Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo IX — La arena
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Capítulo IX — La arena

Capítulo IX — La arena

En el Yermo no amanecía. Se aclaraba un poco el gris, y eso era el día.

Kael se levantó antes de que se aclarara.

No había dormido. Había pasado la noche sentado en el segundo peldaño, con la espada curva atravesada sobre las rodillas y la vista en la ciudad de barcos, y cuando el gris empezó a cambiar se puso de pie, dejó la espada en el peldaño, se quitó el cinto con el cuchillo, y bajó a la ceniza con las manos vacías.

—Voy contigo —dijo Alberion. No había dormido tampoco.

—No.

—Kael.

—Le dije que sí a ella. No a ti. —Kael no se dio vuelta—. Si vas tú, es tuyo. Y es mío.

Alberion no insistió. Lo había aprendido de Pestos: hay cosas que no se discuten con un hombre que ya decidió, porque discutirlas es quitárselas.

Pero Brumm, que había pasado la noche de pie en la boca de la escalera con Oda y Tal, se agachó, recogió del suelo una viga que los gigantes habían bajado por la pared sin que nadie supiera para qué, y se la puso a Kael en el hombro.

Una viga de doce pasos. Para un hueco de ocho.

—Pesa —dijo Brumm. Era lo más que decía.

—Ya sé.

Y Kael entró en Miriath con una viga al hombro y las manos vacías, y la yegua detrás, sin que nadie la llevara.

*

Los sin miedo lo vieron pasar. De mil escotillas.

No se movieron. La orden era silencio, y el silencio no decía nada de un hombre de Zareth con una viga, así que lo miraron como las aves de hueso miraban: girando la cabeza, sin parpadear.

Y Kael cruzó el primer barco, y el segundo, y el tercero, por los tablones que Tessa no había partido, diciendo en voz baja, en la lengua vieja, una cosa que decían los viejos de los oasis cuando iban a buscar a alguien al desierto.

Que no era una oración. Era una cuenta: los pasos. Para no perderse a la vuelta.

En el tercer barco se detuvo en la orilla del hueco. Y la vio.

Seguía sentada. Con la espada entre las rodillas.

Con la cabeza caída hacia un lado, como cuando se quedaba dormida en los viajes, en la yegua, y Bastos decía “la herrera se durmió” y ella contestaba sin abrir los ojos “la herrera te oye”.

Tenía la armadura dorada cubierta de una capa fina de ceniza, gris sobre oro, y alrededor, de pie, a dos pasos, veinte hombres de cuero negro que no la miraban.

Kael bajó la viga. La apoyó en la orilla, la empujó, y la viga cruzó los ocho pasos y se asentó en el cuarto barco con un golpe seco. Y los veinte giraron la cabeza hacia el golpe. Y Kael cruzó.

No lo tocaron. Pasó entre ellos como se pasa entre árboles.

Se arrodilló delante de Tessa, y le quitó la ceniza de la cara con la mano, y le cerró la boca, que se le había abierto un poco, y le soltó los dedos de la espada uno por uno, porque se le habían quedado cerrados, con la fuerza de la fragua, y no querían soltar.

—Ya —le dijo. En la lengua vieja—. Ya vine.

Y la levantó. No pesaba lo que parecía. Nunca había pesado. Era toda brazos y cara roja y voz, y lo demás era armadura.

*

La cruzó por la viga, de a un paso, con los veinte mirando desde atrás, y la subió a la yegua, que la esperaba con las orejas hacia adelante, y que bajó la cabeza al sentirla como la bajaba cuando Tessa le decía “ya, ya, vieja” al final de un día.

Y volvió con la espada en la mano y la cuenta de los pasos en la boca, al revés, para no perderse.

Y al pasar por el segundo barco, por donde se veía la ladera y la reja abierta, Kael se detuvo un segundo. Porque Draven Korr, que seguía de pie delante de la reja vacía, mirando a nada, había girado la cabeza.

No la oreja. La cabeza. Hacia la yegua. Hacia lo dorado que llevaba encima.

Kael no le dijo nada. No había nada que decir que ella no le hubiera dicho ya. Pero se quedó el segundo, para que Draven mirara, porque le pareció que alguien tenía que dejarlo mirar. Y después siguió.

*

La enterraron al pie de la escalera. No en Orl, no en Zareth, no en ningún lado donde hubiera tierra de alguien: en la ceniza del Yermo, a diez pasos del primer peldaño, donde Brumm abrió un hueco con las manos en menos de lo que tarda un hombre en decidir dónde.

—En Zareth uno se entierra donde cae —dijo Kael, mientras Brumm cavaba.

A nadie. A Alberion, que estaba al lado—.

No hay tierra para llevar a nadie a ningún lado.

Por eso llevamos la arena. —Se metió la mano en la camisa y sacó una bolsita de cuero del tamaño de un puño, gastada, oscura de sudor—.

Cada uno lleva la de su pozo. Desde que nace. Para que donde caiga sea de casa.

Y de la armadura de Tessa, de debajo del peto, de donde se guardan las cosas que no se enseñan, sacó otra. Igual. Más clara, porque la arena de Qasr era más clara que la de Dūn.

Hara la bajó al hueco. Nadie más habría podido sin que pareciera un esfuerzo, y Hara no quiso que pareciera.

La acostó de lado, como dormía. Con la espada.

Con la armadura dorada, porque la habían terminado en la fragua de su padre y nadie iba a quitársela.

Y Kael se arrodilló al borde, y abrió la bolsita de Qasr, y la vació sobre ella, despacio, de la cabeza a los pies, un hilo fino de arena clara que se perdía en la ceniza gris y que, por un momento, antes de perderse, se vio.

Después abrió la suya. Y la vació también.

—No era de ella —dijo Alberion, muy bajo. No como reproche. Como pregunta.

—No. —Kael guardó las dos bolsitas vacías, una dentro de la otra—. Pero ahora yo no me caigo en ningún lado. Ya sé dónde.

Y entonces hizo lo último. Sacó el odre, el que llevaba desde Qasr, el que había llenado en el último pozo de Orl, y lo destapó, y lo volcó sobre la arena.

Toda el agua. Hasta que el odre quedó flaco y la arena oscura.

Y nadie entendió, salvo Alicia, que veía todo, y que había visto la cara de Kael en el cuarto barco cuando Tessa le habló.

—Eso le dijo —dijo Alicia. Bajo—. En la lengua vieja. A él y a Draven. ¿Verdad?

Kael asintió. Sin mirarla. Mirando la arena mojada.

—“No me dejes sin agua”. Es lo que se dice en Zareth. Cuando uno se va al desierto y el otro se queda. No es un pedido. —Tragó—. Es una manera de decir la otra cosa.

Brumm cerró el hueco con las manos. Y encima no pusieron piedra ni marca ni nombre, porque en Zareth no se pone, porque la arena ya dice de quién es.

*

A Ikki se lo llevaron hacia arriba.

Lo decidió Hara, que no era de Kaoryn pero sabía que en Kaoryn a los muertos no se los deja abajo.

Lo decidieron Ebed y Aerion, que subían con los quinientos y los de Fuego y de plata, y Eduart, que subía con ellos con el cuaderno cerrado por primera vez.

Y lo decidió Alberion sin decir nada, porque Ikki había dicho “me hubiera gustado uno”, y arriba, en Orl, había uno viejo con las alas abiertas que había gritado.

—En el borde —dijo Hara—. Donde empieza el viento. Que lo vea un guardabarranco antes que la tierra.

Y Ebed lo cargó, porque Hara no podía subir: Hara se quedaba.

Y Alberion vio a Ebed, la que había dicho “yo subo” y a quien le habían contestado “tú los sacas”, subir dos mil peldaños con el muchacho de Kaoryn en brazos, delante de casi seiscientas personas, sin cambiarlo de brazo ni una vez, y pensó que había gente que hacía las cosas difíciles sin que nadie lo escribiera en ninguna parte.

Quedaron en el Yermo los que iban a subir al volcán.

Alberion. Hara. Alicia. Kael, que después de la arena se había sentado en el segundo peldaño otra vez y había recogido la espada curva.

Brumm, Oda y Tal, en la boca de la escalera, como una pared que no tenía intención de irse.

Y Lucian Vaelcrest, flaco, pálido, con las manos vacías, que no había dicho una palabra desde que bajó y que ahora se sentó en el primer peldaño, al lado de Alberion, sin pedir permiso.

—Tu madre me pidió una cosa —dijo. Mirando Miriath—. Antes de que saliéramos de Campo Blanco. Me llevó aparte, a la torre, y me la pidió.

—¿Qué cosa?

—“No lo detenga”. —Lucian tragó—. “Pero no lo deje solo”.

—Lo miró—. Me pareció raro que me lo pidiera a mí.

Después entendí. Me lo pidió a mí porque yo ya sé lo que pasa cuando uno deja solo a alguien.

—Volvió a mirar la ciudad—. Así que no te voy a detener.

Y no te voy a dejar solo. Es todo lo que tengo.

Alberion no contestó enseguida. Miró el humo. La senda entre las piedras rojas. El lugar donde un hombre con la cara de su padre había dicho “siempre te he esperado”.

—Mañana —dijo.

—Mañana —dijo Lucian.

Y Kael, desde el segundo peldaño, sin levantar la vista de la espada curva, dijo lo que faltaba, con la voz que no gritaba:

—Yo ya no tengo arena. —Pausa—. Así que subo.