Capítulo I — Tejados
Capítulo I — Tejados
El salón estalló, y Alberion no vio nada de lo que pasó en él, porque estaba en el suelo encima de Tessa con la cara contra el mármol y los oídos llenos de gritos.
Lo que vio después se lo contaron a pedazos.
Que el rey no se había movido: Haldric Vorensen se había quedado de pie junto al trono con la copa en la mano, mirando la galería alta, con la cara de quien ya ha visto esto.
Que el Gran Maestro sí se había movido, y muy rápido para un hombre de ese tamaño, y se había puesto delante del rey sin espada, con los brazos abiertos, y que en la galería la forma delgada ya no estaba.
Que Tharion había cruzado el salón en cuatro zancadas hacia la puerta de la escalera.
Que Kael había gritado. Que Elindra había dado diez órdenes.
Y que Ikki ya no estaba en la mesa.
Alberion lo supo cuando se levantó, con Tessa levantándose debajo de él y diciendo “estoy bien, estoy bien, suéltame”, y miró la mesa de los siete, y vio la flecha negra clavada en la silla vacía de Bastos, vibrando todavía, y vio a Lucian con la mano en la empuñadura de una espada que no llevaba, y a Hara ya de pie con la cara de piedra, y a Eduart mirando la flecha, y a Alicia mirando hacia arriba, hacia la galería, hacia una ventana alta que estaba abierta y que antes no lo estaba.
—Ikki —dijo Alicia. No era una pregunta.
*
Ikki no había pensado. Ikki no pensaba antes de las cosas; lo que hacía era ver una cosa arriba y subir.
Había visto la forma en la galería, había visto el brazo, había visto la cuerda, y cuando Alberion gritó “¡abajo!”, Ikki no bajó: subió.
Una mesa, un candelabro, la cornisa de piedra, la baranda de la galería, cinco segundos, con la armadura plateada que no pesaba nada porque para eso estaba hecha, y cuando llegó arriba la forma delgada ya iba por la ventana.
La siguió.
La ventana daba a un tejado. El tejado, a otro.
Aurenthal de noche, desde arriba, era un mar de tejas doradas con la luna encima y la ciudad entera abajo, gritando porque la noticia ya corría de boca en boca por las calles, y entre las tejas, cien pasos adelante, corría una sombra flaca con la capucha caída y el pelo claro pegado a la cabeza.
Sevrik.
Ikki lo supo por el pelo y por la manera de correr: como alguien que mira lo que los demás tienen. Y supo otra cosa, con una claridad que no era la de Alberion pero se le parecía: que Sevrik corría bien por los tejados. Demasiado bien. Que alguien le había enseñado. Que no era la primera vez.
—¡Sevrik!
La sombra no se volvió. Saltó un hueco entre dos casas, tres varas, limpio, y siguió.
Ikki saltó detrás. Era de Kaoryn. Había seguido a las cabras del vacío por paredes donde no había nada.
Un hueco de tres varas entre dos tejados de Aurenthal era un chiste.
Ganó diez pasos en el salto. Ganó diez más en la bajada de un tejado inclinado.
Y en la subida del siguiente, cuando estaba a veinte pasos y ya podía oír la respiración del otro, Sevrik hizo algo que Ikki no esperaba.
Se detuvo. Se dio la vuelta. Y le tiró algo.
No era una flecha. Era una bolsa. Una bolsa de cuero que pasó por encima de Ikki, girando, y cayó en el tejado detrás de él, y se abrió, y de ella salieron rodando por las tejas, brillando a la luz de la luna, monedas. Oro. Decenas.
Ikki las miró. Un segundo.
Y ese segundo Sevrik lo usó. Porque cuando Ikki levantó la cabeza, la sombra flaca ya no estaba en el tejado de enfrente.
Estaba abajo, en un callejón, y en el callejón había un caballo, y en el caballo, antes de que Ikki llegara al borde, Sevrik se fue, por la calle que bajaba a la puerta del este, al galope, sin mirar atrás.
Ikki se quedó en el borde del tejado, jadeando, con las tejas doradas y la luna y la ciudad gritando abajo.
—Trampa —dijo, a nadie, con la voz rota.
Y nadie le contestó “ventaja”.
*
Bajó por donde había subido, y cuando entró al salón por la ventana de la galería, el salón ya no era un banquete. Era un cuartel.
Las mesas corridas. Los caballeros nuevos, ciento cincuenta y nueve, formados por cabaña como en el primer día, con las armaduras de colores que hacía una hora eran de fiesta y ahora eran de otra cosa.
Los maestros en el centro. Elindra pasando lista.
Y en la cabecera, el rey, sentado por fin, con el Gran Maestro un paso detrás y cuatro señores del Consejo de pie alrededor.
Y Caelvar, que también estaba, con el pelo gris perfecto y las manos limpias, con la cara de calma. Pero Alberion, que lo miraba desde la fila, con esos ojos suyos, vio que la calma de Caelvar era la de alguien que cuenta, y que lo que contaba eran los caballeros de plata. Los de Kaoryn.
Ikki llegó hasta la cabaña siete. Se puso en la fila. Y dijo, sin que nadie preguntara, mirando al frente:
—Sevrik. Se fue por la puerta del este. A caballo. Alguien lo esperaba. —Pausa—. Me tiró una bolsa de oro para que me parara.
—¿Y te paraste? —dijo Lucian.
—No. —Ikki tragó—. Pero me tardé un segundo. Y le bastó.
Alicia no dijo nada. Pero le puso la mano en el brazo, en la armadura de plata, y la dejó ahí.
*
Fue el Gran Maestro quien habló, y lo hizo delante de todos, con la voz del patio del palacio, no la de la pradera.
—Hace dieciocho años, un hombre de esta casa cruzó la línea donde terminan los mapas y volvió con un ejército.
Esta noche, ese hombre está en el puente de Orl con una vela negra en cada barco de abajo, y uno de los suyos acaba de disparar una flecha en el salón del rey.
—Pausa—. No voy a decirles que no tengan miedo.
Tengan miedo. Es lo que los va a mantener vivos.
Lo que les voy a decir es otra cosa: hace una hora eran cadetes con cuchillo.
Ahora son caballeros con espada. Y Oryndor, que lleva cuatrocientos años sosteniendo lo mismo, los necesita sosteniendo esta noche.
Miró a los maestros.
—Consejo de guerra. Ahora. En la sala del Madrún. Los cuatro maestros que quedan, el Consejo, el rey, y yo. —Miró las filas—. Y los capitanes de cada compañía.
Elindra dio un paso.
—Hierro no tiene capitán nombrado, Gran Maestro. Se nombra en un mes.
—Se nombra ahora. —El Gran Maestro miró la fila de la cabaña siete, de uno en uno, y Alberion sintió la atención que pesaba, y vio que no se detenía en él. Se detuvo en Hara—. Hara de Sylvar. Los zorros no se equivocan. Capitana de Hierro.
Hara dio el paso adelante. El paso exacto. Y no dijo nada, porque no hacía falta, y Eduart, detrás de ella, bajó la cabeza un momento, y Lucian le dio un codazo, y Eduart no se quejó.
*
Esa noche no durmió nadie. Pero a las tres de la madrugada, en el patio escondido del palacio, el de la fuente, Alberion encontró al rey.
Solo. Sentado en el borde de la fuente, con la corona de aro en la mano, mirándola. Haldric Vorensen, cuarenta y seis años, la barba gris, la cara de cansancio. Y cuando Alberion entró al patio, el rey levantó la vista y no se sorprendió.
—Sobrino —dijo.
Alberion se detuvo. Era la primera vez que lo oía de su boca, y la primera vez que lo oía de verdad, porque la otra había sido en el Abismo.
—Majestad.
—Siéntate. —Haldric señaló el borde de la fuente—.
Hace diecisiete años que quería decir esa palabra y no podía.
Lo sabía. Desde que Pestos… desde que el Gran Maestro me dijo adónde había llevado a Yira.
Lo sabía, y te vi jurar a los doce años con la mano en la piedra, y te vi cruzar delante de mí a los diecisiete con cinco espadas, y no te lo dije porque no era mío decirlo. Era de ella. —Lo miró—. ¿Te lo dijo?
—De frente.
—Bien. —El rey miró la corona—. Entonces te voy a decir lo que me toca a mí.
Mi hermano Agaton era mejor que yo. Más alto, más alegre, hablaba más.
El pueblo lo quería; a mí me respetaba. Yo era el del medio.
Y mi hermano Uclus era el más listo de los tres, y el más solo, y nadie se dio cuenta de lo solo que estaba hasta que se fue.
Esta noche vas a oír a mucha gente decir que Uclus es un monstruo.
Lo es. Pero fue mi hermano. Y lo que vino a buscar al Yermo, lo vino a buscar porque aquí no lo encontró. Eso también lo cargo yo.
Alberion no dijo nada. Pensó en Draven en el valle de las dunas. En “no hay quién movió qué; hay agua o no hay”.
—¿Qué quiere que haga? —dijo.
Haldric se puso la corona.
—Lo que te diga el Gran Maestro. —Se levantó—.
Yo soy el rey, Alberion. Él es el que sabe.
Siempre fue así. Y mañana, cuando te lleve adonde te va a llevar, escúchalo.
Porque lo que te va a dar, no se lo ha dado a nadie en diecisiete años, y lo ha estado guardando para ti desde antes de que supieras caminar.
Y se fue. Y Alberion se quedó en el borde de la fuente, con la armadura blanca que a la luz de la luna tenía un tono azul apenas, mirando el agua, hasta que el lobo, que había entrado al patio sin que nadie lo viera, se echó a sus pies.