Capítulo VII — Los jinetes de Qasr
Capítulo VII — Los jinetes de Qasr
Qasr olía a hierro caliente y a dátiles, y Tessa no se había dado cuenta de cuánto lo echaba de menos hasta que entró por la puerta vieja del mercado con la yegua ceniza y la armadura dorada y la gente se apartó para dejarla pasar.
No la reconocieron al principio. Vieron a una caballera del desierto, con la armadura que no se calentaba al sol y la espada dorada al cinto, y bajaron la cabeza como se baja ante los caballeros.
Y después alguien, una vieja del puesto de especias, dijo “¿esa no es la del herrero?”, y la calle entera se dio la vuelta, y Tessa, que tenía los puños cerrados antes de que nadie dijera nada, los abrió.
Su padre estaba en la fragua. Donde siempre. Con el delantal de cuero y el martillo, con la cara roja del fuego, haciendo una herradura. Levantó la vista cuando la sombra de la yegua tapó la puerta. Y vio a su hija.
No dijo nada. Dejó el martillo. Se limpió las manos en el delantal. Y caminó hasta ella, y le puso las dos manos en los hombros, en la armadura dorada, y la miró de arriba abajo como se mira una herradura bien hecha, y dijo:
—Te quedó bien.
Y Tessa, que no lloraba, lloró.
*
Kael llegó al día siguiente con la Compañía de Piedra, cuarenta caballeros de cinco colores con la cinta ocre, y con él los jinetes de Zareth: trescientos hombres y mujeres de los oasis del este, sobre caballos del color de la arena y del bronce y de la ceniza, con lino claro y turbante y lanzas, que llevaban cuatrocientos años cuidando la frontera del sur de Kaoryn sin que nadie en Aurenthal supiera sus nombres.
—Los jinetes no son de la Academia —le dijo Kael a Tessa, en el patio de piedra blanca donde hacía cuatro años Kael había puesto a Draven solo delante de ciento setenta—.
No levantaron espada. No tienen armadura.
Lo que tienen es que nacieron aquí y conocen cada duna como tú conoces la calle de los herreros.
Y no obedecen a nadie que no monte mejor que ellos.
—¿Y a quién obedecen?
Kael sonrió, con la sonrisa que gritaba.
—A quien se lo gane. Como la yegua.
Tessa entendió. Y esa tarde, en la primera duna, la grande, la que marcaba el fin de la grava, delante de trescientos jinetes que la miraban con los brazos cruzados y la cara de “esta es la del herrero”, montó la yegua ceniza sin silla, y subió la duna, y bajó, y volvió a subir por la cresta, y en lo alto se detuvo contra el cielo naranja como aquella tarde de los trece años, y se dio la vuelta, y miró hacia abajo.
No dijo nada. No hacía falta.
Un jinete viejo, de barba gris y cara de pasa, el mismo camellero que cuatro años antes le había enseñado a la Compañía de Hierro a enrollar un turbante, se descruzó de brazos y dijo, para que lo oyeran los trescientos:
—Monta como su abuela. —Y después, a Tessa—: A tu abuela la seguimos hasta el Yermo. A ti te seguimos hasta donde digas.
Tessa no sabía que su abuela había montado. Nadie se lo había dicho. Pero no preguntó, porque no era el momento, y porque Kael, abajo, con los brazos cruzados sobre el dorado, se reía con la risa que hacía levantar la cabeza a los camellos.
*
Los primeros ataques vinieron por el sur de Kaoryn, donde los acantilados bajaban y se volvían llanura, como había dicho Aquilon en el consejo.
No eran ejércitos. Eran columnas. Cincuenta, cien hombres de cuero negro que bajaban de la llanura al desierto de noche, en silencio, y caían sobre un oasis pequeño, y se llevaban el agua.
No la gente: el agua. Tapaban los pozos con piedra y arena, quemaban las palmeras, se llevaban los odres, y se iban antes del amanecer.
Y el oasis, sin agua, se moría en una semana, y la gente se iba a Qasr, y Qasr se llenaba.
—No quieren Zareth —dijo Kael, la tercera noche, en el patio, con un mapa de arena y piedras—. Quieren que Zareth tenga sed. Un desierto con sed no manda jinetes a ninguna parte. Se queda en casa cuidando su pozo. —Miró a Tessa—. Es lo que dijo el Gran Maestro. Que cada reino se defienda solo.
—¿Y qué hacemos?
—Lo contrario. —Kael movió una piedra—. Los jinetes salen. De noche. A los oasis pequeños. Antes de que lleguen ellos. Y cuando lleguen, los esperan.
—Son trescientos jinetes y veinte oasis.
—Entonces diez por oasis. —Kael la miró—. Tú mandas los del este. Qasr, Sahl, los cuatro de la frontera. Sesenta jinetes. Y a los hombres sin miedo no les tengas miedo: no leen la arena. Caminan derecho. Alberion lo vio en el bosque. Y en la arena, caminar derecho es morirse.
*
La primera noche, Tessa salió con sesenta jinetes hacia Sahl, el oasis del año del desierto, el de la charca y las palmeras y el ojo de agua donde Alberion le había dicho “sí quería saber tu nombre”.
Llegaron a medianoche. Pusieron a los jinetes en las crestas de alrededor, en la sombra de la luna, con las lanzas en el suelo y los caballos echados. Y esperaron.
Vinieron a la tercera hora. Cuarenta. En fila, por el valle entre dos dunas, derecho, sin mirar la arena, con el cuero negro y las capuchas y los odres vacíos al hombro para llenarlos.
Tessa los miró desde la cresta, con los puños cerrados sobre las riendas. Y pensó en lo que Kael había dicho en el patio de Sahl hacía cuatro años: la nieve mata despacio, el desierto mata rápido. Y pensó en Bastos, con la espada de hierro, quieto, pegando una vez.
—Ahora —dijo.
Sesenta jinetes de Zareth bajaron de las crestas al mismo tiempo, de cuatro lados, sin gritar, porque Tessa había dicho que no se gritaba, que gritar era para los que tenían miedo y esos no lo tenían y por eso había que ser más silenciosos que ellos.
Y los hombres de cuero negro no se asustaron, porque no podían, y no corrieron, porque no sabían, y se quedaron en el valle con las armas levantadas esperando a que los jinetes llegaran, y los jinetes no llegaron: pasaron.
Pasaron al galope por los lados, con las lanzas, como se pasa un peine, y volvieron a subir a las crestas, y bajaron otra vez.
Duró lo que tarda en hervir el agua. Y cuando terminó, cuarenta hombres sin miedo estaban en la arena del valle, y Tessa tenía un corte en el brazo, y de los sesenta jinetes faltaban dos.
Se quedó en la cresta mirando el valle, con la yegua ceniza temblando debajo, y el camellero viejo llegó a su lado y le miró el brazo.
—Primera —dijo.
—Sí.
—¿Y qué sientes?
Tessa lo pensó. Pensó en que no había gritado. En que los dos jinetes que faltaban se llamaban Darim y Sula y tenían hijos en Qasr. En que los cuarenta del valle no habían gritado tampoco, ni al caer, y en que eso era lo peor de todo: que no gritaban.
—Que no son hombres —dijo—. Que alguien les sacó lo que los hacía hombres y los mandó a buscar agua. —Miró el valle—. Y que el que lo hizo tiene nombre, y que Alberion es su sobrino, y que yo lo voy a ver a la cara algún día.
El camellero asintió.
—Tu abuela decía lo mismo —dijo—. De otro.
*
Lo que no dijo Tessa esa noche, y no le dijo a nadie en Zareth, se lo dijo a una libélula.
La sacó de la bolsa en la cresta, con el valle lleno de hombres que no gritaban abajo y la luna encima, y le acercó la boca, aunque no tuviera oído, y le dijo:
—Alberion. Primera noche. Sahl. Sesenta y cuarenta. Faltan dos. Yo estoy entera. —Pausa—. Y no me gusta lo que tienen por dentro. Mira bien al que te está enseñando. Que no te saque lo que te hace tú.
Y la libélula se fue, dorada, hacia el norte, hacia Aurenthal, y Tessa se quedó en la cresta hasta el amanecer, con el corte en el brazo y la yegua ceniza, mirando el oasis donde había dicho su nombre por primera vez, y pensando que había sido en otra vida, y que no.