Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo VII — El barco grande
84%

Capítulo VII — El barco grande

Capítulo VII — El barco grande

Miriath no tenía calles. Tenía cubiertas.

Los barcos negros estaban encajados unos contra otros en la ladera, con las quillas hundidas en la ceniza y las bordas unidas por tablones, y para llegar al barco grande había que cruzar siete barcos muertos de proa a popa, bajo mil pares de ojos que no parpadeaban.

Alberion contó los barcos. Contó las escotillas.

Contó las aves en los mástiles, que eran de hueso y parecían de madera, y que giraban la cabeza cuando ellos pasaban y no cuando pasaba el viento, porque no había viento.

Iban seis: Alberion, Hara, Alicia, Ikki, Tessa y Kael.

Los demás se habían quedado en la boca de la escalera con los quinientos, por orden de Alberion y contra la de Ebed, que había dicho “yo subo” y a quien Alberion había contestado “tú los sacas, y eso es más difícil”.

Eduart se había quedado también, con el cuaderno, porque alguien tenía que apuntar esto, y apuntó que no quería quedarse.

Sevrik se había quedado atado. Draven se había quedado de pie.

Y los seis cruzaban Miriath de cubierta en cubierta, en fila, con Ikki delante.

Ikki iba descalzo. Se había quitado las botas en el primer barco, sin que nadie se lo pidiera, y las llevaba colgadas del cuello como en el tarn, porque la madera mojada de ceniza se sentía mejor con los pies, y porque en Kaoryn se subía descalzo o no se subía.

Tocaba cada tablón antes de pisarlo. No con la mano: con la planta del pie, un segundo, el peso a medias, y después el peso entero.

Y en cada tablón que aguantaba decía, bajo, para nadie:

—Trampa.

Y pasaba.

*

El barco grande era el único que estaba entero.

Tres mástiles. Velas recogidas, negras. Una pasarela de madera subía desde su popa a la ladera del volcán, hacia una senda que trepaba entre las piedras rojas hasta perderse en el humo.

Y en la cubierta, de pie junto al palo mayor, con la capa gris y las manos vacías, Uclus Vorensen los vio llegar como se ve llegar la marea: sin sorpresa y sin prisa.

Tenía la cara de Agaton. Alberion lo supo al poner el pie en la cubierta, y se le cerró algo en el pecho que no era la brújula.

La cara que su madre le había descrito en el escalón de la casa, la del hombre que había levantado la roca de la pradera, pero más larga, más vieja, con la barba gris cortada corta y los ojos del mismo color y de otro peso.

Los ojos de Agaton pesaban como pesa una mano en el hombro.

Los de Uclus pesaban como pesa una piedra en el agua: hacia abajo, y sin ruido.

—Alberion —dijo. Con la voz de la pradera. La misma. Un poco más baja—. Tienes su cara. Yo también, me dicen. Debe ser raro para ti.

—Es raro.

—Para mí fue peor. —Uclus no se movió—. Yo la llevé más años que él.

Nadie había desenvainado. Hara tenía la mano en la espada verde y no la sacaba.

Tessa tenía los puños cerrados. Kael estaba a un lado, con la quietud de Zareth, y Alicia a otro, pequeña, mirando todo.

E Ikki, que había subido primero, se había ido hacia el palo mayor sin que nadie lo notara, porque nadie notaba a Ikki cuando subía: era como notar que el aire se mueve.

—Mi madre está bien —dijo Alberion.

Uclus parpadeó. Fue lo único que se le movió en la cara.

—No te pregunté.

—Ibas a preguntar. —Alberion dio un paso—.

Está en Campo Blanco, con setecientos que no tienen casa.

Dice que no le sirve en Aurenthal, que le sirve allí.

Mi padre no me dejó nada que decirte. No le dio tiempo.

Así que te lo digo yo. —Lo miró con esos ojos suyos—.

Tú también estabas en la pradera. Cuando él movió la roca. Tú también lo sentiste. Y te fuiste.

El silencio en Miriath era de mil hombres que no respiraban fuerte. Y en ese silencio Uclus Vorensen, que había dejado un día el valle de Valdyr con un morral y sin despedirse, dijo lo que no había dicho en diecinueve años:

—Yo lo sentí antes que él. —Bajo—. Siempre lo sentí antes que él.

La roca. El viento. Lo que sostiene. Tu padre lo oía como se oye una campana.

Yo lo oía como se oye un hombre que habla.

Y un hombre que habla, al final, te dice lo que quiere.

Y lo que quiere la piedra es estar quieta.

Y lo que quiere el fuego es salir. Y lo que quiere un hombre, debajo de todo, es dejar de tener miedo.

—Eso no es verdad.

—Es la única verdad que hay. —Uclus señaló con la barbilla a las escotillas, a los mil—.

Míralos. No sufren. No odian. No lloran de noche.

Ninguno va a hacer lo que hice yo, que es irse de un valle a los veintiséis años porque no aguantaba estar en la misma habitación que una muchacha que ya había elegido.

—Se detuvo, y la pausa fue más larga que las otras—.

Les quité eso. Y me lo agradecen sin saber que me lo agradecen.

—Les quitaste eso —dijo Alberion— y les quitaste el resto.

Yo tuve miedo en el Abismo. Y en el bosque.

Y hace una hora, en la reja. Y cada vez había alguien al lado que también tenía, y por eso estaba al lado.

—Movió la cabeza hacia los suyos sin mirarlos—.

El miedo no es lo que sobra. Es lo que hace que uno se quede.

Uclus lo miró un rato largo. Y después dijo, con la voz de la pradera, sin ninguna maldad, como se le dice a un niño que una cosa es así:

—Eso vas a decirlo distinto cuando se te muera alguien.

*

Ikki estaba a media altura del palo mayor.

Había subido porque subía. Porque desde arriba se veía la pasarela, la senda, el humo, y si había que correr hacia algún lado él quería saber hacia cuál.

Y desde arriba vio lo que nadie vio desde la cubierta: que el palo mayor no estaba clavado.

Que estaba apoyado. Que la madera tenía las vetas sueltas, como una viga que alguien ha convencido de que no es una viga.

Y que Uclus, abajo, sin moverse, sin levantar la mano, estaba mirando el palo y no a Alberion.

—Sube conmigo —dijo Uclus—. Tú solo. Los demás se van por donde vinieron, y nadie los toca. Te doy mi palabra, que vale poco, y te doy mil hombres que no la necesitan. El único que sube eres tú. Lo escribí. Lo sostengo.

—No.

—Te lo pregunto una vez.

—Ya la gastaste.

Y Uclus no levantó la mano. Habló. Pero no en voz alta: le dijo al palo mayor por dónde.

Como Alberion le había dicho al hierro de la reja, como Agaton le había dicho a la roca.

Y el palo mayor del barco grande de Miriath, de cuarenta pies de madera negra, oyó, y quiso, y empezó a caer, despacio al principio y después no, hacia el lugar donde Alberion estaba de pie mirando a un hombre con la cara de su padre.

Alberion lo oyó. Oyó al palo decir que sí. Y era tarde para decirle que no, porque no era su palo, y porque no hay tiempo para discutir con cuarenta pies de madera que ya decidieron.

Y Ikki gritó desde arriba, con toda la voz que tenía, la palabra que gritaba siempre, la de siempre:

—¡TRAMPA!

Y soltó.

*

No saltó hacia un lado. Saltó hacia abajo, sobre Alberion, desde media altura, como había saltado la raíz del camino el primer día, sin mirar.

Le dio con el cuerpo entero en el pecho y lo tiró tres pasos atrás, rodando, contra Hara, que los sostuvo a los dos.

Y el palo mayor cayó donde Alberion había estado, y donde ahora estaba Ikki, de rodillas, levantándose, con la mitad del cuerpo fuera.

La mitad.

El ruido fue como el del puente del Diente al caer, pero seco. Y después no hubo ruido. Ni de mil hombres. Ni de las aves de hueso. Ni del volcán.

Alberion llegó primero. Siempre llegaba primero, salvo cuando no valía.

Ikki estaba boca arriba, con las piernas bajo el palo, con las botas todavía colgadas del cuello y los pies descalzos y la cara pálida del túnel, y los ojos abiertos, y la boca abierta, y con la mano buscando algo en la cubierta hasta que encontró la mano de Alberion y se la apretó.

—Lo vi —dijo. Con la voz entera, todavía—. Desde arriba. —Tragó—. No estaba clavado.

—Ya sé. Ya sé. No hables.

—Tengo que hablar. —Ikki le apretó la mano más—. Porque gané.

—Ikki.

—Gané. —Y sonrió, con la sonrisa de Kaoryn, la de la viga, la del tarn—. Dijiste “vas delante”. Y fui. Y llegué primero. Hoy no vale. Hoy no es mañana. Hoy gané yo.

Alberion no pudo contestar. Lo intentó, y no salió nada.

Y Tessa estaba de rodillas al otro lado, y Kael de pie detrás, con la mano en la espada curva que no había sacado, y Hara con la cara de piedra rota por el medio, y Alicia, que veía todo, que había visto cómo iba a terminar antes de que empezara y que no había podido hacer nada porque uno no le dice a un palo mayor por dónde, se arrodilló junto a la cabeza de Ikki y le puso la mano en el pelo.

—Cabaña siete —dijo Ikki, mirándola—. Siempre fui el más lento de la cabaña. Menos hoy.

—Menos hoy —dijo Alicia.

Y entonces Ikki miró hacia arriba. No al palo. Al cielo gris del Yermo, donde no había guardabarrancos porque no había viento. Y dijo, muy bajo, con una voz que ya se estaba yendo:

—No hay. —Pausa—. Me hubiera gustado uno.

Y arriba, muy arriba, en Orl, en el borde de la niebla, donde los guardabarrancos esperaban con las alas cerradas y uno viejo con las alas abiertas, el viejo gritó.

Un grito largo, de bajada, que atravesó la niebla y cayó por la escalera de dos mil peldaños y llegó al Yermo tarde, y entero, y que Ikki alcanzó a oír, porque sonrió otra vez, con la sonrisa de la viga, y después no alcanzó a oír nada más.

*

Nadie lo tocó, salvo todos.

Tessa le cerró los ojos. Kael le puso las botas, con cuidado, porque en Zareth nadie viaja descalzo.

Hara lo sacó de debajo del palo con las manos, sin que nadie lo ayudara, y lo levantó, y lo cargó, con las lágrimas cayéndole sin que la cara cambiara.

Y Alicia recogió el cuchillo curvo de Thalassar, que se le había caído a Ikki al soltar, y se lo guardó en el cinto, y no dijo que lo iba a devolver, porque no había a quién.

Alberion se quedó de rodillas donde había estado Ikki. Mirando el lugar. Con esos ojos suyos.

Y Uclus, que no se había movido, dijo desde el palo caído, con la voz de la pradera, sin triunfo, sin nada:

—Eso. Eso es lo que quito. Eso que tienes ahora en el pecho. Ese muchacho saltó porque tenía miedo de perderte. Y tú ahora vas a cargar con eso hasta que te mueras. —Lo miró—. Dime que valió la pena. Dímelo mirándome.

Alberion se levantó. Despacio. Y lo miró. Y no tenía la cara de Agaton ni la de Uclus. Tenía la suya.

—No tenía miedo de perderme —dijo—. Tenía miedo de perder la carrera. Y ganó. —Pausa—. Tú nunca entendiste nada de eso. Por eso te fuiste.

Uclus Vorensen no contestó. Se dio vuelta. Cruzó la cubierta hasta la pasarela, y subió a la ladera, y se metió en la senda entre las piedras rojas, hacia el humo, sin mirar atrás, y dijo, antes de que el humo lo tapara, lo último:

—Cuando termines de enterrar, sube. —Pausa—. Yo te espero. Siempre te he esperado.

Y los mil hombres sin miedo de Miriath, asomados a mil escotillas, lo vieron irse, y vieron a cinco bajar del barco grande con uno en brazos, y no hicieron nada, porque nadie les había dicho qué.