Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo XX — Hacia el este
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Capítulo XX — Hacia el este

Capítulo XX — Hacia el este

Salieron de Aurenthal por la puerta del este, la del fuego que no se apagó, y la ciudad entera salió a la muralla a verlos irse, y nadie gritó, porque Aurenthal había aprendido en una noche lo que Valdyr sabía desde siempre: que hay cosas para las que las palabras sobran.

Por tierra iban los que no volaban. Sesenta jinetes de Qasr con turbante y lanza, y Kael con el dorado al frente, y Tessa en la yegua ceniza.

La Compañía de Fuego, cuarenta, con Ebed mandando porque Tharion ya no estaba y Ebed era quien no pedía permiso.

Ochenta de Bronce con Hara y cincuenta zorros de lucero corriendo delante con las estrellas apagadas.

El Malrik se quedaba en el río, porque un barco no sube acantilados, pero Thalwyn había bajado a tierra lo que cabía en veinte carretas: aceite, ollas, dos catapultas desmontadas, y Eduart con el cuaderno encima de la primera carreta, mareado antes de salir.

Y a los lados de la columna, caminando, con las capas verdes y el árbol en la espalda, tres gigantes a su paso de gigantes, lento y enorme, y Brumm delante, con el hombro vendado por una mujer de Valdyr, mirando hacia el este con la mano abierta.

Por aire iban los demás. Aerion con sus veinte.

Ikki en el de mal genio. Lucian en el suyo, con la espada de Tharion atada a la espalda junto a la suya, porque no había querido dejarla en Aurenthal, “la nieve guarda”.

Alicia en el pequeño. Y Alberion en el viejo, el de Pestos, con la armadura blanca sin tono y el lobo cojo en la silla detrás, con los ojos cerrados, porque el lobo odiaba volar y volaba de todos modos.

Pestos iba en el joven. El de Alberion. El que había bajado la cabeza hasta su rodilla en un nido por una pluma. Y cuando Alberion lo vio subir, con la túnica gris y la cara de cincuenta y siete años, le dijo:

—Ese es el mío.

—Ya sé. —Pestos se acomodó en la silla—. El mío es el tuyo ahora. Él lo decidió hace tiempo. Yo soy el que no se decide. Y un pastor no va delante. Va detrás, mirando.

*

Diez días. Primero el Bosque Sagrado, por la senda del tapir que Eduart había cartografiado, con los zorros de Hara delante y Aurelia en el claro del árbol viejo, de pie con el zorro a los pies, viéndolos pasar sin decir nada y bajando la cabeza un dedo cuando pasó Hara, y Hara bajándola de vuelta.

Después la llanura del este. Después el borde de Zareth por el norte, grava y matorral, donde los jinetes de Qasr se adelantaron a buscar agua y volvieron con los odres llenos y la cara seria porque habían encontrado otro pozo tapado.

Y después, al octavo día, el mar a la derecha, gris, y delante, subiendo del mar, los acantilados.

Alberion los vio desde arriba, con el guardabarranco viejo, antes que nadie.

Y vio, encima de los acantilados, las islas.

Flotando. Como siempre. Y vio, en la cuerda de luces de las torres, al anochecer, veintisiete fuegos naranjas, porque Aerion había recuperado las del borde y las había vuelto a encender con los suyos.

Y más allá, al este, cinco oscuras: Orl y las cuatro islas del camino hacia Orl, que habían caído la noche del apagón.

Y detrás de las cinco, en la niebla del Yermo, un resplandor rojo apagado que no era de ningún fuego de Oryndor.

Y debajo del resplandor, la brújula en el pecho se inclinaba. Hacia abajo. Hacia una montaña que no se veía.

*

Subieron el acantilado al décimo día, por el camino de un paso de ancho, en zigzag, con el vacío a la izquierda y la roca a la derecha, y tardaron un día entero porque los gigantes no cabían.

No cabían. El camino tenía un paso de ancho y Brumm tenía tres de hombros, y lo que hizo Brumm fue lo que hacen las cabras del vacío: no ir por el camino.

Fue por la pared. Con las manos del tamaño de palas en la roca gris, agarrándose a cornisas donde no había cornisas, subiendo al lado de la columna con la capa verde al viento, y Oda detrás, y Tal delante porque Tal era joven y no sabía tener miedo, y cuando llegaron arriba, a la Mesa, antes que los caballos, los de plata que esperaban en el borde con Aerion se quedaron mirando a tres gigantes con un árbol blanco en la espalda saliendo de un acantilado donde no había camino, y uno dijo, bajo, “las reglas son una opinión”, y nadie se rio pero todos pensaron lo mismo.

La Mesa estaba llena. Ciento ochenta caballeros de plata, doscientos guardabarrancos en los bordes, la aldea de la Academia con las casas de piedra, y en el borde sur, en la cornisa donde hacía un año Aerion los había sentado a ver subir a los guardabarrancos de los barrancos, una muchedumbre de Kaoryn: la gente de las islas, que había venido a la Mesa desde la noche del apagón, con cabras, con lo que tenían, con la cara de mirar hacia arriba todo el tiempo.

Y entre ellos, una mujer pequeña, bajita, fibrosa, con el pelo negro con canas recogido mal y una cicatriz en la ceja igual que la de su hijo, que cuando vio bajar al guardabarranco de mal genio con un muchacho de plata encima no corrió, porque en Kaoryn no se corre, pero se quedó de pie en el borde con las manos juntas hasta que él llegó, y entonces le puso las dos manos en la cara, y le dijo algo que nadie oyó, e Ikki, el que subía a todo lo que estaba más arriba de donde debía, se arrodilló en el pasto de la Mesa delante de su madre y se quedó ahí.

Alicia lo miró desde lejos. Y no se acercó. Y Lucian, a su lado, dijo “desde la loma”, y Alicia dijo “ya sé”, y por una vez no se rio bajito.

*

Esa noche, en el borde sur de la Mesa, donde hacía un año había habido siete sentados mirando hacia el este y ahora volvía a haber siete, Alberion sacó la pluma.

La del pastor. Larga, verde y azul según la luz, con la punta desnuda y el ojo azul.

La sostuvo en la mano, con el viento de Kaoryn subiendo de los barrancos, que ahora no solo veía: sentía, en la brújula, inclinándose hacia donde él le decía.

Y miró hacia el este. Las cinco torres oscuras.

El resplandor rojo en la niebla. Y debajo, la montaña.

—Mañana las islas —dijo Hara, a su lado, con la voz de capitana—. Una a una. Por los puentes. Aerion dice que la primera tiene veinte hombres sin miedo y ningún ave. Las aves están en Orl.

—Ya sé.

—No vas delante. —Hara lo miró—. En las islas no.

Vas arriba, leyendo, como en Aurenthal. Delante van Ikki y los de plata, que son de aquí.

Y Tessa por el puente con los jinetes, que no me pregunten cómo va a pasar un caballo de Zareth por un puente de un paso de ancho, porque ella dice que pasa y yo no pregunto.

—Pasa —dijo Tessa, del otro lado, con los puños cerrados—. La yegua pasa por donde yo digo.

—Y cuando lleguemos a Orl —siguió Hara—, cuando no quede isla, y abajo esté la niebla, y en la niebla esté lo que sea que hay… —Se detuvo—. Ahí ya no mando yo. Ahí mandas tú. Y lo que hagas, lo haces.

Alberion asintió. Miró la pluma. Y después miró hacia atrás, hacia donde Pestos estaba sentado contra una roca, a veinte pasos, con las piernas estiradas como quien lleva ahí toda la tarde, con el guardabarranco joven dormido al lado y el lobo cojo con la cabeza en su bota, mirándolos.

Mirando. Que era lo único que le quedaba.

—Hara.

—Dime.

—Cuando llegue el momento. El de abajo. —Alberion no la miró—. Él va a querer venir. Pestos. Y no puede. No carga nada. Es un pastor con un pájaro. No lo dejes.

Hara tardó.

—Eso no es mío —dijo—. Eso es de Lucian. Tu madre se lo pidió. “No lo detenga, pero no lo deje solo”. —Lo miró—. Y Lucian cree que se lo pidió por ti. Y yo creo que se lo pidió por los dos.

Alberion no contestó. Guardó la pluma en el bolsillo de la flor, junto al anillo de su padre.

Y se quedó en el borde de la Mesa con los seis, mirando hacia el este, hasta que las torres oscuras se perdieron en la noche y solo quedó el resplandor rojo en la niebla, que no se apagaba, y que era, Alberion lo sentía en el pecho como una aguja contra otra aguja, un hombre de capa gris esperando a que su sobrino le trajera una espada.

*

Lo último que pasó esa noche no lo vio nadie salvo el que lo hizo.

Pestos se levantó de la roca cuando los siete ya dormían.

Dejó al lobo con la cabeza en el pasto donde había estado su bota.

Caminó hasta el borde de la Mesa, hasta la cornisa, y se quedó de pie mirando hacia el este, con la túnica gris y la cara de cincuenta y siete años y las manos del tamaño de palas colgando a los lados, sin nada que hacer con ellas.

Y después sacó del bolsillo una moneda. Vieja. De Aurenthal. De las que ya no se usaban. Y la miró a la luz de las torres, y dijo, muy bajo, a nadie, o a alguien que llevaba diecisiete años muerto en una montaña:

—Lo cuidé. A ella y al que venía. Lo guardé y se lo di. Y ahora va a hacer lo que hiciste tú, y yo voy a estar mirando, que es lo único que sé hacer. —Cerró la mano sobre la moneda—. Me dijiste “para el pan”. Hablabas demasiado. Lo echo de menos.

Y volvió a la roca, y se sentó, y el lobo volvió a ponerle la cabeza en la bota, y Pestos no la movió, y en el este, en la niebla, el resplandor rojo esperó.

FIN DE LA PARTE II