Capítulo III — El Diente
Capítulo III — El Diente
El Diente se llamaba así porque era eso: una isla alta y estrecha, de roca gris, que subía del vacío como un colmillo, con la torre en la punta y una sola aldea de seis casas colgada en la ladera. Era la última antes de Orl. Y el puente que la unía a los Tres Puentes estaba roto.
No roto de hacía siglos. Roto de hacía días. Alberion lo vio desde arriba: el arco de piedra, de cien pasos, partido en el centro, con un hueco de veinte varas donde no había nada, y los bordes de la rotura limpios, como de un golpe, y abajo en el barranco, a doscientas varas, los pedazos.
—Lo rompió él —dijo Aerion, con los ojos arriba—. Para que no pasen los que no vuelan. Los jinetes. Las carretas. Los gigantes.
—Los gigantes no pasan por ningún puente —dijo Lucian.
—Por este sí. —Aerion señaló el Diente—. Mire la pared. Es lisa. No hay cornisa. No hay dónde poner una mano. Brumm bajó por el barranco de la Cornisa porque la roca de la Cornisa tiene grietas. Esta no. —Miró a Lucian—. El Diente solo se toma por el puente o por el aire. Y Uclus rompió el puente.
Lucian miró a Brumm. Brumm estaba de pie en el borde de los Tres Puentes, enorme, con la capa verde, mirando el hueco de veinte varas con los ojos pequeños y hundidos. Y después miró hacia abajo, al barranco, a los pedazos del puente, y después a Lucian, y dijo, con las pocas palabras:
—Roto.
—Roto.
Brumm se quedó un rato más mirando. Y después hizo una cosa que Lucian no esperaba: se sentó en el borde, con las piernas colgando, y se quedó así, mirando el hueco, con la mano abierta en la rodilla, como quien piensa.
*
El plan de Hara fue el de siempre, porque no había otro: por el aire. Ikki y los de plata, Alberion arriba, tomar el Diente con los que vuelan, y los demás esperar en los Tres Puentes.
—¿Y después? —dijo Tessa—. Después del Diente está Orl. Y después de Orl, la escalera. Y por la escalera no se baja en guardabarranco, dice Sevrik: es un túnel en la roca. —Miró a Hara—. Los jinetes no llegan. Los gigantes no llegan. Eduart y las ollas no llegan. Bajan los que vuelan y nadie más.
—Entonces bajan los que vuelan.
—No. —Tessa tenía los puños cerrados—. Yo voy delante de él hasta la boca de esa montaña. Lo dije en la mesa del Madrún. Y no vuelo. Así que ese puente se arregla.
—Tessa, tiene veinte varas de hueco.
—Ya sé cuánto tiene. —Tessa miró a Brumm, sentado en el borde con la mano abierta—. Él también.
*
Lo que hizo Brumm esa tarde, Eduart lo apuntó entero, con dibujos, porque era de las cosas que no se creen sin dibujo.
Se levantó. Caminó hasta donde el puente roto empezaba, en el lado de los Tres Puentes, y puso las manos en la piedra del arco, y la miró, mucho rato, como Alberion miraba el hielo.
Y después se fue. Al barranco. Por la pared de los Tres Puentes, que sí tenía grietas, hacia abajo, hasta la sombra donde nacían los guardabarrancos, donde estaban los pedazos del puente.
Tardó dos horas en subir el primero.
Era un bloque de piedra gris del tamaño de una carreta, un trozo del arco, y Brumm lo subió por la pared con una mano, agarrado a la roca con la otra, despacio, con la capa verde al viento y el hombro vendado por Yira, y cuando llegó arriba lo puso en el borde, exactamente donde el arco se había roto, y lo miró, y lo movió un dedo, y lo dejó.
Y bajó por el segundo.
Oda bajó con él. Y Tal. Tres gigantes subiendo pedazos de un puente de piedra por una pared de doscientas varas, uno tras otro, toda la tarde, y los de Oryndor en el borde mirando sin decir nada, y Eduart dibujando, y Alberion arriba, en el guardabarranco viejo, con los ojos cerrados.
Porque Alberion no miraba. Alberion le decía a la piedra.
Cada bloque que Brumm ponía en el borde del arco roto, Alberion lo sentía con la brújula: sus vetas, por dónde quería ir, dónde encajaba con el bloque de al lado.
Y se lo decía. No a Brumm, que no entendía; a la piedra.
Y la piedra, que tenía vetas como el hielo y como las cinco espadas, se acomodaba.
Un dedo. Dos. Lo justo para que el bloque siguiente apoyara.
Al atardecer, el arco tenía doce varas de hueco.
A medianoche, con antorchas, seis.
Y al amanecer, cuando Brumm subió el último bloque, el más pequeño, del tamaño de un hombre, y lo puso en el centro del arco, y lo apretó con las dos manos abiertas, y Alberion arriba le dijo a la piedra por dónde cerrarse, el puente del Diente hizo un sonido.
Hondo. Como el glaciar cuando se despierta. Y se quedó.
Brumm se enderezó, en el centro del puente que había vuelto a hacer, con la capa verde y el árbol en la espalda, enorme contra el cielo, y miró hacia atrás, hacia los Tres Puentes, hacia Lucian. Y dijo, con las pocas palabras, y con una voz que no era de animal ni de hombre:
—Brumm pasa.
*
Pasaron todos. Los jinetes con las riendas en la mano.
Las carretas de Eduart, con las catapultas, que crujieron en el centro y no cayeron.
Los de Bronce, los de Fuego, Ebed con la cicatriz, Kael riéndose.
Y los gigantes al final, de uno en uno, por un puente de un paso de ancho que Brumm había hecho de tres en el centro sin que nadie se lo pidiera, porque sabía que iba a tener que pasar él.
Y el Diente cayó en una hora, porque los treinta hombres sin miedo que había en la ladera no esperaban un puente, y Tessa pasó con los jinetes por donde no debía haber puente, y no gritó nadie.
Esa noche, en la torre del Diente, con el fuego naranja y Orl ya a la vista, a una isla, con sus treinta casas vacías y su torre con el fuego de color equivocado y debajo, por primera vez cerca, la niebla, Lucian encontró a Brumm sentado contra la roca, con las manos abiertas en las rodillas, mirando el puente que había hecho.
Se sentó a su lado. Con la cinta gris y la espada de Tharion a la espalda.
—Brumm.
El gigante lo miró.
—El muchacho que gritó. —Lucian se tocó la cinta—.
Bastos. Él no sabía caminar en la nieve y subió una ladera para agarrarnos de los tobillos.
Él no sabía nadar y le pusimos su nombre a un bote.
Él pegaba primero. Hoy le habrías gustado.
Habría dicho que eres el más grande, y que él era más grande, y mejor.
Brumm no entendió las palabras. Pero entendió el tono, porque llevaba toda la vida entendiendo tonos, y bajó la cabeza, un dedo, y después levantó la mano abierta, del tamaño de una pala, y la puso en la cabeza de Lucian, como en la cresta de Valdyr, y la dejó ahí.
—Lucian —dijo—. Brumm. —Y después, buscando, con la lengua rota—: Mañana.
Lucian se rio. Corto. Roto. Y después entero.
—Mañana sí vale —dijo—. Sí. Eso es.
*
Alberion no durmió. Se quedó en el borde del Diente, con el lobo cojo al lado, mirando Orl y la niebla y un resplandor rojo que ya era una luz, apagada, subiendo de un sitio preciso en la niebla, y la brújula en el pecho apuntaba a ese sitio como una aguja a otra aguja, y debajo de la aguja, una cuenta.
Pestos se sentó a su lado sin que lo oyera llegar.
—El puente —dijo.
—Sí.
—Le dijiste a la piedra. Y se cerró. —Pestos miró el puente, que desde la torre era una línea de pincel sobre el vacío con un trozo más grueso en el centro—.
Es lo mismo. Lo que hizo tu padre con la montaña.
Lo que vas a hacer tú. Decirle a una boca por dónde cerrarse.
Solo que una boca de montaña no son doce bloques.
Es una cosa que lleva diecisiete años empujando para abrirse, con un hombre adentro que la empuja.
—Ya sé.
—Y lo que le cuesta a la piedra cerrarse, se lo cobra a quien se lo dice. —Pestos lo miró—. Hoy fue un puente. Te costó una noche sin dormir. Mañana es una montaña.
Alberion no contestó. Pero sacó del bolsillo de la flor el anillo de su padre, el de hierro oscuro con el Madrún, y se lo puso.
Por primera vez. En la mano derecha. Y Pestos lo vio, y no dijo nada, porque los pastores no dicen nada cuando ven que un muchacho hace una cosa que ya no se puede deshacer.