Capítulo XXVI — La piedra, las espadas y la flecha
Capítulo XXVI — La piedra, las espadas y la flecha
La piedra de las espadas no está en Aurenthal. Está detrás.
Detrás de la muralla, detrás del Madrún, en el borde donde la explanada se acaba y empieza el Bosque Sagrado, hay un claro que nadie pisa salvo un día al año.
En el claro hay una roca. Gris, grande como una casa de Valdyr, lisa por arriba como si la hubieran pulido, con la superficie a la altura del pecho de un hombre.
Y en la roca, clavadas hasta la mitad de la hoja, cinco espadas.
Blanca. Dorada. Azul. Verde. Plateada. Con las empuñaduras hacia el cielo.
Llevan ahí desde que los cinco reyes las clavaron en la tierra y la tierra se hizo piedra para guardarlas, y en cuatrocientos años nadie las ha sacado.
Se levantan. Se sostienen un momento. Y se vuelven a dejar.
La espada que uno puede levantar le dice de qué reino es.
Las que no puede, no se mueven, por mucho que tire.
Y detrás de la roca grande, un poco más alta, hay otra. Más pequeña. Lisa. Vacía.
Nadie sabe para qué está.
*
La Compañía de Hierro llegó al claro al amanecer, ciento sesenta y nueve, con el uniforme gris y la cinta y las medallas en el brazo, y se formó en filas delante de la roca. Y delante de la roca, esperando, estaban los que tenían que estar.
El rey Haldric, con la corona de aro y la barba gris, de pie, sin trono.
Los cinco señores del Consejo. Tharion, con la armadura blanca, enorme, quieto.
Kael, con la dorada, con los brazos cruzados.
Aurelia, de verde, con un zorro de lucero a los pies.
Aerion, de plata, mirando un poco por encima.
Elindra, de gris, a un lado. Y un hueco donde debía estar el azul, que nadie ocupaba, y que todos miraban sin mirar.
Y un paso detrás del rey, con una túnica que esa mañana era del gris blanco de la escarcha, sin espada, con las manos cruzadas delante, el Gran Maestro.
Alberion lo miró. Y el Gran Maestro lo miró. Y ninguno dijo nada, y los dos sabían lo que sabían, y la mañana siguió.
*
Fue Tharion quien habló, porque había sido el primero.
—Hace cinco años les dije que algunos de ustedes creían conocer el frío.
—La voz venía de abajo, como siempre—. Ahora lo conocen.
Y el sol. Y el agua. Y el bosque. Y el aire.
Y conocen lo que hay más allá de todo eso, en el Abismo, que es lo que cada uno lleva adentro.
Hoy no les voy a enseñar nada. Hoy la piedra les va a decir quiénes son.
Pasen de a uno. Pongan la mano. Levanten lo que puedan. Y déjenlo donde estaba.
Pasaron.
De a uno, cabaña por cabaña, durante toda la mañana.
Un muchacho de Thalassar que levantó la azul y lloró.
Una muchacha de Valdyr, Brenna, la hija del herrero de la aldea de Alberion, que había pasado cuatro años en la Compañía de Acero y que ese año, por decisión del Consejo, se graduaba con Hierro; levantó la blanca sin esfuerzo, como se levanta un yunque pequeño, y Tharion asintió una vez.
Un muchacho de Kaoryn que puso la mano en la plateada y la plateada no se movió, y probó la verde, y la azul, y ninguna, y se quedó de pie delante de la roca con la cara blanca, y Aerion se acercó y le dijo algo al oído, y el muchacho asintió y volvió a la fila sin medalla y sin espada, y nadie lo miró, y nadie dijo nada.
Era así. Casi todos levantaban una. Algunos ninguna. Y en cuatrocientos años, les había contado Eduart la noche anterior, solo nueve habían levantado dos, y tres habían levantado tres, y el último de esos tres había sido hacía ciento veinte años, y había muerto en una guerra que ya nadie recordaba.
Nadie había levantado cuatro.
*
La cabaña siete pasó a media mañana.
Hara fue primero, porque daba el paso exacto.
Puso la mano en la verde. La levantó: una espada de hoja verde oscura, con vetas como corteza, que en su mano pareció pesar nada.
La sostuvo. La miró. Y la dejó. Probó la blanca: no se movió.
La dorada: no. Y Aurelia, con el zorro a los pies, se adelantó, y le puso en el brazo izquierdo la hombrera verde que Hara llevaba un año guardada, y no dijo nada, porque no hacía falta.
Alicia fue después. Pequeña, con las manos pequeñas. Y puso la mano en la blanca. Y la blanca subió.
Hubo un murmullo. Alicia era de Thalassar; todos esperaban la azul. Pero la blanca subió en su mano, una hoja de hielo viejo con un fondo azulado, y Tharion, que no cambiaba nunca la cara, la cambió, y dijo, con la voz de abajo:
—Claridad. La nieve no es frío. Es claridad. —Y miró a Alicia—. Ves lo que nadie ve. Es tuya.
Eduart levantó la azul. Lo hizo despacio, como hacía todo, y cuando la tuvo en la mano, una hoja azul de mar profundo con escamas en el filo, miró el hueco donde debía estar Malrik, y bajó la cabeza, y después la levantó, y la dejó en la piedra.
Tessa levantó la dorada. No la tocó: la agarró, como se agarra una rienda, y la dorada subió con un sonido de arena, y Kael soltó una carcajada que hizo callar al claro y dijo “¡de Qasr!”, y Tessa se puso roja debajo de las pecas y miró a Alberion, un segundo, y la dejó.
Ikki levantó la plateada antes de que nadie dijera su nombre, de un tirón, y Aerion dijo “ya lo sabía” sin bajar la voz, y la hoja de plata mate brilló en la mano de Ikki como el aire sobre los barrancos, e Ikki la miró, y miró a Alicia, y la dejó.
Y Lucian.
Lucian se acercó a la roca, con la sonrisa torcida puesta, y todos esperaban la azul, porque era del mar, porque había crecido en el puerto, porque el bote Bastos había sido suyo. Puso la mano en la azul. Y la azul no se movió.
Lucian se quedó quieto. La sonrisa se le fue. Probó otra vez. Nada.
Y entonces, sin que nadie se lo dijera, movió la mano a la blanca. Y la blanca subió.
El claro se quedó en silencio. Y Lucian miró la espada de hielo en su mano, y después miró a Tharion, y Tharion lo miró de vuelta, y el Caballero de la Nieve volvió a hablar sin que nadie le preguntara:
—Hace tres años, en el borde del bosque, le prometiste una cosa a un muchacho de Zareth que se moría. No sé qué fue. Pero sé que la nieve guarda. La nieve es lo que no se derritió. —Miró la espada—. Es tuya. Y lo que prometiste, lo vas a cumplir desde Valdyr.
Lucian no dijo nada. Pero dejó la espada en la piedra con las dos manos, con el cuidado con que Tharion dejaba las piezas de su armadura, y volvió a la fila, y Hara le puso una mano en el hombro un segundo.
*
Draven pasó. Puso la mano en la dorada. No se movió. En la blanca. En la azul. En la verde. En la plateada. Ninguna. Se quedó de pie delante de la roca con las manos abiertas, y Kael no se acercó, y nadie le dijo nada al oído, y Draven volvió a la fila con la cara de quien ya sabía.
Sevrik pasó. Lo mismo. Y nadie lo miró.
Y entonces Elindra dijo:
—Alberion de Valdyr.
*
Alberion caminó hasta la roca con el lobo a diez pasos, que se detuvo en el borde del claro y se sentó, y con el anillo de su padre y la pluma del pastor en el bolsillo de la flor del abrigo de su madre, que llevaba puesto aunque hacía calor, y se quedó de pie delante de las cinco espadas.
Y miró. Con esos ojos suyos.
Y vio lo que nadie había visto en cuatrocientos años: que las cinco espadas tenían vetas. Como el hielo. Como la arena. Como el mar y el bosque y el aire. Y que las vetas de las cinco iban hacia el mismo sitio. Hacia atrás. Hacia la roca pequeña, lisa, vacía, que estaba detrás.
Puso la mano en la blanca. Subió.
La sostuvo. La dejó.
Puso la mano en la dorada. Subió.
El claro hizo un ruido. Alberion no lo oyó. Dejó la dorada. Puso la mano en la azul. Subió. La dejó. La verde. Subió. Tharion había dado un paso adelante sin darse cuenta. Kael se había descruzado de brazos. El rey tenía la boca abierta. La dejó. Y puso la mano en la plateada.
Y subió.
Cinco. Y nadie en el claro respiraba, y Alberion dejó la plateada en la piedra, y las cinco espadas quedaron clavadas como siempre, con las empuñaduras al cielo, y él se quedó de pie delante de ellas con las manos vacías.
Y detrás, en la roca pequeña, lisa, vacía, que nadie sabía para qué estaba, apareció una espada.
No salió de ningún sitio. Estaba. Clavada hasta la mitad en la piedra que llevaba cuatrocientos años sin nada.
Una hoja clara, sin color, o con todos, que en la luz de la mañana parecía blanca y en la sombra del Madrún parecía de un gris plata, y con una empuñadura sin adornos, de cuero liso, sin grabados, sin nada.
El Gran Maestro habló. Por primera vez en la mañana. Con una voz que no era la de la ceremonia ni la del patio del palacio. Era la de la pradera.
—Es la Espada de Oryndor —dijo—. La forjaron antes que las cinco.
Cuando los cinco reyes clavaron sus espadas en este campo, lo que hizo crecer el Madrún no fue la tierra.
Fue esto. —Caminó hasta la roca pequeña.
No tocó la espada—. Dicen que para forjarla, cien dragones juntaron su fuego en una sola llama, y que el hierro vino de las cinco montañas de Oryndor, y que el agua del temple fue de los cinco mares, y que la empuñadura la hizo con sus manos el primer rey del bosque, que no sabía forjar y por eso la hizo sin adornos.
Dicen muchas cosas. Lo que se sabe es esto: solo aparece para quien levanta las cinco.
Y nadie había levantado las cinco. —Miró a Alberion—.
Es tuya. Y no la vas a usar. Hasta que tengas que usarla.
Y cuando la uses, vas a saber lo que cuesta.
Alberion no se movió.
—¿Qué cuesta?
El Gran Maestro lo miró, y en los ojos tenía la lámpara que estaba detrás, y la atención que pesaba, y por debajo, por primera vez, algo que en otro hombre se habría llamado miedo.
—Lo que le costó a tu padre —dijo.