Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo I — El primer puente
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Capítulo I — El primer puente

Capítulo I — El primer puente

El primer puente de Kaoryn hacia el este medía ochenta pasos de largo y uno de ancho, y colgaba sobre doscientas varas de nada entre la Mesa y una isla que se llamaba la Cornisa porque era eso: una cornisa de piedra gris con pasto encima, tres casas vacías y una torre con el fuego apagado.

Y en el otro extremo del puente, de pie, en fila, con el cuero negro y las capuchas, veinte hombres que no gritaban.

—Veinte —dijo Ikki, en el borde de la Mesa, al amanecer, con el guardabarranco de mal genio al lado—. Aerion tenía razón. Y ninguna ave.

—Las aves están en Orl —dijo Hara—. Con él. —Miró el puente—. ¿Y si cruzamos por el aire?

—Si cruzamos por el aire, los veinte se quedan en el puente, y el puente es la única manera de que pasen los que no vuelan.

—Aerion, con la plata y los ojos arriba—.

Los jinetes. Los gigantes. Las carretas de Eduart.

Kaoryn se toma por los puentes, capitana.

Siempre ha sido así. Por eso Uclus los tiene.

Hara miró a Tessa. Tessa estaba de pie junto a la yegua ceniza, con la armadura dorada y los puños cerrados, mirando el puente de un paso de ancho como se mira un hoyo donde se ha caído un caballo.

—Pasa —dijo Tessa, antes de que nadie preguntara—. La yegua pasa.

—Tessa…

—Pasa. —Tessa la miró, con la cara roja debajo de las pecas—. Pero no primero. Primero hay que quitar a los veinte. Y a los veinte no los quito yo.

Y todos miraron a Alberion, que estaba arriba, de pie en el lomo del guardabarranco viejo, planeando sobre el vacío entre la Mesa y la Cornisa, con la armadura blanca sin tono y la brújula en el pecho, mirando el puente.

Y Alberion dijo:

—Yo tampoco. Los quita el viento.

*

Lo que pasó en el primer puente, Eduart lo apuntó desde el borde de la Mesa, con la carreta de las catapultas detrás, mareado, y es exacto.

Que Alberion, arriba, cerró los ojos. Que durante un rato no pasó nada, y los veinte hombres sin miedo esperaron en el otro extremo del puente con las armas levantadas, porque esperar era lo único que sabían hacer.

Y que después el viento, el de Kaoryn, el que subía de los barrancos y bajaba de las islas y giraba entre ellas, dejó de girar.

Se juntó. Como se junta el agua cuando alguien le dice por dónde. Y subió del barranco debajo del primer puente, de abajo, de donde nadie había visto nunca subir viento, en una sola corriente, ancha como el puente, y pegó en los veinte de lado.

Un hombre con miedo se agacha. Un hombre sin miedo no.

Los veinte se quedaron de pie en un puente de un paso de ancho con una ráfaga de lado que no habían visto venir porque no leían el viento, y lo que le pasa a un hombre de pie en un puente de un paso de ancho con una ráfaga de lado es lo que Aerion les había dicho a los dieciséis años: que está muerto antes de pelear.

Cayeron doce. Sin gritar. Eduart apuntó que fue lo peor de todo, y después tachó esa línea, porque ya la había escrito tres veces en dos meses.

Los otros ocho se agarraron a la piedra.

Y a esos ocho los quitó Ikki, con los de plata, por el aire, bajo, rápido, por debajo del puente y por encima, como cabras del vacío con alas, y cuando terminó no quedaba nadie en el puente, y Alberion abrió los ojos, arriba, y se quedó un momento muy quieto con la cara que ponía cuando no le gustaba lo que acababa de hacer.

Hara lo vio. Y le gritó, desde el borde, con la voz de capitana que el viento llevaba:

—¡No eran hombres! ¡Alberion! ¡Ya no eran!

Alberion no contestó. Pero esa noche, en la Cornisa tomada, con las tres casas vacías y el fuego de la torre otra vez naranja, le dijo a Tessa, muy bajo:

—Hara dice que ya no eran hombres.

—Hara tiene razón.

—Ya sé. Pero uno de ellos, cuando cayó, miró hacia arriba. Como el lobo cuando le cayó la sombra encima. —La miró—. Y yo lo vi.

Tessa no dijo nada. Le tomó la mano. Y después dijo lo único que había que decir:

—Entonces ciérrala. La montaña. Para que no haya más que miren hacia arriba sin saber por qué.

*

La yegua cruzó esa tarde.

Nadie lo vio bien, porque nadie se atrevió a mirar entero.

Tessa bajó de la yegua. Le quitó la silla.

Le habló, en la lengua vieja de los oasis, bajo, como la primera tarde en Zareth a los trece años, con la mano en el cuello, un cuarto de hora, media hora.

Y después tomó la rienda, y caminó hacia el puente de un paso de ancho sobre doscientas varas de nada, y la yegua ceniza caminó detrás.

Ochenta pasos. Tessa delante, mirando al frente, a la Cornisa, a donde quería ir, porque un caballo siente si tienes miedo y por eso no te hace caso, y ella no lo tenía o no lo dejaba salir.

La yegua detrás, con los cascos en la piedra, uno delante del otro, con el viento que no venía de lado porque Alberion, arriba, le había dicho que no viniera.

A los cuarenta pasos, en el centro, la yegua se detuvo.

Tessa no tiró de la rienda. No se volvió.

Dijo algo, en la lengua vieja, sin mirar atrás.

Y la yegua dio un paso. Y otro. Y los sesenta jinetes de Qasr, en el borde de la Mesa, que llevaban cuatrocientos años cuidando una frontera sin que nadie en Aurenthal supiera sus nombres, no gritaron, porque Tessa había dicho que no se gritaba, pero el camellero viejo, con la cara de pasa, se descruzó de brazos y dijo, para que lo oyeran:

—Su abuela cruzó el Yermo. Esta cruza el aire. —Y después, bajo—: Es la misma.

Y cuando Tessa y la yegua pisaron la Cornisa, los sesenta jinetes de Qasr bajaron de sus caballos, les quitaron las sillas, y cruzaron.

Uno a uno. Con la rienda en la mano y la cara al frente.

Y Kael, al final, con el dorado y las quemaduras, cruzó con el suyo y se rio al llegar, con la risa que hacía levantar la cabeza a los camellos, y dijo que si Aquilon lo veía le quitaba el mando de los jinetes, y que valía la pena.

*

Los gigantes no cruzaron. No cabían.

Brumm lo miró. El puente de un paso de ancho, de piedra, arqueado, sobre doscientas varas, y él con tres pasos de hombros y la capa verde. Y miró el vacío. Y miró a Lucian, que estaba a su lado con la cinta gris en el brazo, y le dijo, con las pocas palabras:

—Brumm no. —Señaló el puente—. Pequeño.

—Ya sé. —Lucian miró el vacío—. ¿Y entonces?

Brumm no contestó. Caminó hasta el borde de la Mesa, donde el pasto terminaba y empezaba el aire, y se quedó de pie mirando hacia abajo, hacia el barranco, hacia la pared de roca gris que bajaba doscientas varas y volvía a subir del otro lado, hasta la Cornisa.

Y después se sentó en el borde, con las piernas colgando como Ikki, y empezó a bajar.

Por la pared. Con las manos del tamaño de palas en la roca, como había subido el acantilado.

Despacio. Y Oda detrás, y Tal, que bajó más rápido porque era joven.

Y Lucian, en el borde, con Alicia al lado, los vio hacerse pequeños en el barranco, y perderse en la sombra donde nacían los guardabarrancos, y volver a aparecer, al cabo de una hora, subiendo por la pared de la Cornisa, con las capas verdes al viento, y salir al pasto del otro lado antes de que la última carreta de Eduart terminara de cruzar.

—La física es una opinión —dijo Alicia, bajito.

—En Kaoryn —dijo Lucian—. Y en Brumm.

*

Esa noche, en la Cornisa, con todo lo que tenían ya del otro lado del primer puente y cuatro islas más hasta Orl, Alberion bajó del guardabarranco viejo y encontró a Pestos sentado contra la torre, con el guardabarranco joven dormido al lado y el lobo cojo con la cabeza en la bota.

—Uno —dijo Pestos.

—Uno.

—Lo hiciste con el viento. —Pestos lo miró, con la atención que ya no pesaba—. Y no te gustó.

—No.

—Bien. —Pestos miró el vacío—. A tu padre tampoco le gustaba. Decía que lo que sostiene no es para tirar gente de puentes. Es para sostener. Pero a veces, para sostener una cosa, hay que soltar otra. Malrik lo sabía. Por eso se mareaba.

Alberion se sentó a su lado. El lobo le puso la cabeza en la otra bota.

—Faltan cuatro.

—Faltan cuatro. —Pestos cerró los ojos—. Y después, lo que hay abajo. Y yo voy a estar mirando, como siempre. Hasta que no pueda mirar más.

Alberion no preguntó qué quería decir. Lo sabía. Y en el este, en la niebla, el resplandor rojo no se apagó.