Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo IX — Los zorros avisan
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Capítulo IX — Los zorros avisan

Capítulo IX — Los zorros avisan

En Sylvar no hubo batalla. Hubo bosque.

Hara lo entendió la primera semana, cuando Aurelia la llevó al claro del árbol viejo, el de la corteza amarga, y le dijo que el Bosque Sagrado no se defendía como una muralla, porque no tenía muralla, ni como un puerto, porque no tenía bocana.

Se defendía como se defiende un animal grande que duerme: dejando que entren, y despertando.

—Uclus no va a mandar ejércitos al bosque —dijo Aurelia, con la armadura de corteza y el zorro a los pies—.

Hace diecisiete años mandó uno, y el bosque se lo quedó.

Doscientos hombres entraron por el norte y no salió ninguno, y no fue por nosotros.

Lo que va a mandar son pocos. Para quemar.

Un bosque que se quema no se defiende, se huye.

—¿Y cómo se sabe por dónde entran?

Aurelia la miró, con la cara de quien no ha dicho una palabra de más en su vida.

—Tú ya sabes cómo.

*

Los zorros de lucero habían vuelto a Hara la primera noche en el bosque, como si no se hubieran ido.

Cinco, sentados en semicírculo alrededor de su tienda, con las estrellas de la frente encendidas.

Y después diez. Y después, a la segunda semana, Hara dejó de contarlos, porque cada noche, cuando salía al borde del campamento con la armadura verde y la hombrera del zorro, había más, y venían de más lejos, y se iban al amanecer hacia sitios distintos, y volvían.

—Están patrullando —dijo Aurelia—. Por ti. Nunca lo había visto con nadie.

—¿Y qué me dicen?

—Nada. Los zorros no hablan. —Aurelia miró uno, sentado a los pies de Hara con la cabeza inclinada—. Pero cuando algo entra al bosque que no debe, vuelven con la estrella apagada. Y se sientan mirando hacia donde está. Aprende a leerles la cara. Es lo único que tienes.

Hara aprendió. Era de las que aprendían lo que hacía falta sin preguntar por qué, y durante dos semanas se sentó cada noche en el borde del campamento con cincuenta zorros alrededor, mirándoles la frente, mirándoles la cabeza, mirándoles hacia dónde se sentaban, hasta que una noche uno volvió del norte con la estrella apagada, y se sentó de espaldas a ella, mirando hacia los árboles, y Hara se levantó sin decir nada y fue a buscar a Aurelia.

*

Eran doce. Hombres de cuero negro, con capuchas, que habían entrado al bosque por el borde norte, por donde hacía tres años había entrado un gigante, y que avanzaban hacia el sur con odres de aceite y antorchas sin encender, en fila, derecho, por una senda que no era del tapir.

Hara los esperó donde los zorros se sentaron.

No fue una emboscada como la de Tessa en Sahl: no había crestas ni valle.

Había árboles anchos como plazas, y helechos hasta el hombro, y la luz verde cansada, y treinta caballeros de la Compañía de Bronce de cinco colores escondidos detrás de los troncos con los arcos del bosque, que no hacen ruido.

Y Hara, de pie en medio de la senda, sola, con la armadura verde y la espada verde desenvainada y el zorro a los pies, esperando a que llegaran.

Fue idea suya. Aurelia la miró cuando lo dijo y no dijo que no.

—Los hombres sin miedo no se detienen —dijo Hara—.

Alberion lo vio: caminan derecho. Si pongo treinta arqueros en la senda, los pisan y siguen.

Si pongo a una persona, se detienen a mirarla, porque están hechos para obedecer y no saben qué hacer con algo que no es una orden. —Pausa—. Y mientras miran, los arcos.

—¿Y si no se detienen?

Hara la miró, con la cara de piedra.

—Entonces el que decide soy yo. Y cargo con lo que decida.

Se detuvieron. Doce hombres de cuero negro, en la senda, a diez pasos de una muchacha de diecisiete años con una espada verde, y se quedaron mirándola con las antorchas sin encender en las manos, sin saber qué hacer, porque nadie les había dicho qué hacer con eso.

Y Hara los miró de vuelta, uno por uno, y vio lo que Tessa había visto en Sahl y Eduart en la bocana: que no había nadie detrás de los ojos.

—Lo siento —dijo. Nadie supo nunca a quién.

Y los arcos del bosque cantaron, y no hubo más.

*

Lo que no se contó en Aurenthal, porque Hara no lo contó, fue lo que pasó después.

Que uno de los doce no murió. Que estaba en el suelo, con dos flechas, respirando, y que Hara se arrodilló a su lado y le quitó la capucha, y era un muchacho.

Más joven que ella. Con la cara de alguien de Thalassar, o de Zareth, o de cualquier sitio, con los ojos abiertos mirando la luz verde cansada sin verla.

—¿Cómo te llamas? —dijo Hara.

El muchacho la miró. Y Hara vio, con la cara de piedra y algo debajo, que la pregunta le llegaba de muy lejos, como el sonido del mar que llega tarde a los acantilados.

Que había tenido un nombre. Que lo había tenido antes de que alguien, en un volcán o en una tienda del Yermo, le sacara lo que lo hacía él.

—No sé —dijo el muchacho. Y murió.

Hara se quedó de rodillas mucho rato. Aurelia no la tocó. Y cuando se levantó, con la espada verde en la mano y la hombrera del zorro, dijo, a Aurelia, con la voz de capitana:

—Hay que enterrarlos. A los doce. Aquí. Con nombre.

—No tienen nombre.

—Entonces les ponemos uno. —Hara miró a los doce en la senda—. Uclus les quitó el suyo. Nosotros no vamos a dejarlos sin ninguno.

Y los enterraron, los treinta de Bronce y Hara, al pie de un roble joven como el de Bastos, con doce nombres que Hara inventó uno a uno, y Aurelia la miró hacerlo con la cara que no cambiaba, y cuando terminaron dijo lo que después se repitió en todo Sylvar:

—Los zorros no se equivocan.

*

Esa noche llegó la libélula de Eduart.

Hara la oyó sola, en la tienda. “Hundimos once. Perdimos tres. Estoy entero. Uclus estaba en el barco del centro, mirando. Nos vio. Dile al Gran Maestro que la próxima no va a ser por el mar”. Y después, más bajo: “Y volví. Como ordenaste.”

Hara se quedó con la libélula en la mano. Con la cara de piedra. Y después, sola en la tienda, con los zorros afuera y cincuenta estrellas encendidas en la oscuridad, hizo una cosa que no hacía: se sentó en el catre, y se puso la mano en la cara, y se quedó así.

Después sacó su libélula. Y le dijo, con la voz de capitana, porque era la única que tenía:

—Gran Maestro. De Hara, en Sylvar. Doce entraron por el norte con aceite.

Doce enterrados. Ninguno nuestro. Los zorros avisan.

Y Eduart dice que Uclus vio que leemos el viento, y que la próxima no va a ser por el mar.

Yo creo lo mismo. Ni por el mar, ni por el desierto, ni por el bosque.

Nos ha probado los tres. —Pausa más larga—.

Va a ser por donde no hemos puesto a nadie que no sea de allá. Mire a Kaoryn.

Y la libélula se fue hacia Aurenthal. Y Hara se quedó despierta hasta el amanecer, pensando en un muchacho que no sabía cómo se llamaba, y en otro que estaba en Kaoryn con una cicatriz en la ceja y un segundo de retraso a cuestas, y en Alicia diciéndole “mira las manos”.