PETITE LUMIÈRE CAPÍTULO 2 MI PETITE LUMIÈRE
10%

CAPÍTULO 2 MI PETITE LUMIÈRE

MI PETITE LUMIÈRE

Eugénie tenía apenas cinco años. Cabellos castaños con rizos dorados que brillaban bajo el sol, una sonrisita traviesa siempre a punto de escaparse y una imaginación que no conocía límites.

Era soñadora, alegre y libre, profundamente sensible, pero también tímida.

Escribía versos, pequeñas canciones y poemas que nacían de su propio mundo, como si dentro de ella existiera un universo secreto que solo encontraba salida en las palabras.

Pero si había algo que realmente la definía, era su espíritu travieso y divertido.

Tenía una forma muy particular de convertir lo cotidiano en una pequeña aventura.

Y casi siempre, esas aventuras tenían un cómplice silencioso: su padre, Clément.

Había una travesura en especial que la llenaba de emoción.

Cada vez que Clément anunciaba uno de sus viajes, algo dentro de Eugénie se encendía.

Mientras en la casa todo parecía transcurrir con normalidad, ella comenzaba a trazar su plan en silencio, con la concentración de quien está a punto de hacer algo importante.

Sin hacer ruido, salía con sigilo. Corría hasta el carro.

Abría la puerta con cuidado y se deslizaba hacia el asiento trasero, cubriéndose con una manta.

Se encogía, abrazaba sus rodillas y apretaba la tela contra su rostro para contener la risa.

Estaba convencida de que su escondite era perfecto.

Un rato después, la puerta delantera se abrió.

Clément entró con calma, como siempre. Colocó su maletín en el asiento del copiloto, se acomodó al volante y ajustó el retrovisor.

Se hizo una breve pausa.

Clément murmuró. “Qué extraño. Hoy todo está demasiado tranquilo.”

Eugénie se llevó las manos a la boca. No podía reír. No debía, porque si lo hacía, la descubriría.

Entonces Clément encendió el motor del carro. El aire cálido de la isla entró por las ventanas, trayendo el olor del mar y esa brisa suave que parecía tocarlo todo. Eugénie cerró los ojos con fuerza, aferrándose a su escondite para no ser descubierta.

Pero Clément siempre lo sabía. Desde el primer momento. Y aun así, nunca decía nada.

Conducía como si estuviera solo. Miraba el retrovisor con naturalidad, ajustaba el volante.

“Debe ser el silencio. Hoy todo está muy tranquilo”.

Eugénie se apretó aún más contra la manta. Una pequeña risa se le escapó.

Clément sonrió, sin girarse.

“Ah, entonces no es el viento.”

La manta se movió de golpe.

Y allí apareció ella, despeinada, riendo, con esa felicidad que no podía esconder.

“¡Papi! ¡Te engañé otra vez! No te diste cuenta. ¡Te engañé otra vez! ¡Otra vez, papi, te engañé!”

Clément soltó una carcajada, de esas que no podía contener. “¿Engañarme tú a mí, pequeña traviesa? Yo ya lo sabía.”

Eugénie bajó la mirada un instante, jugando con sus dedos, aunque la sonrisa seguía ahí.

“Vine a cuidarte, para que no te pierdas en el camino de regreso a casa.”

Clément la miró. La abrazó con cercanía, apoyando su mejilla contra la de ella.

“Mi Petite Lumière.”

Esa era su travesura. Ella fingía sorprenderlo y él fingía no saber. Pero en realidad, ambos lo sabían. Y eso era lo que lo hacía perfecto.

El carro avanzaba. Inventaban historias, contaban las mariposas que veían volando a su alrededor.

Cantaban canciones sin sentido como dos chiquillos. Reían como si, en ese momento, el mundo fuera solo de ellos.

A veces, Eugénie sacaba su cuaderno y él enseguida trataba de quitárselo para ver lo que había escrito. Ella lo escondía, se reía, hacía como que no se lo quería enseñar, pero al final siempre terminaba cediendo y se lo mostraba.

Clément lo leía en silencio, con atención. Luego apretaba su mano y la miraba con orgullo.

En uno de esos viajes, el cansancio la venció. Se quedó dormida, recostada en su hombro, abrazando su cuaderno como si fuera un tesoro.

Clément bajó la velocidad. La observó. Y guardó ese momento.

El regreso a casa siempre era una celebración. Clarisse y Juliette corrían a recibirlos. La casa volvía a llenarse de voces, de pasos, de vida. Mathilde los recibía en la puerta, con esa mezcla de ternura y leve reproche que no lograba ocultar su sonrisa.

“Eugénie, ¿otra vez escondida en el carro de tu padre?”

Ella bajó la cabeza un segundo y luego sonrió.

“No estaba escondida, Mami. Estaba cuidando de mi papá para que no se perdiera en el camino de regreso a casa.”

Clément soltó una carcajada. La abrazó con ternura.

“Mira cómo me cuida, siempre anda pendiente de mí, no me deja solo.”

Mathilde negó con la cabeza, sonriendo.

Sabía que, en el fondo, ese vínculo entre padre e hija no tenía explicación.

Clément amaba a sus hijas profundamente, pero con Eugénie tenía una conexión única. Con ella tenía algo muy especial. Incluso le tenía un apodo que solo él le decía.

Entonces la miró, la abrazó con fuerza y le susurró:

“Mi Petite Lumière.”