Capítulo XXIII — Alas sobre la frontera
Capítulo XXIII — Alas sobre la frontera
El pueblo se llamaba Orl, y era el último de Oryndor.
Estaba en el borde de Kaoryn, en la última isla hacia el este, la que colgaba sobre los acantilados que daban al Yermo, donde los mapas terminaban con una línea y nada más.
Treinta casas de piedra, un puente a la isla siguiente, cabras del vacío en los bordes, y una torre de vigía en la punta, con un fuego que se encendía cada noche y que desde la Mesa se veía como una estrella baja.
Era el fuego que decía “aquí termina lo nuestro, y seguimos aquí”.
Una noche, en el décimo mes, el fuego no se encendió.
Aerion lo vio desde la Mesa. Lo vio Elindra. Lo vio Alberion, que estaba de guardia en el borde sur y que llevaba media hora mirando hacia el este sin saber por qué, hasta que entendió que lo que miraba era un hueco donde debía haber una luz.
—Hierro —dijo Aerion, con la voz suave, al amanecer—. Cabañas uno a diez. Guardabarrancos. Vamos a Orl.
*
Eran medio centenar de cadetes de dieciséis años en cuarenta guardabarrancos, con Aerion delante y Elindra detrás, y volaron hacia el este con el sol saliendo de frente, sobre las islas, sobre los puentes, sobre el último trecho de vacío donde ya no había islas y solo quedaba, abajo, el borde del acantilado y, más allá, una niebla gris que no se levantaba nunca y que era lo único que Oryndor conocía del Yermo de Nadie.
Orl estaba vacío.
No destruido. Vacío. Las puertas abiertas.
Las mesas puestas. Un pan a medio cortar en una cocina.
Cabras sueltas en el puente. Y ni una persona, ni un cuerpo, ni un rastro de lucha, en treinta casas de piedra, salvo en la torre del vigía, donde el fuego estaba apagado y, clavada en la madera de la puerta, había una lanza.
Negra. De asta negra, de punta negra, de un metal que no brillaba. Y en el asta, grabado, un signo que Alberion no conocía y que Aerion, al verlo, se quedó mirando como se mira una cosa que uno esperaba no ver nunca más.
—¿Qué es? —dijo Hara.
—Una firma. —Aerion arrancó la lanza de la puerta—. Hace dieciséis años había mil de estas clavadas en las puertas de Kaoryn. Las clavaban antes de llevarse a la gente. Nunca se supo adónde se la llevaban.
*
Lo que pasó después no lo esperaba nadie, y Aerion lo había esperado toda su vida.
Fue Alicia quien lo vio. Alicia, que miraba todo, que estaba en el borde de la isla con su guardabarranco pequeño mirando hacia la niebla del este, y que dijo, con su voz pequeña y clara, sin levantarla:
—Viene algo.
Y de la niebla salió.
No era un guardabarranco. No era un pájaro.
Era una cosa con alas, negra, del tamaño de cinco guardabarrancos, con el cuello largo y la cabeza de hueso y unas alas de membrana que no batían sino que se arrastraban por el aire, y venía despacio, desde el Yermo, hacia Orl, y a medida que se acercaba se oía: un chirrido, como de metal contra metal, que salía de algún sitio de la cabeza de hueso y que hacía que los guardabarrancos, los cuarenta, se encogieran.
—Arriba —dijo Aerion—. Todos. Ahora. No lo enfrenten. Vuelen.
Volaron. Cincuenta cadetes en cuarenta guardabarrancos, hacia arriba, hacia el oeste, y la cosa negra los siguió, y era más rápida de lo que parecía, y en el aire sobre Orl, por primera vez en cinco años, la Compañía de Hierro peleó de verdad.
*
Fue un caos. Alberion lo recordó después como se recuerda una tormenta: a pedazos.
Guardabarrancos girando. La cosa negra pasando entre ellos con la boca de hueso abierta.
Un cadete de la cabaña tres cayendo del lomo y Hara, en su guardabarranco grande, bajando en picada y agarrándolo del brazo a cincuenta varas del acantilado.
Lucian gritando órdenes desde el suyo con una voz que no era de chiste.
Eduart, en el viejo que no tenía prisa, lanzando desde arriba lo único que tenía, piedras de la torre de Orl, con una puntería que nadie le conocía.
Ikki pasando por debajo de la cosa negra con el guardabarranco de mal genio, tan cerca que tocó la membrana del ala con el cuchillo y la rasgó, y el chirrido se hizo un grito.
Y Alberion, en el joven, viendo.
Viendo con esos ojos suyos lo que nadie veía: que la cosa negra no volaba bien.
Que las alas de membrana no leían el viento, lo empujaban, y que cada vez que una corriente subía de los barrancos la cosa se tambaleaba un segundo antes de corregir.
Que tenía, en la base del cuello largo, donde la cabeza de hueso se unía al cuerpo, un punto donde las escamas negras no cerraban del todo, y que cuando giraba a la izquierda ese punto quedaba al descubierto durante lo que tarda una respiración.
—¡Ikki! —gritó—. ¡Cuando gire a la izquierda! ¡El cuello, abajo, donde se junta!
Ikki no preguntó. Ikki, el que no se soltaba, el que había dicho “si me avisas, vale”, lanzó el guardabarranco de mal genio hacia arriba, y esperó, y la cosa negra giró a la izquierda detrás de Lucian, y Alberion vio el punto, y gritó “¡ahora!”, e Ikki bajó.
Y no llegó.
Porque antes que él, desde arriba, desde donde las nubes pasaban rápido, bajó otra cosa. Una sombra con cola. Enorme. Verde y azul según la luz. Y en el lomo, de pie, un jinete con capa negra.
El guardabarranco viejo cayó sobre la cosa de hueso como había caído sobre un lobo en una pradera hacía cinco años, con las alas abiertas más anchas que una carreta, y el jinete de la capa negra se inclinó, y Alberion vio que no tenía espada, que no la había tenido nunca, y que lo que tenía en la mano era la lanza negra de la puerta de Orl, y que la clavó, en el punto del cuello, donde las escamas no cerraban, con una fuerza que no parecía de hombre.
La cosa negra gritó. Un grito que no era chirrido, que era de algo vivo que se muere, y cayó.
Cayó despacio, girando, con las alas de membrana sueltas, hacia el acantilado, hacia la niebla, y al pasar el borde la lanza se soltó del hueso y quedó clavada en la roca, y la cosa se perdió en la niebla, y el grito se perdió también.
Y el jinete de la capa negra, de pie en el guardabarranco viejo, en el aire sobre Orl, se volvió hacia Alberion.
Se quedaron así. A veinte varas. Él en el joven, con la pluma en el bolsillo de la flor junto al anillo de su padre. El otro en el viejo, con la capa negra al viento y la cara en sombra bajo la capucha, y por debajo de la sombra, el pelo de un color que no se decidía.
No dijo nada. Alberion tampoco. Pero esta vez, Alberion no apartó los ojos, y esta vez, el otro tampoco, y lo que pasó entre los dos en esas veinte varas de aire fue lo que pasa entre dos personas que saben lo mismo y han decidido, cada una, esperar a que la otra lo diga.
Después el jinete inclinó la cabeza. Un dedo.
Y el guardabarranco viejo se fue hacia el oeste, hacia Aurenthal, y la Compañía de Hierro se quedó sola sobre Orl con cuarenta guardabarrancos jadeando y medio centenar de cadetes de dieciséis años que acababan de ver lo que sus padres habían visto hacía dieciséis y de lo que nadie les había hablado.
*
Aerion no preguntó quién era el jinete. Nadie preguntó.
Elindra tenía la cara de piedra de Yira cuando le vendía pan al pastor.
Y de vuelta en la Mesa, esa noche, con los guardabarrancos dormidos y la lanza negra sobre la mesa del comedor como una cosa que nadie quería tocar, Aerion habló por fin, con esa voz suave que casi no se oía, a las diez cabañas:
—Lo que vieron se llama ave de hueso. No es de Oryndor.
Es del Yermo. Hace dieciséis años había cien.
Y lo que las trae tiene nombre, y ustedes, los que estuvieron en Thalassar, lo oyeron después de boca de Alberion.
No lo voy a repetir. Lo que les voy a decir es esto: faltan dos meses para que terminen.
Y lo que sea que viene, viene antes de eso o después, y si viene antes, van a ser cadetes con cuchillo.
Y si viene después, van a ser caballeros con espada.
—Los miró—. Yo preferiría lo segundo. Duerman.
*
Esa noche Alberion no durmió. Se sentó en el borde de la Mesa, con el lobo, que había subido el acantilado por el camino de un paso de ancho detrás de la yegua ceniza, mirando hacia el este, hacia la isla de Orl donde ya no había fuego.
Ikki llegó. Se sentó a su lado.
—Lo vi —dijo.
—Ya sé.
—No tiene espada.
—Nunca la tuvo.
—Y mató esa cosa con una lanza negra. —Ikki miró el vacío—. ¿Qué es?
Alberion lo pensó. Pensó en la biblioteca: “todo lo que Agaton cargaba”. Pensó en el pastor diciendo que era su amigo, no suyo. Pensó en un hombre que no usaba lo que llevaba, que solo lo guardaba, y que lo daba.
—Es alguien que carga una cosa que no puede usar —dijo—. Y que está esperando a dársela a alguien que sí.
Ikki tardó en contestar.
—¿A ti?
—No sé.
—Sí sabes.
Alberion no dijo nada. Y después llegó Tessa, y se sentó del otro lado, y le tomó la mano, y después Hara, y Eduart, y Lucian, y Alicia, uno a uno, sin decir nada, hasta que estuvieron los siete sentados en el borde de la Mesa mirando hacia el este, con el lobo delante, y Alberion pensó en lo que su madre le había dicho en la puerta del norte hacía cinco años: “Vas a conocer a uno o dos que darían la vida por ti sin pensarlo. A esos no los sueltes nunca”.
Eran seis. Habían sido siete. Y en dos meses iban a levantar una espada o no, y después de eso venía lo que venía.
—Mañana sí vale —dijo Ikki, muy bajo, a nadie.
Y seis voces dijeron “sí vale”, y el lobo levantó una oreja, y en el este, en la niebla, no se encendió ningún fuego.