Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo VIII — El primer barco
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Capítulo VIII — El primer barco

Capítulo VIII — El primer barco

El puerto de Thalassar en guerra no gritaba.

Era lo primero que notó Eduart, y lo apuntó: un puerto que había crecido a gritos, donde se vendía a gritos y se amaba a gritos y se moría a gritos, estaba callado.

Los muelles llenos de barcos con las velas recogidas, los marineros cargando sin cantar, las gaviotas gritando solas, y en el agua, en la bocana, donde el puerto se abría al mar, una fila de barcos viejos hundidos a propósito, con los mástiles asomando como dedos, para que ninguna vela negra pudiera entrar.

—Treinta en Orl —dijo Lady Thalwyn, señora del mar, capitana antes que señora, de pie en el muelle con las manos de cabos y la capa azul—.

Y los pescadores dicen que cuarenta más en la costa este, fondeadas.

Setenta velas negras. —Miró a Eduart, de arriba abajo, la armadura azul de escamas—.

Y yo tengo treinta y dos barcos de guerra y la Compañía de Acero, y un caballero del bosque con la espada del mar. Dígame que sabe algo que yo no sé.

Eduart no contestó enseguida. Miró la bocana. Los mástiles hundidos. Las velas recogidas. Y después abrió el cuaderno.

—Sé que las velas negras no leen el viento —dijo—.

Malrik lo vio. Les tiró fuego y no gritaron, y viraron tarde.

Los hombres que no tienen miedo no tienen prisa, y un barco sin prisa en el mar es un barco que llega donde el viento lo lleva, no donde quiere.

—Pasó una página—. Y sé que Alberion ve el viento en los rizos del agua diez segundos antes de que role.

Yo no. Pero lo apunté durante un año. Tengo los rizos.

Tengo las horas. Tengo cuándo rola el viento en esta bahía cada día del año, porque él lo decía y yo lo escribía.

—Cerró el cuaderno—. Setenta barcos que no leen el viento contra treinta y dos que sí. No es tan malo.

Thalwyn lo miró mucho rato. Y después hizo algo que, según los marineros del muelle, no hacía con nadie: se rio.

—Malrik me dijo que había uno en Hierro que apuntaba todo —dijo—. No me dijo que servía para algo.

*

El barco estaba en el astillero. Nuevo. Grande, de tres palos, de madera clara todavía sin brea, con el casco terminado y el nombre sin poner, y Thalwyn lo llevó a verlo la segunda tarde y le dijo que era suyo.

—No sé mandar un barco.

—No va a mandarlo. Va a decirle al que lo manda por dónde viene el viento. —Thalwyn tocó el casco—. Pero el nombre es suyo. El Gran Maestro lo dijo: “hay un barco que necesita un nombre y un hombre que sabe ponerlos”. No sé qué quiso decir. Usted sí.

Eduart lo sabía. Se quedó de pie delante del casco claro, con el cuaderno cerrado, mucho rato, y pensó en un bote de seis varas pintado de azul con un nombre en letras blancas que Hara había pintado con la letra firme, y en Malrik sentado en la proa mirándolo, y en Lucian diciendo el nombre sin que nadie discutiera.

Pero este no era el bote. Este era un barco de guerra que iba a ir contra setenta velas negras, y Eduart pensó que Bastos ya tenía el suyo, y que había otro que no lo tenía.

—Malrik —dijo.

Thalwyn no dijo nada un momento.

—Él le puso Agaton al suyo —dijo después.

—Ya sé. —Eduart miró el casco—. Por eso.

Y lo pintaron esa noche, los carpinteros del astillero, en letras azules sobre la madera clara, y Eduart se quedó a verlo, y cuando terminaron sacó la libélula y le dijo, aunque no tuviera oído: “Lucian. Hay un barco que se llama Malrik. El de Bastos ya está. El de Ikki lo pones tú cuando toque”.

Y la libélula se fue hacia el norte, y Eduart no supo que acababa de decir una cosa que Lucian iba a recordar toda su vida, porque Lucian, años después, iba a bautizar tres barcos, y el tercero iba a tener el nombre que Eduart había dicho esa noche sin saber por qué.

*

La flota negra vino a la tercera semana, y vino como Eduart había dicho: donde el viento la llevaba.

Treinta velas negras desde Orl, por el este, con el viento de popa, derechas hacia la bocana.

Los vigías las vieron al amanecer, a seis leguas.

Thalwyn sacó los treinta y dos barcos del puerto por el canal que dejaban los mástiles hundidos, uno a uno, y los puso en línea fuera de la bahía, de cara al este, con el Malrik en el centro y Eduart en la cofa del palo mayor con el cuaderno en una mano y el otro brazo agarrado a un cabo, mareado, porque Eduart se mareaba en la cofa y no se lo había dicho a nadie.

—¿Y bien? —gritó Thalwyn desde abajo.

Eduart miró el agua. Los rizos. No los veía como Alberion; los veía como alguien que ha leído mil veces lo que otro vio. Miró el sol, la hora, la bahía. Pasó una página. Y dijo, con una voz que la cofa se llevaba y que un marinero repitió hacia abajo:

—Rola al norte en media hora. Siempre rola al norte a esta hora en esta semana. Si los esperamos aquí, nos agarra de costado. Si vamos al sur ahora, cuando role, los agarramos nosotros.

Thalwyn no discutió. Thalwyn, capitana antes que señora, había pasado cuarenta años en esa bahía y sabía que el muchacho tenía razón, y no sabía cómo lo sabía, y no le importó.

Dio la orden. Treinta y dos barcos viraron al sur.

Y las treinta velas negras, con el viento de popa, sin prisa, sin miedo, siguieron derechas hacia una bocana donde ya no había nadie.

Y a la media hora, el viento roló.

*

Lo que pasó después, Eduart lo apuntó esa noche, con la mano temblando, y es exacto, aunque no sea completo, porque desde la cofa no se ve todo.

Que treinta y dos barcos de Thalassar, con el viento de pronto a favor, cayeron sobre treinta velas negras que de pronto lo tenían en contra.

Que los barcos negros viraron tarde, como había dicho Malrik, porque los hombres sin miedo no tienen prisa.

Que Thalwyn gritó “¡fuego!” y los barcos de Oryndor lanzaron lo que Thalassar llevaba cuatrocientos años guardando para un día así: aceite ardiendo en ollas de barro, con catapultas, y que las velas negras se encendieron, y que los hombres de cuero negro en las cubiertas no gritaron, y que eso fue lo peor de todo.

Que el Malrik abordó a uno, y que la Compañía de Acero peleó en la cubierta de un barco negro con las espadas de cinco colores, y que ganó.

Que se hundieron once velas negras y tres barcos de Thalassar.

Que diecinueve velas negras viraron hacia el este con el viento en contra, despacio, sin prisa, y se fueron.

Y que Eduart, desde la cofa, vio una cosa que apuntó aparte, en otra página, con una raya debajo.

Vio, en la cubierta de la vela negra más grande, la que iba en el centro y que no se encendió, de pie, sin cuero negro, sin capucha, con una capa de viaje gris y el pelo oscuro, a un hombre.

Que no peleaba. Que miraba. Que miraba a los barcos de Thalassar virar con el viento como si hubiera entendido en ese momento exacto que alguien, en esa flota, leía el agua como lo había leído su hermano.

Y que el hombre levantó una mano, con calma, y las diecinueve velas negras viraron todas a la vez, y se fueron.

Eduart no sabía quién era. Pero lo apuntó así: “Hombre de capa gris. Barco del centro. Levantó la mano y se fueron. Tiene el aire de la familia, el mismo de Alberion.”

*

Esa noche, en el puerto, con tres barcos menos y once velas negras ardiendo todavía en la bocana como fogatas sobre el agua, Thalwyn encontró a Eduart sentado en el muelle, con el cuaderno cerrado, mirando el Malrik.

—¿Mareado?

—Mucho.

—Se nota. —Thalwyn se sentó a su lado, cosa que no hacía—. Y no dijo nada.

—No era el momento.

—No. Malrik se mareaba también. Los primeros diez años. Nadie lo supo salvo Agaton y yo. —Lo miró—. Hay una cosa que no está en su cuaderno, caballero. Que un hombre que se marea en la cofa y sube de todos modos, vale más que diez que no se marean.

Eduart no contestó. Pero esa noche, antes de dormir, abrió el cuaderno en la página del hombre de la capa gris, y debajo de “el mismo de Alberion” escribió otra cosa, y la subrayó dos veces:

“Vio que leemos el viento. Ahora lo sabe. La próxima vez no va a venir con el viento de popa.”

Y sacó la libélula, y le dijo: “Hara. Hundimos once. Perdimos tres. Estoy entero. Uclus estaba en el barco del centro, mirando. Nos vio. Dile al Gran Maestro que la próxima no va a ser por el mar”. Y después, más bajo, porque la libélula no tenía oído y nadie más tampoco: “Y volví. Como ordenaste.”