Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo X — Lo que se queda
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Capítulo X — Lo que se queda

Capítulo X — Lo que se queda

Pestos había estado en el Yermo todo ese tiempo. Nadie lo había visto, y eso era lo que hacía Pestos.

Había bajado los dos mil peldaños detrás de los seis, “donde me pongan”, y se había puesto donde no estorbara: en la boca de la escalera, con los de Fuego, viendo salir a los quinientos.

No había cruzado los siete barcos. No había estado en la cubierta del barco grande cuando cayó el palo, ni en el cuarto barco cuando se partió el tablón.

Había visto volver a cinco, y después a cuatro, y había cavado con Brumm sin que se lo pidieran, y no había dicho una palabra en dos días, porque había cosas que un hombre viejo de la pradera sabía que no se dicen hasta que el otro pregunta.

Alberion preguntó esa noche. Sentado en el primer peldaño con la espada de Oryndor atravesada sobre las rodillas, que no había sacado en Miriath y que no pensaba sacar hasta que hiciera falta, con el anillo de su padre en la mano y Pestos a su lado, en la ceniza, con la espalda contra la roca.

—¿Qué hay arriba?

Pestos tardó. Miró el humo, que subía derecho, sin torcerse, como sube el humo cuando no hay viento que lo mueva.

—Una grieta —dijo—. Tu padre la vio una vez. De muchacho. Antes de que Uclus se fuera. Subieron los dos, con tu abuelo. El viejo quería que la vieran. Que supieran que lo que sostiene no es una pared. Es una costura. Y que hay lugares donde la costura está floja.

—¿Y Uclus la abrió?

—Uclus le dijo al fuego que saliera. Diecisiete años.

Todos los días. —Pestos no lo miraba—. Y el fuego sale.

Despacio. Lo que sale por esa grieta no es lava, hijo.

Es lo que hay debajo de la costura. Y lo que hay debajo de la costura no sabe lo que es un hombre.

Lo toca y lo deja sin lo que lo hace hombre.

Sin miedo. Que es lo primero que uno tiene. Antes del nombre.

Alberion miró Miriath. Las mil escotillas, oscuras. Los mástiles con aves de hueso quietas.

—Entonces Draven. Y los mil.

—Los hizo subir. De a uno. Y los bajó así.

—¿Y los quinientos? ¿Para qué quería quinientos?

—Para que la costura se abriera del todo.

—Pestos se frotó las manos, despacio, como las frotaba en la pradera antes de levantar algo pesado—.

Lo que hay debajo no se abre con una voz.

Se abre con lo que uno le da. Y Uclus pensó que quinientos eran bastante.

—Lo miró por primera vez—. Después pensó que tú eras bastante.

Por eso te dejó sacarlos. No fue bondad. Fue aritmética.

Alberion no dijo nada un rato largo. Y después dijo la cosa que un hombre de diecisiete años dice cuando ya sabe:

—¿Y cómo se cierra?

Pestos no contestó enseguida. Y cuando contestó no fue con la voz de la pradera. Fue con otra, más vieja, que Alberion le había oído una sola vez, en la pradera, la tarde en que le dijo su nombre.

—Una grieta la abre una voz. —Pausa—. Pero no la cierra otra voz.

La cierra una voz que se queda. —Lo miró con los ojos de siempre, que no se parecían a los de nadie—.

Eso no lo sé por tu abuelo. Lo sé porque yo cuidé la pradera diecisiete años sin poder decirle nada a la roca.

Y uno aprende lo que no puede hacer mirando a los que pueden.

Alberion asintió. Despacio. Y no preguntó más, porque no hacía falta, y porque Pestos había dicho “se queda” y no “se muere”, y en la pradera esas dos palabras no eran la misma, y Alberion quería que siguieran sin serlo un día más.

*

Hara no durmió. Alicia no durmió. Lucian durmió una hora y se despertó gritando algo en la lengua del puerto de Thalassar que nadie entendió y que él no explicó. Kael no se movió del segundo peldaño.

Y en algún momento de la noche, cuando el gris estaba más oscuro, Alicia se sentó junto a Alberion sin decir nada, como se había sentado en el bosque y en la cabaña siete.

—Hay viento —dijo.

—No hay viento, Alicia. Es el Yermo.

—Arriba. —Señaló con la barbilla el humo, que subía derecho hacia el cielo gris—.

Mira cómo sube. No se tuerce. Sube como una chimenea.

Eso es viento. Es viento que va hacia arriba.

Del fuego. —Lo miró con los ojos grises—.

Un guardabarranco no puede bajar al Yermo porque no hay nada que lo sostenga.

Pero sí puede bajar por eso. Por una chimenea. Si alguien le dice que sí.

Alberion miró el humo. Y Pestos, que no dormía, que nunca dormía del todo, levantó la cabeza de la roca y miró el humo también. Y Alicia los vio mirarlo a los dos, y supo que había dicho algo que uno de los dos necesitaba oír.

*

Pestos se levantó antes del gris.

Lo vio Alberion, porque no había cerrado los ojos. Lo vio ponerse de pie, sacudirse la ceniza, mirar Miriath una vez, mirar el humo una vez, y venir hacia él.

—Tengo que subir —dijo Pestos.

—¿A Orl?

—Más lejos. —Pausa—. Hay una cosa que no se puede decir aquí abajo. Y hay que traerla.

Alberion lo miró. Con esos ojos suyos. Y vio lo que había debajo, y esta vez supo que lo veía, porque Pestos no escondía nada: nunca había escondido nada, solo había callado.

—Si subes ahora, no estás cuando yo suba.

—No. —Pestos no bajó la vista—. Pero estoy cuando bajes. —Pausa—. O cuando no bajes. —Y le puso la mano en el hombro, la mano grande de la pradera, la que había puesto en el hombro de Agaton y en el de su abuelo y en el de nadie más—. Yo no vuelvo sin ti. Nunca he vuelto sin ti. No voy a empezar.

Y se fue. Por la escalera. Dos mil peldaños, un hombre viejo, sin apuro, sin mirar atrás, y Brumm se apartó para dejarlo pasar y lo miró subir como se mira subir una cosa que uno no entiende pero respeta.

Alberion no lo detuvo. No lo había detenido nadie nunca. No era de esos.

*

No subieron ese día. Ni el siguiente. La escalera tardó tres días en vaciarse: casi seiscientas personas por dos mil peldaños de medio paso, de a diez, y Alberion no iba a subir al volcán con la mitad de Orl todavía en la roca, al alcance de un hombre que bajaba un brazo y despertaba una ciudad.

Esperaron. Miriath, callada, esperó con ellos.

Y al cuarto día, cuando Ebed mandó desde arriba la última libélula de Eduart con una sola palabra, “todos”, subieron.

Subieron cinco.

Alberion delante, con la espada de Oryndor al cinto y el anillo en la mano.

Hara detrás, con la espada verde y la cara de piedra entera otra vez, no porque se hubiera arreglado, sino porque la había vuelto a poner.

Alicia, pequeña, con el cuchillo curvo de Ikki en el cinto y los ojos abiertos.

Kael, con la espada curva de Zareth y dos bolsitas vacías contra el pecho.

Y Lucian Vaelcrest, con las manos vacías, el último, porque alguien tenía que ir el último y él sabía ir el último.

Brumm, Oda y Tal se quedaron en la escalera. Eran la pared. Y por si bajaba algo que no debía bajar, o subía algo que no debía subir.

Pasaron por Miriath sin cruzarla. Bordearon la ciudad por la ceniza, por donde los barcos no llegaban, hacia la ladera, hacia la pasarela del barco grande, que seguía apoyada en las piedras rojas con el palo mayor caído en la cubierta.

Y las mil escotillas los vieron pasar, y nadie se movió, porque la orden era silencio y arriba había un hombre que ya tenía lo que quería.

Pasaron por la reja.

Draven seguía ahí. Días de pie delante de un hueco en la roca, sin lanza, sin comer, sin sentarse, con la cara que había sido bonita y dura mirando a nada.

Y cuando pasaron los cinco, Draven giró la cabeza.

Como la había girado por la yegua. Y los miró.

A Alberion. A Hara. A Kael, más tiempo. Y después giró el cuerpo, despacio, como gira una cosa que no sabe que gira, y dio un paso.

Nadie le dijo nada. Nadie lo esperó. Pero nadie le dijo que no.

Y Draven Korr, de Zareth, caminó detrás de los cinco, a diez pasos, con las manos vacías, por la senda que subía entre las piedras rojas hacia el humo, sin saber por qué, porque ya no sabía nada, salvo que una muchacha de Qasr le había dicho en la lengua vieja que no la dejara sin agua, y que eso era lo único que tenía, y que lo llevaba hacia arriba.

*

La senda era de Uclus. Se notaba. Cada piedra estaba donde alguien le había dicho que estuviera, encajada, lisa, sin un borde que cortara, una escalera sin peldaños hecha para un solo hombre que sube todos los días a decirle una cosa al fuego.

Y según subían el aire se puso caliente.

Y después seco. Y después, a media ladera, cuando el humo ya no estaba arriba sino alrededor, Alicia levantó la cara, y cerró los ojos, y dijo lo que había dicho de noche:

—Hay viento.

Y lo había. Les daba en la cara. Hacia arriba.

Un viento caliente que subía por la ladera hacia la boca del volcán como sube el aire por una chimenea, y que les secaba los ojos, y que les movía el pelo por primera vez desde Orl.

Y en ese viento, lejos, muy arriba, por encima del humo, Alberion oyó algo que no era el fuego.

No lo dijo. Siguió subiendo. Pero se tocó el pecho, donde estaba la brújula, y la brújula no apuntaba al cráter.

Apuntaba hacia arriba. Al cielo. A algo que venía.