Pero Eugénie, entre lágrimas y desesperación, trataba de contestarle al policía. Le dijo toda la información que él le pidió, pero lo único que no pudo responder era dónde estaban sus padres y su hermana Clarisse.
Luego ella le dijo: “Estaba viendo una vitrina de una tienda donde tenían un Niño Mimado, y cuando se volteó, ya ellos no estaban a su lado; había mucha gente a su alrededor.” Y ella no supo cuándo sus padres se habían apartado de su lado.
El policía la tomó de la mano y, mirándola con calma, le dijo: “No te preocupes, pequeña, vamos a buscarlos y ya verás que los vamos a encontrar, pero primero dime dónde estabas la última vez que estaban contigo.”
Ella le explicó y caminaron de regreso al lugar donde había estado antes de quedarse sola. Entraron a la tienda, buscando y preguntando, y al decir el nombre de su padre, en ese mismo momento él estaba saliendo para buscarla.
Eugénie, al verlo, corrió y se lanzó en sus brazos. Clément la abrazó con fuerza y la calmó con un abrazo que solo un padre sabe dar. Eugénie lloraba del susto, pero también del alivio de haberlo encontrado.
En ese instante comprendió algo, aunque aún no supiera ponerlo en palabras. Sus padres nunca se habían ido. Siempre habían estado ahí mismo. Pero en ese pequeño momento, todo había cambiado. Ella pensó que los había perdido. Pero era ella quien se había quedado atrás.
Entraron de nuevo a la tienda donde estaban su mamá y Clarisse, pero sin soltarse de la mano de su padre.
Después del susto, ya más tranquilos, tras recorrer la juguetería, decidieron ir a un lugar muy conocido en la ciudad en aquellos años, famoso por sus ricas malteadas.
Allí, entre risas y comentarios sobre lo ocurrido, compartieron y disfrutaron de unas deliciosas malteadas en Los Imperiales, muy famosas en esa época. Poco a poco fueron dejando atrás el susto y regresando la alegría y la calma.
Así era la familia De Saint-Tournier. Incluso en los momentos difíciles, siempre encontraban la forma de volver a la alegría.