Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo X — Las torres apagadas
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Capítulo X — Las torres apagadas

Capítulo X — Las torres apagadas

Kaoryn de noche se defendía con fuego, y por eso lo primero que Ikki hizo al volver fue mirar las torres.

Había treinta y dos. Una en cada isla del borde, desde Orl hasta el sur, y cada una con un vigía y un fuego que se encendía al anochecer con un color: naranja si todo estaba bien, verde si algo se acercaba, rojo si ya estaba encima.

Desde la Mesa se veían todas, en fila, como una cuerda de luces colgada sobre el vacío, y los vigías de la Mesa las contaban cada hora.

Treinta y dos naranjas. Así había sido durante diecisiete años.

Ahora había veintisiete. Las cinco últimas del borde, Orl y las que cayeron con él la noche del banquete, estaban oscuras, o encendidas con el color equivocado, un rojo apagado que no era el de Kaoryn.

—Veintisiete —dijo Ikki, la primera noche, en el borde sur de la Mesa, con el guardabarranco de mal genio dormido al lado—. Y dos de las veintisiete parpadean.

Aerion, a su lado, con la armadura de plata y los ojos un poco por encima, miró.

—No parpadean.

—Parpadean. —Ikki señaló—. La de la isla de los Tres Puentes. Y la de la Cornisa. Se apagan un segundo y se encienden. Como si alguien pasara por delante.

Aerion miró mucho rato. Y después dijo, con la voz suave:

—Yo no lo veo. Y llevo veinte años mirando esas torres.

Ikki no discutió. Pero esa noche, en la cama de piedra de la aldea de la Mesa, con la ventana abierta al vacío, se quedó despierto pensando en Alicia diciéndole “mira las manos”, y en que las manos de Kaoryn eran las torres, y en que alguien estaba pasando por delante.

*

Lord Caelvar llegó a la Mesa a la tercera semana, con una escolta de veinte caballeros de plata y la cara de calma, y lo primero que hizo fue inspeccionar las torres.

Las inspeccionó bien. Fue a las veintisiete, una por una, en guardabarranco, con Aerion al lado, y habló con cada vigía, y revisó cada fuego, y en la torre de los Tres Puentes se quedó más rato que en las demás, y cuando bajó dijo que todo estaba en orden, que los vigías eran buenos hombres, y que si alguno había visto parpadear algo era el cansancio, que la guerra cansa.

Ikki fue a la torre de los Tres Puentes esa misma noche.

No pidió permiso. Fue como las cabras del vacío: por donde no había camino.

Bajó del borde de la Mesa por una pared de roca que ningún caballero de plata usaba porque no era un camino, cruzó dos islas por los puentes de un paso de ancho con el viento de lado, subió a la torre por la cara de atrás donde no había escalera, y se quedó colgado debajo de la plataforma del fuego, en la oscuridad, mirando.

El vigía estaba ahí. Un hombre de Kaoryn, viejo, con la capa gris de los vigías. Y el fuego estaba encendido, naranja. Y durante una hora no pasó nada.

Y después el vigía se levantó, y caminó hasta el fuego, y puso delante de él una cosa. Una tabla. De madera, del tamaño de una puerta. Y la dejó ahí lo que tarda en contar diez. Y la quitó.

Desde la Mesa, el fuego había parpadeado.

Ikki se quedó colgado de la plataforma con el corazón golpeándole las costillas y la armadura de plata que no pesaba nada.

Y vio que el vigía volvía a sentarse. Y vio, media hora después, que lo hacía otra vez.

Y vio, hacia el este, en la oscuridad del vacío, más allá de las islas tomadas, otro fuego.

Lejos. Rojo apagado. Que parpadeó también. Una vez. Como una respuesta.

*

No se lo dijo a Aerion. Se lo había prometido a Alicia.

Lo que hizo fue sacar la libélula, en el borde de la Mesa, al amanecer, con las manos temblando, y decirle, aunque no tuviera oído:

—Alicia. Las torres. No fallan: hablan. El vigía de los Tres Puentes tapa el fuego con una tabla y cuenta diez, y al este le contestan.

Caelvar estuvo en esa torre más rato que en ninguna.

—Pausa—. No sé si el vigía es de Uclus o si alguien le dijo que era una orden del Consejo.

No sé cuántas torres más. No sé si me creen. Dime qué hago.

Y la libélula se fue, dorada, hacia el norte, hacia Valdyr.

La respuesta tardó tres días, porque Valdyr estaba a tres días. Y cuando llegó, en la libélula pequeña de Alicia, que entró por la ventana de la cama de piedra y se posó en la cicatriz de su ceja como si lo conociera, la voz pequeña y clara decía:

—Te creo. No le digas a Aerion. No le digas a nadie en Kaoryn.

Si Caelvar sabe que sabes, te tira de un puente y dice que fue el viento.

—Pausa—. Cuenta las torres que parpadean.

Todas las noches. Apunta la hora. Y la noche que parpadeen todas a la vez, sube al guardabarranco y vuela a Aurenthal sin parar, porque esa noche es la noche.

Y mañana sí vale. Lo digo yo por él. No te sueltes.

*

Ikki contó. Cada noche, desde el borde sur de la Mesa, con un trozo de carbón y una piedra lisa.

Dos torres la primera semana. Cuatro la segunda.

Siete la tercera. Y apuntaba la hora, y la hora era siempre la misma, la tercera después de medianoche, cuando los vigías de la Mesa cambiaban de turno y durante lo que tarda en contar cien nadie miraba la cuerda de luces.

Y Aerion lo miraba contar. No decía nada. Aerion, de cuarenta años, con los ojos siempre un poco por encima, que había dicho “ese ya estaba aquí antes de subir” de Alberion, miraba a Ikki sentado en el borde con el carbón y la piedra, noche tras noche, y a la cuarta semana se sentó a su lado.

—Siete —dijo.

Ikki se quedó quieto.

—Siete torres. Parpadean a la tercera hora.

Lo sé desde hace diez días. —Aerion miró el vacío—.

No te lo dije porque no sabía si tú eras de él.

Tú no me lo dijiste porque no sabías si yo lo era.

Haces bien en no confiar en nadie de Kaoryn.

En todo menos en una cosa: Caelvar no me usa a mí.

Me esquiva. Y a un hombre que esquiva al Caballero del Aire en su propio reino le pasa algo.

—¿Y por qué no lo detiene?

—Porque es el señor de Kaoryn y yo soy un caballero, y si lo detengo sin pruebas, los de plata se parten en dos, y Uclus baja por el puente de Orl esa misma noche.

—Aerion lo miró—. El Gran Maestro lo sabe.

Me lo dijo en el consejo con la cara. “Kaoryn con los suyos, y con el Caballero del Aire, que decide quién cruza qué puente”.

Me estaba diciendo: vigila, no actúes. Hasta que haya pruebas.

—La tabla es una prueba.

—La tabla es un vigía viejo que dice que se la mandó el Consejo. —Aerion se levantó—. Lo que necesitamos es que Caelvar esté en una torre la noche que parpadeen todas. Y para eso hay que esperar. —Lo miró—. Tú sabes esperar. Llevas cuatro semanas sentado en una piedra.

Ikki casi se rio.

—No sé esperar. Sé contar.

—Es lo mismo —dijo Aerion—. Pregúntale a Kael.

*

La noche que parpadearon todas fue en la sexta semana, y Ikki no la vio desde la Mesa.

La vio desde el aire. Porque esa noche, a la tercera hora, había subido al guardabarranco de mal genio sin que nadie lo supiera, y estaba sobre el vacío entre la Mesa y las islas del borde, muy alto, donde las nubes pasaban rápido, mirando hacia abajo la cuerda de luces.

Y las vio apagarse. No parpadear: apagarse.

Veintisiete torres, una tras otra, desde el Diente hacia el sur, como alguien que cierra una fila de ventanas, en lo que tarda en contar veinte.

Y en el este, más allá de las islas tomadas, en la niebla del Yermo, encenderse algo que no era un fuego.

Era muchos. Cientos. Puntos rojos que subían de la niebla, despacio, con un chirrido que llegaba tarde, como de metal contra metal.

Aves de hueso.

Ikki no contó. No se tardó un segundo. Giró el guardabarranco hacia el oeste, hacia Aurenthal, y lo lanzó, bajo, rápido, como una cabra del vacío con alas, con el viento de cola, y mientras volaba sacó la libélula y le gritó, aunque no tuviera oído y el viento se llevara las palabras:

—¡Todas! ¡Todas las torres! ¡Vienen por el aire! ¡Alberion, vienen por el aire!

Y detrás de él, en la Mesa, en la torre de los vigías, un hombre con el pelo gris perfecto y las manos limpias miraba hacia el este con la cara de calma, y después miraba hacia el oeste, donde un punto plateado se perdía en la noche, y por primera vez en diecisiete años, Lord Caelvar no estaba seguro de haber contado bien.