Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo VIII — Hierro
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Capítulo VIII — Hierro

Capítulo VIII — Hierro

Uclus bajó la mano desde la senda.

Lo vio Alicia. Una figura gris, pequeña, a mitad de la ladera, entre las piedras rojas, que se detuvo y se dio vuelta y levantó un brazo, como había hecho en la cubierta cuando la ciudad se calló, y lo dejó caer. Y Miriath despertó.

No hubo gritos. Eso fue lo peor. Mil hombres sin miedo salieron de mil escotillas sin un solo grito, sin un solo ruido que no fuera el de las botas en la madera, y empezaron a moverse hacia los cinco que cruzaban el cuarto barco con un muerto en brazos.

Venían de todos lados. De proa y de popa, de los barcos de arriba y de los de abajo, por los tablones, por las bordas, por la ceniza.

Con lanzas negras. Con la cara de Draven.

—Corran —dijo Hara.

No corrieron. No se podía correr con Ikki.

Hara lo llevaba cruzado sobre los dos brazos, con la cabeza contra su pecho, y no iba a soltarlo, y nadie se lo pidió.

Caminaron rápido. Alberion delante, diciéndoles a los tablones que aguantaran, y aguantaban, porque eran tablones y querían aguantar.

Alicia al lado de Hara. Kael atrás, con la espada curva afuera por primera vez en el Yermo.

Y Tessa en la yegua, la última, mirando hacia atrás, hacia los mil.

El cuarto barco al tercero se cruzaba por un solo tablón. Ancho como dos manos. Largo como ocho pasos. Y del otro lado, en el tercer barco, los primeros sin miedo ya estaban subiendo por la borda.

*

Tessa bajó de la yegua.

Lo hizo sin decir nada. Se bajó, le dio la rienda a Alicia, que era pequeña y que no pesaba, y le dijo:

—Súbete. La yegua cruza todo. Cruzó a la Cornisa por un puente de un paso. Cruza un tablón.

—Tessa.

—Súbete, Alicia.

Y Alicia se subió, porque Alicia veía todo, y vio esto.

Tessa se quedó de pie al borde del tablón, con la armadura dorada que habían terminado en la fragua de su padre, en Qasr, con la espada afuera, con la cara roja debajo de las pecas y los puños cerrados sobre la empuñadura. Y miró a Kael, que era el que estaba más cerca, y que ya sabía.

—No —dijo Kael.

—Tú me enseñaste a decirle que no a Draven. —Tessa no lo miraba a él. Miraba el tercer barco—. A los trece años. “No te dejes pisar la espada”. Y no me la dejé pisar más. Pero ahora no es Draven. Ahora no vale.

—Tessa, no…

—Hara lleva a Ikki. Alberion tiene que subir. Alicia tiene que contar lo que vio. —Se dio vuelta y lo miró, por fin, con los ojos que no lloraban—. Y tú tienes que llevarme a casa. Alguien tiene que hacer cada cosa, Kael. Esta es la mía. Pasen. Yo cierro.

Kael no se movió. Y Alberion, que estaba ya en el tablón, se dio vuelta, y Tessa le dijo, antes de que abriera la boca:

—Si te quedas, se murió por nada. —Con la voz de la fragua—. Y yo también. Y no voy a permitirlo. —Y le gritó a Hara—: ¡Camina!

Hara caminó. Con Ikki en brazos. Por el tablón de dos manos.

Y Alicia detrás, en la yegua, que cruzaba todo.

Y Alberion detrás de Alicia, caminando de espaldas, mirando a Tessa, hasta que Kael lo agarró del brazo y lo tiró al tercer barco.

Y Kael pasó último, y se dio vuelta en la orilla del tercero, y vio a Tessa, sola, en el borde del cuarto, con los sin miedo llegándole por los dos lados.

Y Tessa levantó la espada, y con el pomo, con toda la fuerza de los brazos de la fragua, le pegó al tablón.

*

El tablón se partió. Cayó al hueco de ceniza entre los dos barcos, ocho pasos de nada, y ya no hubo camino.

Y los sin miedo que venían detrás de Tessa se detuvieron en el borde, mirando el hueco, porque la orden era la ciudad y la ciudad terminaba ahí.

Y los que venían hacia los cinco por el tercer barco se detuvieron también, porque algo en el orden de las cosas se había roto y nadie les había dicho qué hacer con eso.

Pero los que venían por el cuarto barco no se detuvieron. Porque Tessa estaba en el cuarto barco.

Fueron diez. Después veinte. Tessa los esperó con la espalda al hueco y la espada en las dos manos, y cuando llegaron no pensó en nada, ni en Qasr, ni en su padre, ni en el patio de Sahl: pensó en hierro.

En cómo se dobla y en cómo no se dobla. Y a los primeros dos los tiró a la ceniza, y al tercero le partió la lanza, y al cuarto le dio en el pecho con el hombro de la armadura dorada y lo mandó contra el quinto, y nadie gritó, ni ellos ni ella.

No tenían miedo. Eso era lo que no se podía pelear.

Un hombre con miedo retrocede cuando ve caer a dos.

Estos no retrocedían. Pasaban por encima de los suyos como se pasa por encima de un tronco, sin mirarlo, y venían, y venían, y el borde del cuarto barco se fue llenando de cuero negro, y Tessa fue retrocediendo paso a paso hasta que no hubo paso, hasta que tuvo los talones en el borde del hueco y el Yermo entero a la espalda.

Y Kael, desde el tercero, a ocho pasos de nada, gritó. Kael, que gritaba para celebrar y nunca así. Gritó el nombre de ella, una vez, con una voz que nadie le había oído, y la espada curva en la mano no servía para ocho pasos, y no hubo tablón, y no hubo nada.

*

Fue una lanza. Desde una escotilla del barco de arriba. Tessa no la vio, porque estaba mirando al que tenía delante, y le entró por donde la armadura dorada no llegaba, debajo del brazo, donde hasta la mejor armadura de Qasr tiene que dejar que el brazo se mueva.

No cayó. Puso la punta de la espada en la cubierta, y se apoyó, y se quedó de pie. Con la cara roja. Con las pecas. Con los sin miedo deteniéndose delante de ella, de golpe, todos, porque de pronto ya no estaba en el camino de nada, y la orden no decía qué hacer con una muchacha que no estorba.

Y Tessa se dio vuelta. Despacio. Hacia el hueco. Hacia Kael.

Lo miró. A ocho pasos. Y le habló en la lengua vieja de los oasis, la que habían hablado de niños en pozos distintos de Zareth, la misma en que le había hablado a Draven en la reja y que nadie más había entendido.

Y esta vez Alicia, que estaba cerca de Kael, no entendió las palabras, pero entendió la cara de Kael al oírlas, y supo que eran las mismas.

Que Tessa le había dicho a Draven, en la reja, lo que le decía ahora a Kael.

Que era una sola cosa, dicha dos veces, a los dos hombres de su tierra que había querido de dos maneras.

—Sí —dijo Kael. En la lengua vieja. Y después en la de todos, para que Alberion oyera—: Sí. Te llevo.

Y Tessa asintió, como si fuera un trato, como si estuvieran en una fragua cerrando un precio.

Y se sentó. Con la espada entre las rodillas.

En el borde del cuarto barco de Miriath, de espaldas a mil hombres sin miedo que no la tocaban, de frente a su maestro, al otro lado de ocho pasos. Y cerró los ojos.

Y los sin miedo pasaron por los dos lados de ella, hacia el borde, y se quedaron mirando el hueco, y no la tocaron, porque ya no estorbaba.

*

Lo que vino después Alberion no lo recordó bien nunca.

Recordó que Kael no se movía y que él tuvo que moverlo, como Kael lo había movido a él.

Recordó la escalera. Recordó la cara de Ebed al ver llegar a Hara con lo que llevaba, y a cinco donde habían subido seis, y que Ebed no preguntó.

Recordó que los sin miedo llegaron a la boca de la escalera, y que Ebed y Aerion y los cuarenta de Fuego se pusieron delante, y que en ese momento la niebla de arriba se abrió, y bajó por ella una cosa que no era un hombre.

Brumm. Y detrás de Brumm, Oda, y Tal, que habían bajado la pared por su propio camino durante un día entero, y Lucian Vaelcrest con ellos, pálido, flaco, con la cara de haber bajado algo que no se baja.

Y los tres gigantes se pusieron en la boca de la escalera, uno junto a otro, con las manos vacías, como una pared.

Y los sin miedo, que no tenían miedo, se detuvieron, no porque lo tuvieran, sino porque una pared es una pared y nadie les había dicho que atravesaran una.

Y desde la ladera, pequeño, gris, Uclus levantó el brazo otra vez. Y Miriath se calló. Y los mil volvieron a sus escotillas sin ruido, como vuelve el agua.

Ya tenía lo que quería. Alberion lo supo sin que nadie se lo dijera. Lo había dejado entrar con seis, y lo dejaba salir con cuatro, y mañana subiría con menos, o solo, porque eso era lo que el hombre de la senda había escrito en una tabla de madera clara: el único que sube eres tú.

Alberion se sentó en el primer peldaño de los dos mil.

Con esos ojos suyos. Mirando Miriath. A su lado, Hara dejó a Ikki en la ceniza, con cuidado, y le cruzó los brazos, y se quedó de rodillas.

Alicia bajó de la yegua y se quedó junto al animal, con la mano en el cuello, porque alguien tenía que decirle a la yegua que no iba a volver nadie.

Y Kael estaba de pie, de cara a la ciudad de barcos, sin moverse, con la espada curva todavía en la mano y la mirada en el cuarto barco, donde había una cosa dorada sentada en el borde que desde allí no se veía.

—Mañana —dijo Alberion.

Hara lo miró.

—¿Mañana qué?

—Mañana voy por ella. Y después subo.

Y Kael, sin darse vuelta, con la voz que ya no gritaba, dijo:

—Por ella voy yo. —Pausa—. Le dije que sí.