Capítulo II — La tercera isla
Capítulo II — La tercera isla
Las islas de Kaoryn hacia el este se llamaban, en orden, la Cornisa, la Horquilla, los Tres Puentes, el Diente y Orl, y cada una colgaba un poco más baja que la anterior, como peldaños hacia la niebla.
La Horquilla cayó en un día. Era una isla partida en dos por una grieta, con un puente a cada lado, y Hara mandó a Ikki y a los de plata por el aire a uno, y a Tessa con los jinetes por el otro, y Alberion arriba diciendo por dónde, y al atardecer el fuego de la torre era naranja otra vez y no había muerto nadie de Oryndor.
Eduart lo apuntó así, con esas palabras, y las subrayó, porque llevaba dos meses sin poder escribirlas.
Los Tres Puentes fue otra cosa.
La isla tenía tres puentes porque era la más grande después de la Mesa, con una aldea de veinte casas de piedra y una torre alta, la que Ikki había visto parpadear desde la Mesa hacía dos meses, la que tenía un vigía viejo con una tabla.
Y cuando la Compañía llegó al extremo de la Horquilla y miró al otro lado del puente, no había veinte hombres sin miedo.
Había uno.
Flaco. Con el pelo claro muy pegado a la cabeza. Sin capucha. De pie en medio del puente de un paso de ancho, a cuarenta pasos de cada orilla, con los brazos abiertos y las manos vacías, y los ojos pequeños y rápidos mirando hacia la Horquilla, buscando entre los que llegaban.
—Sevrik —dijo Lucian, con una voz que no era de chiste.
*
No se movió. Eso fue lo raro. Un hombre solo en un puente, sin armas, con sesenta jinetes y ochenta de Bronce y cuarenta guardabarrancos delante, y Sevrik no se movió, y cuando Hara dio un paso hacia el puente, gritó.
Gritó con la voz de los tejados. La de siempre. La de “dale, dale” en el patio de Sahl.
—¡No! ¡No se acerquen! ¡Está minado! —Señaló abajo, a la piedra del puente—. ¡El de en medio! ¡Tienen aceite debajo de los tres! ¡Si pisan el centro, caen!
Nadie se movió. Y Sevrik, en el centro del puente, con los brazos abiertos, miró hacia la Horquilla, y encontró lo que buscaba.
—Ikki —dijo. Ya no gritaba—. Ikki. Tú eres el que entiende. Baja. Por el aire. Yo te digo dónde está. Y después haz lo que quieras conmigo.
Ikki no bajó enseguida. Se quedó en el borde de la Horquilla con el guardabarranco de mal genio al lado, mirando al hombre flaco del puente, y Alberion, arriba, vio con esos ojos suyos lo que Ikki estaba viendo: un muchacho de Thalassar que había seguido a Draven cinco años como se sigue a alguien que no se vuelve, que había vendido a un compañero por una bolsa en una duna que no existía, que había disparado una flecha en un salón y había tirado oro en un tejado.
Y que ahora estaba solo en un puente, con las manos vacías, diciendo “está minado”.
—Es una trampa —dijo Hara.
—Puede —dijo Ikki—. O puede que no. —La miró—. Alicia me dijo que mirara las manos. Las tiene vacías.
Y bajó.
*
Lo que pasó en el puente de los Tres Puentes, Alicia lo vio desde la Horquilla y lo contó así.
Que Ikki bajó en el guardabarranco hasta quedar a cinco varas de Sevrik, planeando, sin pisar el puente.
Que Sevrik lo miró con los ojos pequeños y rápidos, y que por una vez no miraba lo que Ikki tenía: lo miraba a él.
Y que dijo, bajo, para que solo Ikki lo oyera, pero el viento lo trajo porque Alberion le dijo que lo trajera:
—Me tiraron. Él me tiró. Cuando ya no servía.
Cuando la flecha no dio. Me mandó al puente a morir.
Con el aceite debajo. Para que ustedes pisaran y yo no lo contara.
—Los ojos pequeños, mojados—. Y yo pensé: Ikki no se tarda.
En el tejado se tardó un segundo y no fue por el oro, fue por mí, porque me conocía.
Ikki no pisa. Ikki vuela. Y si vuela, me oye.
Ikki no dijo nada.
—Están vivos —siguió Sevrik, rápido, como quien tira todo antes de que lo callen—.
Los de Orl. Y los de los pueblos de la frontera.
Y los de Vey, que sí existía, que yo los vi.
Están abajo. En la niebla. En un sitio que él llama Miriath, en la falda de la montaña, hecho con los barcos.
Los tiene ahí. Vivos. —Tragó—. Para vaciarlos.
De a poco. Los va vaciando de a poco y los que vacía los manda a los puentes.
Y lo que queda… —Se detuvo—. Lo que queda es lo que yo iba a ser mañana.
Silencio. El viento. Los cuarenta guardabarrancos quietos en el aire sobre la Horquilla.
—¿Por qué me lo dices a mí? —dijo Ikki.
Sevrik se rio. Corto. Roto. Con la voz de los tejados.
—Porque en el Abismo vendí a Draven por una bolsa, y en el tejado te tiré una bolsa a ti, y no la miraste. Ni un segundo. —Lo miró—. Y yo llevo cinco años mirando bolsas. Y tú no. Y pensé que si alguien en Oryndor iba a oír a un hombre en un puente sin mirar lo que tenía, eras tú.
*
El aceite estaba. Ikki lo encontró, colgado debajo de los tres puentes en odres atados a la piedra con cuerda negra, con una mecha que iba de un odre a otro, y lo cortó con el cuchillo curvo de Thalassar mientras los de plata lo sostenían por el aire, y cuando terminó, los tres puentes eran puentes otra vez, y Sevrik seguía de pie en el centro con los brazos abiertos porque nadie le había dicho que los bajara.
Lo cruzaron. Hara primero, con el paso exacto, hasta quedar delante de él. Y Sevrik bajó los brazos, y bajó la cabeza, y esperó.
—No te voy a preguntar nada —dijo Hara—. Lyareth dijo en el Abismo que el que vendió ya vendió, y que lo ibas a saber cada día. Y lo sabes. Se te ve. —Pausa—. Pero hay una cosa que sí quiero saber, y no es de ti. Es de Orl. ¿Cuántos?
—Trescientos. Más los de Vey. Más los de la frontera. —Sevrik no levantó la cabeza—. Quinientos. Tal vez más. Y cada día menos.
Hara lo miró mucho rato, con la cara de piedra y algo debajo.
—Vienes con nosotros. Atado. Y cuando lleguemos a Orl, nos muestras la escalera. —Se volvió hacia la Compañía—. Y nadie lo toca. Nadie. El que lo toque se las ve conmigo.
Nadie lo tocó. Pero Lucian, cuando pasó a su lado, con la cinta gris y la espada de Tharion a la espalda, se detuvo un segundo, y lo miró, y dijo lo único que le dijo nunca:
—Tiraste una flecha en la silla de Bastos.
Sevrik levantó la cabeza. Y los ojos pequeños, rápidos, mojados, lo miraron.
—Fallé —dijo—. A propósito. —Pausa—. A la silla vacía. Era lo único que sabía hacer con una flecha sin matar a nadie.
Lucian no contestó. Pero Alicia, que lo vio, dijo después que la sonrisa torcida se le había quedado quieta, un segundo, como quien recalcula una cuenta.
*
Esa noche, en la aldea de los Tres Puentes, con el vigía viejo de la tabla encerrado en su propia torre llorando como el de Aurenthal, y el fuego naranja otra vez, Alberion bajó del guardabarranco viejo y buscó a Pestos.
No estaba contra ninguna torre. Estaba en el borde de la isla, de pie, mirando hacia abajo, hacia la niebla, que desde los Tres Puentes ya se veía cerca: un mar gris, quieto, a doscientas varas, con el resplandor rojo subiendo de algún sitio en el fondo.
—Quinientos —dijo Alberion.
—Quinientos. —Pestos no se volvió—. Vivos. Para vaciar. Hace diecisiete años no tenía gente. Tenía el ejército del señor de guerra que mató. Ahora tiene gente de Oryndor. —Miró a Alberion—. ¿Sabes por qué?
—Para hacer hombres sin miedo.
—No. —Pestos lo miró, con la atención que ya no pesaba—.
Tiene hombres sin miedo de sobra en el Yermo.
Los quiere de Oryndor para que, cuando bajes, cada uno que tires de un puente sea de aquí.
Y lo veas mirar hacia arriba. Y se te quite lo que te hace tú.
Tessa lo vio en Sahl. “Que no te saque lo que te hace tú”. Tessa ve cosas.
Alberion miró la niebla. El resplandor. La brújula en el pecho inclinándose hacia abajo.
—¿Y cómo bajo sin que me lo saque?
Pestos tardó. Y cuando contestó, fue con la voz de la pradera.
—Con los que no se sueltan. —Señaló atrás, hacia la aldea, donde cinco dormían y uno no—. Los que se dan la vuelta en un puente. Él bajó solo, hace diecisiete años, a buscar lo que aquí no encontró. Tú no bajas solo. —Pausa—. Esa es toda la diferencia que hay entre tu tío y tú. Y es suficiente.