Capítulo XVI — La víspera
Capítulo XVI — La víspera
Llegaron en tres días, y llegaron todos, y Aurenthal no sabía qué mirar.
Primero los zorros. Cincuenta zorros de lucero entrando por la puerta del oeste al amanecer, en silencio, con las estrellas de la frente apagadas porque era de día, corriendo entre las piernas de la gente del mercado, que se apartó, y detrás de ellos Hara de verde con la hombrera y ochenta caballeros de Bronce con capas de cinco colores.
Después, por el río, el Malrik: un barco de tres palos subiendo hasta el muelle de la ciudad con las velas llenas y Thalwyn al timón y Eduart en la proa con el cuaderno, y en la bodega, lo que Thalassar guardaba hacía cuatrocientos años.
Después, por el sur, sesenta jinetes de Zareth con turbante y lanza, con Kael al frente con el dorado y una muchacha con pecas en una yegua ceniza, al galope por la llanura perfectamente plana como si fuera arena.
Y al atardecer, por el norte, la Compañía de Fuego.
Cuarenta a caballo con Tharion delante, enorme, y Ebed con la cicatriz, y Lucian con una cinta gris atada encima de la armadura blanca, y Alicia pequeña, y a los lados de la columna, caminando, con capas verdes con un árbol blanco en la espalda, tres gigantes.
La ciudad se calló. Como el patio del Campo Blanco.
Las murallas doradas llenas de gente, las calles llenas, el mercado vacío de pronto, y en medio de la explanada del Madrún, con el árbol blanco detrás, tres cosas del doble de alto que un hombre que se detuvieron, miraron el árbol, y Brumm, el grande, bajó la cabeza un dedo delante de él, como había hecho delante de Tharion, y los otros dos hicieron lo mismo.
Y el rey, que había salido a la muralla con la corona de aro, miró a los gigantes, y miró al Gran Maestro a su lado, que ya no tenía la cara sin edad, y dijo, bajo:
—Hace diecisiete años juré que no volvería a ver uno de esos.
—Hace diecisiete años no tenían capa —dijo Pestos.
*
Los siete se encontraron en el patio de la fuente. El escondido. El de las mañanas.
No lo decidió nadie. Fue que Alberion estaba ahí, sentado en el borde con la armadura blanca sin tono y el lobo a los pies, y que Ikki estaba a su lado con el guardabarranco de mal genio dormido, y que Hara entró primero con un zorro siguiéndola, Eduart detrás con el cuaderno, y después Tessa con la cara roja debajo de las pecas, que cruzó el patio sin mirar a nadie y se plantó delante de Alberion y le puso las dos manos en la cara y dijo “volviste” y él dijo “me quedé” y ella dijo “es lo mismo”, y después Lucian con la cinta gris y Alicia detrás.
Seis alrededor de uno. Como la primera noche en la cabaña, cuando partió el pan en cinco.
—No hay pan —dijo Alberion.
—Tu madre me dio —dijo Lucian—. En el Campo Blanco. Me lo comí. Dice que la flor está florecida. Que la tiene en la ventana de la torre, mirando al sur. Que cuando mires al norte, está ahí.
Alberion no dijo nada. Miró hacia el norte, donde no se veía nada. Y después miró a Lucian, la cinta en el brazo, gris, sucia, con un nudo mal hecho.
—¿Es la de él?
—Es la de él. —Lucian se la tocó—. Brumm la tenía. Tres años. En la mano. —La sonrisa torcida, que ya no se iba—. Tenías razón. Y yo no te oí. Nadie te oyó.
—Bastos me oyó.
Silencio. El agua de la fuente. Y Tessa, que seguía con las manos en la cara de Alberion, le miró los ojos, con esos ojos de ella que ya no tiraban piedras, y dijo, muy bajo:
—Te lo dio.
—Sí.
—¿Y te sacó algo?
Alberion lo pensó. Pensó en la brújula en el pecho apuntando a todas partes. En Pestos con cincuenta y siete años diciendo “no sé qué hacer con las manos”. En la armadura que ya no tenía tono.
—No —dijo—. Me puso. —La miró—. Pero sí sé lo que cuesta.
Y no te lo voy a decir en la puerta de ninguna fragua.
Te lo voy a decir aquí. Cuesta lo que le costó a mi padre.
Y no sé si voy a tener que pagarlo. Pero si tengo que pagarlo, lo pago.
Y tú vas a querer echarme con un martillo, y no vas a poder, porque voy a hacer lo que haría.
Tessa no apartó las manos. No se puso roja. Lo miró mucho rato, con la cara que ponía cuando no soportaba ver algo mal hecho, y esta vez no era eso. Era otra cosa.
—Ya sé —dijo—. Lo supe en el Abismo. En la fragua. El que me decía “quédate” no eras tú. Tú eres el que no se queda. —Le soltó la cara. Le tomó la mano—. Por eso te echaría. Y por eso no te echo.
Y nadie dijo nada. Ni Lucian, que tenía un chiste y se lo guardó. Ni Alicia, que lo había visto venir desde el desierto y miraba a Ikki. Ni Ikki, que miraba a Alicia.
*
El plan lo hizo Pestos. Pero lo dijo Hara, porque era la capitana.
Fue en la sala del Madrún, esa noche, con la mesa de madera blanca que olía a miel, y alrededor el rey, los del Consejo que estaban (Caelvar no: Caelvar “seguía en Kaoryn con los suyos”, decía su libélula, y nadie en la sala creyó una palabra), los maestros, Thalwyn, Ebed, los siete, y de pie contra la pared, el que ya no era Gran Maestro y seguía siéndolo.
—Vienen de noche —dijo Hara—. Lo dijo Ikki: cientos, lentos, del este.
Mañana a la tercera hora, cuando cambian los vigías, porque es la hora que aprendieron en Kaoryn.
Y vienen a Aurenthal porque Aurenthal es el centro de la mano, y si el centro cae, los cinco dedos se sueltan.
—Miró la mesa—. No vienen a tomarla. Vienen a quemarla.
Como el bosque. Las aves de hueso traen fuego.
—¿Cómo lo sabes? —dijo Valemont.
—Porque Alberion lo siente. —Hara no vaciló—. Y porque yo no pregunto.
Nadie discutió.
—Entonces esto. —Hara puso la mano en la mesa—.
Las aves no leen el viento. Lo vimos en Orl: se tambalean cuando sube una corriente.
Alberion las lee. Alberion va arriba, en el guardabarranco viejo, el del Gran Maestro, y dice por dónde.
Ikki, Lucian, Alicia y yo, en guardabarrancos prestados, con los veinte caballeros del aire de Aerion que quedaron aquí, hacemos lo que diga.
Tessa y Kael con los jinetes, en tierra, en las calles, para lo que caiga.
Eduart y Thalwyn con las catapultas del Malrik en la muralla este: aceite, ollas, lo que hundió once velas. —Miró a Tharion—. Y la muralla.
Tharion asintió, con la voz de abajo.
—La muralla es mía. Fuego entera. Y los de primer año de las cinco compañías que están en el campamento del bosque: cuatrocientos muchachos de doce con cuchillo de cadete.
Los pongo detrás de la muralla, no encima.
El campamento del bosque está a media legua del borde este: si se quedan allá, están solos.
Aquí, al menos, tienen piedra delante. —Pausa—. Que vean. No que peleen.
—¿Y los gigantes? —dijo Haldric.
Hara miró a Lucian. Lucian miró la cinta.
—Los gigantes —dijo— van donde yo vaya. Y yo voy donde esté la cosa más grande que baje del cielo. —Pausa—. Brumm quiere ver una cara. Si Uclus viene, viene en la más grande. Y si no viene, Brumm le arranca el ala a la que sea.
*
Pestos habló al final. Desde la pared. Con la voz de la pradera, que ya era la única que tenía.
—Hay una cosa que no está en el plan. —Miró a Alberion—.
Caelvar no está en Kaoryn. Está aquí. Lleva dos días.
Lo sé porque Aerion me lo dijo con la cara cuando llegó con las capas, y porque un hombre que apaga veintisiete torres no se queda a mirar desde lejos: se queda a abrir la puerta.
Mañana, cuando las aves lleguen, alguien va a apagar los fuegos de las murallas de Aurenthal.
Los cuatro. Para que las aves sepan dónde está la ciudad en la oscuridad y nosotros no sepamos dónde están ellas.
—Miró a Alicia—. Y hay que estar en la torre de señales cuando eso pase. No para impedirlo. Para verlo.
—¿Por qué no impedirlo?
—Porque si lo impides, no tienes nada. Un hombre en una torre.
—Pestos se encogió de hombros, el movimiento pequeño—.
Si lo ves hacerlo, con tres testigos, tienes a un señor del Consejo con la mano en el fuego.
Y Kaoryn no se parte. Se endereza. —Miró a Alberion—.
Y la oscuridad no los va a ayudar tanto como él cree.
Tú no necesitas fuego para ver, y los guardabarrancos tampoco.
Alicia lo miró, con esos ojos grises.
—Yo voy a la torre.
—Tú vas a la torre —dijo Pestos—. Porque miras. Y Ebed contigo, porque no pide permiso. Y uno de Bronce, porque hacen falta tres.
Y el rey, que había escuchado todo con la cara de cansancio, se levantó, y miró la mesa, y dijo lo único que dijo esa noche:
—Hace cuatrocientos años, cinco hombres que se odiaban decidieron sostener lo mismo. Mañana van a ser siete que se quieren, tres gigantes, cincuenta zorros, un barco en un río y cuatrocientos niños detrás de una muralla. —Pausa—. No sé si es mejor. Pero es lo que tenemos. Vayan a dormir.
*
No durmió nadie. Pero a medianoche, en el patio de la fuente, Alberion encontró a Pestos sentado en el borde, con la túnica que ya no cambiaba de color, gris, y la cara de cincuenta y siete años, mirando el agua.
Se sentó a su lado. El lobo entre los dos.
—Mañana —dijo Alberion.
—Mañana.
—¿Usted dónde va a estar?
Pestos tardó.
—Donde estuve siempre. —Miró el agua—. Mirando. Es lo único que me queda. Y no te voy a decir que no hagas nada, porque no me harías caso, y porque tu madre me dijo que no volviera sin ti, y le creí, y después me di cuenta de lo que había dicho.
Alberion lo miró, con esos ojos suyos, y vio lo que había debajo: un hombre que había guardado una cosa diecisiete años y acababa de darla, y que no sabía qué hacer con las manos, y que tenía miedo por primera vez en su vida porque ya no cargaba nada que lo distrajera del miedo.
—Pestos.
—Dime.
—Lo de la pluma. “Para que él te lleve a donde yo no puedo”. —Alberion se tocó el bolsillo de la flor—. ¿Adónde?
Pestos no contestó enseguida. Y cuando lo hizo, fue con la voz de la pradera, y mirando hacia el este, donde no se veía nada y los dos sabían lo que había.
—A una montaña —dijo—. Con una boca mal cerrada. —Pausa—. Pero no mañana. Mañana es solo la ciudad. Duerme.
Y Alberion no durmió, pero se quedó ahí, al lado del pastor, hasta que empezó a clarear, y en algún momento de la noche el lobo se durmió con la cabeza en la bota de Pestos, y Pestos no la movió.