Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo VI — El Campo Blanco
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Capítulo VI — El Campo Blanco

Capítulo VI — El Campo Blanco

Lucian había jurado, a los doce años, con los pies metidos en el agua negra del tarn hasta la rodilla, que no volvería a Valdyr ni muerto.

Lo dijo en voz alta, delante de Bastos, que se rio con la risa que hacía volar pájaros.

Y ahora estaba de pie en la torre de la fortaleza del Campo Blanco, con la armadura blanca de la nieve puesta y el glaciar delante, y Bastos no estaba, y Lucian pensó que la vida tenía un sentido del humor peor que el suyo.

—Caballero de Thalassar —dijo una voz detrás, seca—. ¿Va a mirar el hielo todo el día o va a bajar a trabajar?

Era Ebed. La comandante de Valdyr. Veintiséis años, el pelo corto como un muchacho, una cicatriz blanca en el pómulo izquierdo que le subía hasta la sien, y una armadura blanca con la hombrera del lobo en el brazo izquierdo, de capitana, que llevaba como se lleva una camisa vieja.

No era bonita. Era otra cosa: tenía la cara de alguien que no ha pedido permiso para nada en la vida y no piensa empezar.

—Comandante —dijo Lucian, con la sonrisa torcida—. Estaba recordando un lago.

—El tarn. Ya sé. Tharion me contó. —Ebed no sonrió—. Si vuelve a meterse en él, lo dejo adentro. Baje.

*

El Campo Blanco en guerra no se parecía al Campo Blanco de la Academia.

La fortaleza era la misma, los muros tan gruesos que las ventanas eran túneles, pero ahora estaba llena: la Compañía de Fuego entera, cuarenta caballeros de cinco colores con la cinta roja todavía en el brazo por costumbre; los soldados de Valdyr, hombres y mujeres de las aldeas con lanzas y arcos y la cara de la montaña; Tharion, enorme, callado, en todas partes; y Ebed, que mandaba.

Mandaba de verdad: Lucian lo vio el primer día, cuando un capitán de Fuego discutió una orden y Ebed lo escuchó entero, sin interrumpir, y después dijo “no”, y el capitán no volvió a discutir.

Alicia la miró dos días y dijo, con su voz pequeña:

—Es como Hara, pero sin bosque. Hara manda porque los zorros la eligieron. Esta manda porque nadie más quiso.

—¿Y eso es bueno?

—Es lo que hay. —Alicia miró el glaciar—. Y nos va a hacer falta.

*

Les hacía falta porque los gigantes ya estaban en Valdyr.

Lo supieron la primera semana. Vino un jinete de una aldea del norte, de las que no salen en los mapas, con la cara gris de los mensajeros, y dijo que había huellas.

Huellas del tamaño de dos manos abiertas, en la nieve nueva, bajando de la cresta norte, donde no había nada salvo la montaña y, detrás de la montaña, nadie sabía qué.

Tres aldeas vacías. Ganado desaparecido.

Y en la puerta de un establo, una lanza negra.

Tharion la miró, como Aerion había mirado la de Orl.

—Por el norte —dijo, con la voz de abajo—. Valemont tenía razón. —Miró a Ebed—. Las aldeas del norte, todas, al Campo Blanco. Hoy.

—Son doce aldeas. Son tres días a pie.

—Entonces en tres días. —Tharion miró a Lucian y a Alicia—. Ustedes dos, con la comandante. A la aldea de la casa de la flor. Es la más lejana y la más cercana a la cresta. Y hay alguien ahí que no se va a querer ir.

Lucian no preguntó quién. Sabía.

*

Llegaron a la aldea de Alberion en dos días, a caballo, por el camino de los pinos, con Ebed delante y veinte soldados de Valdyr detrás, y Lucian la vio por primera vez: veinte casas de piedra gris encogidas de hombros, un pozo que no se congelaba, un camino que bajaba, y encima de todo, la montaña.

Y en una casa de dos cuartos con un muro de piedra alrededor del huerto, una ventana con una flor que no era de ahí.

Yira estaba en la puerta. Por supuesto.

Lucian bajó del caballo. Se quitó el casco. Y por una vez en su vida no supo qué chiste hacer, porque la mujer de la puerta lo miraba con unos ojos cafés que eran los de Alberion y que no se reían antes que la boca: se quedaban quietos, pidiéndole la verdad.

—Señora —dijo—. Soy Lucian. De Thalassar. Cabaña siete.

—Ya sé quién es. —Yira lo miró de arriba abajo, la armadura blanca, la cinta gris de Hierro que todavía llevaba, la sonrisa torcida que no le salía—. Mi hijo dice que si yo hago el pan, usted se casa conmigo.

Lucian se puso rojo. Fue la primera vez que Alicia lo veía ponerse rojo, y lo apuntó mentalmente para contárselo a Ikki.

—Era un chiste, señora.

—Ya sé. Él también se rio. —Yira miró detrás de él, a Ebed, a los soldados, a Alicia con la armadura blanca y la cara pequeña—. Vienen a llevarse la aldea.

—Vienen gigantes por el norte. Tharion lo manda.

Yira asintió. No preguntó más. Miró la montaña, un momento, con la cara de piedra, y después miró su casa, la ventana, la flor.

—Deme hasta mañana —dijo—. Hay gente aquí que no se ha ido de esta aldea en setenta años. No se los lleva un muchacho con sonrisa. Se los llevo yo.

Y se los llevó. Casa por casa, esa tarde y esa noche, con el delantal y la trenza, diciendo pocas palabras, todas pesadas, y al amanecer las veinte casas tenían las puertas cerradas y las familias en el camino con carretas y cabras y la mujer de los Hallen llorando, y Yira al final, con una maceta de barro envuelta en una manta como se envuelve a un niño.

Ebed la miró pasar. Y Lucian vio que la comandante de Valdyr, que no pedía permiso para nada, bajaba la cabeza un dedo.

—Esa mujer —dijo Ebed, bajo— vale más que la mitad de mis capitanes.

—Es la madre de Alberion.

—Ya sé. —Ebed montó—. Por eso lo digo.

*

Los vieron al segundo día del regreso.

Fue Alicia. Alicia, que miraba, iba en la retaguardia de la columna con los últimos de la aldea, y en una loma, hacia el norte, donde los pinos se acababan y empezaba la cresta, vio algo que se movía. Grande. Lento. Tres cosas, en fila, bajando de la nieve.

—Lucian.

Lucian miró. No tenía los ojos de Alberion, pero tenía los de un marinero, hechos para el horizonte, y los vio: tres gigantes.

A una legua. Con las pieles cosidas moviéndose, con un hombre de cuero negro delante de cada uno, bajando hacia el camino con la lentitud de algo que no tiene prisa porque sabe que llega.

Y Lucian vio al primero de los tres. Era el más grande. Tenía la piel gris oscura y el pelo del color de la tierra, y caminaba con una mano cerrada, siempre cerrada, como si llevara algo en ella o como si no quisiera que la mano hiciera nada.

Algo se le movió a Lucian en el pecho. No supo qué. No lo supo hasta mucho después, hasta que un gigante herido se lo dijo en una lengua rota, y entonces lo supo todo de golpe.

—Comandante —dijo—. Tres. Por la loma del norte. Una legua.

Ebed no miró. Ebed dio órdenes. La columna al trote, los soldados atrás, los arqueros en los flancos, y a los dos caballeros de la nieve que no eran de la nieve:

—Ustedes dos, con la madre. Que llegue al Campo Blanco. Si yo no llego, ella sí.

—Comandante…

—Es una orden, Lucian. —Ebed lo miró, con la cicatriz blanca en el pómulo y la cara de quien no pide permiso—. Tharion dijo que usted le prometió algo a un muerto. Cúmplalo vivo.

Y se fue, al galope, hacia la loma del norte, con veinte soldados, y Lucian la vio irse y pensó en Malrik en el velero blanco yendo hacia treinta velas negras, y sintió el miedo que tenía siempre, el de perder gente, y no hizo ningún chiste.

*

Llegaron al Campo Blanco al atardecer del tercer día.

Las doce aldeas. Setecientas personas, con carretas y cabras y viejos, y en medio una mujer alta con una maceta envuelta en una manta, que entró a la fortaleza de Valdyr por primera vez en su vida y se detuvo en el patio a mirar la torre, el glaciar, los muros, con la cara de quien reconoce un sitio del que le han hablado mucho.

Tharion la vio desde la puerta. Enorme, quieto. Y bajó, y cruzó el patio, y se detuvo delante de ella, y Lucian, que lo había visto cinco años sin cambiar la cara, lo vio cambiarla.

—Yira —dijo Tharion, con la voz de abajo.

—Tharion. —Yira lo miró de arriba abajo—. Sigues hablando igual de despacio.

—Y tú sigues diciendo la verdad. —Pausa—. Agaton tenía razón en lo de la flor.

Yira no contestó. Pero se le vio algo en la cara, un segundo, y lo tapó.

Ebed llegó a medianoche. Con doce soldados de veinte. Con la armadura blanca con una abolladura en el peto del tamaño de una mano, y con la cara de quien ha visto algo que no se puede ver.

—Tres —dijo a Tharion, en el patio—. Tres gigantes. Los tuvimos a cien varas. Y no atacaron.

—¿Cómo que no?

—El primero. El grande. —Ebed se pasó la mano por la cicatriz—.

El del látigo le gritó. Le pegó. Y el gigante se quedó parado mirándonos con la mano cerrada, y no se movió, y el del látigo le pegó otra vez, y entonces los otros dos sí vinieron, y perdí ocho.

Pero el grande no. El grande se quedó ahí. —Miró a Lucian—. Mirándolo a usted.

Lucian no dijo nada. Pero esa noche, en la torre, con el glaciar brillando y Alicia a su lado, dijo, muy bajo:

—Alberion dijo que no quería. Hace tres años. En el claro. “No quiere”. Y nadie lo oyó.

—Yo lo oí.

—¿Y qué crees?

Alicia miró la nieve, con esos ojos grises.

—Que hay uno que se quedó mirándote —dijo— y que no sabes por qué. Y que yo tampoco. —Pausa—. Todavía.