Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo V — El Yermo de Nadie
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Capítulo V — El Yermo de Nadie

Capítulo V — El Yermo de Nadie

Salieron de la roca al atardecer de un día que abajo no era día.

Eso fue lo primero. Que arriba, en Orl, al entrar en la escalera, había sido de mañana, y abajo, al salir, dos mil escalones después, la luz era la de un atardecer que no se movía.

Un cielo bajo, gris, sin nubes y sin sol, con una claridad que venía de todas partes y de ninguna, como la luz verde cansada del bosque profundo pero sin verde, y en el este, no muy lejos, la única cosa que tenía color: una montaña, negra, con la punta rota, y en la punta rota, un resplandor rojo que subía despacio, como respira alguien dormido.

Y debajo de la montaña, en la falda, Miriath.

—No miren todavía —dijo Sevrik, en la boca del túnel, con la antorcha ya inútil—. Miren el suelo primero. Y después el aire. Y después, si pueden, la ciudad.

*

El suelo del Yermo era de ceniza. No de la fina, de hogar, sino de una gris y pesada que crujía como la nieve vieja y que se levantaba a cada paso en un polvo que no caía: se quedaba en el aire, flotando, a la altura de la rodilla, y había que andar entre él como entre agua.

Y en la ceniza, cosas. Huesos, al principio Alberion pensó que de animales, y después vio que no todos.

Pedazos de hierro negro. Un casco. Una rueda de carreta de las de Orl.

Y, cada tanto, una piedra caliente como la de la torre, roja apagada, ardiendo sin leña, que la gente del Yermo había puesto para marcar un camino.

El aire era tibio y olía a azufre y a lo dulzón de los hongos podridos, y era pesado, y Eduart dijo que respirar costaba un poco más de lo que debía, y lo apuntó. Y no había viento.

Eso fue lo que Alberion sintió antes que nadie, con la brújula en el pecho: que no había viento.

Ninguno. Que el aire del Yermo no iba a ninguna parte, no tenía vetas, no se inclinaba, y que por primera vez desde la pradera a los once años, cerraba los ojos y no veía nada que se moviera salvo la aguja, apuntando al frente, a la montaña.

—No hay viento —dijo.

—No. —Pestos, a su lado, con la cara gris de ceniza—. Aquí no hay nada que sostenga. Por eso se llama de nadie. —Miró el cielo bajo—. Y por eso la piedra de Kaoryn flota: porque arriba sí hay. Y lo que sostiene arriba, aquí falta. Es un hueco. Un hueco con una ciudad adentro.

Y entonces, porque ya habían mirado el suelo y el aire, miraron la ciudad.

*

Miriath estaba hecha de barcos.

Eran las velas negras. Las que Malrik había visto en el horizonte, las que Thalwyn había quemado en la bocana, las que habían subido por la costa este hasta debajo de Orl.

Estaban ahí, en la falda del volcán, varadas en la ceniza, treinta, cuarenta, con los cascos inclinados y los mástiles rotos, puestas una contra otra como se ponen las casas de una calle, y entre ellas, pasarelas de tablas, y encima, en las cubiertas, techos de lona negra, y de las escotillas salía luz roja de piedra caliente, y humo, y un sonido.

El sonido era lo peor. No era gritos. En Miriath nadie gritaba, porque los que vivían en Miriath no sabían.

Era un murmullo bajo, continuo, de muchas voces diciendo pocas palabras sin que ninguna se levantara sobre las otras, como el mar cuando no hay olas, y por encima del murmullo, cada tanto, un chirrido como de metal contra metal: las aves de hueso, posadas en los mástiles rotos, cientos, con las alas de membrana dobladas, mirando.

—Caótico pero ordenado —dijo Eduart, muy bajo, apuntando—. Sin honor. Lo dijo el libro. —Levantó la vista—. No lo entendía. Ahora sí. Cada barco es una casa. Cada casa tiene a los suyos. Y nadie sale de su barco porque nadie le dijo que saliera.

Y en el centro de la ciudad de barcos, varado en la falda misma del volcán, más grande que todos, con el casco negro intacto y tres mástiles enteros y en el mayor una vela negra con un signo que Alberion había visto grabado en una lanza, había uno que no era una casa.

Era el barco del centro. El de la bocana. El de la capa gris.

*

—Ahí están —dijo Sevrik.

Señalaba. No al barco grande. A un lado, al pie del volcán, donde la ceniza subía en una ladera negra hasta la roca, había un hueco. Una cueva. Grande como la boca de la escalera pero tapada con una reja de hierro negro, y detrás de la reja, en la luz roja de las piedras, gente.

Gente de pie. Sentada. Echada en la ceniza. Cientos. Con ropa de Kaoryn, gris apretada al cuerpo; con lino claro de los pueblos de la frontera; con lana de Vey. Niños. Viejos. Y todos con la cara hacia la reja, mirando hacia afuera, hacia la ciudad de barcos, con una quietud que no era de miedo.

Era la quietud de la gente de la frontera mirando hacia el Mundo Oscuro: no exactamente miedo. El respeto por lo que no se entiende. Alberion se la había oído describir a su madre de niño, con la lámpara baja, sin saber qué describía.

—Los vacía de a poco —dijo Sevrik, con la voz rota—. Los saca de a diez. Los sube al barco grande. Y bajan sin nada adentro y los pone en un barco con los otros. —Tragó—. Yo subí. Me bajaron antes de terminar porque todavía servía para la flecha. Por eso me acuerdo. Los otros no.

Hara miró la cueva. La reja. Los cientos. Y después miró la ciudad de barcos, las aves en los mástiles, los hombres de cuero negro que empezaban a asomar por las escotillas, despacio, sin prisa, porque habían oído algo y nadie les había dicho todavía qué hacer.

—Cuántos —dijo. No era pregunta.

—Mil —dijo Sevrik—. Hombres sin miedo. Y las aves. —Pausa—. Y él.

Hara no cambió la cara. Pero puso la mano en la empuñadura de la espada verde, y miró a Alberion, y dijo lo que había dicho en el borde de la Mesa:

—Hasta aquí mandaba yo. Lo que hagas, lo haces.

*

Alberion no contestó enseguida. Miró Miriath. La ciudad de barcos con su murmullo. La cueva con la reja. El barco grande en la falda del volcán. La montaña negra con la boca rota y el resplandor que respiraba. Y la brújula en el pecho apuntando al barco grande, y debajo de la brújula, una cuenta.

Y pensó en lo que Pestos le había dicho en los Tres Puentes: que Uclus quería gente de Oryndor en los puentes para que, cuando él los tirara, se le quitara lo que lo hacía él. Y que la diferencia entre su tío y él era que su tío bajó solo.

Y miró a los suyos. Hara con la espada verde.

Eduart con el cuaderno. Alicia con los ojos grises mirando todo.

Ikki con la mano todavía en la pared de la escalera, pálido, respirando.

Tessa con la yegua y los puños. Y a treinta pasos, en la ceniza, Kael con el dorado, Ebed con la cicatriz, Aerion con los ojos arriba donde no había nada que mirar.

Y Pestos, detrás, con la cara gris, mirando.

Y pensó en Lucian, en algún sitio de la niebla con tres gigantes, buscándolo.

—No vamos al barco —dijo—. Vamos a la reja. —Miró a Hara—. Primero los quinientos. Después él. Si voy a él primero, me está esperando con los quinientos detrás como escudo. Si voy a la reja primero, tiene que salir él a buscarme. Y un hombre que sale a buscar se descuida.

Hara lo miró mucho rato.

—Se les deja un camino —dijo.

—Se les deja un camino. —Alberion se tocó el anillo del Madrún en la mano derecha—. Y si no lo toma, el que decide soy yo.

Y en el barco grande, en la falda del volcán, en la cubierta, de pie, con la capa de viaje gris y el pelo oscuro y los ojos de Alberion, un hombre que llevaba diecisiete años con una brújula apuntando a un niño que no había visto nacer miró hacia la boca de la escalera, y vio a ochenta personas y un caballo de Zareth salir de la roca a la ceniza, y en medio, con una armadura blanca sin tono, el niño.

Y no sonrió. Miró, con calma.

Y levantó una mano.

Y Miriath, la ciudad de nadie, dejó de murmurar.