Capítulo XV — Con lo que tengan
Capítulo XV — Con lo que tengan
La libélula de Alberion llegó a cinco sitios la misma noche, y en los cinco pasó lo mismo: alguien la oyó, se quedó quieto un momento, y después se movió.
En Qasr, Tessa la oyó en la cresta de una duna, con la yegua ceniza y el corte del brazo ya cerrado, y sesenta jinetes dormidos abajo.
“Lo pedí. Me lo dio. Es mío ahora”. Se quedó con la libélula en la palma, mirando hacia el norte, y pensó en lo que le había dicho a la otra libélula: “que no te saque lo que te hace tú”.
Y después bajó la duna, y despertó al camellero viejo, y le dijo:
—Me voy a Aurenthal. Esta noche. Los oasis son de ustedes.
El camellero no discutió. Miró la libélula, que todavía brillaba en la mano de Tessa, y dijo:
—¿Es él?
—Es él.
—Entonces no vas sola. —Se levantó—. Tu abuela tampoco fue sola.
Y Kael, cuando lo supo, al amanecer, en el patio de piedra blanca, soltó la carcajada que hacía levantar la cabeza a los camellos, y dijo que un maestro va donde van sus mejores alumnos, y que la Compañía de Piedra se quedaba cuidando los pozos, y que él y sesenta jinetes de Qasr salían hacia Aurenthal con la muchacha del herrero al frente, “y que Aquilon me lo discuta cuando lo vea”.
*
En Thalassar, Eduart la oyó en el muelle, con el Malrik amarrado detrás y las velas negras hundidas todavía asomando en la bocana. La apuntó. Y después cerró el cuaderno, cosa que hacía pocas veces, y fue a buscar a Thalwyn.
—Por el aire —dijo—. Uclus. Lo que escribí: “la próxima no va a ser por el mar”. Es por el aire. Sobre Aurenthal. Las flotas no sirven en el aire.
Thalwyn lo miró con las manos de cabos.
—No. Pero un barco lleva cosas. —Señaló el Malrik—.
Lleva lo que Thalassar guarda hace cuatrocientos años para un día así.
Aceite. Ollas. Catapultas. Lo que hundió once velas negras.
Las aves de hueso no leen el viento tampoco, caballero.
Lo dijo Alberion en Orl. ¿Qué cree que hace una olla de aceite ardiendo contra una cosa que no sabe esquivar?
Eduart abrió el cuaderno otra vez.
—¿Cuánto tarda el Malrik en subir el río hasta Aurenthal?
—Cuatro días con viento. —Thalwyn sonrió—. Tres si alguien me dice cuándo rola.
Eduart le dijo cuándo rolaba.
*
En Sylvar, Hara la oyó en el borde del campamento con cincuenta zorros de lucero alrededor, y no se movió durante un rato largo. Y después se levantó, con el paso exacto, y fue a la tienda de Aurelia, que estaba despierta, porque Aurelia dormía poco.
—Aurenthal —dijo.
—Lo sé. —Aurelia tenía el zorro en el regazo y la cara que no cambiaba—. Lo supe cuando dijiste “mire a Kaoryn”. Y lo supe antes, en el consejo, cuando el Gran Maestro le dio a Caelvar lo que pedía. Te vas a Aurenthal con los tuyos. Yo me quedo con el bosque. El bosque no se mueve.
—¿Y los zorros?
Aurelia miró al que tenía en el regazo. Y después miró a Hara.
—Los zorros van contigo —dijo—. Todos. Nunca ha pasado.
Pero tú no preguntas y ellos no se equivocan, y Aurenthal está en el centro del bosque, así que es el bosque también.
—Se levantó—. Y lleva a Bronce. Los que quieran.
Y las capas verdes que sobraron: mandé hacer seis. Por si había más gigantes.
Hara la miró.
—¿Seis?
—Soy del bosque, capitana. —Aurelia inclinó la cabeza un dedo—. Nunca corto una rama sin dejar otra.
*
En el Campo Blanco, Tharion dijo lo que Alicia había dicho que iba a decir.
—Yo voy donde el Gran Maestro diga. —Y después, mirando a Lucian y Alicia, a Ebed, a los tres gigantes con capas verdes sentados contra el muro—: Y dice Aurenthal. Así que Aurenthal. Fuego entera. Los soldados de Valdyr. Ebed. —Miró a los gigantes—. Y ellos, si quieren.
Brumm entendió “Aurenthal” porque Lucian se lo había dicho diez veces señalando al sur. Y se levantó, con la capa verde y el hombro vendado, y miró a Lucian, y dijo, con las pocas palabras:
—Látigo. Cara. Brumm va.
—Brumm va —dijo Lucian.
Y Tal se levantó porque Brumm se levantaba, y Oda se levantó y miró a Alicia, y Alicia dijo “sí”, y fueron tres.
*
Yira no fue.
Lucian lo supo esa noche, en el patio, cuando la encontró comprobando el vendaje de Brumm por tercera vez a la luz de una lámpara, con el delantal y la trenza y la cara de piedra.
—Señora. Salimos al amanecer.
—Ya sé.
—Alberion dice todos. Con lo que tengan.
—Ya sé lo que dice. —Yira terminó con el vendaje.
Se enderezó—. Y sé que hay setecientas personas de doce aldeas en esta fortaleza, y que cuando se vayan ustedes se queda la mitad de la guarnición, y que la mitad de esas setecientas son viejos y niños que no han estado nunca fuera de su aldea, y que la mujer de los Hallen no ha dejado de llorar en seis semanas.
—Lo miró—. Mi hijo está en Aurenthal con el Gran Maestro y con lo que su padre le dejó. Yo no le sirvo ahí. Le sirvo aquí.
Lucian no supo qué decir. Buscó un chiste y no lo encontró, y dijo la verdad, que era lo único que a Yira se le podía decir.
—Él va a querer que esté usted.
—Él va a querer muchas cosas. —Yira tomó la lámpara—. Y yo le enseñé a hacer lo que haría, no lo que quiere. —Se le vio algo en la cara, y lo tapó—. Dígale que la flor está florecida. Que la tengo en la ventana de la torre, mirando al sur. Que cuando mire hacia el norte, está ahí.
—Se lo digo.
—Y Lucian.
—Señora.
Yira lo miró, con los ojos cafés que eran los del hijo y que no se reían antes que la boca.
—Si él hace lo que yo creo que va a hacer —dijo—, usted va a estar al lado. Lo sé porque lo vi en el patio con la cinta. —Pausa—. Cuando pase, no lo detenga. Él no se dejaría. Pero no lo deje solo. Eso sí.
—No lo dejo solo.
—Con la cara.
Lucian puso la cara. Y Yira se fue con la lámpara hacia la torre, alta y recta, y Lucian se quedó en el patio con tres gigantes dormidos, y pensó que Alberion no había sacado los ojos de su padre. Los había sacado de ella.
*
Salieron al amanecer. Del Campo Blanco, de Qasr, de Thalassar, de Sylvar.
Fuego entera a caballo por el camino de los pinos, con Tharion delante y tres gigantes con capas verdes caminando al lado de la columna a un paso que los caballos apenas seguían.
Sesenta jinetes de Qasr con Kael y Tessa, cruzando la grava hacia el norte.
El Malrik subiendo el río con las velas llenas porque Eduart había dicho cuándo rolaba.
Cincuenta zorros de lucero corriendo entre los árboles delante de Hara y de los de Bronce que quisieron, que fueron todos.
Y en Aurenthal, en el patio de la fuente, Alberion sentado en el borde con la armadura blanca sin ningún tono, y un guardabarranco de mal genio jadeando en el suelo con un muchacho de Kaoryn tirado al lado, sin aliento, con la cicatriz en la ceja, que acababa de volar una noche entera sin parar.
—Todas —dijo Ikki, cuando pudo—. Las veintisiete. Y después cientos. Cientos, Alberion. Del Yermo. Con el chirrido.
—¿Cuánto?
—Son lentas. No leen el viento. —Ikki se sentó—. Tres días. Cuatro si el viento les va en contra.
Alberion cerró los ojos. Buscó la brújula. Y la encontró, apuntando al este, a algo que venía despacio, arrastrándose por el aire sin leerlo, cientos de puntos que no eran pájaros.
—Cuatro —dijo—. Les va en contra. —Abrió los ojos—. ¿Y Caelvar?
—Me vio irme.
—Entonces sabe que sabemos.
—Sí. —Ikki lo miró—. ¿Y eso es malo?
Alberion pensó en el pastor: “se les deja un camino para irse; casi siempre lo toman”. Y en Tharion: “y si no lo toman, el que decide eres tú”.
—No —dijo—. Es que ya no hay camino. Ahora es él o nosotros, y él lo sabe, y los que saben eso se descuidan. —Se levantó—. Vamos a ver al Gran Maestro.
—Al pastor.
Alberion se detuvo.
—¿Cómo sabes?
Ikki se encogió de hombros, con la sonrisa que le subía la cicatriz, por primera vez en seis semanas.
—Lo entendí en la biblioteca. Soy el que entiende. —Se levantó—. Y perdiste la carrera. Yo llegué de Kaoryn antes que tú de la fuente.
—Trampa.
—Ventaja.