Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo XXV — El Abismo
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Capítulo XXV — El Abismo

Capítulo XXV — El Abismo

Se despertó en Aurenthal.

En su cama. En una cama grande, de madera oscura, en un cuarto de piedra dorada con una ventana alta por la que entraba el sol de la mañana, y en la pared de enfrente, colgada, una armadura. Blanca como una perla. Sin grabados. Con el peto limpio, y en el peto, pequeño, un árbol.

Alberion se sentó. Le dolía la cabeza como después del tarn.

Se miró las manos: eran las suyas, con las cicatrices de la cuerda.

Se tocó el pecho, el abrigo de su madre…

y no llevaba el abrigo. Llevaba una camisa de lino fino que no era suya.

Y el bolsillo de la flor, con el anillo y la pluma, no estaba.

Se levantó. Fue a la ventana. Y abajo, en la explanada del Madrún, había gente. Miles. Gritando. Y lo que gritaban, cuando lo oyó bien, era su nombre.

Llamaron a la puerta.

*

Era el rey. Haldric Vorensen, con la barba gris y la corona de aro simple, entrando en el cuarto con una sonrisa cansada y unos brazos abiertos que Alberion no había visto nunca.

—Sobrino —dijo—. Despertaste. Los médicos decían que tardarías más.

—¿Qué…? —Alberion buscó las palabras—. ¿Dónde están los demás? ¿La columna? Uclus estaba…

—Uclus está muerto. —Haldric lo dijo con la calma de quien repite una noticia vieja—.

Lo mataste tú. Hace tres días, en el borde del bosque.

Con esto. —Señaló la armadura—. La Compañía te trajo en una carreta.

Fue… —Sacudió la cabeza—. No sé cómo lo hiciste.

Nadie lo sabe. Pero lo hiciste, y Oryndor está salvado, y la gente de ahí abajo quiere verte.

—Le puso una mano en el hombro—. Y yo quiero darte lo que es tuyo.

—¿Qué es mío?

Haldric sonrió.

—Todo, Alberion. Eres hijo de Agaton. Eres de la Casa Vorensen. Yo no tengo hijos. —Pausa—. El trono.

*

Lo que siguió fue un día entero, y fue el día más feliz de la vida de Alberion, y en algún lugar muy adentro, debajo de la felicidad, algo no encajaba, y no sabía qué.

Lo vistieron. Le pusieron la armadura blanca, que le quedaba como si la hubieran hecho para él, y que al pasar por el patio del palacio, junto a una fuente, tomó un tono azul apenas, y al salir a la explanada, junto al Madrún, un tono verde que se fue cuando entró al sol.

Lo sacaron al balcón. Y la gente gritó, y gritó, y Alberion levantó la mano como había visto hacer al rey, y la gente gritó más.

Lo llevaron al salón del Consejo. Los cinco señores de pie, Aquilon, Thalwyn, Valemont, Sylvaris, Caelvar, y el rey, y un trono vacío al lado del trono del rey, y Haldric dijo “siéntate”, y Alberion se sentó, y era cómodo.

Y fue en el salón del Consejo donde buscó al Gran Maestro, y no estaba.

—¿Y Althoren?

—¿Quién? —dijo Haldric.

Alberion lo miró.

—El Gran Maestro. El que guarda los libros.

Los cinco señores se miraron. Y Caelvar, el del pelo gris perfecto y las manos limpias, dijo con su calma:

—Alteza, el Gran Maestro murió hace diecisiete años, con su padre. Nadie ha ocupado el puesto desde entonces.

Alberion se quedó quieto en el trono. Y lo que no encajaba, debajo de la felicidad, se movió un poco, como una veta bajo el hielo.

*

Esa noche hubo banquete, y en el banquete estaban todos.

Hara, con una armadura verde y una hombrera con un zorro, sentada al lado de Eduart, con una armadura azul, los dos riéndose de algo. Lucian de blanco, bailando. Alicia de blanco también, pequeña, con un libro en el regazo, y a su lado Ikki de plata, mirándola como la miraba siempre. Y Tessa.

Tessa, con una armadura dorada, sentada a su derecha, en el sitio de la reina, con el pelo rojo-rubio suelto y las pecas y los dientes, mirándolo como si lo hubiera esperado toda la vida.

—Vuelve —le dijo, y le tomó la mano—. Me lo prometiste. Y volviste.

—Volví.

—Con la cara.

Alberion la miró. Y la cara de Tessa era la de Tessa, y la mano era la de Tessa, y lo que no encajaba se movió otra vez, y esta vez supo qué era.

Faltaba uno.

Miró la mesa. Hara, Eduart, Lucian, Alicia, Ikki, Tessa. Seis. Y en el banquete de la victoria, en el salón del rey, con todos los que había querido en cinco años sentados alrededor, nadie había dicho “por Bastos”. Nadie había puesto un cuenco vacío. Nadie había levantado una jarra.

—Tessa —dijo—. ¿Dónde está Bastos?

Tessa lo miró con esa cara que ponía cuando algo estaba mal hecho.

—¿Quién?

*

Alberion se levantó de la mesa. Despacio. Con la armadura blanca que ahora, en el salón, tenía un tono dorado por las antorchas. Y miró a los seis, uno por uno, y los seis lo miraban con amor, y ninguno sabía quién era Bastos.

—Bastos de Dūn —dijo—. Cabaña siete. Nos agarró de los tobillos en el hielo. Dio su agua en el desierto. Se puso delante en el bosque. —La voz le salía rota—. Lucian. Te dijo algo al oído. Le prometiste una cosa.

Lucian sonrió, con la sonrisa entera, sin nada torcido.

—Alberion, no sé de qué hablas. Siéntate. Es tu noche.

Y Alberion entendió.

No lo pensó. Lo vio, con esos ojos suyos, como veía el viento: debajo del banquete, debajo del trono, debajo de la armadura blanca y del rey que lo llamaba sobrino, había algo que no era real, y lo que lo delataba no era ninguna cosa grande.

Era que un mundo donde Bastos no había existido no era un mundo que él quisiera, por mucho trono que tuviera.

—No —dijo, al salón entero—. No es mi noche. Esta noche no existe.

Y el salón se apagó.

*

Se despertó en una duna.

De noche. Con la arena fría. Con el lino claro de Zareth y el turbante, y un odre vacío en la mano, y a su lado, sentado en la arena, Draven.

Draven lo miraba. Tenía la cara bonita y dura, y los labios partidos de sed, y en las manos, oro.

Monedas. Un puñado. Y detrás de él, en el valle entre dos dunas, a la luz de la luna, un pozo.

Un pozo de piedra, y alrededor del pozo, derramado, brillando, oro.

Montañas. Cofres abiertos. Más oro del que Alberion había visto en su vida.

—Lo encontré —dijo Draven. Tenía la voz rota—. Está ahí. Es de verdad. Lo toqué. —Levantó las monedas—. Hay suficiente para comprar Zareth. Para comprar el Consejo. Para no tener que levantar ninguna espada ni pedir permiso a nadie nunca más.

Alberion miró el pozo. Miró el oro. Y miró, con esos ojos suyos, lo que había debajo: que el pozo no tenía agua. Que el oro estaba donde debía estar el agua. Y que Draven, con los labios partidos, estaba eligiendo.

—No hay agua, Draven.

—No necesito agua. —Draven se levantó, con las monedas en las manos—. Necesito esto. ¿No lo ves? Con esto nadie me vuelve a decir “la piedra sabe”. Con esto la piedra soy yo.

Y caminó hacia el pozo. Y Alberion gritó su nombre, y Draven no se volvió, y llegó al oro, y se arrodilló, y metió las manos, los brazos, hasta el pecho, y se quedó ahí, con la cara contra las monedas, bebiendo lo que no se podía beber.

Y a diez pasos, en la sombra de la duna, Alberion vio a Sevrik.

Sevrik no miraba el oro. Miraba a Draven.

Con los ojos pequeños y rápidos. Y a su lado, de pie, había un hombre de cuero negro con capucha, que le hablaba al oído, y Sevrik escuchaba, y asentía, y en un momento señaló a Draven, al que había seguido cinco años como se sigue a alguien que no se vuelve a mirar, y dijo algo, y el hombre de negro le puso en la mano una bolsa, y Sevrik se la guardó, y se fue por la cresta de la duna sin mirar atrás.

—Sevrik —dijo Alberion. No fue un grito. Fue un nombre dicho a un hueco.

Sevrik no se volvió.

Y la duna se deshizo.

*

Se despertó en el claro.

El claro del gigante. El del arroyo. Con los árboles rotos, y la luz verde, y el olor a sangre. Y en el centro, de pie, con las pieles cosidas y la mano levantada, el gigante. Y debajo de la mano, con los brazos abiertos, gritando, Bastos.

—¡NO SUELTES, QUE TE TENGO!

Alberion corrió.

Corrió como no había corrido en el tarn, como no había corrido en la carrera de Ikki, con todo lo que tenía, los tres pasos, los diez, y llegó antes de que la mano bajara, y se puso delante de Bastos, y lo empujó, y la mano bajó sobre él.

No dolió. Eso fue lo raro. La mano le cayó encima y no dolió, y se encontró en el suelo, mirando hacia arriba, y Bastos estaba de pie, entero, con la cara enorme y los ojos muy abiertos, vivo.

—Alberion. —Bastos se arrodilló—. Alberion, ¿qué hiciste?

—Te tengo —dijo Alberion, y se rio, y le salió sangre de la boca.

Y entonces oyó otra voz. Detrás. En el borde del claro.

—Puedes elegir.

Era una mujer. Alta, sin edad, con una túnica gris y una sonrisa que no era de alegría sino de aviso, y Alberion la miró y supo, sin que nadie se lo dijera, que no era de Oryndor y que no era del Yermo, y que estaba ahí desde antes que las dos cosas.

—Puedes elegir —repitió—. Él vive, y tú te quedas aquí. O tú vuelves, y él se queda donde estaba. No hay tercera. Nunca hay tercera.

Alberion la miró. Miró a Bastos, de rodillas, vivo, con las manos de piedra sobre su pecho, llorando, Bastos que no lloraba nunca.

Y pensó en lo que Malrik había dicho de los muertos en Thalassar. Que no se entierran. Que se sueltan. Y pensó en Tessa, en el muro, diciendo que son dos cosas distintas, el caballo y el hoyo. Y pensó en Lucian en el patio del puerto con la jarra levantada y la cara mojada.

—No —dijo, con lo que le quedaba—. No es de verdad. Él se murió. Yo lo vi. Y si lo cambio por mí, lo que vuelve no es él. Es una cosa que yo quiero que sea él. —Miró a Bastos—. Y él no lo querría. Él no se puso delante para que yo me pusiera delante después.

Bastos lo miró. Y sonrió, con la boca llena de sangre que no era suya, y dijo:

—Mañana sí vale.

Y el claro se apagó.

*

Lo que vieron los otros, cada uno en su propio Abismo, no lo supo Alberion hasta mucho después, y no todos lo contaron.

Hara se vio en el salón del Consejo, con la silla de Sylvar, y a su madre viva en la puerta diciéndole que la casa la necesitaba más que el bosque; y dijo que no, porque los zorros no estaban en el salón.

Eduart se vio en una biblioteca que no terminaba, con todos los libros del mundo, y una voz que le decía que podía quedarse a leerlos todos si no volvía a cerrar un cuaderno; y cerró el cuaderno, y volvió.

Lucian se vio en un barco, suyo, con una tripulación que lo adoraba y un puerto donde nadie había muerto nunca, y Bastos en la proa, vivo, diciéndole “no tienes que hacer lo que me prometiste, quédate”; y Lucian dijo que sí tenía, porque se lo había prometido a un muerto y las promesas a los muertos son las únicas que no se negocian.

Alicia se vio en la biblioteca invisible, sola, con la lámpara, con una voz que le decía que podía saber todo lo que había en los libros sin tener que mirar a nadie nunca más, y que nadie la miraría tampoco; y Alicia dijo que no, porque había alguien que la miraba y que ella fingía no ver, y que iba a dejar de fingir.

Tessa se vio en Qasr, en la fragua de su padre, con un caballo que no se había caído en ningún hoyo, y con Alberion en la puerta diciéndole que se quedara, que no fuera a ninguna guerra, que él iría solo; y Tessa le dijo al que decía ser Alberion que el Alberion de verdad nunca le habría pedido eso, y lo echó de la fragua con un martillo.

E Ikki se vio en un puente de Kaoryn. Solo. Con Alberion al otro lado. Y una voz que le decía que esta vez podía ganar la carrera, la última, la de verdad, y que para ganarla solo tenía que no volverse cuando Alberion cayera. Y Alberion cayó. E Ikki se volvió.

—Trampa —dijo, en el aire, cayendo detrás de él.

Y los dos se fueron a la vez.

*

Se despertaron en el claro de los refugiados.

Los cincuenta. Tirados en el pasto, en círculo, como después de una pesadilla, con los cuchillos negros al lado y las espadas sin filo, y el sol bajando, y ninguna columna, ninguna carreta, ningún niño, ningún viejo.

El claro vacío. Y de pie en medio, con el uniforme gris sin un pliegue fuera de sitio, Elindra.

Y detrás de ella, la mujer de la túnica gris. Sin edad. Con la sonrisa de aviso.

—Se llama Lyareth —dijo Elindra—. Es la guardiana del Abismo.

Está aquí desde antes de Oryndor y va a estar después.

No había columna. No había Vey. No había Uclus en la llanura.

Todo lo que vivieron desde que la libélula llegó a la Mesa fue el Abismo, y ustedes lo armaron solos, cada uno con lo que tenía adentro.

—Los miró—. Es la última prueba. Siempre fue la última prueba.

No se la contamos porque no se puede contar: se pasa o no.

Nadie habló. Alberion miró alrededor. Buscó. Hara, Eduart, Lucian, Alicia, Ikki, Tessa. Seis. Vivos, con la cara de quien ha vuelto de muy lejos. Buscó más. Cuarenta y tantos cadetes sentándose, mirándose las manos.

Y dos que no se levantaban.

Draven, tirado de espaldas en el pasto, con los ojos abiertos, mirando el cielo, con las manos cerradas sobre nada. Y Sevrik, sentado, abrazándose las rodillas, con la cara en los brazos.

Lyareth los miró. Y después miró a los demás.

—El que se bañó en oro, sigue en el oro —dijo, con una voz que no era de Oryndor—. El que vendió a su compañero, ya lo vendió. No les hagan daño. No les hablen de esto. Ellos saben lo que hicieron, y lo van a saber cada día. —Pausa—. Lo demás no es asunto de ustedes. Es asunto de la piedra.

Y se fue, hacia el bosque, y no la volvieron a ver.

*

Elindra los puso en pie. A los cincuenta. A los dos también, que se levantaron sin que nadie los ayudara y se pusieron en fila sin mirar a nadie, y nadie los miró, porque Lyareth lo había dicho y porque, de pronto, no hacía falta: cada uno sabía lo suyo.

—Mañana al amanecer —dijo Elindra—. En Aurenthal. La piedra de las espadas. Los maestros estarán. El rey estará. Y el Gran Maestro. —Miró a Alberion—. Vayan a dormir. Y no se lo cuenten. Lo que vieron es de ustedes.

Esa noche, en el campamento, los siete se sentaron alrededor de la fogata y no se contaron nada.

Pero Tessa se sentó pegada a Alberion sin dejar un dedo de espacio, y Lucian se sentó mirando la fogata con la sonrisa torcida puesta y los ojos mojados, y Hara apoyó la cabeza en el hombro de Eduart delante de todos y nadie dijo nada, e Ikki, que había caído detrás de Alberion de un puente de Kaoryn en un mundo que no existía, se sentó al lado de Alicia.

—Oye —dijo, muy bajo.

Alicia lo miró. Con esos ojos grises que lo veían todo.

—Ya sé —dijo—. Desde la loma.

Ikki abrió la boca. La cerró.

—¿Desde la loma?

—Yo miro. Es lo que sé hacer. —Alicia le tomó la mano, pequeña—. Pero esta vez me gustaría que lo dijeras tú.

Ikki tardó. Ikki, que decía todo lo que no debía y nada de lo que debía. Y al final no lo dijo. Hizo otra cosa: se acercó, y le puso la frente contra la frente, y se quedó así, y Alicia cerró los ojos.

Y Alberion, al otro lado del fuego, lo vio con esos ojos suyos, y pensó que había visto a Bastos vivo hacía unas horas y había dicho que no, y que esto, en cambio, era de verdad, y que por eso valía.