Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo IV — El pastor
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Capítulo IV — El pastor

Capítulo IV — El pastor

Volaron hacia el norte toda la mañana, sin hablar.

Alberion iba detrás, en la silla de cuero, con las manos en las asas y el lobo entre los dos, que había subido al guardabarranco viejo sin que nadie lo llamara y que iba con los ojos cerrados y el hocico contra la espalda de Alberion, como en el vuelo a Valdyr hacía dos años.

Debajo, Oryndor: el Bosque Sagrado como una alfombra, después los pinos, después las praderas bajas, después la montaña.

Y el viento, que Alberion leía entero sin esfuerzo, y que el Gran Maestro, delante, de pie en el lomo del ave como si estuviera en el suelo, no necesitaba leer porque lo llevaba puesto.

Al mediodía vio la pradera alta. Las flores que duran poco estaban abiertas: era la tercera semana. El mar de pasto corto, el verde lavado, la hondonada, el arroyo, la roca.

El guardabarranco viejo bajó. Se posó junto a la roca. Y el Gran Maestro bajó de él, y caminó hasta la roca, y se sentó, con la espalda apoyada en la piedra y las piernas estiradas como quien lleva ahí toda la tarde.

Y mientras se sentaba, cambió.

No fue magia de la que se ve. Fue como cuando una nube pasa delante del sol y la ladera cambia de color sin que nada se haya movido.

El pelo que no se decidía se volvió blanco, mal cortado, parado en todas direcciones.

La cara seria, fuerte, se llenó de años, de barba de varios días que no llegaba a ser barba, de la piel de alguien que ha dormido muchas noches a la intemperie.

La túnica verde de las primeras hojas era, cuando terminó de sentarse, lana gris, un capote oscuro, botas gastadas.

Y al lado, en la roca, había un cayado y una bolsa de cuero que no estaban antes.

Solo las manos no cambiaron. Del tamaño de palas. Y los ojos.

—Baja el palo —dijo el pastor—. Ya se fue.

Alberion no tenía palo. Pero bajó las manos, que tenía cerradas, y se sentó en el pasto a tres pasos, como a los once años, con el lobo al lado, y por un momento largo los dos miraron la pradera.

*

—¿Y el viento? —dijo el pastor.

—Viene del norte. Se rompe contra la ladera. Hay un remolino abajo. —Alberion no lo miraba: lo veía—. Y arriba, más alto que las nubes, viene otro, del este, que no debería venir del este en esta época. Trae algo. No sé qué.

—Yo sí. —El pastor asintió, como siempre, como si eso le confirmara algo—.

Hace seis años te dije que todo lo que no se ve, se ve en lo que toca.

Y tú me has estado viendo en lo que toco desde los doce años.

En la piedra del Madrún. En el claro del gigante.

En Orl. En el aire sobre la Mesa. Y no lo dijiste.

—Usted tampoco.

—No. —El pastor se rascó la barba—. Me llamo Pestos.

Lo dijo así. Sin ceremonia. Como se dice “soy pastor” o “esa es tu cabra”.

—Fui el cuarto caballero. El del Aire. El mayor.

Tharion era de la nieve, una mujer que ya murió era del bosque, y tu padre era del mar.

Yo tenía cuarenta años y un guardabarranco que ya era viejo entonces, y una noche en un acantilado del este tu padre me puso las dos manos en la cabeza y me dio todo lo que tenía, y me dijo: “Cuídalos. A ella y al que viene. Y no uses esto nunca, porque no es tuyo. Guárdalo hasta que sea de alguien”.

—Pausa—. Y después se fue a cerrar una montaña.

Y yo me subí a este pájaro con tu madre en una carreta debajo, y la llevé a esta aldea, y me quedé en esta ladera.

Alberion no dijo nada. Miraba la pradera.

—¿Por qué no me lo dijo antes?

—¿Cuándo? —El pastor lo miró—. ¿A los once, con un cuchillo de pan?

¿A los doce, con la mano en la piedra? ¿A los catorce, cargando a Bastos?

Un hombre que carga una cosa que no es suya no puede dársela a un niño.

Tenía que esperar a que fueras alguien. Y tenía que esperar a que lo vieras tú, porque lo que se te dice no vale lo que se ve.

—Señaló la pradera—. Tú no me creíste que el viento se veía hasta que lo viste. Esto es igual.

*

—¿Qué es lo que carga?

El pastor tardó. Miró sus manos, las del tamaño de palas, abiertas sobre las rodillas.

—No sé cómo se llama. Tu padre lo llamaba “lo que sostiene”.

Es lo que hizo crecer el Madrún donde se clavaron cinco espadas.

Es lo que tienen las cinco espadas por dentro, y lo que hace que la Espada de Oryndor aparezca para quien levanta las cinco.

Es lo que Agaton usó para cerrar la boca de un volcán con su vida.

Y es lo que yo no puedo usar. Lo intenté.

Una vez. Hace diez años, cuando el sello empezó a aflojarse, fui al acantilado y traté de renovarlo.

Y no pude. Lo tengo adentro y no me obedece.

Lo único que me obedece es esto. —Se tocó la cara de ochenta años—.

Verme viejo. Verme joven. Verme sin edad. Un truco de pastor.

—¿Por qué no le obedece?

—Porque no es mío. —Lo dijo sin tristeza, como se dice una cuenta—.

Es de la casa de tu padre. De su sangre.

Pasa de uno a otro en la casa Vorensen desde los cinco reyes, y Agaton me lo dio a mí porque no había nadie más esa noche, y yo lo guardé porque era lo que me pidió.

Y el día en que tú levantaste cinco espadas, supe que había terminado de guardarlo.

Alberion lo miró, por fin.

—¿Y qué pasa cuando me lo dé?

—Que lo vas a poder usar. —Pestos lo miró de vuelta, con la atención que pesaba—.

Y que vas a saber lo que cuesta. Te lo dije en la piedra: lo que le costó a tu padre.

Matar a Uclus no cierra nada. La grieta sigue abierta a través de él, y si él muere sin que alguien la cierre, los hombres sin miedo se quedan vacíos para siempre y los gigantes también.

Cerrarla cuesta todo lo que sostiene y la vida de quien lo sostiene.

Agaton lo sabía y lo hizo. Y yo te lo voy a dar sabiendo lo que te estoy dando. Y tú lo vas a tomar o no.

Silencio en la pradera. El viento en el pasto. El lobo con una oreja levantada.

—¿Y si no lo tomo?

—Entonces lo sigo guardando hasta que me muera, y después se pierde, y Uclus gana en diez años en vez de en uno. —Pestos se encogió de hombros, un movimiento pequeño en un cuerpo grande—. No te voy a decir que lo tomes. Tu madre me mataría. Y tendría razón.

*

Alberion se quedó un rato muy largo mirando la pradera, y lo que pensó no fue en el poder, ni en la grieta, ni en la muerte. Pensó en una cosa pequeña.

—El pan —dijo.

—¿Qué?

—Bajó a comprar pan. Un día que no era de pan. Y mi madre retiró la mano de la moneda como si quemara. —Lo miró—. ¿Por qué bajó?

Pestos se quedó callado. Y Alberion vio, en la cara de ochenta años, algo que no había visto nunca en el pastor ni en el Gran Maestro: vergüenza.

—Porque llevaba once años viéndola desde esta ladera —dijo— y nunca le había dicho nada.

Tu padre me la describió una noche, en el acantilado, antes de todo: “cose mejor que nadie, dice la verdad aunque duela, y tiene una flor en la ventana que no es de aquí”.

Y yo la bajé en una carreta con la cara en sombra y la dejé en una casa de dos cuartos y no volví a hablarle.

Y un día te vi subir a buscar lobos con un cuchillo de pan y pensé: ella no sabe quién está cuidando a su hijo.

Y bajé. —Pausa—. Y le compré pan. Porque no sabía qué otra cosa hacer.

Y ella me miró como se mira a un hombre que trae cosas detrás. Y tenía razón.

—¿Y la moneda?

—La moneda era de Aurenthal. Vieja. De las que ya no se usan.

—Pestos sonrió, con la sonrisa de dolor del patio del palacio—.

Tu padre me la dio esa noche con las manos en la cabeza.

“Para el pan”, dijo. Era su chiste. Él hablaba demasiado.

—Miró ladera abajo, hacia los techos grises—.

Ella la tiene todavía. En el cajón de abajo.

*

Bajaron a pie. Los dos y el lobo, por el camino de arriba, con el guardabarranco viejo quedándose en la roca con las alas dobladas.

Pestos no volvió a cambiar: bajó como pastor, con el cayado y el capote y el pelo blanco, y Alberion bajó a su lado con la armadura blanca que en la ladera tenía un tono verde de pasto, y la aldea entera salió a las ventanas a ver pasar a un caballero y a un pastor y a un lobo cojo, y nadie dijo nada, porque en Valdyr el frío se come las palabras que sobran.

Yira estaba en la puerta. Como siempre. Como si hubiera estado ahí desde la primavera en que él se fue.

Alta, recta, con la trenza negra y las hebras grises y el delantal, y había visto bajar al guardabarranco desde la ventana de la Flor de Sacuán, y había visto bajar a los dos por el camino, y cuando llegaron a la puerta tenía la cara de piedra.

Miró a su hijo. Le vio la cara. Y la de ella no se deshizo esta vez: se quedó de piedra, y miró al pastor.

Lo miró mucho rato. De arriba abajo. La lana sucia, las botas, la barba de días, las manos enormes.

Y Alberion, con esos ojos suyos, vio el momento exacto en que su madre, que no reconocía caras porque la cara de esa noche había estado en sombra, reconoció otra cosa: el modo de estar parado.

Sin gastar nada. Como un hombre que lleva diecisiete años en una ladera.

—Usted —dijo Yira.

—Yo.

—Me compró pan.

—Sí.

—Con una moneda de Aurenthal que no se usa desde hace veinte años.

—Sí.

Yira no dijo nada más durante un tiempo que a Alberion le pareció toda su vida. Y después, despacio, metió la mano en el bolsillo del delantal, y sacó una moneda vieja, y la miró, y lo miró a él, y dijo, con la voz que usaba para las verdades que dolían:

—Agaton me dijo que el que me iba a sacar de Aurenthal era el mejor hombre que conocía y el peor para explicarse. —Cerró la mano sobre la moneda—. Tenía razón en las dos cosas. Entre.

Y entró. Y Pestos se quedó en la puerta un segundo, con el cayado, con la cara de ochenta años, y Alberion vio que le temblaba, y que se la apretaba hasta que dejó de temblar.

—Hay pan —dijo Yira, desde adentro—. Hoy sí es el día.