Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo XII — Dos voces
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Capítulo XII — Dos voces

Capítulo XII — Dos voces

Lo primero fue el hierro. Y el hierro fue de Alberion.

Era más rápido. Un año de Thalassar y dos de practicarlo, de Bastos con la mano abierta, de Hara sin cara, de levantarse antes que nadie a dar golpes a un poste hasta que el poste cedía.

Entró bajo la espada gris, que era lenta y larga, y le abrió a Uclus el antebrazo izquierdo de un corte limpio, y salió, y volvió a entrar, y Uclus retrocedió dos pasos en la cornisa sin cambiar la cara, mirándose el brazo como se mira una cosa que le pasó a otro.

—Bien —dijo—. Eso es de Thalassar. —Pausa—. Lo otro es de casa.

Y le habló a la piedra.

No en voz alta. Alberion lo oyó como se oye una voz al otro lado de una pared: le dijo a la cornisa, a la losa negra bajo los pies de Alberion, que se fuera.

Y la losa se fue. Se inclinó hacia el aire, hacia los cien pasos de nada y la costura roja, y Alberion resbaló, y se tiró de lado, y rodó sobre piedra que todavía era piedra, y se levantó a tres pasos del borde con la espada de Oryndor en la mano y la brújula en el pecho dándole golpes.

—La piedra es mía —dijo Uclus. Sin acercarse—. Diecisiete años. La conozco mejor que tú conoces tu mano. No puedes decirle nada que yo no le haya dicho primero.

Alberion no contestó. Le dijo a la losa que se quedara.

Y la losa, que había oído irse y ahora oía quedarse, de dos voces de la misma sangre, hizo lo que hace una cosa que no sabe a quién oír: se partió.

Con un ruido como el del puente de la Cornisa cuando el viento tiraba, y una mitad se fue al aire y la otra se quedó, y entre las dos quedó una raja negra de dos palmos que atravesó la cornisa de un lado a otro, y por la raja subió la luz de la costura.

*

Hara entró. Rompió el “no”. Con la espada verde, por el lado izquierdo de Uclus, donde el brazo sangraba, como le habían enseñado a entrar a un hombre herido. Y Uclus le habló a la espada.

A la verde. A la piedra de la hoja, que era piedra, que había sido piedra antes de ser filo, y que oía.

Le dijo que pesara. Y pesó. Hara la sintió irse al suelo como si le hubieran colgado un hombre de la muñeca, y no la soltó, porque Hara no soltaba, y se fue al suelo con ella, de rodillas, con la cara de piedra entera, con los dos brazos tirando de una hoja que ya no quería subir.

—Es piedra —dijo Uclus, casi con pena—. Todo lo que es piedra es mío aquí.

Kael entró por el otro lado. Con la curva de Zareth, que no era piedra.

Y Uclus le habló al suelo bajo Kael, y el suelo se fue hacia el borde, y Kael se fue con él, resbalando, con la espada curva clavándose en la roca y no agarrando, hasta que una mano lo agarró por el cinto a un paso del aire.

Lucian. Que no iba a detener a nadie y que no iba a dejar solo a nadie, y que tiró de Kael con los dos brazos flacos y lo puso de nuevo en piedra que se quedaba, y se quedó allí, agachado, sosteniéndolo, con la cara más blanca que la de nadie.

—Lo que es carne —dijo Uclus— no lo toco. No sé. Nunca supe. —Miró a Alberion—. Tu padre tampoco. Es lo único que no nos dieron. Por eso hay hierro.

*

Alicia no se había movido.

Estaba de pie, pequeña, al fondo de la cornisa, contra la pared del cuenco, con las manos vacías y el cuchillo curvo de Ikki en el cinto, mirando. No a las espadas. A Uclus. A la garganta de Uclus. Y cuando habló, habló para Alberion, con la voz pequeña y clara, por encima del viento:

—Cuatro.

Alberion la oyó sin mirarla.

—La losa, la raja, la espada de Hara, el suelo de Kael.

—Alicia no apartaba los ojos de la garganta gris—.

Cuatro veces le habló a la piedra. Y cada vez le cuesta más.

Se le oye. En el barco le habló al palo una vez y no se le oyó nada.

Ahora se le oye. No lo dejes hablar con el hierro. Hazlo hablar con la piedra.

Uclus la miró. Por primera vez. A la muchacha de Thalassar que veía todo. Y Alicia le sostuvo la mirada, y no bajó los ojos, y Uclus hizo una cosa que a Alberion le dolió más que la losa: asintió. Como se asiente a alguien que tiene razón.

—Es verdad —dijo. Con la garganta rajada—. Es verdad, hija. —Y dejó de hablarle a la piedra.

*

Lo que vino fue hierro. Solo hierro. Y el hierro, cuando un hombre de cuarenta y cinco años decide gastarlo todo en él, no es lento.

Uclus había aprendido con la misma espada que ahora llevaba, en el mismo patio de Valdyr donde había aprendido Agaton, con el mismo viejo que les había enseñado a los dos que una espada se sostiene como se sostiene una cosa que uno no quiere que se caiga.

Y durante veinte años no la había sacado, pero la había llevado, todos los días, bajando a una cornisa, y el peso de una cosa que uno lleva todos los días se vuelve parte del brazo.

Entró. Largo, gris, sin apuro. Y Alberion paró, y era como parar a Bastos: no dolía en la mano, dolía en los huesos.

Y entró otra vez, y Alberion paró otra vez, y retrocedió, y la raja negra le quedó atrás, y la cornisa se le hizo chica.

Y a la tercera no paró del todo. La espada gris le pasó por el muslo izquierdo, por fuera, un corte largo que no le quitó la pierna pero le quitó la mitad, y Alberion se fue a una rodilla.

Se levantó. Con esos ojos suyos. Y entró él.

Fue bueno. Fue lo mejor que había hecho con una espada en la vida, y Hara, de rodillas, tirando de una hoja que pesaba un hombre, lo vio y supo que era lo mejor.

Tres cortes seguidos, bajo, alto, bajo, el último hacia dentro, como Bastos le había enseñado que nunca se hace y como Hara le había enseñado que se hace cuando no queda otra.

Y Uclus paró los tres. El tercero con la mano herida.

Y en el tercero, con la hoja de Oryndor trabada contra la gris, le dio a Alberion con el pomo en la sien.

Alberion cayó. La espada de Oryndor se le fue de la mano, se deslizó por la cornisa, por la losa inclinada, hacia el borde, y se detuvo a un palmo del aire, con la punta sobre la nada y la luz de la costura subiéndole por la hoja.

Y la espada gris le quedó en la garganta.

*

Uclus no la hundió. Se quedó de pie encima de él, respirando con el ruido de piedra rajada, con el brazo izquierdo colgando y sangrando sobre la cornisa, y la mirada que pesaba hacia abajo cayendo sobre un muchacho de diecisiete años que tenía su cara.

—Te lo pedí —dijo—. Dos veces. —Pausa—. Y no lo quería. Quiero que lo sepas. No quería esto. —Y le tembló la hoja. Un poco. Que no era de cansancio—. Pero lo que me falta me lo das tú, hijo. Es aritmética. Es lo único en lo que fui bueno.

Hara gritó. Kael gritó. Lucian se levantó, por fin, con las manos vacías, y dio el paso que no iba a dar. Y Alicia no gritó: Alicia miró hacia arriba.

Porque arriba, en el borde del cuenco, Draven Korr acababa de girar la cabeza al cielo.

Y porque por encima del humo, por la chimenea de viento caliente que subía derecha desde la costura, venía bajando algo que no bajaba en el Yermo.

Un sonido. Largo. Un grito de guardabarranco en picada, joven, de los que gritan porque todavía no saben que no se grita, y que atravesó el humo y cayó por el cuenco y llegó a la cornisa entero.

Uclus levantó la cabeza.

Y por un momento, con la espada de su padre en la garganta de su sobrino, el hombre de la cornisa no miró hacia abajo, a la costura, a lo que llevaba diecisiete años mirando.

Miró hacia arriba. A una sombra con las alas abiertas que bajaba por el humo contra todo lo que se sabía de los guardabarrancos, con dos personas encima. Una grande. Y una que no.

Y la brújula en el pecho de Alberion, tirada en la piedra, con una hoja gris en el cuello, dejó de apuntar a la costura.