Capítulo XV — La voz que se queda
Capítulo XV — La voz que se queda
Alberion recogió la espada.
Lo hizo solo. Se soltó de Hara, caminó por la losa inclinada con la pierna a medias, se agachó a un palmo del aire, y la levantó. Y la hoja de Oryndor, con la luz de la costura subiéndole por las vetas, se quedó quieta en su mano como se queda una cosa que ya sabe para qué la levantaron.
Nadie le preguntó. Hara no. Kael no. Alicia lo había visto antes que él. Y Yira, de pie en el borde por donde había bajado un hombre, se dio vuelta y miró a su hijo con los ojos cafés que le había dado a él y no dijo “no”, porque ya lo había dicho una vez ese día y había aprendido lo que valía.
—Es piedra —dijo Alberion. Mirando la hoja—. El hierro de las cinco montañas también es piedra. Uclus dijo que todo lo que es piedra aquí era suyo. Pero esta no es de aquí: es de Oryndor. Y me oye a mí.
—¿Y qué le vas a decir? —preguntó Alicia.
Alberion la miró. A la muchacha de la cabaña siete. Y le contestó como le contestaba siempre a ella.
—Lo que hay que decirle. —Pausa—. Y después me quedo a ver si me oye.
*
Le dijo a la pared que hiciera escalera.
Y la pared la hizo. Porque la piedra del cuenco ya no era de nadie: el hombre que le había hablado diecisiete años estaba abajo, con una piedra chiquita en la mano, y la piedra del cuenco, que no sabía lo que era un hombre, sabía lo que era una voz, y la voz que le hablaba ahora era entera.
La pared se abrió en peldaños desde la cornisa hasta el fondo, cien, negros, lisos, como los dos mil de Orl pero sin que nadie los hubiera cortado, y Alberion bajó el primero.
—Voy —dijo Hara. Con la espada verde, que ya no pesaba.
—No. —Alberion no se dio vuelta—. Tú eres la que me sostuvo. Ahora sostén a los demás. Es lo mismo. Lo haces mejor que nadie.
—Voy —dijo Kael.
—No. Tú ya diste tu arena. —Lo miró—. Te la dio ella para que te quedaras. No la gastes dos veces.
Y Alicia no dijo “voy”. Alicia dijo:
—Lo voy a contar. Todo. Como lo vi. —Pausa—. Hasta lo que no entiendo.
—Eso —dijo Alberion—. Sobre todo eso.
Y bajó el segundo peldaño. Y en el tercero sintió que alguien lo seguía, y no se dio vuelta, porque sabía quién: Pestos, con la mano todavía oliendo a pluma de guardabarranco, que bajaba donde lo pusieran y que nadie había puesto en ningún lado.
Y en el cuarto sintió a otro, flaco, pálido, con las manos vacías, que bajaba el último porque sabía bajar el último.
—Le dije a tu madre que no te dejaría solo —dijo Lucian. Desde atrás.
—Ya sé.
—Entonces no me digas que no.
Alberion no se lo dijo.
*
Yira se quedó en la cornisa. No porque se lo pidieran.
Porque sabía dónde se queda una madre cuando un hijo baja a hacer una cosa que es suya: donde pueda verlo.
Y lo vio. Vio bajar tres por cien peldaños de piedra nueva, un muchacho con la pierna a medias y una espada que daba luz, un viejo de la pradera, y un hombre flaco de Thalassar que se había puesto el último.
Y cuando llegaron al fondo, al borde del hilo rojo, que de cerca era ancho como una mano y hondo como nada, Yira se arrodilló en el borde de la cornisa, con las manos en la piedra, y no cerró los ojos.
Y Draven, a treinta pasos de ella, en el extremo, con la cara mirando a nada, se arrodilló también. Sin saber por qué.
*
De cerca la costura no hablaba. Cantaba.
Era un sonido bajo, parejo, de una sola nota, que no entraba por los oídos sino por el pecho, y que decía lo que había dicho todo el camino desde la cornisa, pero sin palabras y sin prisa: afuera.
Hacia arriba. Hacia ustedes. Y Alberion se arrodilló delante, como se arrodilla uno delante de un pozo, y sintió que la brújula apuntaba hacia abajo, derecho, sin desviarse, y que algo le subía por los brazos desde el suelo, y que ese algo era tibio, y que era bueno, y que con ese algo nada importaba.
Lo sintió irse. El miedo. Como se va el agua de un odre volcado: sin ruido.
El miedo de la pierna, que dejó de doler.
El miedo del cuenco, de la altura, de la luz.
El miedo de Hara arriba y de Alicia arriba y de su madre arrodillada al borde.
Todo se iba, y lo que quedaba era liviano, y limpio, y Alberion entendió por qué Uclus había bajado todos los días durante diecisiete años, y por qué los mil no lloraban de noche, y lo entendió sin miedo, que era la única manera de entenderlo, y era la peor.
—Alberion. —Lucian. A su lado. De rodillas también, blanco, con la voz rota—. Alberion, mírame.
Lo miró. Y los ojos estaban limpios y estaban vacíos.
—Hara —dijo Lucian—. Hara está arriba. Con la espada verde.
La que no suelta nada. ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas de la cara de piedra?
—Le agarró el brazo—. Alicia. Cabaña siete.
Va a contarlo todo y tú no vas a estar para corregirle nada.
Kael. Que no tiene arena. Tu madre. Arrodillada ahí arriba, mirándote.
Ikki. —La voz se le rompió del todo—. Ikki, que se tiró de un palo porque tenía miedo de perder una carrera.
Ten miedo, Alberion. Ten miedo de perderlos.
Es lo único que tienes que hacer ahora. No lo sueltes.
Y Pestos, detrás, sin decir nada, le puso las dos manos en los hombros.
Como se las había puesto al guardabarranco.
No para empujarlo ni para sostenerlo: para que supiera que alguien estaba.
Porque Pestos no podía decirle nada a la piedra ni al fuego ni a lo que había debajo.
Solo podía cuidar. Y lo que cuidaba ahora era eso: lo poco que le quedaba a Alberion de miedo.
Y le quedó. Lo sintió volver, despacio, por los nombres, como vuelve el agua a un pozo que se vació. Hara. Alicia. Kael. Su madre. Ikki. Tessa. Y con el miedo le volvió el peso, y con el peso la pierna, y con la pierna el dolor, y con el dolor supo que estaba entero.
—Ya —dijo. Con su voz—. Ya estoy.
*
Levantó la espada de Oryndor con las dos manos. La puso de punta sobre el hilo rojo, en el centro, donde cantaba más fuerte. Y le dijo a la hoja por dónde.
Y la hoja entró. En la costura, no en la piedra: en lo que había entre la piedra y la piedra, en lo flojo, en el lugar donde la costura del mundo estaba abierta una mano.
Entró hasta la guarda. Y Alberion sintió en las manos lo que había debajo, y no era fuego, y no era luz, y no era malo.
Era lo que había sentido en el lobo de la pradera la noche que le habló.
Una cosa que no quería salir para hacer daño. Que quería salir porque estaba sola.
Y entonces supo qué decirle.
No “cierra”. No “quédate”. Eso le decía a la piedra, y la piedra no era el problema.
Le habló a lo que había debajo de la piedra, como le había hablado al lobo, con las dos manos en la empuñadura y las rodillas en el suelo y el miedo entero en el pecho, con la voz que no era de la pradera ni de Valdyr ni de nadie, que era la suya:
—No eres malo. —Pausa—. Solo estás solo.
Y la costura dejó de cantar.
*
La piedra se movió. No la de arriba: la de los lados.
Vino desde los dos bordes del hilo rojo hacia el centro, despacio, como se cierra una herida cuando por fin le dan tiempo, y cubrió la hoja, y cubrió la guarda, y llegó a las manos de Alberion, que estaban en la empuñadura, y no las soltó.
Y no se las quitó. Porque la voz que se queda tiene que quedarse, y Alberion lo había sabido en el Yermo, cuando Pestos dijo “se queda” y no “se muere”, y las dos palabras eran la misma ahora y no importaba.
—Súbete —le dijo a Lucian.
—No.
—Mi madre te pidió que no me dejaras solo. —Alberion lo miró, con la piedra subiéndole por las muñecas—. No estoy solo. Está Pestos. Súbete, y dile que no estuve solo. Díselo mirándola. Es lo único que te pido, y es lo que tú sabes hacer.
Lucian Vaelcrest lo miró un rato largo. Al muchacho con el que había jurado a los doce.
Y después se levantó, y le puso la mano en la cabeza, un segundo, como se la pone un hombre a un hijo que no tuvo, y subió los cien peldaños sin mirar atrás, porque lo había hecho todo el camino y porque si miraba no llegaba.
Quedaron dos.
—¿Te vas a quedar? —dijo Alberion. Sin mirar a Pestos. Mirando la piedra que le llegaba a los codos.
—Donde me pongan.
—Aquí.
—Aquí. —Pestos se sentó detrás de él, en el suelo del cráter, con la espalda contra la de Alberion, como se sentaba en la pradera contra la roca, y le puso las manos en los hombros otra vez—. Yo no vuelvo sin ti. Te lo dije. No iba a empezar.
Y la piedra siguió viniendo. Despacio. Sin prisa.
Desde los lados, desde abajo, desde donde había estado la costura, que ya no estaba, que era una línea gris donde había habido un hilo rojo.
Les llegó a los dos. Les subió. Y Alberion, con las manos en una espada que ya no se veía, con la espalda de un viejo contra la suya, con el miedo entero, con esos ojos suyos abiertos y mirando hacia arriba, hacia una cornisa donde había una mujer arrodillada que no cerraba los ojos, dijo lo último.
No a la piedra. A nadie. A un muchacho de Kaoryn.
—Mañana sí vale.
Y la piedra se cerró.
*
Desde la cornisa, Alicia lo vio todo.
Vio apagarse la luz. Vio el fondo del cuenco, que era una cosa negra con un hilo rojo, volverse una cosa negra y nada más, y después no negra: gris, lisa, entera, como la pradera después de la lluvia.
Vio que donde habían estado dos personas sentadas espalda con espalda no había dos personas.
Había una roca. Una sola. Gris, redonda, del tamaño de dos hombres sentados, en el centro exacto de un cráter que ya no tenía centro, que ya no tenía nada, que era solo un cuenco de piedra con una roca en el fondo.
Como la de la pradera.
Vio a Lucian llegar al último peldaño y arrodillarse delante de Yira, y decirle una cosa mirándola.
Vio a Yira asentir. Vio a Hara con la cara de piedra entera y las lágrimas cayendo sin que la cara cambiara.
Vio a Kael sacar las dos bolsitas vacías del pecho y mirarlas y guardarlas.
Y vio, en el extremo de la cornisa, a treinta pasos, a Draven Korr, de Zareth, de rodillas, levantar la cabeza.
Y respirar. Fuerte. Como respira un hombre que sale del agua.
Y mirar el cuenco, y la roca, y a ellos, con los ojos que habían sido bonitos y duros, y que ahora eran los de un hombre que acababa de entender dónde estaba y qué había hecho y cuánto tiempo.
Y tener miedo. Alicia lo vio tener miedo.
Lo vio llevarse las manos a la cara. Lo vio doblarse hacia adelante hasta tocar la piedra con la frente.
Y lo oyó, por primera vez, con la voz que era suya, decir un nombre de muchacha de Qasr.
Y abajo, en Miriath, a mil hombres les pasó lo mismo. Alicia no lo vio. Pero lo contó igual, porque era verdad.