Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo XIV — Aritmética
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Capítulo XIV — Aritmética

Capítulo XIV — Aritmética

La bajó.

No la tiró. La bajó, despacio, como se baja una cosa que uno ha sostenido tanto tiempo que ya no sabe si la sostiene o lo sostiene a uno.

La punta gris dejó el cuello de Alberion, bajó por el pecho, por la pierna abierta, hasta la piedra, y ahí Uclus abrió la mano, y la espada de su padre cayó sobre la cornisa con un sonido que subió por el cuenco entero y que Draven, a medio camino de la senda, oyó, y se detuvo.

Hara llegó antes que nadie. Levantó a Alberion por debajo de los brazos y lo puso de pie, y Alberion se quedó de pie porque Hara lo sostenía y porque la pierna, aunque fuera la mitad, era suya. Y Kael llegó, y Lucian, y Alicia se quedó donde estaba, con la mano todavía en el brazo de Hara, viendo.

Uclus no los miró. Miraba a Yira. Con la piedra en la mano herida y la otra mano vacía por primera vez en diecisiete años.

—Me fui —dijo. Con su voz. Que era más baja que la de la pradera, y más áspera, y que no sonaba como la de nadie—. Porque no sabía estar en una habitación. Y no aprendí. Me fui a donde no hay habitaciones. Y aquí tampoco supe.

—Ya sé.

—No sabes. —Uclus movió la cabeza—. No sabes lo que es oír todo.

La roca, el hierro, el fuego, cada cosa diciéndote lo que quiere.

Y no poder decir lo que uno quiere. Ni una vez.

—La miró—. Tu hijo lo sabe. Lo vi en la cubierta.

Él lo oye todo, como yo. Pero a él le enseñaron a hablar.

Tú. Pestos. Esa muchacha de ahí que ve todo.

A mí me enseñó el viejo a sostener una espada. Y nada más.

*

Se dio vuelta hacia Alberion. Y Alberion lo miró, de pie, con Hara a un lado y la brújula en el pecho apuntando a donde apuntaba, y vio en la cara de Uclus la cara de Agaton por última vez, y después ya no la vio más, porque Uclus ya no la tenía: tenía la suya.

—Lo que te dijo el viejo de la pradera es verdad —dijo Uclus—.

Una voz que se queda. Pero no cualquiera.

—Se tocó la garganta—. Entera. La mía ya no está entera.

Le di diecisiete años. Pero es lo que tengo.

Y tú me dijiste una cosa que no se me fue: que el que tenía miedo era yo.

Que yo era el que se había ido. —Lo miró—.

Entonces esta vez no me voy. Esta vez bajo.

—No —dijo Yira.

Uclus se dio vuelta hacia ella. Y Alicia vio en su cara algo que no había visto en nadie: vio a un hombre al que le pedían algo por primera vez en la vida, y vio que lo recibía como se recibe una cosa que uno esperó siempre y que llega tarde, y que lo agradecía, y que no iba a hacerle caso.

—Me pediste algo —dijo—. Por fin. —Y sonrió.

Con su cara. Que no era bonita y que no se parecía a la de su hermano cuando sonreía—.

Diecinueve años tarde. Como todo lo tuyo y lo mío.

—Levantó la mano herida con la piedra adentro—.

Esta me la llevo. Es la única cosa que es mía. Lo demás era del viejo o de él.

Y le soltó la mano. Despacio. Como había bajado la espada.

*

Draven había llegado al final de la senda.

Estaba de pie en el extremo de la cornisa, a treinta pasos, grande, con la cara que había sido bonita y dura, mirando a nada, o mirando a Uclus, que era casi lo mismo.

Y Uclus lo vio, y por un momento se quedó mirándolo, al primero que había subido, al que había bajado así, y dijo, sin volverse a nadie:

—A ese no se lo puedo devolver yo. Lo que le quité está ahí abajo, con lo demás. Se lo devuelve el que cierre. No el que abre. —Miró a Alberion—. Si se cierra, vuelven. Todos. Draven, los mil. Como estaban. —Pausa—. Con el miedo. Con todo. No sé si me lo van a agradecer.

—Se lo van a agradecer —dijo Kael. Con la voz que ya no gritaba. Con las dos bolsitas vacías contra el pecho.

Uclus lo miró. Al maestro de Zareth que había entrado en Miriath con una viga. Y asintió, como le había asentido a Alicia, como se asiente a alguien que sabe una cosa que uno no.

Y caminó al borde.

*

Alberion lo llamó. Por primera vez y por última. Con una palabra que no había dicho en la vida porque no había tenido a quién decírsela.

—Tío.

Uclus se detuvo. A un paso del aire. Con los cien pasos de nada abajo y la costura roja y el viento caliente subiéndole por la capa gris. Y se dio vuelta a medias, lo suficiente para que Alberion le viera la cara, que era la suya.

—Lo que me faltaba —dijo— me lo doy yo. Es aritmética. —Pausa—. Que no lo pagues solo, hijo. Que no lo pagues todo.

Y dio el paso.

No cayó como cae un hombre. Alicia lo vio, y lo vio Alberion con esos ojos suyos, y lo vio Yira, que no cerró los ojos, porque no los había cerrado nunca ante nada.

Uclus Vorensen bajó los cien pasos de pie, como se baja una escalera, con la capa gris abierta y la piedra en la mano, y en el aire, antes de llegar, le habló a la costura por última vez.

No “sal”. Lo contrario. Con la voz que le quedaba, que era poca, que era áspera, que no era la de la pradera, le dijo a lo que había debajo de la costura lo que un hombre le dice a una cosa que ha alimentado diecisiete años cuando decide dejar de alimentarla.

Y la costura lo recibió.

La luz subió. Roja, después blanca, después de un color que no tenía nombre, por el cuenco entero, hasta el borde, y el guardabarranco joven gritó y Pestos lo sostuvo por el cuello con las dos manos, y la cornisa tembló, y la raja negra que había abierto la losa entre dos voces se abrió un palmo más, y por un momento largo nadie vio nada, salvo luz.

Y después la luz bajó.

*

La costura seguía ahí.

Más delgada. Un hilo rojo donde había habido un hilo de fragua.

Y el viento que subía era más tibio, y lo que subía con el viento, lo que Lucian había sentido desde Orl, lo que hacía que todo dejara de importar, era menos.

Pero estaba. Lo sintieron todos. Alicia, que veía todo, lo vio en la cara de Draven, que seguía de pie en el extremo de la cornisa, mirando a nada, como antes. Sin cambiar.

—No alcanzó —dijo Pestos. Bajo. Desde donde estaba, con el ave—. No estaba entera.

Nadie contestó. Yira se quedó de pie al borde, mirando el fondo, con las manos vacías por primera vez en muchos años, y no lloró, porque no era de esas, y porque había visto irse a un hombre dos veces y la segunda al menos la había mirado.

La espada gris del viejo quedó en la cornisa, y fue Lucian quien la recogió, porque alguien tenía que recogerla, y se la llevó a Valdyr, a Ebed, que la colgó en el Campo Blanco sin decir de quién era.

Y Alberion, de pie con Hara, con la pierna a medias y la sien abierta, miró la espada de Oryndor. Que seguía a un palmo del aire, en la losa inclinada, con la punta sobre la nada y la luz de la costura, más delgada ahora, subiéndole por la hoja como había subido antes.

La brújula no apuntaba a su madre. Ya no.

Apuntaba a la espada.