Capítulo IV — Orl
Capítulo IV — Orl
Orl estaba vacío otra vez, y esta vez el vacío era distinto.
La primera vez, hacía un año, cincuenta cadetes de dieciséis años habían encontrado las puertas abiertas, las mesas puestas, un pan a medio cortar.
Ahora las puertas estaban cerradas. Las mesas no estaban.
El pan no estaba. Treinta casas de piedra limpias como huesos, sin un cuenco, sin una manta, sin una cabra, y en la torre de la punta, el fuego encendido con el color equivocado, un rojo apagado que ardía sin leña, y que Aerion mandó apagar y que no se apagó.
—No es fuego —dijo Eduart, mirándolo de cerca con el cuaderno—. Es piedra. Piedra caliente. La trajeron de abajo. —Lo tocó con el carbón y el carbón se encendió—. Del volcán.
Y en la puerta de la torre, clavada en la madera, una lanza negra.
Como hacía un año. Y debajo de la lanza, esta vez, algo más: una tabla.
De madera clara. Con palabras talladas a cuchillo, en la lengua de Oryndor, con una letra lenta y cuidada, de alguien que había aprendido a escribir en un palacio.
Sobrino. La escalera está detrás de la torre. Baja solo o baja con todos; a mí me da igual, porque de todos los que bajen, el único que sube eres tú. Te espero donde murió tu padre. Trae lo que te dieron. U.
Alberion la leyó dos veces. Y después la arrancó de la puerta, y la partió contra la rodilla, y tiró los pedazos al vacío, y nadie dijo nada, porque era la primera vez en cinco años que alguien lo veía hacer una cosa con rabia.
*
La escalera estaba detrás de la torre.
No era una escalera. Era una boca en la roca, en el borde mismo de Orl, donde la isla terminaba y empezaba el vacío, y de la boca salía un túnel que bajaba.
Tallado. No por la gente de Kaoryn: la piedra tenía marcas de herramienta que nadie de Oryndor usaba, anchas, toscas, de algo que no era un cincel.
Bajaba en espiral, con escalones de medio paso, hacia la oscuridad, y de la oscuridad subía un aire tibio que olía a azufre y a otra cosa, dulzona, que Hara dijo que era la de los hongos azules de Sylvar cuando se pudren.
Sevrik, atado, con las manos delante, la señaló con la barbilla.
—Dos mil escalones. Da a la falda de la montaña, al lado de Miriath. —Tragó—. Yo bajé por ahí. Y subí. Soy el único que subió.
—¿Cuántos guardan la salida?
—Ninguno. —Sevrik los miró, con los ojos pequeños—. No hace falta. Abajo no se puede estar. Ustedes van a ver.
*
Lo decidieron en la torre de Orl, al atardecer, con la piedra caliente ardiendo sin leña y la niebla tan cerca que se podía tocar con el brazo desde el borde, y lo decidió Hara, porque hasta la boca de la escalera mandaba ella.
—Bajan los que caben. Y en un túnel de medio paso caben los que caben. —Miró a Brumm—. Los gigantes no.
Brumm no entendió. Pero Lucian se lo dijo, con las manos, señalando el túnel y después a Brumm y moviendo la cabeza, y Brumm miró la boca en la roca, y miró a Lucian, y por primera vez desde la cresta de Valdyr, la mano abierta se cerró.
—Látigo —dijo—. Cara. Brumm va.
—No cabes, Brumm.
—Brumm va. —El gigante se agachó. Metió un brazo en la boca del túnel, hasta el hombro. Lo sacó—. Pequeño. —Y después miró hacia abajo, al borde de Orl, al vacío, a la niebla, y dijo, con sus pocas palabras—: Pared.
Aerion, que lo oyó, miró el borde. Y después miró a Lucian, con los ojos arriba.
—Debajo de Orl no hay pared. Hay niebla. Y debajo de la niebla, nadie sabe. —Pausa—. Hace diecisiete años, los gigantes subieron por ahí. Por donde nadie sabe.
Brumm lo miró. Y bajó la cabeza, un dedo. Y Lucian entendió: que había un camino para gigantes, que no era de Oryndor, y que Brumm lo conocía porque lo había subido con un látigo detrás.
—Entonces por ahí —dijo Hara, que no preguntaba—. Los tres. Con Lucian, si quiere ir con ellos. Y se encuentran con nosotros abajo.
—Voy con ellos —dijo Lucian—. Pero antes… —Miró a Alberion—. Tu madre me pidió una cosa. Y la mitad es abajo. Así que cuando llegue abajo, te busco. Y no me sueltas.
—No te suelto.
—Con la cara.
Alberion puso la cara.
*
Bajaban: Alberion, Ikki, Hara, Eduart, Alicia, Tessa.
Seis. Y Aerion con treinta de plata, porque “Kaoryn termina donde terminan los puentes, y la escalera es un puente hacia abajo”.
Y Ebed con cuarenta de Fuego, porque no pedía permiso.
Y Kael, que dijo que un maestro va donde van sus mejores alumnos y que si Aquilon lo supiera se lo quitaría por segunda vez. Y Sevrik, atado, delante, para mostrar.
Y Tessa con la yegua.
Nadie lo discutió, porque ya nadie discutía con Tessa sobre la yegua. Pero Hara la miró, en la boca del túnel, con los escalones de medio paso bajando en espiral, y dijo:
—Dos mil escalones.
—Ya sé.
—De medio paso.
—Ya sé. —Tessa le quitó la silla a la yegua ceniza, y le habló en la lengua vieja, y la yegua bajó la cabeza—. Cruzó el aire. Esto es piedra.
Y Pestos.
Fue lo último que se decidió, y lo decidió él, y nadie pudo decirle que no porque ya no era Gran Maestro y seguía siéndolo.
—Yo bajo —dijo, con la túnica gris—. No cargo nada.
No sirvo para nada. Pero hace diecisiete años dejé a un hombre frente a esa montaña y no lo volví a ver, y le prometí a una mujer que no volvía sin su hijo.
—Miró a Alberion—. Así que bajo. Y miro.
Y cuando llegue el momento, me quedo donde me pongan.
Alberion lo miró, con esos ojos suyos. Y vio lo que había debajo: un hombre que no tenía nada que hacer con las manos, y que había encontrado qué.
—Donde lo pongan —dijo.
—Donde me pongan —dijo Pestos. Y después, bajo, a nadie—: Que es lo que Agaton me dijo que no hiciera, y por una vez no le voy a hacer caso.
*
Bajaron al amanecer. Primero los gigantes, por el borde de Orl, hacia la niebla, por donde nadie sabía: Brumm sentándose en el borde con las piernas colgando y dejándose caer, despacio, con las manos en una roca que desde arriba no se veía y que estaba, y Oda detrás, y Tal, y Lucian con ellos, a pie, colgado de una cuerda atada a la cintura de Brumm, hasta que la niebla se los tragó, verde y gris, y no se vio nada más.
Después los demás, por la escalera.
Sevrik delante, atado, con una antorcha.
Hara detrás. Después Tessa con la yegua, que bajaba los escalones de medio paso con las patas juntas, como una cabra del vacío, y que en el escalón cien dejó de temblar.
Después Eduart con el cuaderno, apuntando a oscuras.
Alicia. Ikki, que no soportaba un túnel y bajaba con la mano en la pared como si fuera una pared de Kaoryn.
Los de plata. Los de Fuego. Ebed. Kael. Y al final, Alberion, con la armadura blanca sin tono, y el lobo cojo, y detrás de él, el último, Pestos, con la cara de cincuenta y siete años y la mano en la roca.
Los guardabarrancos se quedaron en Orl. Los cuarenta. El viejo, el joven, el de mal genio, el pequeño. En el borde, con las alas dobladas, mirando la boca del túnel con un ojo y después con el otro.
Y cuando Alberion bajó el primer escalón, el viejo, el de la pradera, el de Pestos, abrió las alas.
No para volar. Las abrió y las mantuvo abiertas, más anchas que una carreta, verdes y azules según la luz, y se quedó así, en el borde de Orl, como se abren sobre un lobo, como se abren sobre un muchacho con un cuchillo de pan, y no las cerró.
Dos mil escalones. Hacia abajo. Hacia donde la física no tenía lógica y el honor no llegaba y un hombre de capa gris esperaba a que su sobrino le trajera una espada.
Y a mitad de la escalera, en la oscuridad, con la antorcha de Sevrik muy adelante y el aire tibio de azufre subiendo, Alberion sintió que la brújula en el pecho dejaba de inclinarse hacia abajo.
Apuntaba al frente. A un sitio preciso. Como una aguja a otra aguja.
—Ya nos sintió —dijo, muy bajo.
Y Pestos, detrás, en la oscuridad, con la voz de la pradera:
—Ya sé. Él también tiene brújula. —Pausa—. Y apunta a ti desde hace diecisiete años.