Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo III — Seis caminos
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Capítulo III — Seis caminos

Capítulo III — Seis caminos

Las despedidas en Oryndor son cortas porque la gente de Oryndor no sabe hacerlas largas.

Los de la nieve se callan, los del desierto se dan golpes en el hombro, los del mar hacen un chiste, los del bosque se miran un momento de más, y los del aire ya están mirando hacia arriba.

La cabaña siete tenía uno de cada cosa, y por eso la mañana del segundo día, en el patio de los guardabarrancos del palacio, con los seis destinos repartidos y las armaduras puestas, nadie supo cómo empezar.

Fue Lucian, por supuesto.

—Bueno —dijo, con la sonrisa torcida—. Cinco años juntos y ahora nos reparten como pan. Si alguien se muere, que avise con una libélula, porque no pienso enterarme por un mensajero con cara gris.

—Lucian —dijo Hara.

—Capitana.

—Cállate. —Hara lo miró, y después los miró a todos, y la cara de piedra se le quedó un momento sin nada debajo—.

No hay discurso. Se van donde los mandan.

Hacen lo que saben. Y vuelven. Es una orden.

Y la libélula de Eduart la llevan todos encima.

Siempre. Si una de esas libélulas no llega, voy yo misma.

Nadie dijo “sí, capitana”. Pero todos se tocaron el bolsillo donde la llevaban.

*

Lucian y Alicia iban a Valdyr. Era lo que Tharion había dicho en la piedra, “lo que prometiste lo vas a cumplir desde Valdyr”, y era también, dijo Elindra, que dos espadas blancas que no eran de la nieve eran lo más parecido a cinco colores que Hierro podía mandar a una sola muralla.

Iban con Tharion y con la Compañía de Fuego, y los esperaba en el Campo Blanco una comandante que Alberion no conocía: Ebed, de Valdyr, veintiséis años, pelo corto, una cicatriz en el pómulo, seca y buena, decía Tharion, “como el pan de tu madre”.

Alicia se despidió de Ikki la última. No hubo mucho que ver. Se quedaron de pie uno frente al otro, ella pequeña con la armadura blanca, él bajo con la plateada, y no se dijeron nada durante un rato, y después Alicia dijo:

—Vas a Kaoryn.

—Es mi casa.

—Ya sé. —Alicia lo miró con esos ojos grises—. Allá hay un hombre que mira las manos. Mira tú las suyas. Y cuando veas lo que yo creo que vas a ver, no se lo digas a Aerion primero. Dímelo a mí.

—¿Por qué?

—Porque a ti te van a decir que estás loco. A mí me van a creer, porque yo miro. —Le puso la frente contra la frente, como en el claro, delante de todos, y nadie se rio—. Trampa.

—Ventaja —dijo Ikki, con la voz rota, y fue la primera vez que lo decía él.

*

Tessa iba a Zareth. A Qasr, al oasis del este, con Kael y Piedra y los jinetes, a defender su propia casa.

No se lo discutió nadie porque no había nada que discutir: montaba mejor que todos, conocía la arena, y en Qasr había un herrero que hacía herraduras y que todavía no sabía que su hija era caballera del desierto.

Se despidió de Alberion donde se despedía de todo: de frente, rápido, como tirando piedras.

—Vuelve.

—Soy yo el que se queda.

—Ya sé. Por eso lo digo. —Tessa tenía la cara roja debajo de las pecas y los puños cerrados a los lados—. Te quedas con él. Con el Gran Maestro. Y yo no sé lo que te va a dar, pero sé lo que dijo Caelvar de tu padre y de la montaña, y lo oí, y no me gustó. Así que: vuelve. Con la cara.

Alberion puso la cara. Y ella lo besó, con la yegua ceniza detrás comiendo del pasto del patio, y Kael, que esperaba en la puerta con la armadura dorada, miró hacia otro lado con mucha concentración.

—Y una cosa más —dijo Tessa, ya montando—.

Lo que te vi decir en el Abismo, en la puerta de la fragua.

Lo de “quédate”. —Lo miró desde arriba—.

Si él te lo dice a ti, lo que sea que te diga, no le hagas caso.

Haz lo que harías. Eso es lo que yo echaría de la fragua: a un Alberion que hace lo que le dicen.

Y se fue, al trote, con Kael al lado, y no se volvió, porque Tessa no se volvía.

*

Eduart iba a Thalassar. Al puerto, a las flotas, con Thalwyn y la Compañía de Acero, porque la espada azul era suya y porque, dijo el Gran Maestro, “hay un barco que necesita un nombre y un hombre que sabe ponerlos”. Hara iba a Sylvar, con Aurelia y Bronce, al bosque, a mandar.

Se despidieron sin que nadie los viera, o eso creyeron. Lucian los vio, desde la ventana que daba al patio escondido, y después se lo contó a Alicia en un guardabarranco rumbo a Valdyr, y Alicia dijo “desde el desierto”, y Lucian dijo “ya sé, ya sé”.

Lo que Lucian vio fue esto: Hara de verde con la hombrera del zorro, Eduart de azul con escamas, de pie junto a la fuente del patio escondido, y Eduart diciendo algo mientras miraba el cuaderno, y Hara quitándole el cuaderno de las manos, cerrándolo, y diciendo: “Mírame a mí”.

Y Eduart mirándola. Y Hara diciendo, con la voz de capitana, que era una orden, que volviera.

Y Eduart diciendo que las órdenes se cumplían.

Y Hara, que no se ablandaba nunca, poniéndole la mano en la cara un segundo.

Y después dándose la vuelta, el paso exacto, y yéndose hacia el bosque sin mirar atrás, y Eduart quedándose junto a la fuente con el cuaderno cerrado, que fue, dijo Lucian, lo más raro que había visto en cinco años.

*

Ikki fue el último en irse. Kaoryn, con Aerion, “con los suyos”.

Y antes de subir al guardabarranco de mal genio, que ya tenía puesta la silla y mordía a todo el que se acercaba menos a él, Ikki se acercó a Alberion, y se quedó parado delante, bajo, fibroso, con la cicatriz en la ceja y la armadura de plata.

—Oye.

—Qué.

—Lo del tejado. El oro. —Ikki miró al suelo—. Las miré. Un segundo. Te lo juro que no más.

—Ya sé.

—Pero me tardé. —Levantó la cara—. En el Abismo, en el puente, me di la vuelta cuando tú caíste. Y en el tejado me tardé un segundo y se me fue. Y no sé cuál de los dos soy.

Alberion lo miró, con esos ojos suyos, y vio lo que había debajo: que Ikki, el que no se soltaba, el más leal, iba a Kaoryn cargando con un segundo.

—Eres el del puente —dijo—. Lo del tejado fue Sevrik, que sabe dónde duele. Lo de Draven fue un pozo con oro donde debía haber agua. Lo tuyo fue un segundo. —Pausa—. Y la carrera sigue.

Ikki se rio, corto, roto.

—Mañana sí vale.

—Siempre vale.

—Ya sé. —Ikki subió al guardabarranco, que le puso la cabeza en el pecho—. Pero mañana estoy en Kaoryn y tú en tu casa, y no vale igual.

—Entonces cuando volvamos.

—Cuando volvamos.

Y se fue, hacia el este, bajo, rápido, como una cabra del vacío con alas, y Alberion lo miró hasta que fue un punto, y después lo siguió mirando porque veía más lejos.

*

El patio quedó vacío. Guardabarrancos, caballos, ciento cincuenta y nueve caballeros nuevos repartidos en seis direcciones, y en el centro, con la armadura blanca y el lobo a los pies, uno solo.

Y en la puerta del patio, con una túnica que esa mañana era del verde de las primeras hojas, el Gran Maestro.

No dijo nada. Silbó. Una vez, bajito, como se silba a tres ovejas.

Y del cielo, de muy arriba, bajó la sombra con cola, verde y azul según la luz, enorme, vieja, con los dos ojos azules en las puntas de las plumas desnudas, y se posó en el patio con un sonido de vela grande, y dobló las alas, y miró a Alberion con un ojo y después con el otro.

Alberion se acercó. Le puso la mano en el cuello, como se la ponía el pastor, como se la había puesto él al joven en el nido. El guardabarranco viejo bajó la cabeza hasta su rodilla.

—Lo conoce —dijo Alberion.

—Te conoce desde antes que tú a él —dijo el Gran Maestro, y su voz, por primera vez en Aurenthal, era la de la pradera—. Sube.

—¿Adónde?

El Gran Maestro lo miró. Y en la cara seria, fuerte, con la atención que pesaba, Alberion vio, por fin, la cosa que llevaba cinco años esperando ver: que el otro había decidido decirlo.

—Ya sabes adónde —dijo—. Sube. Que tu madre nos está esperando y no lo sabe.