Capítulo XIX — El juicio
Capítulo XIX — El juicio
A Lord Septimus Caelvar lo juzgaron en la sala del Madrún, en la mesa de madera blanca que olía a miel, dos días después de la noche de las aves, y el juicio duró lo que tarda en hervir el agua.
No porque fuera fácil. Porque Caelvar no se defendió.
Lo trajeron atado con la cuerda del vigía, con la capa gris y el pelo gris perfecto despeinado por primera vez, y lo sentaron en la silla del aire, la suya, la que su casa llevaba cuatrocientos años ocupando, y alrededor estaban el rey, los otros tres, los dos maestros que quedaban en la ciudad y el hueco de Tharion, que nadie ocupó, y Ebed, Alicia y el de Bronce de pie contra la pared como testigos, y Alberion al lado de Hara, porque Hara seguía diciendo que él veía lo que ella no.
Y el rey preguntó lo que había que preguntar:
—Lord Caelvar. Tres testigos lo vieron en la torre del este ordenar al vigía apagar el fuego en nombre del Consejo. El Consejo no dio esa orden. Siete torres de Kaoryn parpadearon tres semanas a la hora en que usted pasaba. Veintisiete se apagaron la noche que usted estaba en la Mesa. ¿Qué dice?
Caelvar levantó la cabeza. Miró al rey. Y después miró, uno por uno, a los de la mesa, con la calma, con los ojos que miraban las manos y no la cara. Y se detuvo en Alberion.
—Digo que sí —dijo.
Silencio.
—Digo que hace diecisiete años, cuando Uclus bajó por Kaoryn, mi casa perdió a veinte hombres en una noche y Aurenthal mandó cuatro caballeros, y después de la guerra Aurenthal escribió libros donde Kaoryn no sale.
Digo que el Consejo de los Cinco lleva cuatro siglos siendo el Consejo de los Cuatro y el del aire, el que mira desde arriba y espera a que los demás se cansen, como dicen los libros que no se arrancaron.
—Sonrió, levemente—. Y digo que un hombre que lleva diecisiete años esperando que lo miren a la cara, cuando otro le ofrece un reino, acepta. No por el reino. Por que lo miren.
Y volvió a mirar a Alberion.
—Usted entiende. Levantó cinco espadas y lo dejaron en una fuente.
Alberion no contestó. Pero vio, con esos ojos suyos, lo que había debajo de la calma de Caelvar, y era lo mismo que había visto en Draven en el valle de las dunas y en Sevrik en una cresta con una bolsa: un hombre al que nadie había mirado, eligiendo el oro porque el oro mira.
—No —dijo, al fin—. No entiendo. A mí me dejaron en una fuente, y la fuente era para que estuviera listo, no para que esperara.
—Pausa—. Y mientras yo estaba en la fuente, un hombre que me había enseñado a leer el hielo se puso delante de cuatrocientos niños, y los niños están vivos y él no.
Eso es lo que hace un hombre al que no miran. Lo que hizo usted es lo otro.
Caelvar no dijo nada más. Y el rey, con la cara de cansancio, dijo la sentencia, que era la de hace cuatrocientos años para quien rompía el pacto: la silla vacía, el nombre borrado, y la vida hasta que la guerra terminara, en una celda, porque un hombre que sabe lo que sabe Caelvar no se mata antes de que diga lo que sabe.
Y Caelvar, cuando lo levantaban, miró a Pestos, que estaba contra la pared con la túnica gris y la cara de cincuenta y siete años, y le dijo lo último:
—Usted también estuvo borrado, Gran Maestro. Diecisiete años. ¿No le dolió?
Pestos lo miró, con la atención que ya no pesaba.
—Todos los días —dijo—. Pero yo lo elegí. Y usted eligió lo otro. Es la diferencia entre guardar y vender.
*
Después del juicio, el consejo de guerra, y el consejo de guerra fue otra cosa.
La silla del aire vacía. La de Tharion vacía.
Malrik muerto hacía dos años. De cinco maestros quedaban tres: Kael con el dorado y las quemaduras, Aerion con la plata y los ojos arriba, Aurelia que no estaba porque el bosque no se mueve.
Y un pastor contra la pared que ya no era Gran Maestro y seguía siéndolo.
Y Alberion dijo lo que había que decir, porque nadie más podía.
—Uclus se fue a Kaoryn. Me lo dijo. “Te espero en Kaoryn, sobrino, tráela”.
—Tocó la empuñadura sin adornos—. Está en Orl, o en las islas tomadas, con trescientas aves y lo que le quede de velas y de hombres sin miedo.
Y debajo de Orl, en la niebla, está la montaña.
La que mi padre cerró con la vida. —Miró la mesa—.
No quiere Aurenthal. Nunca la quiso. Quiso que yo fuera. Con esto.
—¿Y por qué? —dijo Thalwyn.
—Porque él carga una parte. —Alberion lo dijo sin entonación—.
Lo sentí en el aire. Lo que tengo, se inclina hacia lo que él tiene, como una aguja hacia otra.
Y lo que él tiene lo sacó de una montaña mal cerrada, y es lo que lo mantiene vivo y lo que hace a los hombres sin miedo.
Y cree que si me quita lo mío, cierra la cuenta a su favor.
Y yo creo que si cierro la montaña, le cierro la suya.
Nadie habló. Y Pestos, desde la pared, dijo, con la voz de la pradera:
—Y eso cuesta lo que le costó a Agaton. Lo sabe. Lo dije en la piedra. —Miró a la mesa—. Y yo no lo voy a detener, porque su madre me dijo que no volviera sin él, y le creí, y ya no cargo nada que me deje mentirle.
*
Fue Hara quien puso el plan. Como siempre. Con la mano en la mesa.
—Kaoryn es de los de plata y de Aerion. Pero Caelvar ya no está, y los de plata saben lo que hizo, y Aerion decide quién cruza qué puente. —Miró a Aerion—. ¿Cuántos tiene?
—Ciento ochenta caballeros del aire. Doscientos guardabarrancos. Y las torres, que ahora están otra vez con nuestros fuegos. —Aerion la miró—. Y Orl a cinco islas de la Mesa, con un puente por isla.
—Entonces esto. —Hara movió una piedra del mapa—.
Todo lo que tenemos, a Kaoryn. Por aire lo que vuele.
Por tierra lo que no: los jinetes de Qasr, Fuego, los gigantes.
Por el acantilado, el camino de un paso de ancho.
Diez días. Y cuando estemos en la Mesa, tomamos las islas. Una a una. Por los puentes. Hasta Orl.
—¿Y Uclus?
Hara miró a Alberion.
—Uclus es de él. —Lo dijo sin suavizarlo, como Alberion le había dicho a Bastos que el arco no lo aguantaba—. Y la montaña también. Nosotros le abrimos el camino hasta allá. Lo que haga cuando llegue, lo hace él. Y yo no pregunto.
Nadie preguntó. Pero Tessa, que estaba de pie detrás de Alberion con la armadura dorada y los puños cerrados, dijo, sin que nadie le diera la palabra, con la voz de tirar piedras:
—Yo no pregunto tampoco. Pero yo voy delante de él hasta la boca de esa montaña. Y el que se ponga en medio, lo paso con la yegua.
Y Kael se rio, con la risa que hacía levantar la cabeza a los camellos, por primera vez desde Tharion, y dijo “de Qasr”, y la mesa respiró.
*
Esa noche, la última en Aurenthal, Alberion subió al tejado del palacio. El más alto. Donde Ikki había perseguido a Sevrik por las tejas doradas hacía siete semanas.
Ikki ya estaba ahí. Sentado en el borde, con las piernas colgando sobre la ciudad, mirando hacia el este. Alberion se sentó a su lado.
—Kaoryn —dijo Ikki.
—Kaoryn.
—Es mi casa. —Ikki miraba el vacío que no era un vacío porque abajo había calles—. Mi madre está en la isla de las tres casas, la de la izquierda. No la vi. Seis semanas contando torres a dos islas de distancia y no la vi.
—La vas a ver.
—Ya sé. —Pausa—. Alberion. Lo de la montaña.
—Sí.
—Lo que cuesta.
—Sí.
Ikki no lo miró. Siguió mirando el este.
—En el Abismo —dijo—, en el puente, tú caíste y yo me di la vuelta. Y caí detrás. Y dije “trampa”. —Pausa—. No era por ganar. Era que no sabía qué hacer en un puente sin ti al otro lado.
Alberion no contestó. No hacía falta. Pero le puso la mano en el hombro, en la armadura de plata que no pesaba nada, y la dejó ahí, y los dos se quedaron en el tejado mirando el este hasta que empezó a clarear, y en algún momento de la noche Alicia subió por la escalera de la galería, pequeña, sin hacer ruido, y se sentó del otro lado de Ikki, y no dijo nada, y tampoco hacía falta.
Y cuando el sol salió sobre Aurenthal, que ya no estaba tibia pero tampoco fría, Ikki dijo lo que decía:
—Mañana sí vale.
—Siempre vale.
—Ya sé. —Se levantó—. Pero en Kaoryn vale más. Es mi casa. Te voy a ganar en mi casa.
—Trampa.
—Ventaja. —Ikki miró a Alicia, y después a Alberion, y la sonrisa le subió la cicatriz—. Y tú, cuando llegues a esa montaña, acuérdate del puente. Que no se va a dar la vuelta uno solo.