CAPÍTULO 5 UN VERANO EN SANTIAGO (Santiago de los Caballeros)
UN VERANO EN SANTIAGO (Santiago de los Caballeros)
Santiago ya era un lugar muy especial para Eugénie, porque era la ciudad donde había nacido su adorado padre, Clément Frédéric De Saint-Tournier.
Cada vez que viajaban a Santiago algunos fines de semana para visitar a la familia, el trayecto se hacía largo, pero había un momento que lo cambiaba todo.
Cuando pasaban por el monumento de Santiago de los Caballeros, en cuanto lo veían, la emoción era inmediata. “¡Ya casi llegamos! ¡Ya casi llegamos!”
Las voces se mezclaban con risas, con entusiasmo, con esa alegría imposible de contener. Era una pequeña celebración dentro del carro, porque ese instante significaba una sola cosa: estaban muy cerca.
Después de unas horas de viaje, aquel momento se sentía como un respiro, como si el corazón se abriera de golpe al saber que estaban tan cerca de la casa de su tía Rochella.
Uno de los recuerdos más vivos de Eugénie es cuando visitaban a su abuela paterna, Maman Clarisse, la madre de Clément, en la casa de su tía Rochella y a su familia en la ciudad de Santiago.
Eugénie pasó algunos veranos para estudiar allí.
Y aprendió muchas cosas que su tía Rochella le enseñó, pero lo que más la marcó fue la música.
Todas las tardes ponían música en el tocadiscos.
Canciones de otra época que eran las favoritas de su padre Clément, y a pesar de aún ser Eugénie tan joven, las sentía como propias, porque tenía afinidad con la música que le gustaba escuchar a su padre.
Las escuchaba una y otra vez, como si en la música hubiera algo que la llamaba sin que ella supiera por qué.
Y aún hoy las recuerda con mucho sentimiento.
También recuerda cuando ella y su hermana Clarisse jugaban en el patio de la casa.
Había varios árboles frutales. Pero había una mata grande de pequeños pepinillos, muy agrios, parecidos a pickles.
A Eugénie le encantaba agarrarlos de la mata porque, al comerlos, se divertía muchísimo por la cara que ponía: se le transformaba con los gestos por lo agrios que eran esos pepinillos, y Clarisse se moría de la risa por tantas muecas que Eugénie hacía.
Luego recogía algunos pequeños ramilletes y los llevaba dentro de la casa para compartir.
Aunque siempre se comía algunos en el camino.
También los cajuilitos solimán (mejor conocidos en otros países como manzanas de agua o pomarrosa).
A todas ellas les encantaban esos cajuilitos.
Para Eugénie, era divertido todo lo que experimentaba, y aún más cuando sus padres y su hermanita Juliette iban a visitarla mientras Clarisse y ella estudiaban.
Eran momentos maravillosos e inolvidables.
El viaje era de unas horas en carro y, aun así, nunca fallaban.
En la casa de la tía Rochella, aprendieron a comer cosas que jamás habrían imaginado.
Pero para Eugénie había algunas que no le gustaban en absoluto, pero había reglas que no se podían romper, y también había recompensas.
Los lunes, por ejemplo, siempre había sopa.
Primero la sopa y luego la comida. No había opción.
Pero si cumplía, le daban limoncillos. Unas frutas que les encantaban a Clarisse y a Eugénie. Y eso lo cambiaba todo.
También se reunían en la galería al atardecer o después de almorzar o cenar y se sentaban a conversar y a escuchar música.
La música era muy importante para toda la familia y, en especial, esas canciones de Charles Aznavour que siempre escuchaban hacían esas tardes todavía más especiales.
Ya de noche, cuando todos dormían, se comenzaban a escuchar las serenatas.
Los enamorados de las primas siempre llevaban serenatas; eran momentos llenos de alegría y misterio, porque no se sabía para quién era hasta el final de la noche, cuando la serenata los despertaba.
Otras veces, llevaban serenatas a Eugénie y Clarisse. Y eso lo hacía muy mágico.
Otros recuerdos eran los domingos en el “Pez Dorado”. Días de reunión familiar en un restaurante llamado El Pez Dorado.
Siempre les preparaban una mesa larga, donde cabían todos, porque eran muchos y querían compartir juntos en una misma mesa.
Algunos se tomaban sus martinis; otros, cervezas bien frías; su padre, su tía Rochella y su esposo disfrutaban de su whiskey a la roca.
Los almuerzos eran interminables, de esos que no se terminan nunca, ni siquiera cuando se acaba la comida ni el postre, sino cuando alguien tenía que marcharse porque debía manejar lejos y tomar la carretera a otra ciudad.
Pero, aun así, seguían compartiendo conversaciones al llegar a la casa.
Pero otro recuerdo curioso y, a la vez, muy chistoso era el de la “Funeraria La Altagracia”.
Después del colegio, Eugénie y su hermana Clarisse caminaban hasta la funeraria La Altagracia, que pertenecía al esposo de su tía Rochella.
Lo extraño, y a la vez muy chistoso, era que caminaban desde el colegio hasta la funeraria porque quedaba muy cerquita, para esperar a que las llevaran más tarde a la casa.
Pero mientras Eugénie y Clarisse esperaban, se sentaban en el escalón de la entrada de la funeraria.
Clarisse estaba muy callada; hablaba muy poco; así era siempre: tímida, alegre, pero de pocas palabras.
Tanto así que le pusieron un apodo muy chistoso: le decían “Clarissita, la niña del sermón de las cinco palabras”.
Pero entre ellas no hacía falta hablar mucho.
Se entendían perfectamente, con un gesto, una mirada; se amaban profundamente y se llevaban muy bien.
Eran hermanas muy unidas y se cuidaban mutuamente.
Cuando estaban esperando en el escalón de la entrada de la funeraria, para hacer más corta la espera antes de llegar a la casa, Eugénie y Clarisse tomaban sus meriendas.
Compartían unos pequeños triangulitos de leche condensada de la marca Nestlé, que les gustaban mucho, y a veces alguna galleta de soda, como si fuera lo más normal del mundo.
Su hermanita Juliette, la más pequeña, solamente iba con sus padres cuando ellos viajaban los fines de semana, y se quedaba con Clément y Mathilde en el hotel de la ciudad.
Eugénie y Clarisse siempre querían ir a quedarse con ellos en el hotel, pero tenían actividades programadas por sus estudios y no podían hacerlo.
Para Eugénie, esa situación era un poquito difícil, porque siempre quería aprovechar al máximo el estar con su padre, y eso la ponía un poco triste.
Cuando el verano terminó, Eugénie regresó con sus padres a la ciudad, a la casa de la 27 donde vivían, pero Clarisse se quedó a estudiar un año más en la casa de la tía Rochella, en Santiago.
Cuando Eugénie aún vivía en Santiago, siempre compartía mucho con sus primas, a pesar de que eran un poquito mayores que ella, al igual que con su tía Rochella y su abuela Maman Clarisse.
Y tenía recuerdos muy bonitos, como las tardes en la galería con su abuela, Maman Clarisse; esos recuerdos quedaron grabados en su memoria.
Su abuela, Maman Clarisse, fumaba cigarrillos de vez en cuando, y a Eugénie se le ocurrió una idea muy peculiar.
Cada vez que veía a alguien conocido que fumaba, le pedía un cigarrillo con el fin de guardarlo.
No para fumarlo, sino para coleccionarlo.
Y los guardaba en una caja especial que ella tenía: eran cigarrillos extranjeros, de distintos colores y tamaños, para luego ofrecérselos a su abuela, Maman Clarisse.
“Escoge el que quieras hoy, Maman Clarisse.” Era un pequeño ritual entre ellas.
Y ella siempre escogía el que más le gustaba y se fumaba un poquito para luego tirar la colilla del cigarrillo en el jardín, y siempre caía paradita, y la ceniza, al consumirse, terminaba formando alguna figura rara, que a Eugénie le resultaba muy divertido ver.
Uno de esos recuerdos en casa de la tía Rochella era cuando, muy tempranito por las mañanas, pasaban los vendedores de frutas y víveres.
Las niñas se despertaban con las bocinas y los cantos de los vendedores.
La criada bajaba al frente de la casa a recoger el pedido: los limoncillos, los mangos, los nísperos, los zapotes, los plátanos, las batatas, cosas que tanto le gustaban a su padre.
También Eugénie esperaba al dulcero en la tarde con su abuela, Maman Clarisse, para escoger sus dulces de preferencia, como los coquitos, el melao, los piñonates, los palitos de coco de San Juan, los dulces de leche rellenos de cajuil; sabores que hoy siguen vivos en su memoria.
Como si cada día trajera algo nuevo que descubrir.
Y así como coleccionaba cigarrillos, Eugénie también coleccionaba papeles de carta perfumados para escribir.
Eran sus favoritos. Era una de las cosas que más le gustaban.
Le gustaban las diferentes texturas del papel: esas hojas de lino fino, con diseños elegantes, frescos, otros florales, casi primaverales.
Esos olores la llenaban de emoción, porque siempre le había gustado escribir, y esas hojas de papel tan románticas y delicadas le daban toda la inspiración.
Así que Eugénie aprovechaba esos veranos también para escribir versos, cartas, poemas en sus ratos libres.
A veces, incluso canciones. Porque Eugénie, desde siempre, había sentido todo profundamente.
Y en aquellos veranos, sin saberlo, estaba guardando los recuerdos más dulces de su vida.
Recuerdos que, con el tiempo, se convertirían en su refugio.