Capítulo XVI — Lo que volvió
Capítulo XVI — Lo que volvió
Bajaron del volcán seis a pie, y uno de ellos no había subido con ellos.
Draven Korr caminó detrás, a diez pasos, como había subido.
Pero ahora sabía que caminaba. Se lo veía en la espalda, que ya no era recta: era la de un hombre que carga.
Y en las manos, que le temblaban, y que él se miraba de a ratos como se mira una cosa que a uno le devolvieron y que no sabe dónde poner.
Nadie le habló. Kael, una vez, se quedó atrás hasta que Draven lo alcanzó, y caminaron juntos veinte pasos sin decirse nada, y después Kael volvió adelante. Fue todo. Fue bastante.
Miriath los esperaba despierta.
No como ciudad. Como mil hombres que acaban de salir del agua.
Estaban en las cubiertas, en la ceniza, sentados, de pie, de rodillas, con el cuero negro abierto como si les diera calor, mirándose las manos, mirándose entre ellos, mirando el volcán.
Algunos lloraban. Muchos. Sin esconderse, porque no se acordaban todavía de que llorar se esconde.
Y cuando vieron bajar a los seis por la senda, con una mujer de pelo entrecano entre ellos y un guardabarranco joven volando encima en círculos, porque ahora podía, porque ahora había viento en el Yermo, un viento normal, tibio, que venía de ninguna parte y movía las velas negras, no corrieron hacia ellos ni se apartaron.
Se levantaron. Despacio. Y se quedaron de pie.
Hara pasó entre ellos primero. Con la espada verde envainada y la cara de siempre.
Y mil hombres que acababan de recuperar el miedo la miraron pasar, y ninguno bajó la cabeza, y ninguno la levantó demasiado, porque el miedo recién vuelto es una cosa delicada y no sabe todavía qué hacer con una mujer así.
—Hay quinientos arriba —les dijo Hara. A todos. Con la voz que no gritaba—. En Orl. Son de aquí. Ustedes también. La escalera tiene dos mil peldaños. Nadie los va a contar.
Y subieron. Mil. De a diez, como habían bajado los quinientos. Y los tres gigantes, en la boca de la escalera, se apartaron para dejarlos pasar, uno junto a otro, como se abre una pared cuando ya no hace falta.
*
Orl los recibió con las alas abiertas.
Los guardabarrancos en el borde de la niebla, y uno viejo, enorme, con las alas abiertas desde hacía días, que no las había cerrado ni para dormir.
Y en el borde, en el lugar donde empezaba el viento, un montón de piedras de Kaoryn, apiladas por Ebed y por Aerion y por seiscientas manos, y Alicia, al llegar, sacó del cinto el cuchillo curvo de Thalassar y lo clavó encima, y no dijo por qué, y nadie preguntó.
Alberion no estaba para verlo. Pero Alicia sí. Se quedó de pie delante del montón de piedras un rato largo, con el viento de Orl en la cara, el primer viento de verdad en más de una semana, y después se arrodilló y puso la mano en la piedra de arriba y dijo, bajo, para nadie:
—Hoy sí valió. —Pausa—. Ganó él. Lo vi.
Y el guardabarranco viejo, que tenía las alas abiertas desde hacía días, las cerró.
Fue lo único que hizo. Las cerró, despacio, como se cierra un libro, y se quedó quieto en el borde con los ojos en la niebla, y no gritó, y no se movió, y Aerion, que casi no hablaba, dijo lo único que dijo en Orl:
—Está esperando.
—¿A quién?
Aerion no contestó. Miró la niebla. Y después miró a Yira, que estaba de pie a diez pasos, con las manos vacías, con el pelo entrecano, mirando al ave como la había mirado de lejos, de muchacha, en Valdyr, cuando el pastor cascarrabias subía a la montaña y ella no sabía quién era.
—Es el de él —dijo Yira. No preguntó.
—Es el de él.
Yira caminó hasta el ave. Y el ave, que no dejaba acercarse a nadie que no fuera un hombre de la pradera, bajó la cabeza enorme hasta la altura de la de ella, y Yira le puso la mano en el pico, y se quedaron así, una mujer alta y un ave enorme, un rato, sin que nadie se acercara.
*
Sevrik Malor no murió.
Lo decidió Hara, porque nadie más quería decidirlo, y porque Hara decía “no” cuando tocaba.
Lo bajaron atado de Orl a las islas, y de las islas a Aurenthal, y lo pusieron delante del Consejo que quedaba, que era Haldric, Thalwyn y Aurelia, y tres sillas vacías —la de Caelvar, que estaba en una celda debajo de ellos, y las de Aquilon y Valemont, que seguían en las fronteras de sus reinos con lo que la guerra les había dejado—, y dos muchachos de diecisiete años con hombreras.
Y Haldric, cansado y justo, preguntó qué hacían con él. Y fue Hara la que habló.
—Nadie lo tocó —dijo—. En el puente, en el Yermo, en la escalera.
Nadie lo tocó porque yo lo dije. Y ahora digo lo otro.
Que vuelva a Kaoryn. Que trabaje en los puentes.
Los tres que cayeron. Con las manos. Hasta que estén.
—Miró a Sevrik, flaco, con la cara en el suelo—.
Él dijo “fallé a propósito”. Que falle a propósito del otro lado.
Sevrik levantó la cabeza. Y miró a Hara.
Y Alicia, que estaba de pie detrás, que veía todo, vio en su cara que un hombre que había vendido a un compañero en el Abismo y que había tirado una flecha en un banquete acababa de recibir la única cosa que no había esperado nunca, que era un trabajo.
Y vio que no sabía qué hacer con eso. Y vio que iba a aprender.
A Caelvar no hizo falta decidirlo.
Alicia bajó a la celda la noche en que llegaron.
Sola. Con una lámpara. Y el hombre de sesenta años, gris perfecto, de manos limpias, estaba sentado en el catre con la calma de siempre, y la miró entrar, y supo, antes de que ella abriera la boca, porque era Caelvar y porque Alicia tenía la cara que tenía.
—Se cerró —dijo él.
—Se cerró.
—¿Quién?
—El hijo de Agaton. —Alicia no bajó la lámpara—. Con la espada. Desde adentro. —Pausa—. Y Pestos.
Caelvar no se movió. Lo único que se le movió fue algo en los ojos, que Alicia vio y que no supo nombrar, porque no era miedo y no era alivio y no era pena: era la cara de un hombre que ha apostado diecisiete años a una cosa y que acaba de enterarse de que la cosa no existía.
—Gracias por decírmelo —dijo.
Y Alicia se fue. Y a la mañana Caelvar estaba muerto en el catre, sin marca, con las manos limpias cruzadas sobre el pecho, como si hubiera decidido que ya no había nada que esperar. Y nadie supo cómo, y Alicia no preguntó, porque había cosas que ella veía y otras que ya no hacía falta ver.
*
Draven Korr llegó a Qasr un mes después, a pie, con una yegua ceniza de la rienda que Kael le había puesto en la mano al pie de la escalera sin decir nada, porque la yegua era de Qasr y alguien tenía que llevarla.
Nadie lo mandó. Nadie lo supo hasta que un herrero de Qasr, un hombre grande con las manos quemadas de cuarenta años de fragua, que había perdido una hija en un lugar que no conocía y que no sabía dónde estaba enterrada, vio entrar en su patio a un hombre de Zareth con el pelo largo recogido atrás y la cara de alguien que había sido bonito y duro, y que se detuvo a cinco pasos, y no dijo nada, y se arrodilló.
El herrero no sabía quién era. Draven se lo dijo.
Todo. El patio de Sahl, “mejor vuelve a las herraduras”, la espada pisada, el odre en el valle, el oro, la reja, la lanza que se levantó sola, y lo último, lo que ella le había dicho en la lengua vieja, que él había entendido tarde, días tarde, arrodillado en una cornisa, y que llevaba un mes sin poder dejar de oír.
El herrero lo escuchó entero. Sin interrumpir. Y cuando Draven terminó, se quedó un rato mirándolo, de rodillas en su patio, y después se dio vuelta, y se fue a la fragua, y volvió con un martillo. De los chicos. De herraduras.
—Las herraduras —dijo— se empiezan a las cinco. —Y se lo puso en la mano—. Mañana.
Y Draven Korr, que había querido cinco espadas y no había podido levantar ninguna, se quedó en Qasr haciendo herraduras.
Y las hacía bien. Y nunca le dijo a nadie en el pueblo por qué, cuando terminaba cada tarde, se sentaba en la puerta de la fragua con un odre y bebía un sorbo, uno solo, y después vertía el resto en la arena.
*
Lucian Vaelcrest cumplió lo que le pidieron.
Se lo había dicho a Yira en la cornisa, mirándola.
Pero lo dijo otra vez en Aurenthal, delante de Haldric, y otra vez en Thalassar, delante de Eduart, y otra vez en Valdyr, delante de Ebed, que tenía una cicatriz en el pómulo y a quien no le gustaban los discursos.
A todos lo mismo. Con la cara pálida y las manos vacías y la cinta de cadete de Bastos atada al brazo y la espada de Tharion a la espalda.
“No estuvo solo. Yo lo vi. Bajó con Pestos, y le dijo una cosa a lo que había abajo, y la cosa lo oyó, y se cerró. No estuvo solo”.
Y después se fue a Thalassar, al puerto, a los astilleros, donde Eduart estaba poniendo quilla al tercer barco de la flota nueva, y se quedó mirándolo dos días sin decir nada, hasta que Eduart, que pensaba demasiado y apuntaba todo, cerró el cuaderno y le preguntó cómo se iba a llamar.
—Ikki —dijo Lucian—. Ese es el tercero. El primero Bastos. El segundo Tharion. —Miró el casco, que todavía olía a madera verde—. Y que sea el más rápido. Que no lo alcance nadie. —Pausa—. Que gane.
Eduart lo apuntó. En el cuaderno. Y después, sin levantar la vista, dijo lo que no sabía decir:
—Va a ganar. Lo hice más angosto. —Pausa—. Pensé que él lo querría así.
Y Lucian Vaelcrest, que no se casó nunca, que no volvió a hacer un chiste que no fuera para otro, se sentó en el muelle de Thalassar con el muchacho de Sylvar que gobernaba las aguas, y miró el mar, y por primera vez en un año no pensó en nadie que no estuviera vivo.