Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo VI — La reja
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Capítulo VI — La reja

Capítulo VI — La reja

La reja de Miriath no tenía cerradura. Tenía un hombre.

Lo vieron al acercarse, los seis y los demás detrás, por la ceniza que flotaba a la altura de la rodilla, con las piedras calientes marcando un camino que no era el suyo.

La reja era de hierro negro, de barrotes del grosor de un brazo, encajada en la roca de la ladera, y delante de ella, de pie, solo, con el cuero negro y la capucha caída, había un hombre sin miedo que no se movió cuando los vio llegar.

Era grande. Casi tanto como Bastos, pero más alto y sin la redondez. Con el pelo negro largo recogido atrás. Y con una cara que había sido bonita y dura, y que ya no era ninguna de las dos cosas, porque no había nadie detrás.

Alberion lo reconoció antes que nadie, con esos ojos suyos. Y después lo reconoció Tessa, que se detuvo en seco con la yegua, y Hara, que puso la mano en la espada verde y la quitó. E Ikki, que dijo, muy bajo, con la voz rota:

—Draven.

*

No los atacó. No los miró. Draven Korr, de Zareth, que había movido una marca en el desierto para que ocho muchachos de trece años se murieran de sed, que se había bañado en oro en un valle que no existía, que había puesto la mano en cinco espadas y ninguna se había movido, estaba de pie delante de la reja con una lanza negra, mirando al frente, a nada, y esperando a que alguien le dijera qué hacer.

—Lo encontró —dijo Sevrik, atado, detrás de Hara, con la voz rota—.

Después de la piedra. Draven se fue a su casa con deshonra, y a los dos meses se fue de su casa, y lo encontró uno de cuero negro en la frontera del sur.

Y Draven dijo que sí. —Tragó—. Yo estaba.

Dijo que sí antes de que terminaran de ofrecerle.

Tessa bajó de la yegua. Caminó por la ceniza hasta quedar a cinco pasos de Draven, con la armadura dorada y los puños cerrados y la cara roja debajo de las pecas, y lo miró. Y Draven no la miró.

—“Mejor vuelve a las herraduras” —dijo Tessa—. En el patio de Sahl. Me pisaste la espada y lo dijiste para que lo oyera todo el mundo. Y Bastos te pegó con la mano abierta. Porque hasta en eso tenía un código.

Draven no se movió.

—Y en el valle, sin agua, te di el odre. Yo. Te lo puse en el pecho. “Nadie deja a nadie sin agua, tampoco a ti”. —La voz se le rompió, y la enderezó—. Y tú bebiste. Un sorbo. Y les diste a los tuyos.

Nada. Los ojos de Draven miraban al frente, a nada.

Y Tessa, que no lloraba, que había llorado una vez delante de su padre en una fragua, se le llenaron los ojos, y no los limpió, y dijo lo último, muy bajo, en la lengua vieja de los oasis, que Draven había hablado de niño en Dūn o en Qasr o en cualquier pozo de Zareth, y que nadie más entendió salvo Kael, que estaba a treinta pasos y que bajó la cabeza.

Y Draven movió una oreja.

No la cabeza. Una oreja. Como el lobo de la pradera cuando Alberion le dijo “no eres malo, solo estás solo”. Un movimiento pequeño, que nadie habría visto salvo Alicia, que veía todo, y Alberion, que tenía buenos ojos.

—Tessa —dijo Alberion, muy bajo—. Apártate.

Tessa no se apartó.

—Te oyó —dijo—. Algo oyó.

—Ya sé. Por eso. —Alberion dio un paso—. Si queda algo, no va a aguantar mirarte. Y si no aguanta, no sé qué hace la lanza.

*

Lo que hizo la lanza fue levantarse. Despacio.

Sin que la cara de Draven cambiara. Como se levanta una cosa que obedece una orden vieja, dada hace semanas por un hombre en un barco: “el que se acerque a la reja”.

Y Tessa estaba a cinco pasos, y Alberion a seis, y la lanza negra apuntaba a la muchacha de Qasr que le había dado el agua.

Y no llegó.

Llegó Ikki. Como en el bosque con Alicia.

Como siempre. Bajo, rápido, sin guardabarranco porque no había, por la ceniza, en tres pasos, y se puso en medio.

No delante de la lanza: a un lado. Y le dio a Draven en el brazo con el cuchillo curvo de Thalassar, no para herirlo, para desviarlo, y la lanza negra pasó por donde había estado el hombro de Tessa y se clavó en la ceniza.

Y Draven lo miró.

Fue un segundo. Ikki lo vio: los ojos de Draven, que miraban a nada, lo miraron a él.

Al muchacho de Kaoryn que había subido a la viga el primer día, que había corrido descalzo por un tarn, que había dicho “trampa” en el aire del Abismo cayendo detrás de otro.

Y en los ojos de Draven, durante ese segundo, hubo algo.

No un hombre. Un lugar donde había habido uno.

—Hierro —dijo Draven. Con una voz que no era la suya. Que venía de muy lejos, de debajo de algo—. ¿Hierro?

—Hierro —dijo Ikki.

Y Draven soltó la lanza.

*

Nadie lo tocó. Hara lo había dicho de Sevrik y lo dijo de Draven sin decirlo: nadie lo tocó.

Se quedó de pie delante de la reja con las manos vacías y los ojos otra vez en nada, y los de Fuego lo rodearon sin acercarse, y Kael, que había dicho hacía cuatro años “cuando pongas la mano en la piedra vas a saber si la piedra sabe lo que yo sé”, caminó hasta él, y le puso la mano en el hombro, y dijo, bajo, con la voz que no gritaba:

—Sabía. —Pausa—. Y no quería tener razón.

La reja la abrió Alberion. Le dijo al hierro por dónde.

Las vetas del hierro negro, que no eran de Oryndor pero eran vetas, y que querían ir hacia un lado, y Alberion se lo dijo, y los barrotes del grosor de un brazo se doblaron hacia afuera con un sonido que hizo que los quinientos de adentro, por primera vez, se movieran.

No salieron corriendo. No sabían. Se quedaron en la cueva mirando la reja abierta, con la quietud de la frontera, hasta que Alicia entró.

Alicia. Pequeña, con la armadura blanca y los ojos grises. Entró en la cueva con las manos vacías, como Hara en la senda del bosque, y se detuvo delante de la primera fila, una mujer de Orl con un niño en brazos, y la miró, y dijo con la voz pequeña y clara:

—Soy Alicia. De Thalassar. Cabaña siete. Los fuegos de las torres están naranjas otra vez. Todos. Y arriba hay cuarenta guardabarrancos esperando en Orl. —Le tendió la mano—. Vamos a casa.

Y la mujer de Orl, que llevaba meses mirando hacia afuera sin saber por qué, le tomó la mano.

*

Salieron de a diez, como habían entrado.

Quinientos. Por la ceniza, hacia la boca de la escalera, con Ebed y los cuarenta de Fuego a los lados y Aerion delante, porque Kaoryn terminaba donde terminaban los puentes y esa gente era de Kaoryn.

Y mientras salían, Miriath, la ciudad de barcos, siguió callada, con mil hombres sin miedo asomados a las escotillas, mirando, y las aves en los mástiles, mirando, y en el barco grande, en la cubierta, un hombre de capa gris que no había dado ninguna orden.

Alberion lo veía. Con esos ojos suyos y con la brújula. A trescientos pasos. De pie. Con calma. Dejando salir a quinientos.

—No hace nada —dijo Hara, a su lado.

—No. —Alberion no apartaba los ojos del barco—. Les deja un camino. Es lo que yo haría. Y por eso me da miedo.

—¿Por qué?

—Porque no vino a buscarme a la reja. Me está esperando en el barco. Y un hombre que espera no se descuida. —Miró a Hara—. Me equivoqué. Pensé que saldría. No va a salir. Va a dejar que yo entre.

Hara no dijo nada. Pero Ikki, que estaba del otro lado, con el cuchillo curvo todavía en la mano y la cara pálida del túnel, dijo lo que decía:

—Entonces entramos. Mañana sí vale.

—Siempre vale.

—Ya sé. —Ikki miró el barco grande, en la falda del volcán, con los tres mástiles enteros—. Pero esa es la carrera de verdad. La que no vale. —Lo miró—. Y yo voy delante. Porque en Kaoryn soy el que sube. Y eso es Kaoryn. Aunque esté abajo.

Alberion lo miró. Y vio lo que había debajo, y no supo que lo veía, porque nadie sabe cuándo está viendo una cosa por última vez.

—Vas delante —dijo.

Y los quinientos siguieron saliendo, de a diez, hacia la escalera, hacia Orl, hacia cuarenta guardabarrancos, y Draven se quedó de pie delante de la reja vacía, mirando a nada, hasta que Tessa, al pasar con la yegua, le puso la mano en el brazo, un segundo, y se la quitó, y no dijo nada, porque ya se lo había dicho todo en la lengua vieja.