Capítulo XI — Pedir
Capítulo XI — Pedir
Las seis semanas que Ikki pasó contando torres, Alberion las pasó en Aurenthal sin pedir.
Pestos no se lo volvió a mencionar. Lo había dicho en la cabaña de la ladera: “te lo doy cuando lo pidas”, y después se había callado, y cuando volvieron a Aurenthal en el guardabarranco viejo el Gran Maestro era otra vez el Gran Maestro, con la túnica que cambiaba de color y el pelo que no se decidía, y el pastor se había quedado en la pradera como se queda un abrigo colgado de un clavo.
Lo que hacían era otra cosa. Cada mañana, al amanecer, en el patio escondido de la fuente, el Gran Maestro le decía “siéntate”, y Alberion se sentaba en el borde de la fuente con la armadura blanca que ahí tenía un tono azul apenas, y cerraba los ojos.
Y buscaba la brújula en el pecho. Y la encontraba: el viento sobre la ciudad, el agua de la fuente, la piedra dorada de los muros con sus vetas que iban hacia abajo, hacia la llanura perfectamente plana.
Y el Gran Maestro decía “ahora diles”, y Alberion le decía al agua de la fuente por dónde, y el agua se iba por ahí, un hilo, un chorro, una vez un arco que saltó por encima de los dos y cayó al otro lado.
Y cada mañana, después, el Gran Maestro lo miraba con la atención que pesaba, y Alberion sabía lo que estaba esperando, y no lo pedía.
Tessa se lo preguntó en una libélula, a la tercera semana, después de la segunda noche en los oasis: “¿Por qué? Dice el Gran Maestro que esperas. ¿Esperas qué?”.
Alberion le contestó con la suya. Le dijo la verdad, porque a Tessa no se le podía decir otra cosa.
—Espero a estar seguro de que no lo pido por mí.
*
Las libélulas llegaban todos los días, y eran lo único que Alberion tenía de los suyos.
De Tessa, cortas, como piedras: “Sahl. Sesenta y cuarenta. Faltan dos”.
“Qasr aguanta”. “El camellero dice que mi abuela montaba. Nadie me lo había dicho”.
“Vuelve”. De Eduart, largas, con números: “Hundimos once. Perdimos tres. Uclus estaba en el barco del centro”.
De Hara, de capitana: “Doce. Enterrados con nombre”.
De Lucian, con la sonrisa torcida puesta: “Tu madre me dio pan. Me caso. Ebed dice que si me meto en el tarn me deja adentro. Hay tres gigantes en la cresta norte y uno me mira como si me conociera, y no sé por qué, y Alicia tampoco, y eso me da más miedo que los otros dos”.
De Alicia, pequeñas y claras: “Ikki ve algo en las torres. Le creo. No le digas a nadie.”
Y de Ikki, una sola, a la cuarta semana, que Alberion oyó tres veces:
“Siete torres. Aerion ya sabe. Estoy contando. No me he tardado ni un segundo en cuatro semanas. Díselo a Alicia. Y la carrera sigue.”
Alberion sacó la suya, esa noche, y le dijo a la libélula, aunque no tuviera oído:
—Ikki. Ya sé que no te has tardado. Y cuando vuelvas, me vas a ganar, porque yo llevo cuatro semanas sentado en una fuente. Siempre vale.
*
Fue en la quinta semana cuando el rey lo llamó.
No al salón. Al patio de la fuente, al amanecer, antes de que llegara el Gran Maestro. Haldric Vorensen, con la corona de aro y la barba gris, se sentó en el borde de la fuente como la primera noche, y durante un rato miró el agua, y después dijo:
—Caelvar.
Alberion no dijo nada.
—Sé lo que viste en el consejo. El Gran Maestro me lo dijo.
Y sé lo que dice Hara desde el bosque, y lo que dice Aerion desde Kaoryn con la cara, porque Aerion no dice nada con la boca.
—Haldric miró el agua—. Y no puedo hacer nada.
Es el señor de Kaoryn. Su casa lleva cuatrocientos años en esa silla.
Si lo toco sin pruebas, Kaoryn se parte, y el Consejo se parte, y Uclus no necesita bajar por ningún puente.
—Ya sé.
—No te lo digo para que lo sepas. Te lo digo porque hay una cosa que un rey no puede hacer y que tú sí.
—Lo miró—. Un rey no puede esperar a que un traidor se descuide.
Un rey tiene que actuar o parecer que no sabe.
Tú no eres rey. Tú ves. Y cuando lo que ves pase, quiero que estés en el aire, no en una fuente.
Alberion lo miró, con esos ojos suyos.
—¿Me está diciendo que pida?
Haldric sonrió, con la sonrisa cansada.
—Te estoy diciendo que tu padre tardó un año en pedir.
Y que cuando pidió, ya era tarde para que le enseñaran a usar lo que le dieron, y lo usó una sola vez, y le costó todo.
—Se levantó—. No soy el que sabe. Soy el rey.
Pero si yo fuera tú, no esperaría a estar seguro. Esperaría a estar listo. Son dos cosas.
Y se fue. Y Alberion se quedó en el borde de la fuente con la frase en el pecho, “son dos cosas”, que era lo que Tessa le había dicho en el muro después de Bastos, y pensó que todo el mundo en su vida le decía lo mismo de maneras distintas y que él tardaba en oírlo.
*
Lo pidió en la sexta semana. La mañana después de que las torres se apagaran, aunque todavía no lo sabía.
Fue en el patio de la fuente, al amanecer, con el Gran Maestro de pie delante de él con la túnica que esa mañana era del gris blanco de la escarcha, como la mañana de la piedra, y Alberion no se sentó.
Se quedó de pie. Con la armadura blanca y el lobo a los pies y el anillo de su padre y la pluma del pastor en el bolsillo de la flor, y la Espada de Oryndor al cinto, que no había sacado desde la piedra.
—Lo que sostiene —dijo—. Lo pido.
El Gran Maestro no se movió.
—¿Por qué?
—Porque Tessa está en una cresta matando hombres que no gritan.
Porque Hara entierra muchachos sin nombre.
Porque Eduart vio a Uclus en un barco y Uclus lo vio a él.
Porque Lucian tiene un gigante mirándolo y no sabe por qué.
Porque Ikki lleva seis semanas sentado en una piedra contando, y cuando termine de contar va a venir volando, y yo tengo que estar en el aire cuando llegue.
—Pausa—. Y porque mi madre me dijo que hiciera lo que haría. Y esto es lo que haría.
—¿Y lo que cuesta?
—Lo sé. —Alberion no apartó los ojos—. Y no lo pido para pagarlo. Lo pido para usarlo. Si hay que pagarlo, se paga. Pero no voy a vivir seis semanas más en una fuente por miedo a una cuenta.
El Gran Maestro lo miró mucho rato. Con la atención que pesaba, y debajo, lo que Alberion había visto en la piedra: algo que en otro hombre se habría llamado miedo.
Y después, la cara seria, fuerte, cambió.
No se hizo vieja ni joven. Se hizo otra cosa: la cara de un hombre de cincuenta y siete años que ha cargado diecisiete con algo que no es suyo y que acaba de oír que puede dejarlo.
—Sí —dijo Pestos.
Y le puso las dos manos en la cabeza.
*
No fue luz. No fue fuego. Alberion lo había imaginado cien veces en seis semanas y no fue nada de lo que imaginó.
Fue como la pradera a los once años, cuando el pastor le dijo “mira” y por un segundo vio el viento.
Pero no un segundo. Fue que de pronto lo veía todo, y no solo lo veía: lo sentía inclinarse.
El viento sobre Aurenthal. El agua de la fuente.
Las vetas de la piedra dorada bajando a la llanura.
Las raíces del Madrún, a media legua, hundidas en el campo donde cinco reyes clavaron cinco espadas, y las cinco espadas en su roca, y la piedra pequeña, vacía otra vez, y un hilo que iba de ella a la espada de su cinto, y de la espada a su pecho, como una cuerda tensa cruzando una grieta.
Y más lejos, al norte, un glaciar. Al sur, una arena.
Al oeste, un mar. Al este, unas islas que flotaban porque la piedra allá arriba sencillamente no caía, y ahora sabía por qué.
Y más allá, en la niebla, en un volcán, una boca mal cerrada con una cosa adentro que empujaba.
Y en el centro de todo eso, las manos de Pestos en su cabeza, del tamaño de palas, temblando.
Duró lo que tarda en respirar. Y después Pestos quitó las manos, y dio un paso atrás, y Alberion vio que el Gran Maestro ya no tenía la cara sin edad.
Tenía cincuenta y siete años. Se le veían.
El pelo que no se decidía se había decidido: gris.
Y los hombros, los de alguien que ha dormido muchas noches a la intemperie, estaban un poco más bajos, como los de un hombre que acaba de dejar en el suelo una cosa que llevaba mucho tiempo cargando.
—Ya está —dijo Pestos. La voz era la de la pradera—. Ahora es tuyo. Y yo soy un pastor.
Alberion no pudo hablar. Tenía la brújula en el pecho apuntando a todas partes a la vez, y la armadura blanca, por primera vez, no tenía ningún tono: era blanca, blanca como una perla, sin azul ni verde ni dorado, y el lobo a sus pies se había levantado y lo miraba con los ojos pálidos muy abiertos, como en la pradera, cuando una sombra le cayó encima.
—¿Y usted? —dijo, cuando pudo.
Pestos se encogió de hombros. El movimiento pequeño en el cuerpo grande.
—Yo lo guardé. Tú lo cargas. —Lo miró, con la atención que ya no pesaba, que solo miraba—. Es la diferencia. Y es lo que le prometí a tu padre, y ya está cumplido, y no sé qué hacer con las manos.
Y en ese momento, por encima del patio, por encima de Aurenthal, muy alto, pasó una sombra.
No era el guardabarranco viejo. Era uno de mal genio, pequeño, rápido, bajo, que venía del este como una cabra del vacío con alas, y encima, con la armadura de plata y una cicatriz en la ceja, alguien gritaba algo que el viento se llevaba.
Alberion lo oyó de todos modos. Ahora oía el viento.
—Vienen por el aire —dijo.