Capítulo XI — La costura
Capítulo XI — La costura
El cráter no era un hueco. Era una boca que hablaba.
Lo supieron al llegar al borde, los cinco, con el viento caliente en la cara y Draven a diez pasos atrás, cuando el humo se abrió un momento y vieron abajo lo que Uclus había mirado todos los días durante diecisiete años.
Una ladera de piedra negra bajando en círculo, como el interior de un cuenco, hasta un fondo que no era de piedra.
Y en el fondo, a doscientos pasos, una línea.
Una sola. Roja, delgada, derecha, de un extremo al otro del cuenco, como un hilo de fragua puesto en el suelo.
Una costura. Y por la costura salía la luz.
Y con la luz, el viento. Y con el viento, una cosa que no se veía y que Alberion sintió en el pecho antes de entenderla: la brújula, que había apuntado al cielo, apuntó a la línea roja y se quedó quieta, como se queda quieta una aguja cuando encuentra el norte y ya no hay más que buscar.
—No miren mucho —dijo Lucian. Con la voz rota—. Abajo. No miren mucho abajo.
Alicia lo miró a él, no a la costura.
—¿Qué pasa si uno mira?
—Que deja de importar. —Lucian tragó—. Todo. Deja de importar. —Se tocó el pecho—. Lo sentí al bajar la pared, desde Orl, y pensé que era el cansancio. No era el cansancio. Es eso. Y acá es más.
Alberion lo sentía también. No como Lucian.
Como se siente una voz. La costura hablaba.
No decía palabras. Decía lo que decía la roca de la pradera cuando Agaton la levantó, lo que decía el hierro de la reja, lo que había dicho el palo mayor antes de caer: decía hacia dónde quería ir.
Y quería ir hacia afuera. Hacia arriba. Hacia ellos.
Y no tenía prisa, porque llevaba diecisiete años oyendo a un hombre decirle que sí.
*
El hombre estaba allí. En una cornisa de piedra negra, a medio camino entre el borde y la costura, a cien pasos abajo, de pie, con la capa gris, de espaldas a ellos, mirando la línea roja.
No se dio vuelta cuando llegaron. Habló sin darse vuelta, con la voz de la pradera, y la voz subió por el cuenco como sube el humo, derecha.
—Bajen o no bajen. Pero no se queden en el borde. En el borde se piensa demasiado.
Bajaron. Por una senda que Uclus había hecho en la pared del cuenco con la misma mano que la otra, piedra por piedra como la senda de afuera, hasta la cornisa, que era ancha como una plaza de pueblo y que terminaba en el aire, y debajo del aire, a cien pasos, la costura.
Y cuando llegaron a la cornisa, Uclus se dio vuelta.
Estaba más viejo que en el barco. Una semana más viejo de una manera que no era una semana.
Tenía la cara de Agaton gris, con las mejillas hundidas, y los ojos que pesaban hacia abajo pesaban menos, como si lo que pesaba se estuviera acabando.
Y cuando habló se le oyó algo en la garganta que no se le había oído en la cubierta: un ruido pequeño, de piedra que se raja.
—Diecisiete años —dijo. Mirando a Alberion y a nadie más—.
Todos los días. Debajo de la roca que puso tu padre, y después fuera de ella.
Bajar aquí, mirar eso, y decirle “sal”. —Se tocó la garganta—.
Uno no dice “sal” diecisiete años sin pagar.
Tu padre lo sabía. Por eso le hablaba a la roca una vez al año, para la cosecha, y después se callaba.
Era prudente. Siempre fue prudente. Yo no.
—¿Qué le pasa a la voz? —preguntó Alberion.
—Se va. —Uclus sonrió, y fue la primera vez, y fue la sonrisa de Agaton en una cara que no era la de Agaton, y Alberion tuvo que mirar a otro lado—.
A donde va todo lo que uno le da a esto.
—Señaló la costura con la barbilla—. Yo le di la voz.
Draven le dio el miedo. Los mil le dieron el miedo.
Los quinientos iban a darle lo suyo. —Lo miró—.
Y tú me los sacaste. Y está bien. No los necesito. —Pausa—. Te necesito a ti.
*
Lo dijo sin maldad. Como había dicho en el barco que las cosas eran así. Y después lo explicó, porque era un Vorensen y los Vorensen explicaban, de pie en la cornisa, con los cuatro detrás de Alberion y Draven apareciendo en el borde del cuenco, arriba, lejos, como una sombra que no sabía bajar.
—Una grieta la abre una voz. Y la mantiene abierta una voz.
Pero no una voz cualquiera: una que se queda.
—Uclus se tocó el pecho—. Yo me quedé. Diecisiete años.
Pero una voz que se queda se gasta. Y cuando se gaste, esto se cierra solo, como se cierra una herida, y todo lo que hice se cierra con ella, y Draven vuelve a tener miedo, y los mil, y el mundo entero vuelve a ser lo que era: un lugar donde un hombre no aguanta estar en una habitación.
A menos que haya otra voz. De la misma sangre. Que se quede.
Pestos no estaba. Pero Alberion se acordó de su cara, y de lo que le había dicho en la pradera: que una voz que se gasta no cierra nada. Que cuando se acaba, lo que sostenía queda abierto y sin nadie, y los vacíos se quedan vacíos para siempre. Uclus lo creía. Pestos lo sabía.
Alberion no dijo nada. Lo había entendido en el Yermo, cuando Pestos dijo “se queda”.
Lo había entendido antes, en el barco, cuando Uclus dijo “siempre te he esperado”.
Pero oírlo era distinto. Oírlo era ver la cornisa, y la costura, y diecisiete años, y un hombre pidiéndole a un muchacho de diecisiete que fuera él.
—Me pides que me quede —dijo—. Aquí. Hablándole. Hasta que se me acabe la voz.
—Te pido que seas lo que eres. —Uclus dio un paso—.
Lo que sostiene es nuestro. De la sangre.
Tu padre lo gastó en cosechas. Yo lo gasté en esto.
Tú puedes gastarlo en algo que importe. Te lo dije en el barco.
Vas a decirlo distinto cuando se te muera alguien.
Ya se te murieron dos. —Lo miró con los ojos que pesaban—. ¿Lo dices distinto?
Y Alberion, que había cargado con Ikki en el pecho y con Tessa en la arena, que no había dormido en tres noches y que tenía la cara de un hombre que no era suya todavía, dijo:
—Sí. —Pausa—. Lo digo distinto. —Y dio un paso él también—.
Ikki se tiró del palo porque tenía miedo de perder una carrera.
Tessa partió el tablón porque tenía miedo de que yo me quedara.
Kael entró en Miriath con una viga porque tenía miedo de no cumplir.
Y mi madre eligió a mi padre y no a ti porque él hablaba y tú no.
Y tú tenías miedo de hablar. Y te fuiste.
—Lo miró con esos ojos suyos—. Tú no quieres quitarle el miedo al mundo.
Quieres quitarte el tuyo. El de aquella habitación.
Y como no puedes, se lo quitas a todos los demás para que nadie tenga lo que tú no aguantaste.
El silencio en la cornisa fue largo. Lo llenó el viento.
Y Alicia, que veía todo, vio en la cara de Uclus una cosa que no había visto en la cubierta, ni en la senda, ni en nadie que tuviera la cara de Agaton: vio que un hombre de cuarenta y cinco años, en una cornisa, con la voz rajada, se quedaba sin nada que contestar. Y vio que lo sabía.
*
—Entonces no te quedas —dijo Uclus. Bajo.
—Me quedo. —Alberion se quitó la espada de Oryndor de la espalda, con la vaina, y la sostuvo con las dos manos, sin sacarla—. Pero no para abrirla.
Uclus lo miró un rato. Miró la espada. Miró, detrás de Alberion, a Hara con la mano en la verde, a Kael con la curva, a Alicia con las manos vacías, a Lucian pálido.
Miró arriba, al borde, donde Draven estaba de pie sin saber bajar.
Y después hizo una cosa que nadie esperaba: se rio.
Corto. Con la garganta rajada. Como se ríe un hombre que lleva media vida solo y de pronto oye a alguien decirle lo que ya sabía.
—Tienes su cara —dijo—. Y la de ella. No lo vi en el barco. Ella también me dijo que no así, sin decirlo. Con las dos manos en una cosa. Sin soltarla.
Y se abrió la capa gris.
Debajo llevaba una espada. Vieja. De Valdyr. Con la empuñadura gastada de una mano que la había llevado veinte años sin sacarla, como Alberion no había sacado la suya en el Yermo. Y la sacó. Despacio. Y la hoja era del mismo gris que la capa y que los ojos y que el Yermo entero.
—Es la del viejo —dijo—. De tu abuelo. Me la llevé cuando me fui.
—La miró—. Tu padre se quedó con el anillo.
Yo con esto. Él tuvo la mejor parte. —Y la levantó, no en guardia, no todavía: la levantó para que Alberion la viera—.
No te voy a pedir dos veces. Ya la gasté.
Pero si no te quedas para abrirla, hijo, entonces te quedas de otra manera. Y lo que me faltaba, me lo das tú.
Alberion sacó la espada de Oryndor.
Fue la primera vez en el Yermo. La hoja salió de la vaina con el sonido que tenía, el que había tenido al salir de la piedra, y la luz de la costura subió por ella y se quedó.
Y Hara dio un paso adelante, y Alberion dijo “no” sin mirarla, y Hara se quedó.
Y Kael dio un paso, y Alberion dijo “no” sin mirarlo, y Kael se quedó.
Y Lucian no dio ningún paso, porque no lo iba a detener, y porque no lo iba a dejar solo, y las dos cosas se hacían desde donde estaba.
—Esta no vale —dijo Alberion. Muy bajo. Para él. Para un muchacho de Kaoryn que no estaba.
Y Uclus Vorensen, con la cara de Agaton y la espada de su padre, se puso en guardia por primera vez en veinte años, y dijo, con la voz de la pradera, lo último antes del hierro:
—Ninguna vale, hijo. Eso es lo que nunca entendió tu amigo. —Pausa—. Y por eso ganó.