CAPÍTULO 3 UNA MAÑANA QUE NUNCA OLVIDÉ (El día que me arrebataron mi pancito)
UNA MAÑANA QUE NUNCA OLVIDÉ (El día que me arrebataron mi pancito)
Hay recuerdos de la infancia que se quedan para siempre, unos más dulces que otros.
Aquel día tenía de todo. Esto ocurrió cuando Eugénie era más pequeña; tendría unos siete años.
Aquella mañana estaban en casa, listas para ir al Colegio del Apostolado.
A Eugénie le encantaba estudiar; le gustaba ir al colegio.
Por eso siempre estaba lista mucho antes de la hora de salir.
Le gustaba estar preparada con tiempo, sin prisa.
Mientras esperaba, se desayunaba con calma en la marquesina, mirando las mariposas y los pajaritos.
Entre sus manos sostenía uno de sus desayunos favoritos: “mis huevitos rojos”.
Un pan recién salido del horno, suave aún por dentro, relleno con huevitos revueltos que su nana le preparaba con tanto amor.
Era uno de sus desayunos favoritos porque, aunque llevaba huevos y otros ingredientes, lo que realmente lo hacía especial eran los tomatitos italianos frescos, maduros y tan rojos que, al cocinarse lentamente, le daban ese color tan particular.
No era un desayuno simple para Eugénie. Llevaba tiempo prepararlo, aunque pareciera algo sencillo. Pero para ella, era lo mejor del mundo. Así los llamaba, con una ternura que solo pertenece a la infancia: “mis huevitos rojos”.
De pronto, sin aviso, un grupo de muchachitos entró corriendo a la marquesina. Todo ocurrió muy rápido. Eugénie se asustó. Apenas pudo entender lo que pasaba. Vio movimiento, manos, escuchó ruido y en cuestión de segundos, su pancito ya no estaba.
Entonces, rompió en llanto.
“¡Me quitaron mi pancito”! ¡Me quitaron mi pancito! ¡Me quitaron mi sándwich!”
Era lo único que decía. No pensaba en nada más. Solo en su pancito.
Su padre, Clément, salió enseguida.
“¿Qué pasó, mi hijita?”
Con lágrimas en los ojos, Eugénie intentaba explicarse. Decía que había pasado algo muy malo, que un niñito le había quitado su pancito. Y seguía llorando.
“¡Me quitaron, papi! ¡Me quitaron mi pancito”! El niño me lo arrebató.”
En medio de la confusión, fue después cuando alguien notó la ausencia de la cadena. Tal vez fue Clarisse o su padre. Eugénie no se había dado cuenta. La cadena ya no estaba. Era una cadena especial, mandada a hacer para ellas, de oro, con un pendiente muy significativo.
Pero en ese momento eso no tenía importancia. Lo único que le importaba eran sus huevitos rojos.
Clément y las niñas corrieron detrás de los muchachitos sin alcanzarlos y luego se montaron en el carro para salir a buscarlos. Clément preguntaba quién había sido, pero Eugénie solo decía:
“El más chiquito me quitó mi pancito.”
A Eugénie no le preocupaba la cadena. Estaba completamente concentrada en su pancito.
Al final lograron acercarse a los muchachos. Clément le pidió que señalara quién había sido.
“El más chiquito.”
Entonces lograron que hablaran. La policía llegó y se llevó a los muchachitos. Allí se aclaró todo.
El más pequeño, el que le había quitado el pancito, no se quedó. Lo dejaron ir, porque en realidad solo lo había tomado y comido, ya que tenía hambre.
Eugénie lo había señalado desde el principio.
Pero fue el muchacho mayor, quizás de unos catorce años, quien tenía la cadena. El muchacho asumió lo sucedido y la cadena fue devuelta.
Pero Eugénie esperaba otra cosa. Su pancito.
Aunque la cadena era importante, lo único que le importaba era recuperar su famoso pancito con huevitos rojos.
Pero ya era tarde. El más pequeñito ya se lo había comido.
Y eso fue lo que más le dolió.
Y aunque todo pudo haber sido un mal momento, no es así como Eugénie lo recuerda.
Clément estaba ahí. La abrazaba, la calmaba y lograba hacerla reír, incluso con lágrimas todavía en los ojos.
Poco a poco, todo dejaba de doler.
Eugénie no recuerda si fueron al colegio ese día o si regresaron a casa. Pero hay algo que nunca olvidó.
Que aquella mañana perdió su pancito, pero no la forma en que su padre, Clément, la hizo sentirse.
Y con el tiempo, ese recuerdo se quedó así: con un poco de llanto, con un poco de risa y todo el amor que su padre, Clément, sabía darle.