Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo XIII — La primera piedra
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Capítulo XIII — La primera piedra

Capítulo XIII — La primera piedra

El guardabarranco era joven y no sabía que no se podía.

Por eso bajó. Por la chimenea de humo caliente, con las alas abiertas y el grito largo, cayendo más que volando, como caen los que todavía no han aprendido lo que no se hace, y se posó en la cornisa a veinte pasos de la espada gris con un golpe de garras en la piedra negra que hizo saltar chispas.

Y temblaba. Entero. Con las plumas de la cola abiertas y los ojos redondos mirando la costura, porque lo que subía de la costura no sabía lo que era un ave tampoco, y el ave lo sentía.

Pestos bajó primero. Despacio, como bajaba de todo.

Le puso la mano en el cuello al guardabarranco y le dijo algo al oído que no era una orden, porque Pestos no podía dar órdenes a nada, era otra cosa: era lo que se le dice a un animal asustado para que sepa que uno está.

Y el ave dejó de temblar un poco. No del todo. Un poco.

Y después Pestos le tendió la mano a la otra, y la otra bajó.

Yira Vorensen. Alta y recta. Con el pelo entrecano recogido atrás y la cara de Valdyr, quemada de sol y de viento, con las manos de alguien que había pasado media vida levantando piedras de un jardín y poniéndolas en otro lado.

Con un vestido de viaje oscuro y nada en las manos.

No, algo. Una cosa pequeña, cerrada en el puño izquierdo, que nadie vio.

Miró la cornisa. Miró a Hara de rodillas con una espada que pesaba, a Kael y Lucian al borde, a Alicia contra la pared. Miró a su hijo tirado en la piedra con una hoja en la garganta y la pierna abierta y la sien sangrando. Y miró al hombre que sostenía la hoja.

Y no corrió. No gritó. No dijo “Alberion”. Caminó.

*

Uclus no bajó la espada. No la subió tampoco. Se quedó como estaba, con la cara de Agaton gris y la garganta rajada, mirando venir por la cornisa a la muchacha de la habitación, que ya no era una muchacha y que caminaba como había caminado siempre: sin prisa, y derecho.

Se detuvo a tres pasos. A la distancia de una mesa. Y lo miró de frente, con los ojos cafés que eran los de su hijo, y dijo lo primero que Uclus le oía decir en diecinueve años:

—Me dijeron que no hablabas. —Pausa—. Y resulta que hablas. Con todo. Menos conmigo.

Uclus no contestó. La hoja gris tembló sobre el cuello de Alberion, y Alberion no se movió, porque había entendido lo que estaba pasando y porque Alicia, desde la pared, lo estaba mirando con los ojos grises y moviendo la cabeza muy despacio: no.

—Tenías doce años —dijo Yira—. Y yo seis.

Y Agaton catorce. Y el viejo nos llevó a la pradera a ver la roca, la primera vez, los tres.

—Hablaba bajo, pero el cuenco subía las voces, y la de ella subió—.

Y Agaton le habló a la roca. Delante de todos.

Y la roca se movió un dedo. Y el viejo le puso la mano en el hombro y le dijo “ese es mi hijo”.

Y tú no dijiste nada. Y después, cuando nadie miraba, te agachaste, y levantaste una piedra del suelo, una piedra chiquita, y me la diste. Y te fuiste corriendo.

Abrió el puño.

Era una piedra. Gris. Del tamaño de un huevo de codorniz. Lisa de treinta y tres años de mano.

—Las piedras del jardín son de él —dijo Yira—.

De Agaton. Las que me trajo de la pradera en los años que estuvo, y una por año que fui a buscar yo sola desde que no está.

Diecisiete de las mías. Esta no la puse nunca.

Esta la tengo en el bolsillo desde los seis años. Es la primera. —Lo miró—. Y es tuya.

*

Lo que pasó en la cara de Uclus Vorensen no lo vio nadie salvo Alicia, porque todos estaban mirando la piedra.

Alicia vio que un hombre que llevaba diecisiete años mirando hacia abajo, a una costura, para no mirar ninguna otra cosa, miraba una piedra gris en la mano de una mujer de treinta y nueve años, y que se le iba lo que pesaba.

No la espada. Lo otro. Lo que había tenido en los ojos desde el barco.

Se le iba como se va el calor de una piedra al anochecer, sin ruido, hasta que no queda.

—¿Por qué viniste? —dijo. Y la voz ya no era la de la pradera. Era la de un hombre con la garganta rota.

—Porque Pestos subió dos mil peldaños y voló dos días sin dormir para decirme una cosa.

—Yira no bajó la piedra—. Me dijo: “Nadie le ha dicho nunca que no mirándolo de frente. Su padre no. Su hermano no. Usted no”.

Y tenía razón. Yo no te dije que no, Uclus.

Elegí al que hablaba y no te dije nada, porque pensé que si no te decía nada no te dolía.

—Tragó—. Y te fuiste con un morral y no volviste.

Y yo tuve un jardín de cuarenta piedras y ninguna era tuya, y no me permití pensar en eso ni una vez, porque pensar en eso era injusto con él.

—Lo elegiste a él.

—Lo elegí a él. —Yira no parpadeó—. Porque con el que no habla no se puede vivir, Uclus.

No porque no te quisiera. Porque no se puede.

Uno necesita que le digan las cosas. Y tú ahora le hablas a la piedra, y al fuego, y a mil hombres a los que les quitaste lo que tenían.

Y a mi hijo le pediste que se quedara en una cornisa a hablarle a una grieta hasta morirse.

—Dio un paso. Dos. La distancia de una mesa se hizo la distancia de una mano—.

Y no me has dicho nada a mí todavía. Diecinueve años. Estoy aquí. Dilo.

Uclus no dijo nada. La hoja gris estaba sobre el cuello de Alberion y la mano que la sostenía ya no la sostenía: la dejaba estar.

—No te voy a pedir que bajes la espada —dijo Yira—. Nunca te pedí nada. Fue el problema. —Y le puso la piedra en la mano izquierda, la herida, la que colgaba, y le cerró los dedos encima con los suyos—. Te voy a dar esto. Que es tuyo. Y lo que hagas con lo demás lo haces tú.

Y se quedó ahí. Con las manos sobre la mano de él, sobre la piedra, a la distancia de una mano, mirándolo de frente, como no lo había mirado nadie.

Con el viento caliente subiendo del fondo del cuenco y el guardabarranco joven temblando a veinte pasos y Pestos con la mano en el cuello del ave, de pie, donde lo habían puesto.

*

Hara sintió que la espada verde dejaba de pesar.

No de golpe. Como deja de pesar una cosa cuando el que la sostenía deja de pensar en ella.

La hoja subió un dedo, y Hara pudo levantarla, y se puso de pie con ella, con la cara de piedra y los brazos dormidos, y miró a Uclus de espaldas a tres pasos, con el brazo herido en la mano de Yira y la espada gris en el cuello de Alberion, y dio un paso.

Y una mano pequeña se le cerró en el brazo. Alicia. Que había cruzado la cornisa sin que nadie la viera, como cruzaba todo.

—No —dijo Alicia. Muy bajo—. Mira.

Hara miró. Y vio lo que Alicia veía: que Uclus Vorensen, con la cara de Agaton, estaba llorando. Sin ruido. Sin que la cara cambiara. Como lloraba Hara. Con la mirada en una mujer de treinta y nueve años con el pelo entrecano que le sostenía la mano con una piedra adentro.

Y Alberion, tirado en la piedra, con la hoja en la garganta, con la brújula apuntando a su madre, oyó a su tío decir la primera palabra que le había oído decir sin la voz de la pradera. Con la suya. La que no había usado en diecinueve años porque no había tenido a quién.

—Yira.

Solo eso. Pero lo dijo mirándola.