Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo XII — Oda
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Capítulo XII — Oda

Capítulo XII — Oda

Lo que pasó en la cresta norte de Valdyr, en la cuarta semana, lo vio Lucian con los ojos de un marinero y no lo entendió hasta que lo vio con los de otro.

Pasó así. Las doce aldeas estaban en el Campo Blanco, pero las aldeas no eran todo lo que había al norte: había granjas sueltas, casas de pastores, gente que vivía a dos días de cualquier camino y que no había recibido a ningún jinete de cara gris.

Y Tharion, que lo sabía, mandaba patrullas.

Diez caballeros, un día hacia el norte, a mirar, y vuelta. Y a Lucian le tocó la quinta.

Fue con Alicia, con ocho de la Compañía de Fuego, y con Ebed, que había decidido ir ella misma “porque los dos de Hierro ven cosas y yo quiero verlas también”.

Subieron por el camino de los pinos, cruzaron la cresta donde Ebed había perdido ocho, y bajaron por el otro lado, hacia un valle que no salía en los mapas, donde había una casa.

Una casa de piedra, sola, con el techo inclinado, con humo saliendo de la chimenea. Y delante de la casa, en la nieve, un hombre, una mujer y dos niños, de pie, muy quietos, mirando hacia arriba.

Y arriba, a veinte varas, de pie en la ladera con las pieles cosidas moviéndose, una giganta.

*

Era más pequeña que el grande, el de la mano cerrada.

Más delgada. Con el pelo largo, del color de la tierra, recogido con una cuerda, y la cara gris oscura con los ojos pequeños y hundidos, y en los brazos, en vez de las pieles cosidas hasta las muñecas como los otros, tenía las manos desnudas, grandes como palas, abiertas.

Y a su lado, un hombre de cuero negro con un látigo, gritando.

Lucian lo oyó desde la cresta. La lengua áspera, de órdenes cortas.

El látigo sonando en el brazo de la giganta.

Y la giganta no moviéndose. Mirando a la familia.

A los dos niños, que se habían agarrado a las piernas de la madre y que la miraban desde abajo con la boca abierta, como se mira algo que no se entiende y que todavía no da miedo porque no se entiende.

El hombre del látigo gritó otra vez. Pegó otra vez. Y la giganta hizo una cosa que Lucian no había visto hacer a nadie en ninguna guerra.

Se sentó.

Se sentó en la nieve, despacio, con las pieles cosidas crujiendo, hasta que su cara quedó a la altura de la casa, y después más abajo, y se quedó así, sentada, con las manos abiertas en las rodillas, mirando a los dos niños.

Y el hombre del látigo le pegó en la cara, y la giganta cerró los ojos, y no se movió.

—Ebed —dijo Lucian, muy bajo.

—Lo veo.

—No va a hacerlo.

—Lo veo. —Ebed tenía la cara de quien no pide permiso y acaba de ver algo que no estaba en ninguna orden—. ¿Y el otro?

Lucian miró al hombre de cuero negro. Y vio, con los ojos de marinero hechos para el horizonte, que el hombre había dejado de pegar, y que había sacado del cinturón una cosa corta y negra, y que caminaba hacia la familia.

—Él sí —dijo.

*

Fue Alicia la que bajó primero. Nadie lo esperaba.

Alicia, la más menuda, la más lenta, la que tropezó con una raíz cuando un gigante estaba a cinco varas, bajó la ladera en la nieve con la armadura blanca de la nieve y la espada blanca, sin raquetas, hundiéndose hasta la rodilla y sacando la pierna y volviéndola a hundir, directo hacia el hombre de cuero negro, y gritando.

Gritando. Alicia, que hablaba bajo, que se reía bajito, que tenía una voz pequeña y clara, gritaba con una voz que nadie le conocía, y lo que gritaba no era al hombre. Era a la giganta.

—¡MÍRAME! ¡MÍRAME A MÍ!

La giganta abrió los ojos. Y miró a la cosa pequeña y blanca que bajaba la ladera gritando.

Y Lucian, que ya bajaba detrás con Ebed y los ocho, vio lo que Alicia había entendido antes que nadie: que la giganta no sabía qué hacer, que llevaba toda la vida con un látigo diciéndole qué hacer, y que ahora alguien le estaba diciendo otra cosa, en otra voz, y que estaba escuchando.

El hombre de cuero negro se volvió. Vio a once caballeros bajando la ladera. No se asustó, porque no podía. Levantó la cosa corta y negra hacia Alicia, que estaba a diez pasos y seguía gritando “¡mírame!”, y Lucian pensó, con el miedo de siempre, el de perder gente, que no llegaba.

No llegó. Llegó la giganta.

Una mano. Abierta. Del tamaño de una pala.

Que bajó desde arriba, despacio, no con la fuerza de la mano que había tirado a Bastos a diez varas contra un árbol, sino con otra: la de alguien que cierra una puerta.

Y el hombre de cuero negro, con la cosa negra en la mano, desapareció debajo de la mano, y la mano se quedó ahí, sobre la nieve, y después se levantó, y debajo no se movía nada.

Y la giganta miró su mano. Como el otro había mirado la suya en el claro. Y de la cara gris oscura salió un sonido que no era de animal ni de hombre, pero que esta vez no era un gemido.

Era otra cosa. Lucian tardó en reconocerlo porque nunca lo había oído en esa garganta.

Era alivio.

*

Se llamaba Oda. Lo supieron esa noche, en la casa de piedra, con la familia adentro junto al fuego y los dos niños dormidos, y la giganta sentada en la nieve afuera, junto a la puerta, con las manos en las rodillas, mirando la ventana.

Lo supieron porque Alicia salió a sentarse con ella.

Nadie se lo pidió. Ebed dijo que era una locura, y Lucian dijo que todo lo que había hecho Alicia ese día era una locura y que por eso estaban todos vivos, y Ebed no insistió.

Y Alicia salió, pequeña, con la armadura blanca, y se sentó en la nieve a diez pasos de la giganta, como Alberion con un lobo cojo, y se quedó quieta.

No hablaron. No tenían lengua. Pero al rato, Alicia se señaló el pecho y dijo “Alicia”.

Y la giganta la miró con los ojos pequeños y hundidos mucho tiempo.

Y después se señaló el pecho con un dedo del tamaño de un brazo, y dijo, con una voz que salía de muy abajo, rota, como si no la hubiera usado en años:

—Oda.

Y Alicia asintió, y se quedó, y Lucian, desde la ventana, vio que la giganta, después de un rato, cerraba los ojos, y que la cabeza se le caía un poco hacia adelante, y que dormía. Sentada en la nieve. A diez pasos de una muchacha de diecisiete años con una espada blanca.

—Alberion dijo que no quería —dijo Lucian, en la ventana, a nadie—. Hace tres años. Y yo lo oí y no lo entendí.

Ebed, a su lado, con la cicatriz en el pómulo, miró a la giganta dormida.

—El grande —dijo—. El de la mano cerrada. El que lo mira a usted.

—Sí.

—Tampoco quería. —Ebed se pasó la mano por la cicatriz—. Y yo lo tuve a cien varas y le tiré flechas.

Lucian no contestó. Pero esa noche, cuando se durmió en el suelo de la casa de piedra con la familia respirando alrededor, soñó con un claro, un arroyo, y una mano que bajaba despacio, demasiado despacio, como si algo en el brazo que la movía se resistiera a moverla, y se despertó con la cara mojada, y no supo por qué, y lo supo.