Capítulo XXVI — La piedra, las espadas y la flecha #2
Y se apartó. Y Alberion levantó la Espada de Oryndor.
Y era liviana, y era suya, y no la volvió a dejar en la piedra, porque esa no era de la piedra: era de él.
Volvió a la fila con ella en la mano, y nadie dijo nada, porque nadie sabía qué decir, y Tessa le tomó la mano, y Ikki, al otro lado, dijo muy bajo: “Cinco. Y encima otra. Eso no vale”.
—Ya sé.
—Trampa.
—Ventaja.
*
Las armaduras las entregaron esa tarde, en la explanada del Madrún, con la ciudad entera mirando.
Hara de verde, con la hombrera del zorro.
Alicia y Lucian de blanco, uno al lado del otro, y Lucian con la sonrisa torcida mirando la suya como se mira algo que no se esperaba.
Eduart de azul, con escamas. Tessa de dorado, con la armadura que los herreros de la Academia habían terminado en la fragua de su padre, en Qasr, y con la yegua ceniza detrás.
Ikki de plata, delgada, que parecía que no protegía de nada.
Y a Alberion le dieron la suya aparte. El Gran Maestro se la entregó, en el patio escondido del palacio, sin nadie, y era blanca.
Blanca como una perla. Sin grabados. Con el peto limpio y, pequeño, un árbol.
Y cuando Alberion se la puso, en el patio, junto a la fuente, tomó un tono azul apenas, y cuando salió a la explanada, junto al Madrún, un tono verde que se fue cuando entró al sol.
—Lazarynth —dijo el Gran Maestro—. No la forjé yo.
La forjaron los cuatro guardianes del bosque, con el metal que solo ellos saben sacar, hace diecisiete años, por encargo de tu padre.
Él no la vio terminada. Yo la guardé. —Lo miró—.
Es blanca porque no es de ningún reino. Y cambia porque es de todos. Como tú.
Alberion lo miró. Y esta vez habló.
—¿Y usted?
El Gran Maestro no contestó enseguida.
—Yo no soy de ningún reino tampoco —dijo—. Pero no cambio. Eso es la diferencia entre guardar y cargar. —Se dio la vuelta—. El banquete. Te esperan.
*
El banquete fue en el salón grande del palacio, con mesas largas y antorchas y los ciento cincuenta y nueve nuevos caballeros de la Compañía de Hierro con sus armaduras de colores, y el rey, y el Consejo, y los maestros, y la ciudad entera afuera, y Alberion se sentó donde le dijeron, en la mesa de los ocho, que eran siete, y vio que Lucian había puesto, delante de la silla vacía del final, un cuenco. Vacío. Y un fruto de fuego.
Nadie dijo nada hasta que el rey terminó de hablar. Y entonces Lucian se levantó, con la armadura blanca, con la jarra en la mano, y dijo, al salón entero, con la voz del patio del puerto:
—Por Bastos de Dūn. Que no sabía nadar y no le importaba. Que pegaba primero y tenía razón. Y que no está aquí porque se puso en medio.
Y el salón, que no sabía quién era Bastos, se levantó y dijo “por Bastos”, y los seis bebieron, y Hara tenía la cara de piedra con algo debajo, y Eduart apuntó, y Alicia se rio bajito con los ojos mojados, e Ikki dijo “mañana sí vale” en voz alta y nadie entendió salvo seis, y Tessa, sentada al lado de Alberion con la armadura dorada, levantó la copa, y la miró, y lo miró a él.
—¿Qué? —dijo Alberion.
—Nada. —Tessa tenía la cara roja debajo de las pecas, y los dientes, y los ojos que ya no tiraban piedras—. Que en el Abismo te vi en la puerta de la fragua diciéndome que me quedara, y lo eché con un martillo. Y que si el de verdad me lo dice alguna vez, también lo echo.
—No te lo voy a decir.
—Ya sé. Por eso bebo. —Bebió—. Y porque me gustan tus ojos. Ya te lo dije. No me hagas repetirlo.
Alberion la miró, y pensó que era bella, y que iba a pensarlo siempre, y bebió.
*
El mensajero entró cuando el vino iba por la segunda vuelta.
Era un jinete de capa azul, de los que leían el Llamado en las aldeas, pero venía sin pergamino y con la cara gris, y cruzó el salón entero hasta el rey sin que nadie lo detuviera porque nadie detiene a alguien con esa cara.
Se inclinó. Le habló al oído. Y Alberion, que tenía buenos ojos, vio la cara del rey cambiar, y vio al Gran Maestro, un paso detrás, cerrar los ojos un segundo, como en el patio cuando le dijo “Uclus ha vuelto”.
Haldric se levantó. El salón se calló.
—Orl —dijo—. El pueblo de la frontera. Hace tres horas, el fuego de la torre se volvió a encender.
—Pausa—. No lo encendió nadie nuestro. Y debajo del fuego, en la isla, hay un ejército.
Y una vela negra en cada barco del puerto de abajo.
Y en el puente de Orl, con una capa gris, un hombre que hace diecisiete años juramos que no existía.
Miró el salón. Los ciento cincuenta y nueve caballeros nuevos. Los maestros. El Consejo.
—Uclus Vorensen. Mi hermano. —La voz no le tembló—. Ha vuelto.
Y en el silencio que vino después, Alberion vio tres cosas, con esos ojos suyos, en el orden en que las vio.
Vio a Caelvar, el señor del aire, el del pelo gris perfecto y las manos limpias, que no se había sorprendido. Que había bajado la vista un segundo antes de que el rey hablara, como quien ya sabía.
Vio que en la mesa de las cabañas tres y cuatro, donde debía estar, la silla de Sevrik estaba vacía.
Y vio, en la galería alta del salón, entre dos antorchas, en la sombra, algo que se movía. Una forma delgada, encapuchada. Un brazo que subía. Y en el brazo, una cuerda tensa.
—¡Abajo! —gritó, y se tiró sobre Tessa.
La flecha pasó por donde había estado su cabeza. Negra, de asta negra, de punta negra, con un signo grabado. Y se clavó, hasta la mitad, en el respaldo de la silla vacía del final de la mesa, donde Lucian había puesto un cuenco vacío y un fruto de fuego.
Y el salón estalló.
FIN DE LA PARTE I