Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo XXIV — La última misión
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Capítulo XXIV — La última misión

Capítulo XXIV — La última misión

La orden llegó a la Mesa en una libélula azul de Aurenthal, con el sello del Madrún, y Elindra la leyó a la Compañía formada al amanecer, en el borde sur, con el viento subiendo de los barrancos.

—“Por orden del Rey y del Gran Maestro. La Compañía de Hierro, en su quinto año, cumplido el aprendizaje del aire, marchará al poblado de Vey, en la frontera norte de Kaoryn, donde una columna de refugiados de los pueblos de la frontera espera escolta hasta Aurenthal. La Compañía protegerá a la columna durante el viaje. Los maestros no acompañarán: la Compañía va a cargo de la capitana Elindra y de sus propios cadetes. Es la última misión antes de la piedra”.

Dobló el pergamino.

—Cabañas uno a diez, como en Orl; las demás se quedan con Aerion.

Vey está a dos días a pie, por los puentes del norte.

Son familias. Viejos, niños, gente que lo ha perdido todo.

Los llevamos a Aurenthal por el camino del acantilado y el Bosque.

Diez días. Sin guardabarrancos: la gente no vuela.

—Los miró—. Es lo que van a hacer el resto de su vida. Empieza hoy.

Nadie preguntó por qué los maestros no iban.

Aerion había dicho dos meses, y faltaban dos semanas, y una columna de refugiados en la frontera era exactamente lo que cincuenta cadetes de dieciséis años estaban hechos para escoltar.

Alberion lo pensó un momento, con esos ojos suyos, buscando lo que había debajo.

Y no vio nada. O vio, y no supo que lo veía.

*

Vey era un pueblo de montaña, en la última isla hacia el norte, y cuando la Compañía llegó, al atardecer del segundo día, la columna ya estaba formada en la plaza: unas doscientas personas, con carretas, con cabras, con lo que habían podido cargar.

Mujeres con niños en brazos. Viejos sentados en el borde de las carretas con la cara de quien ya no espera nada.

Hombres de pie, callados, con la mirada hacia el este, hacia la niebla.

Y entre ellos, un hombre que no era de Vey.

Alberion lo vio al entrar en la plaza. Estaba de pie junto a una carreta, alto, con una capa de viaje gris, con el pelo oscuro y una cara que no era de campesino: era una cara de alguien acostumbrado a que lo miraran.

Y lo que Alberion vio no fue eso. Fue que el hombre no miraba hacia el este como los demás.

Miraba hacia la Compañía. Y cuando sus ojos encontraron los de Alberion, se detuvieron.

Un segundo. Y después el hombre sonrió, levemente, y se dio la vuelta, y se perdió entre la gente.

—¿Quién era ese? —le preguntó a Elindra.

—¿Cuál?

Alberion buscó. No estaba.

—Nadie —dijo—. Me pareció.

*

Salieron al amanecer. Doscientas personas, cincuenta cadetes, por el puente del norte y después por el camino del acantilado, el de un paso de ancho, que bajaba en zigzag hasta el mar.

Alberion iba delante, porque iba delante desde Valdyr.

Hara mandaba la retaguardia con los zorros de lucero asomando de la mochila.

Lucian y Eduart iban en los flancos. Alicia iba con los niños, porque los niños la seguían sin que ella hiciera nada.

Tessa iba a caballo, en la yegua ceniza, de arriba abajo de la columna, viendo que nadie se quedara atrás, porque en el desierto quedarse atrás era la única manera de morirse y Tessa no había olvidado eso.

E Ikki iba por arriba, por las cornisas, por donde iban las cabras del vacío, viendo lo que no se veía desde el camino.

El primer día fue bueno. Bajaron el acantilado sin perder a nadie.

Acamparon en la playa, al pie, con fogatas, y Lucian hizo reír a los niños con la historia de un hombre de Dūn que comió seis frutos de fuego y se despertó en otra duna, y Alberion, sentado en la arena con Tessa, miró la columna, las fogatas, las caras cansadas, y pensó que esto era lo que su madre le había contado de los caballeros: no las armaduras. Esto.

—¿En qué piensas? —dijo Tessa.

—En que en diez días levantamos una espada o no.

—Vas a levantar una.

—No sé.

—Yo sí. —Tessa miró el fuego—. Y yo también. La del desierto. Y después me voy a Zareth y tú te vas a donde te manden, y nos vamos a ver en las fiestas de Aurenthal dos veces al año como todos los caballeros. —Lo dijo rápido, como tiraba las piedras—. A no ser que…

—¿A no ser que qué?

Tessa se puso roja debajo de las pecas. No contestó. Y Alberion, que tenía buenos ojos, vio lo que ella no decía, y le tomó la mano, y dijo:

—A no ser que no.

Y ella se rio, con los dientes grandes, y él pensó que le gustaban, y por primera vez en cuatro años lo dijo.

—Me gustan tus dientes.

Tessa dejó de reírse.

—¿Qué?

—Tus dientes. Desde la loma. Draven dijo lo del sol y yo pensé: tiene los dientes grandes, y me gustan. No sabía por qué. Ahora sí.

Tessa lo miró un momento largo, con la cara que ponía cuando no soportaba ver algo mal hecho, y esta vez no era eso.

—Eres el muchacho más raro de Oryndor —dijo.

—Ya sé.

—Y me gustan tus ojos. Desde la loma también. —Pausa—. Ahora cállate.

Y lo besó. En la playa, con las fogatas, con doscientos refugiados y cincuenta cadetes alrededor y ninguno mirando porque Alicia, que lo había visto venir desde el desierto, había hecho que los niños cantaran en ese momento exacto.

*

El segundo día fue el camino de la costa.

El tercero, el borde del bosque. Y el cuarto, al amanecer, cuando la columna estaba en el límite norte del Bosque Sagrado, en el mismo borde donde tres años antes ocho muchachos de catorce habían encontrado un establo quemado, Ikki bajó de un árbol con la cara blanca.

—Vienen.

—¿Quién?

—No sé. Muchos. Por el norte. A pie. —Ikki señaló—. Y traen algo grande.

Elindra no dudó. Elindra, que no había dicho una palabra de más en su vida, dio diez órdenes en diez segundos: la columna adentro del bosque, por la senda del tapir que Eduart había cartografiado; las carretas en círculo en el primer claro; los niños y los viejos en el centro; y los cadetes, cincuenta, en el borde, con los cuchillos negros y las espadas de hierro sin filo que habían traído por costumbre, y nada más.

Y después miró a Alberion.

—Ve a ver.

*

Alberion fue. Solo, con el lobo, por la senda hacia el norte, hasta la última fila de árboles antes de la llanura, y se asomó.

Y vio.

Eran doscientos. Hombres de cuero negro, con capuchas, caminando en silencio por la llanura hacia el bosque, sin prisa, sin formación, como una mancha que se extiende.

Hombres que no gritaban. Y entre ellos, detrás, dos gigantes con pieles cosidas y un hombre con látigo al lado de cada uno.

Y delante de todos, a caballo, con una capa de viaje gris y el pelo oscuro, el hombre de la plaza de Vey.

Alberion lo miró con esos ojos suyos. Y el hombre, a doscientas varas, levantó la cabeza como si lo hubiera sentido, y lo miró de vuelta.

Y sonrió, levemente. Y Alberion vio en esa sonrisa, con una claridad helada, lo que su madre no había querido nombrar: un hombre atractivo y frío, que miraba de un modo que ella no quería nombrar, y que tenía los mismos ojos que él.

Volvió corriendo.

*

—Doscientos —dijo, en el claro—. Hombres sin miedo. Dos gigantes. Y Uclus.

Elindra cerró los ojos. Un segundo.

—¿Cuánto?

—Media hora. Menos.

Elindra abrió los ojos. Y lo que hizo entonces, Alberion lo entendió mucho después: no mandó una libélula a Aurenthal. No mandó a nadie a buscar a los maestros. Se quedó quieta un momento, mirando a los cincuenta cadetes y a los doscientos refugiados, y después dijo, con la voz que cortaba:

—No podemos ganar. Lo saben. Lo que podemos es que la columna llegue a Aurenthal. Son seis días por la senda del tapir. Si los sostenemos aquí un día, llegan. —Pausa—. Cabaña siete. Son los que van delante. Decidan cómo.

Y se fue a poner a los viejos en las carretas, y los dejó solos.

Fue Hara quien habló primero. Y Lucian. Y Eduart, con el mapa.

Y Alicia, que dijo cuántos niños había y cuántos no podían caminar.

Y Tessa, que dijo que la yegua podía llevar a tres.

E Ikki, que dijo que por arriba, por las cornisas del borde, se podía ver venir a los doscientos y avisar.

Y Alberion, que no dijo nada hasta que todos habían hablado, y entonces dijo lo que Tharion le había enseñado en la puerta de la fortaleza: que si él veía y los demás no, él iba delante, o no iban.

—Yo me quedo —dijo—. Con los que se queden. En el borde. Los demás llevan la columna.

—No —dijeron seis voces.

—Sí. —Alberion los miró uno a uno—. Elindra dijo que los que no se sueltan se mueren juntos. Tenía razón. Y por eso hoy nos soltamos. Hara, Eduart, Alicia: la columna. Tessa, con la yegua, los que no caminan. Lucian, Ikki: conmigo.

Tessa se le plantó delante.

—No.

—Tessa.

—No. No me mandes a la columna como si fuera una carreta. Yo decido. —Tenía la cara roja y los puños cerrados y los ojos mojados—. Me quedo.

—Si te quedas, ¿quién lleva a los niños que no caminan?

Tessa no contestó. Miró a Alicia. Miró a los niños. Y Alberion vio, con esos ojos suyos, la pelea que había visto en su madre la mañana del lobo, y vio que Tessa la perdía de la misma manera.

—Vuelve —dijo ella—. Me lo prometes.

—Con la cara —dijo Alberion. Y la puso.

*

Lo que pasó en el borde del bosque ese día no fue una batalla. Fue media hora.

Veinte cadetes en la línea de árboles, con cuchillos negros y espadas sin filo, y doscientos hombres de cuero negro que no gritaban cruzando la llanura.

Alberion en medio, viendo. Viendo que los hombres sin miedo no leían el terreno: caminaban derecho, sobre la hierba alta, sin ver las raíces.

Viendo que los gigantes no querían. Viendo que Uclus, a caballo, atrás, no avanzaba: miraba.

Y gritando lo que veía, y Lucian repitiéndolo a la línea, e Ikki desde arriba, en una rama, diciendo por dónde venían.

Y aguantaron. Aguantaron el primer choque, porque los hombres sin miedo no esquivaban y los cadetes sí.

Aguantaron el segundo. Y en el tercero, cuando los gigantes llegaron a la línea y los látigos sonaron y la primera mano bajó, y Alberion gritó “¡no quiere!” como había gritado hacía tres años, y la mano bajó igual, un cadete de la cabaña cuatro cayó, y después otro, y la línea se rompió, y Alberion se encontró con la espalda contra un árbol y a tres hombres de cuero negro delante, y a Lucian a su lado, y a Ikki cayendo de la rama encima de uno de ellos, y pensó, con esa claridad helada, que su madre le había dicho “vuelve” y que no iba a volver.

Y entonces el hombre de la capa gris, Uclus, a caballo, a cincuenta varas, levantó una mano.

Y los doscientos se detuvieron.

Todos. De golpe. Como un solo cuerpo. Los hombres sin miedo bajaron las armas. Los gigantes se quedaron quietos. Y Uclus, despacio, se acercó al borde del bosque, hasta diez varas de Alberion, y lo miró desde el caballo con los ojos que eran los suyos.

—Hijo de Agaton —dijo. Tenía una voz lenta, suave, razonable—. Te esperaba.

Alberion no contestó. Tenía el cuchillo negro en la mano y la espalda contra el árbol.

—No vengo a matarte. Hoy no. —Uclus sonrió—.

Vengo a ofrecerte algo. Lo que te ofrezco no te lo va a ofrecer nadie en Aurenthal, porque en Aurenthal no lo tienen.

—Hizo un gesto hacia atrás, hacia la llanura, hacia el este—.

Ven conmigo. Tú solo. Deja a estos. Y te doy lo que es tuyo por sangre y que ellos te robaron: tu nombre, tu casa, tu trono.

Y te doy lo que ni tu padre tuvo: un reino sin pacto. Un reino tuyo.

Silencio. El viento en las hojas. El lobo, a los pies de Alberion, con el pelo de punta.

—Y si no —siguió Uclus, con la misma voz razonable—, mis hombres entran en ese bosque, y encuentran una columna de doscientos refugiados en un claro, y no queda nadie. Ni los niños. Ni la muchacha pecosa de la yegua. —Sonrió—. Tú eliges. Tienes lo que tarda en bajar el sol.

Y dio la vuelta al caballo, y volvió con los suyos, y los doscientos se sentaron en la llanura, a esperar, sin miedo.

*

Alberion se quedó contra el árbol con el cuchillo en la mano, con Lucian a un lado e Ikki al otro, y con el sol bajando, y con una elección delante que no era de las que se hacen en una cresta de duna.

—No —dijo Lucian—. No, no, no. Ni lo pienses.

—Lo está pensando —dijo Ikki.

—Ya sé que lo está pensando. Por eso lo digo.

Alberion no los oía. Miraba la llanura. Miraba a Uclus, sentado en el caballo, esperando.

Miraba el sol. Y pensaba en doscientas personas en un claro, en Tessa con tres niños en la yegua, en Hara con los zorros, en Alicia cantando, en su madre en la puerta de una casa con una flor en la ventana.

Y pensaba en un trono. Y en un nombre. Y en un reino sin pacto, que era lo que Uclus había ido a buscar al Yermo hacía diecisiete años y lo que Agaton había muerto para cerrar.

Y pensó, con esa claridad helada, en lo que iba a hacer.

Y se despertó.