Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo XVIII — La muralla
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Capítulo XVIII — La muralla

Capítulo XVIII — La muralla

Lo que pasó detrás de la muralla este de Aurenthal lo vieron cuatrocientos muchachos de doce años, y ninguno de ellos lo contó igual, y todos lo contaron.

Vieron a un hombre enorme, con la armadura blanca de hielo viejo y la capa, bajar de la muralla por la escalera de piedra sin correr, y plantarse delante de ellos, de espaldas a ellos, de cara al cielo, con la espada blanca desenvainada por primera vez en la noche.

Vieron bajar la cosa: el ave de hueso más grande que había, con el cuello que tapaba la luna y las alas de membrana que arrastraban el aire, y en el lomo, de pie, un hombre de capa gris que no los miraba a ellos. Miraba a Tharion.

Y vieron que el hombre de la capa gris sonreía, levemente, con calma, y que decía algo que el chirrido se llevó, y que levantaba una mano.

Y las cincuenta de atrás soltaron el fuego.

*

Alberion lo vio desde arriba, y por primera vez en la noche no pudo hacer nada con el viento.

Lo intentó. Le dijo al viento que subiera, que empujara, que desviara las cincuenta ollas que caían ardiendo hacia la explanada detrás de la muralla donde había cuatrocientos niños y un hombre delante.

Y el viento subió. Y desvió veinte. Treinta.

Las vio caer en la llanura, en la muralla, en el foso, ardiendo.

Pero eran cincuenta, y venían de cincuenta sitios, y él era uno, y lo que sostiene no es fuerza: es decirle a las cosas por dónde quieren ir, y las ollas querían caer.

Veinte cayeron detrás de la muralla.

Y Tharion hizo lo que hacía. Lo que les había enseñado en el hielo: que si uno ve y los demás no, uno va delante, o no van.

No vio las ollas, porque no tenía los ojos de Alberion.

Vio a cuatrocientos muchachos detrás de él, con la boca abierta, y se dio la vuelta, y les gritó con la voz de abajo, con una voz que nadie le había oído en treinta años de hablar despacio:

—¡AL SUELO! ¡BOCA ABAJO! ¡AHORA!

Y cuatrocientos muchachos de doce años que llevaban dos meses en la Academia y que sabían una sola cosa, que cuando un maestro grita se obedece, se tiraron al suelo, apretados unos contra otros al pie de la muralla.

Y Tharion se quedó de pie. Encima de ellos.

Con la capa blanca abierta como se abren las alas de un guardabarranco sobre un lobo, con los brazos abiertos como Bastos en un claro, cubriendo con el cuerpo lo que el cuerpo de un hombre enorme podía cubrir, que no era mucho, y que era todo lo que había.

Las ollas que Alberion no pudo desviar cayeron en la explanada, en la piedra y en el aceite; las que caían sobre los muchachos tendidos cayeron sobre él.

Y el fuego cayó.

*

Lucian llegó primero. Como con Bastos. Como siempre.

Bajó del guardabarranco en la explanada ardiendo antes de que el ave tocara el suelo y corrió entre las ollas rotas y el aceite encendido y los muchachos que se levantaban del suelo con el pelo chamuscado y la cara negra y vivos, vivos, cuatrocientos, y llegó hasta donde Tharion estaba de pie.

Seguía de pie. Eso fue lo que Lucian contó después, y lo que contaron los cuatrocientos: que Tharion no cayó.

Que la armadura blanca de hielo viejo, templada con baya de hielo para que un hombre pudiera dormir en la nieve, estaba negra de fuego, y la capa ya no existía, y el pelo blanco tampoco, y que el Caballero de la Nieve seguía de pie con la espada en la mano y los ojos abiertos, mirando hacia arriba, hacia donde la grande volvía a subir con el hombre de la capa gris en el lomo.

—Tharion —dijo Lucian.

Tharion bajó los ojos. Lo miró. Con la cara que no cambiaba y que ahora no podía cambiar. Y habló, despacio, como siempre, para que cada palabra tuviera tiempo de llegar.

—¿Cuántos?

Lucian miró alrededor. Los muchachos de pie. Chamuscados. Llorando. Contándose.

—Todos. —La voz se le rompió—. Están todos.

Tharion asintió. Una vez. Y la espada blanca se le cayó de la mano, y Lucian la agarró antes de que tocara el suelo, porque la nieve guarda, y Tharion se sentó.

Despacio. Como se sentó Oda en la nieve delante de una familia.

Con la espalda contra la muralla de Aurenthal, con las piernas estiradas como quien lleva ahí toda la tarde.

—El de la pata —dijo. Era un hilo de voz de abajo—.

El lobo. Lo sabía. Lo supe en la fortaleza.

Que no lo tocara hasta que él lo tocara.

—Tosió—. Dile a Alberion que lo mismo. Con lo que le dieron.

Que no lo use hasta que le toque a él. Que ya lo va a saber.

Y que estuvo bien. Lo del brazo estirado.

—Se lo digo.

—Y Lucian.

—Señor.

Tharion lo miró, y por última vez en su vida, cambió la cara. No mucho. Un dedo. Como Aurelia en el claro.

—Levantaste la blanca —dijo—. Y no entendí por qué hasta esta noche. —Miró la cinta gris en el brazo de Lucian—. La nieve es lo que no se derritió. Tú tampoco.

Y cerró los ojos. Y se quedó sentado contra la muralla con la armadura negra, y Lucian se quedó de rodillas delante con la espada blanca de Tharion en las manos, y detrás, cuatrocientos muchachos de doce años con la cara negra se fueron quedando callados, uno a uno, hasta que no se oyó nada salvo el fuego apagándose en la explanada y, arriba, muy lejos, un chirrido que se alejaba hacia el este.

*

Lo que pasó en el cielo mientras Tharion se sentaba, lo apuntó Eduart después de boca de Hara, y es exacto.

Que Alberion, desde arriba, vio al ave grande subir desde la explanada con el hombre de la capa gris en el lomo, y vio que Uclus lo miraba.

A él. Desde cien varas. Con unos ojos grises que pesaban hacia abajo.

Y que Uclus levantó la mano, con calma, como en el barco, como en la llanura del Abismo, y las aves de hueso que quedaban, doscientas, trescientas, dejaron de bajar sobre la ciudad y se juntaron alrededor de la grande, y viraron al este.

Que Alberion gritó “¡no!” y lanzó el guardabarranco viejo detrás, y que Ikki y Hara lo siguieron, y que el guardabarranco viejo, con las alas más anchas que una carreta, era más rápido que ningún ave de hueso, y que a la legua Alberion estaba a veinte varas de la grande, con la brújula en el pecho inclinada hacia el hombre de la capa gris como una aguja hacia otra aguja, y con la Espada de Oryndor al cinto, que había llevado toda la noche sin tocar.

Y que la tocó.

Que puso la mano en la empuñadura sin adornos, de cuero liso, y que sintió lo que Pestos le había dicho que iba a sentir: el hilo que iba de la espada a su pecho tensándose, y debajo del hilo, una cuenta.

Y que supo, con esa claridad helada, que si la sacaba ahora, sobre una llanura, contra un hombre en un ave de hueso, la sacaba para matar, y que matar a Uclus no cerraba nada, y que lo que no se cerraba se quedaba abierto para siempre con cientos de hombres sin nombre adentro.

Y que oyó, en el viento, porque ahora oía el viento, la voz de Tharion desde la explanada diciéndole a Lucian: “que no lo use hasta que le toque a él”.

Y que soltó la empuñadura.

Y que Uclus, a veinte varas, lo vio soltarla. Y sonrió. Y dijo algo que el viento trajo, porque Alberion le dijo al viento que lo trajera:

—Tu padre también esperó. —La voz lenta, suave, razonable—. Y cuando dejó de esperar, se murió. Te espero en Kaoryn, sobrino. Tráela.

Y la grande viró al este, con trescientas detrás, y Alberion se quedó en el aire sobre la llanura con el guardabarranco viejo planeando y la mano abierta, e Ikki llegó a su lado, y Hara al otro, y ninguno dijo nada, porque abajo, en Aurenthal, el único fuego de la muralla seguía encendido, y detrás de la muralla no se veía nada, y los tres sabían lo que no se veía.

*

Aurenthal amaneció tibia.

Eso dijeron los que lo vieron: que después de la noche de las aves la ciudad amaneció tibia, y esa noche no tuvo frío.

Que en la explanada del Madrún, donde cuatrocientos muchachos de doce años se habían tirado al suelo debajo de un hombre enorme, la piedra dorada guardaba el calor como la baya de hielo guarda el calor bajo el glaciar, y que la gente de la ciudad salió a sentarse en esa explanada sin saber por qué, y se quedó.

Lo llevaron al Madrún. A Tharion. Con la armadura negra, sobre un escudo, entre Lucian y Kael y Aerion y Hara, y lo pusieron al pie del árbol blanco, y el rey vino, y el Consejo, y los cuatrocientos con la cara negra que nadie había mandado lavar, y los tres gigantes con las capas verdes, y Brumm, que había estado hacía diecisiete años al otro lado de un acantilado con un látigo, se arrodilló.

Despacio. Hasta que su cara quedó a la altura de la del hombre que había matado a cuatro de los suyos y que decía “ahora sé”.

Y Pestos, con la cara de cincuenta y siete años y la túnica gris, se quedó de pie al lado del cuerpo mucho rato, y después dijo, a nadie, con la voz de la pradera:

—Éramos cuatro. —Pausa—. Ahora soy uno.

Y Lucian, con la espada blanca de Tharion en una mano y la suya en la otra, se acercó a Alberion, que no había dicho una palabra desde que bajó del cielo, y le dio el recado.

Entero. Lo del lobo, lo de no tocar hasta que le toque, lo del brazo estirado.

Y Alberion lo oyó con la cara de piedra de su madre, y al final dijo lo primero que dijo esa noche:

—Ya sé. Lo oí. En el viento. —Miró hacia el este—. Y lo solté.

—¿Y ahora?

Alberion miró el Madrún. El árbol blanco que había crecido donde cinco hombres que se odiaban clavaron cinco espadas. Y miró a Pestos, al lado del cuerpo, que ya no cargaba nada. Y se tocó el bolsillo de la flor, donde había una pluma.

—Ahora Kaoryn —dijo—. Me espera.