Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo II — Consejo de guerra
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Capítulo II — Consejo de guerra

Capítulo II — Consejo de guerra

La sala del Madrún no tenía ventanas. Era una sala redonda, de piedra dorada, en el corazón del palacio, con una mesa redonda en el centro hecha de una sola pieza de madera blanca que, según decían, era de una rama caída del Madrún hacía trescientos años, y que olía, todavía, a miel.

Alrededor de la mesa, doce sillas. Esa noche se llenaron todas, y sobraron hombres de pie.

El rey. Los cinco del Consejo: Aquilon del desierto, con la cara curtida y un mapa de estrellas bordado en la capa; Thalwyn del mar, capitana antes que señora, con las manos de cabos; Valemont de la nieve, firme como sus montañas; Aurelia del bosque, con el zorro a los pies; y Caelvar del aire, con el pelo gris perfecto.

Los maestros: Tharion, Kael, Aerion, y el hueco de Malrik, que esta vez ocupó Elindra sin que nadie se lo dijera.

El Gran Maestro, un paso detrás del rey, de pie.

Y los cinco capitanes nombrados esa noche, de pie contra la pared, con las armaduras de colores: entre ellos Hara, con la hombrera del zorro, que llevaba una hora de capitana y parecía que llevaba diez años.

Alberion no estaba. No era capitán. Pero Hara, al entrar, había dicho “Alberion viene conmigo, él ve lo que yo no veo”, y el Gran Maestro había asentido, y Alberion estaba contra la pared al lado de ella, con la armadura blanca que en esa sala sin ventanas tenía un tono dorado tenue, como de miel.

*

Habló primero Aerion, porque el ataque era en su reino, y lo hizo con la voz suave de siempre, y nadie en la sala tuvo que inclinarse para oírlo.

—Orl está tomado. Las islas del borde este, las cinco últimas, están tomadas o vacías.

Los vigías de la Mesa no vieron nada hasta que vieron el fuego de Orl encendido con el color equivocado.

—Pausa—. Los vigías de Kaoryn no fallan.

En diecisiete años no han fallado una vez.

Esta noche fallaron tres torres seguidas.

Caelvar levantó una mano limpia.

—Con respeto, Caballero. Los vigías son hombres. Los hombres fallan. Y la noche era de niebla.

—La niebla del Yermo no sube a las islas, Lord Caelvar. Nunca ha subido.

—Hasta esta noche. —Caelvar sonrió, con calma—. Todo pasa por primera vez alguna vez. Hace diecisiete años también.

Alberion lo miró. Con esos ojos suyos. Y vio que Caelvar, al decir “hace diecisiete años”, no había mirado a Aerion ni al rey. Había mirado al Gran Maestro. Un segundo. Como quien mide.

*

Después habló Thalwyn, del mar. Treinta velas negras en el puerto de abajo de Orl, decía el mensajero; y los pescadores de Thalassar habían visto más en la costa este, lejos. Las flotas del reino estaban en el puerto grande, a seis días de navegación. Podían zarpar mañana.

Después Aquilon, del desierto: Zareth tenía la frontera más larga con el este, por el sur de Kaoryn, donde los acantilados bajaban y se volvían llanura; si Uclus bajaba por ahí, los oasis del este, Qasr primero, eran los primeros en caer.

Alberion vio a Hara girar la cabeza un dedo hacia él al oír “Qasr”. No dijo nada.

Después Valemont, de la nieve: Valdyr estaba lejos del este, pero no de los gigantes; hacía tres años, tres granjas en el borde norte del bosque, y si venían gigantes, venían por el norte, por donde nadie miraba. Pedía caballeros. Pedía a Tharion.

Y Tharion dijo, con la voz de abajo:

—Yo voy donde el Gran Maestro diga.

Y todos miraron al Gran Maestro.

*

No habló enseguida. Tenía las manos cruzadas delante, la túnica que esa noche era de un gris casi negro, y la cara seria, fuerte, con la atención que pesaba puesta en la mesa entera.

—Uclus no va a venir por un lado —dijo—.

Va a venir por todos. Hace diecisiete años vino por Kaoryn porque solo tenía un ejército.

Ahora tiene uno en cada barco y gigantes en el norte y un espía en nuestro banquete.

Lo que quiere no es un reino. Es que Oryndor se rompa en cinco, como era antes del pacto.

Y para eso no necesita ganar ninguna batalla.

Necesita que cada reino se defienda solo.

Silencio.

—Así que vamos a hacer lo contrario. Cada compañía graduada este año tiene cadetes de los cinco reinos.

Los vamos a mandar a los cinco reinos, pero mezclados: el de Thalassar a Valdyr, el de Sylvar a Zareth, el de Kaoryn al mar.

Que en cada muralla haya cinco colores de armadura.

Que Uclus, cuando mire, no vea cinco reinos. Vea uno.

—Es una locura —dijo Valemont—. Un caballero del mar no sabe pelear en la nieve.

—Un caballero del mar pasó un año en la nieve —dijo Tharion, sin moverse—. Yo lo vi.

—Y un caballero de la nieve pasó un año en el mar —dijo Elindra, desde el hueco de Malrik—. Y levantó la espada blanca porque el mar no lo quiso. Yo lo vi también.

Valemont no insistió.

Y entonces Caelvar habló otra vez, con calma.

—Estoy de acuerdo con el Gran Maestro. Mezclar las compañías.

Con una excepción. Kaoryn. Mi reino es el único que ya está atacado.

Las islas no son un sitio para quien no nació en ellas: un caballero de Zareth en un puente de un paso de ancho con el viento de lado es un caballero muerto antes de pelear.

Pido que Kaoryn se defienda con los suyos.

Los de plata. Nadie más. —Sonrió—. No por orgullo. Por sentido común.

Alberion vio a Aerion cerrar los ojos un segundo. Vio a Hara apretar la mandíbula. Y vio al Gran Maestro mirar a Caelvar mucho rato, con la cara que no cambiaba, y decir:

—Tiene sentido, Lord Caelvar. Kaoryn con los suyos. —Pausa—. Y con el Caballero del Aire, que es de allá, y que decide quién cruza qué puente.

—Por supuesto.

Y la sala siguió, y nadie más notó nada. Pero Alberion, contra la pared, con esos ojos suyos, había visto dos cosas: que Caelvar había conseguido exactamente lo que quería, y que el Gran Maestro se lo había dado sabiendo exactamente lo que era.

*

Lo que se decidió esa noche, Eduart lo apuntó al día siguiente de boca de Hara, y es exacto:

Las flotas de Thalassar zarpaban en dos días hacia la costa este, con Thalwyn al mando y la Compañía de Acero a bordo.

Zareth cerraba los oasis del este, con Kael y la Compañía de Piedra, y jinetes.

Sylvar sellaba el bosque, con Aurelia y Bronce.

Valdyr recibía a Tharion y a Fuego, por el norte.

Kaoryn, a Aerion y a los suyos. Y Hierro, la compañía que había que seguir, se repartía: no entera a un reino, sino sus mejores a los cinco, “para que en cada muralla haya uno que sepa lo que es no soltarse”.

Y Alberion no iba a ninguna parte.

Lo dijo el Gran Maestro al final, cuando ya se levantaban, sin levantar la voz:

—Alberion de Valdyr se queda en Aurenthal. Conmigo. —Y antes de que nadie preguntara—: Levantó cinco espadas. Hasta que sepa qué significa eso, no sirve en ninguna muralla. Y yo soy el único que puede decírselo.

Nadie discutió. Pero Caelvar, al pasar junto a Alberion hacia la puerta, con el pelo gris perfecto y las manos limpias, se detuvo un segundo y lo miró de arriba abajo, la armadura blanca, el peto con el árbol, y dijo, con calma:

—Cinco espadas. —Sonrió—. Su padre levantó una, y bastó para cerrar una montaña. Imagínese usted.

Y se fue. Y Alberion se quedó con la frase en el pecho como una brasa, y no supo hasta mucho después que Caelvar no la había dicho para halagarlo. La había dicho para que un espía que escuchaba detrás de la puerta la oyera y se la llevara a Orl.

*

Fue Hara quien lo encontró después, en el pasillo, con la hombrera del zorro y la cara de piedra con algo debajo.

—Caelvar —dijo.

—Sí.

—Lo viste.

—Sí. ¿Tú?

—Yo no veo. Yo mando. —Hara miró el pasillo vacío—.

Pero Alicia me dijo hace tres meses, en Kaoryn, que había un hombre en el Consejo que no miraba a la gente a la cara sino a las manos, como quien mira lo que puede usar.

No me dijo quién. Hoy lo supe. —Lo miró—.

¿Por qué el Gran Maestro le dio lo que pidió?

Alberion lo pensó. Pensó en el pastor diciendo “se les deja un camino para irse; casi siempre lo toman”. Pensó en Tharion: “y si no lo toman, el que decide eres tú”.

—Porque un hombre al que le das lo que pide se cree seguro —dijo—. Y un hombre seguro se descuida. Y porque si lo acusa esta noche, sin pruebas, delante del Consejo, Kaoryn se queda sin señor en plena guerra y Uclus gana sin pelear.

Hara asintió, despacio.

—Lo que no entiendo —dijo— es por qué te deja a ti aquí. Eres el que ve. Deberías estar en una muralla.

—Mañana lo voy a saber.

—¿Adónde te lleva?

Alberion no contestó enseguida. Miró por la ventana del pasillo, hacia el norte, donde no se veía nada pero él sabía lo que había: tres días de camino, pinos, praderas, una montaña, una pradera alta con flores que duran poco, y una cabaña vacía con una pluma que ya no estaba en ella porque la llevaba él.

—A mi casa —dijo.