Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo XIV — Capas verdes
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Capítulo XIV — Capas verdes

Capítulo XIV — Capas verdes

Setecientas personas de doce aldeas, cuarenta caballeros de la Compañía de Fuego, los soldados de Valdyr, y en el patio de la fortaleza del Campo Blanco, al atardecer, tres gigantes.

Nadie gritó. Eso fue lo raro. Tharion había mandado aviso desde la torre en cuanto los vio aparecer en la última loma, y cuando la patrulla entró por la puerta grande, con los tres gigantes detrás, agachándose, el patio entero estaba lleno de gente de Valdyr de pie, callada, mirando.

Porque en Valdyr el frío se come las palabras que sobran, y lo que había delante no tenía palabras que valieran.

Tharion estaba en el centro. Enorme, con la armadura blanca y la capa, quieto como la muralla. Y por primera vez desde que Lucian lo conocía, Tharion no era el más grande del sitio donde estaba.

Brumm se detuvo delante de él. A diez pasos.

Y lo miró desde arriba, con los ojos pequeños, hundidos, y Tharion lo miró desde abajo, con la cara que no cambiaba.

Y Lucian vio, con los ojos de marinero, que los dos se reconocían: que Tharion había estado hacía diecisiete años en un acantilado del este con cien de estos bajando de la niebla, y que Brumm había estado también, al otro lado, con un látigo.

—Yo maté a cuatro —dijo Tharion, con la voz de abajo, al gigante, que no entendía—. Hace diecisiete años. Y no sabía que no querían. Ahora sé.

Brumm no dijo nada. Pero bajó la cabeza, un dedo, como Aurelia en el claro, y Tharion hizo lo mismo, y eso fue todo, y el patio respiró.

*

Yira salió de la fortaleza cuando ya estaban sentados.

Los tres gigantes, en el patio, contra el muro, con las piernas cruzadas y las manos en las rodillas, porque Alicia les había enseñado que así se sentaba la gente en Oryndor y ellos habían copiado. Y Brumm con la flecha todavía en el hombro, porque nadie se había atrevido a tocársela.

Yira lo miró desde la puerta, con el delantal y la trenza, y después caminó por el patio, y la gente se apartó, y llegó hasta Brumm, y se quedó de pie delante de él, mirando el hombro.

—Esa flecha lleva dos semanas —dijo. A nadie. A Ebed, que estaba cerca—. ¿Nadie se la ha sacado?

—Es un gigante, señora.

—Es una herida. —Yira se arremangó—. Traigan agua caliente. Y corteza amarga, si hay. Y un cuchillo limpio. —Miró a Brumm, que la miraba desde arriba con los ojos pequeños—. Y tú, baja el hombro, que no llego.

Brumm no entendía las palabras. Pero entendió la voz. Era la voz de alguien que cura animales enfermos con hierbas que nadie más sabe usar, que llevaba diecisiete años levantándose de noche cuando una vaca se atascaba pariendo, y Brumm bajó el hombro.

Yira le sacó la flecha. Delante del patio entero, con las manos de trabajo, sin temblar, con el cuchillo limpio y el agua caliente y la corteza amarga hervida que la cara del gigante arrugó entera cuando se la puso en la herida.

Y cuando terminó, le vendó el hombro con una tela de la fortaleza que le dio tres vueltas apenas, y le puso la mano encima, y dijo, con la voz de las verdades:

—Ya está. No te lo toques.

Y Brumm la miró, mucho rato. Y después miró a Lucian, que estaba a diez pasos, y señaló a Yira con la cabeza, y dijo, con las pocas palabras que tenía:

—Muchacho. —Señaló la cinta en el brazo de Lucian—. ¿Madre?

Lucian tardó en entender. Y cuando entendió, le dio la risa, corta, rota, y después no.

—No. —Señaló a Yira—. Esta es la madre de otro. Del que gritó “no quiere”. Del que tú miraste en el claro. Del que vas a ver cuando vuelva.

*

Las capas las hizo Hara, y no estaba ahí.

Fue una libélula. La de Lucian, esa noche, contándole a Hara lo de Brumm y la cinta, y Hara contestando, desde el bosque, con la voz de capitana, en tres frases: “Pieles de hombre no. Si son nuestros, visten como nuestros. Mándame las medidas”.

Y Lucian, que no sabía qué quería decir, le mandó las medidas: Alicia midió a los tres con una cuerda, de hombro a hombro y de hombro a suelo, y Tal se rio tanto que cayó nieve de la torre.

Y diez días después, con Aerion mismo, que volaba a Aurenthal a decir en persona lo que las libélulas no decían y pasó por el Campo Blanco, llegaron tres bultos de lona.

Y adentro, tres capas. Verdes. De la lana de Sylvar, del verde oscuro de hoja vieja de la armadura de Aurelia, cosidas por Hara con las mujeres del bosque, con hilo de corteza, enormes, con un cierre de madera tallada en el cuello, y en la espalda de cada una, bordado en hilo claro, un árbol blanco.

Y una nota, con la letra firme de Hara, que Alicia leyó en voz alta en el patio:

“Son de Oryndor ahora. El Madrún es de los que se quedaron. Quítenles las pieles. Que se las quiten ellos.”

Se las quitaron ellos. Brumm primero. Con las manos del tamaño de palas, despacio, costura por costura, las pieles cosidas que llevaba encima desde que un hombre con un látigo se las puso en el Yermo, y las fue dejando en la nieve del patio, y nadie miró lo que eran, y Yira mandó que las quemaran esa misma noche fuera de la fortaleza y que nadie dijera nada.

Y después Oda. Y después Tal, que se quitó las suyas rápido, como quien se quita algo que pica, y se puso la capa verde con el árbol en la espalda antes de que nadie le enseñara cómo, y se miró, y miró a Alicia, y Alicia le dijo “sí”, y Tal se rio y cayó nieve.

Y cuando los tres estuvieron de pie en el patio con las capas verdes, enormes, contra el muro del Campo Blanco, con el glaciar detrás, el patio entero, setecientas personas de Valdyr que no gastaban palabras, hizo una cosa que Lucian no había visto hacer en la nieve.

Aplaudió.

*

Esa noche, en la torre, con Alicia al lado y la cinta gris en el brazo, Lucian recibió una libélula que no esperaba.

Era de Alberion. Decía poco. Decía: “Lo pedí. Me lo dio. Es mío ahora. Y Ikki viene volando del este gritando que vienen por el aire. Vengan a Aurenthal. Todos. Con lo que tengan.”

Lucian la oyó dos veces. Y después miró abajo, al patio, donde tres gigantes con capas verdes dormían sentados contra el muro, y donde una mujer alta con una trenza había salido a comprobar un vendaje a la luz de una lámpara.

—Con lo que tengamos —dijo.

—Tres gigantes y la madre de Alberion —dijo Alicia.

—Y Ebed.

—Y Ebed. —Alicia miró el glaciar—. Y Tharion, que va a decir que él va donde el Gran Maestro diga.

—¿Y tú?

Alicia tardó.

—Yo voy donde esté Ikki —dijo, con la voz pequeña y clara—. Y si viene volando gritando, es que la noche es esta. —Lo miró—. Lucian. Lo que te pidió Bastos.

—No te lo voy a decir.

—Ya sé. No te lo pregunto. —Alicia se levantó—. Solo te digo que si es lo que yo creo, ya lo hiciste. Hoy. En el patio. Con la cinta.

Lucian no contestó. Pero cuando Alicia bajó de la torre, se quedó solo con el glaciar y la cinta, y dijo, muy bajo, a nadie:

—No. Falta la mitad.