Capítulo XVII — Los cuatro fuegos
Capítulo XVII — Los cuatro fuegos
Aurenthal tenía cuatro fuegos en las murallas, uno en cada puerta, y llevaban cuatrocientos años encendidos.
Los encendía un vigía al anochecer con brasa del Madrún, que no se apagaba con el viento, y desde la llanura, de noche, Aurenthal era eso: cuatro puntos de luz en una oscuridad plana, y en medio, la ciudad que no se veía.
Esa noche los cuatro fuegos se apagaron a la tercera hora, uno tras otro, de este a oeste, en lo que tarda en contar veinte. Como las torres de Kaoryn.
Alicia lo vio apagarse el primero. Estaba en la torre de señales, la de la puerta del este, la más alta de la muralla, colgada del lado de afuera de la plataforma como Ikki en la torre de los Tres Puentes, con Ebed a su lado agarrada a una cornisa y uno de Bronce debajo en la escalera.
Y arriba, en la plataforma, junto al fuego, había dos hombres.
El vigía de Aurenthal. Y otro, con una capa gris, con el pelo gris perfecto que la luz del fuego hacía casi blanco, y las manos limpias.
Lord Caelvar no tapó el fuego con una tabla. Hizo algo peor. Habló con el vigía, con calma, en voz baja, y Alicia oyó cada palabra porque estaba a dos varas y porque miraba, y lo que Caelvar dijo fue:
—Orden del Consejo. Las aves siguen el fuego. Si lo apagamos, no encuentran la ciudad. El Gran Maestro lo sabe. Apágalo.
Y el vigía, que era un hombre de Aurenthal que llevaba veinte años encendiendo esa brasa, dudó. Y Caelvar le puso la mano en el hombro, con calma, y dijo “hijo, es por la ciudad”, y el vigía apagó el fuego.
Alicia no se movió. Se lo había dicho Pestos: no impedir, ver.
Y vio. Vio a Caelvar quedarse un momento junto a la brasa apagada mirando hacia el este, donde en la oscuridad empezaba a oírse un chirrido como de metal contra metal.
Vio que sonreía. Y vio, con esos ojos grises, que el señor de Kaoryn, que miraba las manos de la gente y no la cara, tenía las suyas, por primera vez, cerradas.
—Ya —dijo, muy bajo, a Ebed.
Y Ebed, que no pedía permiso, subió a la plataforma.
*
No fue una pelea. Caelvar tenía sesenta años y manos limpias, y Ebed tenía veintiséis y una cicatriz, y cuando la comandante de Valdyr apareció en la plataforma con la armadura blanca, Caelvar no sacó ninguna arma. Se enderezó. Y dijo, con calma:
—Comandante. El Consejo ordenó…
—El Consejo está en la sala del Madrún. —Ebed no levantó la voz—. Lo sé porque vengo de ahí. Y Lord Caelvar está en Kaoryn, dice su libélula. Y sin embargo lo tengo delante con la mano en un fuego apagado y tres testigos. —Lo miró—. Usted elige cómo baja de esta torre. De pie o no.
Caelvar la miró. Mucho rato. Con la calma. Y después miró hacia el este, donde el chirrido ya no era un chirrido sino cientos, y sonrió, levemente, y dijo lo que Alicia apuntó después con la letra pequeña, para el juicio:
—Ya no importa cómo baje. —Señaló el este—. Ya vienen. Y usted va a tener que elegir entre atarme y subir a esa muralla. Yo sé lo que elegiría un soldado.
Ebed no eligió. Alicia, desde la cornisa, ya había subido también, pequeña, con la espada blanca, y el de Bronce detrás, y entre los tres lo ataron con la cuerda del vigía, y lo sentaron contra el muro de la torre, y Ebed le dijo al vigía, que lloraba, que encendiera el fuego otra vez, ahora, con la brasa que tuviera, y el vigía lo encendió.
Un fuego. De cuatro. En la puerta del este. Y desde la llanura, esa noche, Aurenthal fue un punto de luz en una oscuridad plana, y hacia ese punto, por el aire, sin leer el viento, vinieron cientos.
*
Alberion las vio antes que nadie, porque estaba arriba.
Muy arriba. En el guardabarranco viejo, el de Pestos, el de la pradera, con las dos plumas desnudas y los ojos azules en las puntas, de pie en el lomo como se había puesto el Gran Maestro sobre la Mesa, porque descubrió que ahora podía: el viento lo sostenía si él le decía cómo.
Y abajo, en la oscuridad, cuatro guardabarrancos con Ikki, Hara, Lucian y el joven de Alberion con uno de Aerion encima, y veinte más, en círculo, esperando.
Y al este, llegando, la cosa.
No era una nube. Era un enjambre. Cientos de aves de hueso, negras, con los cuellos largos y las alas de membrana arrastrándose por el aire, en una masa que tapaba las estrellas, con el chirrido como de metal contra metal llegando tarde, y entre ellas, debajo, puntos rojos: fuego.
Cada ave traía algo colgando, una olla, un odre, que ardía.
Y en el centro del enjambre, más grande que todas, más grande que cinco guardabarrancos, con el cuello de hueso más largo y las alas que tapaban solas la luna, una.
Y en el lomo de esa, de pie, con una capa de viaje gris, un hombre.
Alberion lo vio con esos ojos suyos y con la brújula en el pecho a la vez.
Y la brújula hizo una cosa que no había hecho: se inclinó hacia él.
Hacia Uclus. Como se inclina una aguja hacia otra aguja.
Y Alberion entendió, con esa claridad helada, que lo que su padre había cargado y Pestos había guardado y él tenía ahora, Uclus lo tenía también.
Una parte. La que había sacado de un volcán con diecisiete años de empujar.
—Ahí —dijo. Y el viento se llevó la palabra hasta abajo, hasta los cuatro guardabarrancos, porque él le dijo que la llevara—. El centro. El grande. Es él.
*
Lo que pasó en el aire sobre Aurenthal esa noche no lo apuntó Eduart, porque Eduart estaba en la muralla este con Thalwyn y las catapultas del Malrik, y lo que apuntó fue eso: “Lanzamos cuarenta ollas en la primera hora. Las aves no esquivan. Cayeron veintidós, ardiendo, sobre la llanura. Ninguna sobre la ciudad. Alberion dice por dónde vienen y nosotros apuntamos donde dice. Es como la bocana. El viento es nuestro.”
Y era. Alberion, arriba, de pie en el guardabarranco viejo, con la armadura blanca sin tono y la brújula en el pecho, hacía lo que Pestos le había enseñado en tres días en una pradera y seis semanas en una fuente: le decía al viento por dónde.
Y el viento, sobre Aurenthal, subía de la llanura en corrientes que no deberían subir en esa época, y las aves de hueso, que no leían el viento, se tambaleaban, y caían en los huecos, y las ollas de Eduart las encontraban ahí.
Y los guardabarrancos hacían lo demás. Ikki, bajo, rápido, por debajo de las aves, con el cuchillo curvo de Thalassar rasgando membranas, gritando “¡trampa!” cada vez que una caía, y nadie le contestaba porque no había tiempo.
Hara arriba, mandando, con la voz de capitana que el viento de Alberion llevaba a los veinte de Aerion, “a la izquierda, tres, el cuello donde se junta”. Lucian con Brumm.
Brumm no volaba. Brumm estaba en la explanada del Madrún, de pie, enorme, con la capa verde y el árbol en la espalda, con Oda y Tal a los lados, y cuando un ave de hueso bajaba demasiado, lo bastante para que un hombre del doble de alto que un hombre la alcanzara, Brumm la alcanzaba.
Con las manos. Del tamaño de palas. Abiertas.
Y lo que hacía con un ave de hueso un gigante que llevaba diecisiete años con un látigo diciéndole qué hacer y que ahora nadie le decía nada, no se puede contar, pero Lucian, desde el guardabarranco, lo vio hacerlo tres veces y las tres veces gritó, y Brumm le contestó desde abajo con un sonido que no era de animal ni de hombre y que esta vez era otra cosa: era una risa.
*
Fue en la segunda hora cuando la grande bajó.
Alberion lo sintió antes de verlo: la brújula inclinándose hacia abajo, hacia la muralla este, hacia la puerta donde el único fuego de Aurenthal seguía encendido porque Ebed lo había ordenado.
Y la vio: la grande, la del cuello largo, la que tapaba la luna, bajando en espiral sobre la muralla este con el hombre de la capa gris de pie en el lomo, y detrás de ella, cincuenta más, con fuego colgando, hacia el único punto de luz.
—¡Tharion! —gritó Alberion, y el viento llevó el grito—. ¡La puerta del este! ¡Van a la puerta del este!
Y abajo, en la muralla, donde la Compañía de Fuego estaba en línea y detrás de la muralla, no encima, cuatrocientos muchachos de doce años con cuchillo de cadete miraban hacia arriba con la boca abierta, Tharion, enorme, con la armadura blanca y la capa, levantó la cabeza, y vio la cosa que bajaba, y no se movió.
No se movió porque la cosa no bajaba hacia la muralla. Bajaba hacia detrás de la muralla. Hacia los cuatrocientos.
Y Tharion, Caballero de la Nieve, que hablaba despacio para que cada palabra tuviera tiempo de llegar, que se había quitado la armadura delante de ciento cincuenta muchachos para decirles “no me la gané, me la dieron”, que le había dicho a un muchacho de doce años en la puerta de una fortaleza que ver no era un regalo sino un trabajo, dijo una sola palabra, con la voz de abajo, y la palabra fue:
—Conmigo.
Y bajó de la muralla. Hacia los cuatrocientos. Y se puso delante.