PETITE LUMIÈRE
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CAPÍTULO 1 LA CASA DE LA 27 (En la 27 de febrero)
Allí, donde la brisa corría entre las palmeras y la música formaba parte del día a día, la vida comenzaba desde temprano.
La casa de la familia De Saint-Tournier estaba llena de gente, de música, de alegría y de vida; siempre pasaba algo divertido e interesante.
Desde temprano en la mañana ya se escuchaba música.
A veces una canción suave, otras veces alguien cantando desde la cocina, y otras, el tocadiscos acompañaba la rutina mientras Clément leía el periódico con su café.
Eran esas canciones francesas como La Vie en Rose, que tanto le gustaban. Y la casa se volvía tranquila, como en esas mañanas de música y café.
Y así, entre voces, risas y el movimiento de la gente entrando y saliendo, la casa iba tomando vida desde temprano.
En aquella casa la vida no se detenía. Siempre había algo que compartir o celebrar, alguien cantando o con quien reír.
Las puertas rara vez permanecían cerradas. Amigos, familiares, primos y tíos entraban y salían como si aquel hogar también les perteneciera. Y, aún en los raros momentos de silencio, la casa nunca se sentía vacía.
Había algo en ella, una mezcla de alegría, unión y amor de verdad.
En esa casa vivían Clément Frédéric De Saint-Tournier y su esposa Mathilde con sus tres hijas, Clarisse, Eugénie y Juliette.
Mathilde era una mujer de presencia delicada y mirada serena. Su voz, suave, se escuchaba desde la cocina mientras cantaba, como si cada canción formara parte de lo que preparaba. Cocinaba con un cariño que iba más allá de la comida; en cada plato había cuidado, dedicación y amor.
Porque en esa casa, la comida no era solo comida. Era familia.
Clément, por su parte, era su complemento perfecto. Elegante, carismático, con una alegría natural que parecía llenar cada rincón, tenía el don de hacer sentir bien a todos los que lo rodeaban.
Disfrutaba tanto de cocinar como de compartir, de inventar recetas, encender la parrilla y observar, satisfecho, cómo los demás disfrutaban.
Tenía los ojos verdes, una mirada pícara y una sonrisa que lo caracterizaba. Era cariñoso y muy juguetón con sus hijas, y sabía convertir cualquier momento en algo especial.
Le gustaba vestirse bien, perfumarse. Tenía ese cuidado en los detalles que se notaba sin esfuerzo.
Amaba la música. Escuchaba música clásica, canciones francesas, boleros y también algún que otro merengue de la época. Le gustaba bailar, y muchas veces Eugénie se subía en sus pies para bailar con él.
Ese baile siempre terminaba en risas, en juego, en un momento que parecía no tener fin.
Tenía una forma de estar que hacía sentir a los demás en paz, como si todo estuviera bien.
En esa casa nunca se levantaba la voz.
Clément amaba profundamente a su esposa, la complacía en todo, y con sus hijas fue un padre presente, atento, enseñándoles a ser agradecidas, a comer de todo y a valorar lo que tenían.
Y con Eugénie, tenía una complicidad especial.
Incluso cuando ella se enojaba, él tenía un apodo para ella, uno que, de alguna manera, siempre lograba hacerla volver a sonreír.
Clément siempre tenía una cámara cerca.
Como si supiera que aquellos momentos, tan simples, algún día serían importantes, y quisiera guardarlos antes de que pasaran.
Las niñas, por su parte, llenaban la casa de vida.
Clarisse, la mayor, era tranquila, observadora, con una creatividad silenciosa que se notaba en los pequeños detalles.
Juliette, la menor, llenaba todo con su energía: reía, bailaba y no dejaba a nadie quedarse quieto.
Y Eugénie.
Eugénie era distinta.
Tenía una chispa que no se podía explicar. Era curiosa, soñadora, profundamente sensible, pero también traviesa.
Le gustaba correr por el patio, perseguir mariposas como si en ellas se escondiera algún secreto, cantar aunque nadie la escuchara, bailar sin motivo y escribir.
Escribía versos, cartas, canciones. Pequeñas cosas que nacían de su mundo y que guardaba como si fueran un tesoro.
En esa casa, la vida no se detenía.
Se despertaban con música —la del tocadiscos— y se dormían con música.
Y entre una cosa y otra, sin darse cuenta, iban creando momentos que parecían simples, pero que con el tiempo se quedarían para siempre.
Sin saberlo, estaban construyendo recuerdos.
Recuerdos que no se borrarían.
Y entre todos ellos, había uno que ya empezaba a tomar forma.
Uno que lo cambiaría todo.