Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo V — Lo que sostiene
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Capítulo V — Lo que sostiene

Capítulo V — Lo que sostiene

Pestos se quedó tres días en la casa de la flor, y fueron los tres días más raros de la vida de Alberion.

No porque pasara nada grande. Porque no pasaba.

Pestos dormía en el cuarto de adelante, en el suelo, con el capote, porque dijo que las camas le hacían daño a la espalda y Yira no discutió.

Comía lo que Yira ponía en la mesa y decía “buen pan” cada vez, y cada vez Yira lo miraba con la cara de piedra y no decía nada.

Ayudaba en el huerto: con las habas, con el muro, con una tabla del techo que llevaba dos inviernos suelta y que arregló sin que nadie se lo pidiera. Y hablaba con las vacas.

Alberion lo vio el segundo día. Pestos, con la cara de ochenta años, apoyado en el muro del establo común, diciéndole algo a una vaca que lo escuchaba con una oreja, y la aldea entera mirando desde las ventanas al pastor cascarrabias que nunca había saludado a nadie y que ahora hablaba con el ganado como el muchacho de la casa de la flor.

—Son mejores que mucha gente para escuchar —dijo Pestos, cuando lo vio—. Te lo dije a los once.

—¿Y qué le dice?

—Lo que no le puedo decir a tu madre. —Se enderezó—. Ven. Vamos arriba.

*

Arriba era la pradera, y lo que pasó en la pradera durante esos tres días no se puede contar como se cuenta una lección, porque no lo fue.

El primer día, Pestos lo sentó en la roca y le dijo que mirara el viento.

Alberion lo miró. Lo vio, entero, como siempre.

Y Pestos dijo: “Ahora no lo mires. Siéntelo”.

Y Alberion no entendió, y se lo dijo, y Pestos se encogió de hombros y dijo que a él también le había costado, y que lo intentara con los ojos cerrados.

Con los ojos cerrados no veía nada. Durante una hora.

Dos. Y en algún momento de la tercera, con el sol en la cara y el pasto sonando, notó que sabía dónde estaba el remolino sin verlo.

No porque lo oyera. Porque algo en el pecho, debajo de la armadura blanca, se inclinaba hacia allá, como una brújula.

—Eso —dijo Pestos, al lado, sin abrir los ojos tampoco—. Eso es lo que tu padre tenía. Él lo tenía con el mar. Sabía dónde estaba la corriente con los ojos cerrados. Yo lo veía hacerlo y creía que era truco.

—¿Y usted?

—Yo lo tengo adentro y no se me inclina. —Pestos abrió los ojos—. Es como llevar una brújula en el bolsillo de otro.

El segundo día fue peor y mejor. Pestos le dijo que pusiera la mano en el hielo del arroyo, que en la tercera semana de verano todavía tenía bordes helados en la sombra.

Alberion la puso y sintió las vetas, como en el bloque de la explanada hacía cinco años.

“Ahora no las sientas”, dijo Pestos. “Diles por dónde”.

Alberion tampoco entendió esa vez, pero lo intentó, y durante dos horas no pasó nada, y en la tercera el hielo bajo su mano se rompió.

No por la fuerza. Se rompió por la veta que él había pensado, exactamente por esa, con un chasquido que lo hizo retirar la mano.

Se quedó mirando el hielo roto con la cara que Ikki le había dicho que ponía: de tonto.

—Eso es lo que sostiene —dijo Pestos—. No es fuerza.

Es que las cosas tienen un sitio por donde quieren ir, y tú se lo dices.

El viento, el hielo, la arena, el agua. La piedra de las espadas.

Y la boca de un volcán. Agaton le dijo a la montaña por dónde cerrarse, y la montaña le hizo caso, y el precio fue él.

Y el tercer día Pestos no le enseñó nada. Lo llevó a la cabaña vacía, la de la ladera, y se sentó en el catre sin manta, y le dijo que se sentara enfrente, y durante una hora no habló. Y después dijo:

—Dame la pluma.

Alberion la sacó del bolsillo de la flor, donde estaba con el anillo. Se la dio. Pestos la miró, larga, verde y azul según la luz, con el ojo en la punta, y la sostuvo entre las manos del tamaño de palas.

—Esta se la arranqué a él —dijo, señalando con la barbilla hacia afuera, hacia la roca donde el guardabarranco viejo esperaba— la noche que te traje.

En el acantilado. Era la única cosa que tenía para dejarte, y no podía dejártela todavía.

La dejé aquí cuando supe que ibas a venir a buscarme y a no encontrarme.

—Se la devolvió—. Guárdala. Cuando llegue el día, la vas a necesitar para que él te lleve a donde yo no puedo.

—¿Qué día?

Pestos no contestó. Se levantó. Y en la puerta de la cabaña, de espaldas, dijo:

—Todavía no te lo he dado. Lo que sostiene. Lo sabes, ¿no?

—Sí.

—No te lo voy a dar aquí. Ni hoy. —Se volvió—. Te lo voy a dar cuando lo pidas. Como un guardabarranco. Tú pides, y yo digo que sí. Porque si te lo doy sin que lo pidas, es mío todavía, y no sirve.

*

Yira habló con Pestos la última noche. Alberion no lo oyó; estaba en el huerto, con el lobo, y lo que vio fue a su madre y al pastor sentados en el escalón de la puerta, uno al lado del otro, sin tocarse, mirando la montaña, hablando bajo durante mucho rato.

Vio a su madre llorar, una vez, sin esconderlo.

Vio a Pestos no moverse. Y vio, al final, que Yira le ponía algo en la mano, pequeño, y que Pestos lo miraba y lo cerraba en el puño.

Cuando Pestos entró a dormir, Alberion se sentó al lado de su madre en el escalón.

—¿Qué le dio?

—La moneda. —Yira miraba la montaña—. Era suya. Agaton se la dio a él, no a mí. Yo la guardé seis años porque no sabía de quién era. Ahora sé.

—¿Y qué le dijo?

Yira tardó.

—Le dije que si te lleva a donde llevó a tu padre, y vuelve sin ti, no vuelva. —Lo miró—. Y me dijo que no iba a volver sin ti. Y yo le creí. Y después me di cuenta de lo que había dicho, y me dio miedo, y no se lo dije.

Alberion no contestó. Le tomó la mano, que era de trabajo, y la sostuvo.

—Mamá.

—Dime.

—Si llega el día. El que él dice. —Buscó cómo decirlo—. ¿Qué querría mi padre que hiciera?

Yira cerró los ojos. Y cuando los abrió, tenía la cara de piedra, y debajo, la verdad.

—Tu padre hablaba demasiado y hacía lo que decía. Las dos cosas. —Le apretó la mano—. Querría que hicieras lo que harías. No lo que él hizo. Lo que tú harías. Y querría que yo no te lo dijera nunca, porque sabría lo que vas a hacer, igual que yo lo sé.

*

Se fueron al amanecer del cuarto día. Pestos, ya con la cara sin edad y la túnica que esa mañana era del gris del cielo antes de la luz, subió al guardabarranco viejo sin despedirse de nadie, porque los pastores no se despiden, y Alberion subió detrás con el lobo, y Yira se quedó en la puerta, alta y recta, sin llorar porque ya había llorado.

Y cuando el ave abrió las alas y la aldea se hizo pequeña, Alberion miró hacia abajo y vio a su madre entrar a la casa, y salir, y ponerse de pie en la puerta otra vez con algo en las manos.

La maceta. La Flor de Sacuán, florecida, con las estrellas blancas y amarillas abiertas al sol.

La sostuvo en alto. No saludó. Solo la sostuvo, como quien muestra una cosa que sigue viva en un sitio donde no debía, para que el que se va la vea desde arriba.

Alberion la vio. Hasta que no la vio. Y después siguió mirando porque veía más lejos.