Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo XVII — Aurenthal
99%

Capítulo XVII — Aurenthal

Capítulo XVII — Aurenthal

La piedra del memorial la trajeron de Kaoryn.

No de Aurenthal, que tenía canteras. De Orl, del borde donde empezaba el viento, de al lado de un montón de piedras con un cuchillo curvo encima.

Fue idea de Aerion, que casi no hablaba, y la cargaron entre cuatro guardabarrancos con una red, cruzando las islas y los puentes, uno de ellos ya rehecho por un hombre flaco que trabajaba con las manos y no levantaba la vista.

Y la pusieron en la explanada del Madrún, donde cada año cientos de muchachos de doce se formaban en fila para que alguien les dijera que a partir de ese día ya no eran niños.

Era gris. Lisa. Sin tallar, salvo los nombres.

Los discutieron un mes. Haldric quería todos los de la guerra, que eran miles, y no cabían. Aurelia Sylvaris, la señora del bosque, quería solo los caballeros. Y al final fue Hara la que dijo, en el Consejo, con la voz que no gritaba, lo que quedó:

—Los que se quedaron para que los demás volvieran. —Pausa—. Y una frase. Una. Para que un muchacho de doce la lea y no entienda, y la entienda a los diecisiete.

—¿Qué frase?

Hara tardó. Miró la piedra gris, que todavía no tenía nada. Y dijo la frase, y nadie en el Consejo la discutió, porque Hara no decía cosas para que se discutieran.

Quedó tallada arriba, en letras del tamaño de una mano, sin adorno:

AQUÍ NADIE ESTÁ SOLO.

Y debajo, los nombres. Tharion, de Valdyr.

Malrik, de Thalassar. Bastos, de Dūn. Tessa, de Qasr. Ikki, de Kaoryn.

Alberion Vorensen, de Valdyr. Y el último, el que Haldric mandó tallar con su propia orden y que a nadie le pareció raro, porque todo el mundo sabía que el Gran Maestro había muerto en Kaoryn: Althoren.

Solo eso. Althoren. Sin reino, porque nunca había dicho de cuál era.

Y una noche, un mes después de que la tallaran, alguien añadió debajo de ese nombre, con un cincel pequeño, en letras más chicas, en el lado de la piedra que daba al muro, donde solo se veía si uno iba a buscarlo, una palabra.

Y quien la vio no dijo nada, y quien la añadió tampoco, y la piedra tiene desde entonces dos nombres para el mismo hombre, y los que saben, saben.

*

Los señores viejos dejaron las sillas ese invierno, uno por uno, y todos dijeron más o menos lo mismo: que eran del Consejo de antes de la guerra, y que el de después tenía que ser de los que la habían peleado. Caelvar no dejó la suya: se la quitaron.

El Consejo de los Cinco tenía cinco sillas y, por primera vez en diecisiete años, cinco que no le debían nada a Uclus.

Hara, de Sylvar, por el Bosque, con la hombrera verde de los zorros de lucero que había llevado desde los dieciséis años como promesa y que ahora era otra cosa.

Eduart, de Sylvar también, por el Mar, aunque fuera de tierra adentro, porque Thalassar lo había pedido y porque Malrik lo habría pedido antes.

Kael, por el Desierto, que no quería la silla y que la aceptó cuando Haldric le dijo que la alternativa era un hombre que no había enterrado a nadie.

Lucian, por la Nieve, por Valdyr, que la había liberado con la espada de Tharion a la espalda y que se sentó en la silla como se sentaba en todas partes: como si fuera a levantarse en un minuto.

Y la del Aire, que era de Kaoryn, y que Aerion ocupó porque alguien tenía que ocuparla, y porque el que la habría ocupado estaba bajo un montón de piedras en el borde de Orl.

Quedaba una silla más. No del Consejo: de la academia.

La del Gran Maestro. Y Haldric, cansado y justo, la ofreció a quien le pareció que la merecía, que no era capitana ni tenía hombrera, que había colgado la armadura blanca en la biblioteca, que era una muchacha menuda de Thalassar con el pelo claro recogido y los ojos que no se perdían nada.

Alicia dijo que no.

Lo dijo en el patio, delante de la piedra, con Haldric de pie y el Consejo entero mirando, y lo dijo con la voz pequeña y clara que subía más de lo que parecía:

—No me siento en sillas. Veo mejor de pie.

—Y señaló, con la barbilla, el ala vieja del palacio, la que tenía una puerta que no estaba en ningún plano—.

Me quedo con la biblioteca. Con la de verdad.

La que no se ve. —Miró a Haldric—. Alguien tiene que enseñarles a los de doce a ser dignos de verla.

Antes se enseñaba solo. Ahora no hay quien.

Haldric la miró un rato largo. Y después hizo lo que hacen los hombres cansados y justos cuando alguien tiene razón: asintió, y se fue, y no volvió a ofrecer la silla a nadie, y la silla del Gran Maestro se quedó vacía en el salón, y con los años los cadetes nuevos dejaron de preguntar por qué, y los viejos nunca lo explicaron.

*

La biblioteca invisible tenía una puerta que no estaba en ningún plano, y Alicia la abrió.

No para todos. Para los que podían verla.

Que al principio fueron tres cadetes de doce años, dos muchachas y un muchacho de Zareth que tartamudeaba, a los que Alicia encontró el primer día de clase mirando el muro del ala vieja como se mira una cosa que uno sabe que está.

Y los llevó, y les dijo lo que le habían dicho a ella: que la biblioteca no se encuentra, que la biblioteca decide, y que lo único que se puede hacer es ser el tipo de persona a la que decide mostrarse.

Y adentro, junto al estante del fondo, donde tres años antes dos muchachos de quince habían leído la verdad sobre un caballero borrado, Alicia abrió el libro que tenía la página arrancada.

Y la página estaba. Entera. Con el nombre.

Nadie la había vuelto a pegar; nadie habría sabido cómo.

Estaba, como estaba la palabra pequeña en la piedra, para los que fueran a buscarla.

Alicia no se lo enseñó a nadie el primer año.

Ni el segundo. Esperó a que alguno lo encontrara solo.

Y cuando un muchacho de Zareth que tartamudeaba lo encontró, a los catorce, y vino a preguntarle quién era ese cuarto caballero que no estaba en ninguna parte, Alicia le contestó como le habían contestado a ella, con una pregunta:

—¿Y tú qué crees que hacía?

Y en el borde de Orl, cada año, en la misma fecha, un guardabarranco de Aurenthal cruzaba las islas con una muchacha menuda encima y un ramo de flores blancas de Thalassar, y las dejaba junto a un cuchillo curvo clavado en un montón de piedras, y se quedaba un rato, y no decía nada, porque a Ikki nunca le había dicho nada en vida y no iba a empezar ahora.

La primera vez, con las piedras del montón todavía sueltas, el guardabarranco viejo seguía en el borde con las alas cerradas, y la miró llegar e irse, y no se movió, porque seguía esperando.

*

Eduart se lo pidió por escrito.

No sabía hacerlo de otra manera. Lo pensó un año entero, lo apuntó en el cuaderno, lo tachó, lo volvió a apuntar, y al final, en el muelle de Thalassar, con el barco Ikki en el agua y Lucian mirando a otro lado a propósito, le dio el cuaderno abierto a Hara y se quedó mirando el mar.

Hara lo leyó. Era una página. Decía lo que decía, con la letra apretada de un muchacho que pensaba demasiado, y al final tenía una pregunta, y debajo de la pregunta dos casillas, “sí” y “no”, porque Eduart no había sabido cómo terminar y le había parecido que así por lo menos quedaba claro.

Hara no marcó ninguna. Cerró el cuaderno. Se lo devolvió. Y le dijo, sin cambiar la cara, lo que decía cuando tocaba:

—No. —Pausa—. No me lo preguntes por escrito.

Eduart se puso pálido. Y Hara lo miró, y por primera vez en la vida de Eduart la cara de piedra hizo una cosa que no hacía, que era sonreír, y Hara dijo lo otro:

—Pregúntamelo mirándome.

Y Eduart se lo preguntó mirándola. Torpe, con las palabras de sentimientos que no le salían, con Lucian mirando el mar y aguantándose un chiste por respeto. Y Hara dijo que sí. Como decía todo: una vez, y sin volver a discutirlo.

Se casaron en Sylvar, bajo el Madrún, con tres gigantes de pie al fondo con capas verdes que Hara había cosido, Brumm, Oda y Tal, que ya hablaba la lengua, y que fue quien leyó, con la voz de montaña que le salía, la frase de la piedra, porque Hara se lo pidió y porque a nadie se le ocurrió que un gigante no pudiera.

Y Kael estuvo. Y Alicia. Y Yira, que había bajado de Valdyr para eso, con el vestido oscuro de viaje y las manos vacías, y que miró a los dos muchachos de Sylvar bajo el árbol como se mira una cosa que uno sabe que no va a ver dos veces, y que no lloró.

Y Lucian hizo el chiste. Uno. Al final. Para Eduart, que estaba más pálido que en el muelle. Y Eduart se rio, y Hara no, y Hara le puso la mano en el brazo a Lucian, un segundo, como le había puesto Tessa el odre en el pecho a Draven en el valle, y se la quitó.