Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo XIII — Brumm
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Capítulo XIII — Brumm

Capítulo XIII — Brumm

Oda los llevó hasta él.

No con palabras. Con la mano. A la mañana siguiente, cuando la patrulla salió de la casa de piedra con la familia en una carreta hacia el Campo Blanco, la giganta se levantó de la nieve donde había dormido, y miró hacia la cresta norte, y levantó el brazo, y señaló.

Y después los miró. A Alicia primero. Y volvió a señalar.

—Quiere que vayamos —dijo Alicia.

—Es una trampa —dijo uno de Fuego.

—No sabe lo que es una trampa —dijo Alicia, con la voz pequeña y clara—. Lleva toda la vida con alguien que le dice qué hacer. Ahora nadie le dice. Y señala. —Miró a Ebed—. Comandante. Yo voy.

Ebed la miró mucho rato, con la cicatriz blanca en el pómulo.

—Van los tres —dijo—. Usted, el del chiste, y yo. La familia con los ocho al Campo Blanco. Y si no volvemos al atardecer, Tharion sabe dónde buscar.

*

Caminaron dos horas por la cresta, detrás de una giganta que caminaba despacio para que pudieran seguirla, con la nieve crujiendo y el cielo gris y Valdyr entera abajo a la izquierda como un mapa.

Y en un hueco de la montaña, donde la roca hacía una pared y la nieve se había amontonado contra ella, lo encontraron.

Estaba sentado. Contra la roca. Con las pieles cosidas rotas y una flecha de Valdyr en el hombro, de las de Ebed, de hacía dos semanas, con el asta partida y la herida alrededor de un color que no era bueno.

Era el grande. El de la mano cerrada. Y la mano seguía cerrada, sobre la rodilla, como una piedra, y los ojos pequeños y hundidos estaban abiertos y miraban a Lucian desde que apareció en la cresta, y no lo soltaron.

A su lado, de pie, más pequeño que Oda, más joven, con el pelo del color de la tierra sin cuerda y la cara que todavía no tenía todos los años, había otro. Que al verlos levantó las dos manos abiertas, despacio, y las mantuvo así, como quien ha aprendido en algún sitio que eso significa algo.

—Tres —dijo Ebed, muy bajo—. Los tres de la cresta. Sin látigo.

—¿Dónde está el del látigo? —dijo Lucian.

Oda caminó hasta un bulto en la nieve, a veinte pasos, y lo tocó con el pie. No hacía falta mirar más.

*

Lucian se acercó al grande. No supo por qué. Alicia le dijo “espera”, y Ebed le dijo “no”, y Lucian no esperó y no hizo caso, y caminó por la nieve hasta quedar a cinco pasos del gigante sentado contra la roca, con la armadura blanca y la sonrisa torcida que no le salía, y se quedó ahí.

El gigante lo miró. Con los ojos pequeños. Mucho tiempo. Y después, muy despacio, levantó la mano cerrada. La que no abría nunca. La giró, con la palma hacia arriba, delante de Lucian, y la abrió.

Adentro había una cosa pequeña. Lucian tardó en ver qué era, porque estaba sucia y aplastada y había estado tres años en una mano de gigante.

Era un trozo de tela. Gris. Del ancho de dos dedos. Una cinta. De las que se ataban en el brazo izquierdo encima del cuero gris de cadete, y que se perdían una vez.

La cinta de Bastos.

Lucian no se movió. No pudo. Y el gigante, con la cinta en la palma abierta, lo miró, y abrió la boca, y habló.

En una lengua que no era la áspera del látigo.

Era otra, honda, lenta, de pocas palabras, y Lucian no la entendía, y entendió, porque el gigante se tocó el pecho con la otra mano, y después señaló a Lucian, y después se tocó la mano abierta donde estaba la cinta, y después hizo con esa mano el gesto de bajar.

Despacio. Y después rápido. Y después se la llevó a la cara.

—Brumm —dijo. Señalándose—. Brumm.

Y después, con una voz que salía de muy abajo, rota, buscando en una lengua que no era suya las palabras que alguien le había gritado alguna vez, dijo:

—Muchacho. Gritó. —Hizo el gesto de los brazos abiertos. Los brazos de Bastos—. “Te tengo”. —La mano en la cara—. Brumm. No quería. Látigo. Brumm.

Y bajó la cabeza. Hasta las rodillas. Con la cinta gris en la palma abierta, tendida hacia Lucian, como se tiende una cosa que no es de uno y que se ha cargado demasiado tiempo.

*

Lo que pasó después, Alicia lo vio, y Ebed lo vio, y ninguna de las dos lo contó nunca de la misma manera, porque no se puede.

Lucian se quedó de pie. Con la cara que ponía cuando se quitaba la sonrisa, la de otra persona.

Y lo que había en esa cara no era rabia.

Alicia dijo después que había esperado rabia, que ella misma la tenía, que Bastos había sido de todos.

Y no era. Era lo que Lucian había tenido siempre y había tapado con chistes durante cinco años: miedo.

Miedo de perder gente. Y la gente ya estaba perdida, y el que la había perdido estaba sentado delante de él con la cabeza en las rodillas, y tenía miedo también.

Lucian dio los cinco pasos. Se arrodilló en la nieve, delante del gigante, a la altura de la mano abierta. Y tomó la cinta.

La miró. Gris, sucia, deshilachada. La cinta que se perdía una vez. Y se la ató en el brazo, encima de la armadura blanca, junto a la suya, con un nudo, como se ataba a los doce años, y le quedó mal porque le temblaban las manos.

—Lucian —dijo, señalándose. Y después, señalando al gigante—: Brumm.

El gigante levantó la cabeza.

—Él me dijo una cosa —dijo Lucian. No sabía si el gigante entendía.

No importaba—. Antes de morirse. Al oído.

Me pidió que hiciera algo, y le dije que sí, y no se lo he dicho a nadie en tres años.

—Tragó—. Y no te lo voy a decir a ti. Pero sí te voy a decir esto: él dijo “no quería”.

Fue lo último que entendió. Que tú no querías.

Y Alberion lo gritó, y nadie lo oyó, y yo tampoco. Y tenía razón. Y tú tenías razón.

Brumm lo miraba. Con los ojos pequeños, hundidos, llenos de algo.

—No te perdono —dijo Lucian—. No sé cómo se hace eso. Pero sé que no fuiste tú. Fue el látigo. Y el que tiene el látigo tiene nombre, y yo lo voy a ver. —Se levantó—. Y tú vienes conmigo. Y le vas a ver la cara. Y cuando se la veas, vas a saber que la mano era tuya pero el golpe era de él.

No supo si Brumm entendió. Pero el gigante se puso de pie, despacio, con la flecha en el hombro, enorme contra la roca, y miró a Lucian desde arriba, y después hizo algo que Alicia dijo después que era lo más raro que había visto en su vida, y que ella veía todo.

Le puso la mano abierta en la cabeza. Despacio. Como se le pone a un niño. Como Pestos a Alberion.

Y la quitó.

*

Se llamaba Tal, el joven. Lo dijo él mismo, señalándose, y después señaló a Alicia y dijo “Alicia”, porque se lo había oído a Oda al llegar y lo había guardado, y Alicia se rio, bajito, por primera vez en semanas, y Tal se rio también, con una risa que hacía caer nieve de las ramas, y Ebed dijo que si ese gigante se reía así en el Campo Blanco iba a haber un alud.

Bajaron al atardecer. Tres caballeros de Oryndor, tres gigantes sin látigo, por el camino de los pinos, despacio, con Brumm cojeando por la flecha y Oda al lado de Alicia y Tal adelante mirando todo como Ikki miraba Kaoryn.

Y en la última loma, antes de que el valle del Campo Blanco se abriera abajo con la fortaleza y el glaciar, Lucian se detuvo.

Sacó la libélula. Le dijo, aunque no tuviera oído, con la voz baja, sin nada puesto encima:

—Alberion. El gigante del claro se llama Brumm. Tenía la cinta de Bastos en la mano. Tres años. Cerrada. —Pausa—. Me la dio. La llevo puesta. Y viene conmigo. Son tres. No quieren. Nunca quisieron. Tenías razón.

Y después, más bajo todavía, porque Alicia estaba a veinte pasos y Ebed a treinta y nadie más:

—Y ya sé lo que me pidió Bastos. Siempre lo supe. Es esto.