Capítulo XXII — Los guardabarrancos eligen
Capítulo XXII — Los guardabarrancos eligen
Kaoryn no se puede describir desde abajo, porque desde abajo no se ve. Hay que subir.
La Compañía de Hierro subió a pie, los ciento sesenta y nueve que quedaban, por un camino tallado en la cara del acantilado gris que daba al mar, un camino de un paso de ancho con el vacío a la izquierda y la roca a la derecha, que subía en zigzag durante un día entero.
Abajo, el mar rompía contra las rocas con un sonido que llegaba tarde.
Arriba, el cielo. Y a media subida, cuando uno levantaba la cabeza, las veía: las islas.
Alberion las había imaginado cien veces desde que su madre se las contó.
No le sirvió. Eran islas. De piedra gris, de todos los tamaños, algunas del tamaño de una casa y otras del tamaño de una aldea, con pasto encima, con árboles retorcidos, con casas bajas de piedra y cabras, flotando sobre los acantilados a distintas alturas como si un dios hubiera lanzado al aire un puñado de tierra y se hubiera olvidado de dejarlo caer.
Entre ellas, los puentes: de piedra, delgadísimos, arqueados, que desde abajo parecían pinceladas y desde cerca no parecían nada que pudiera sostener un hombre.
Y entre las islas, en el vacío, pájaros.
Miles. Blancos, negros, pequeños, y de vez en cuando uno enorme, verde y azul, con una cola larga, que pasaba despacio como un barco.
—No miren hacia abajo —dijo Aerion, que iba delante con la armadura plateada y la voz suave—. No porque dé miedo. Porque aquí abajo no es donde pasan las cosas.
*
Ikki estaba en su casa, y se le notaba.
No habló en toda la subida. Iba segundo, detrás de Aerion, con la cara levantada hacia las islas, y cuando llegaron arriba, a la primera, la grande, la que llamaban la Mesa, con la aldea de la Academia encima, Ikki se detuvo en el borde de la roca, donde el pasto terminaba y empezaba el aire, y se quedó mirando el vacío con una cara que ninguno de los seis le había visto.
No era de competencia. Era de alguien que ha vuelto.
—Mi isla está allá —dijo, señalando hacia el norte, hacia una pequeña, baja, con tres casas—. La de las tres casas. Mi madre está en la de la izquierda.
—¿Vas a ir?
—Después. —Ikki miró a Alberion—. Primero quiero que veas una cosa.
Y lo que quería que viera lo vio todo el mundo esa misma tarde, porque Aerion los llevó al borde sur de la Mesa, donde el pasto bajaba hasta una cornisa, y les dijo que se sentaran, y esperó.
Y del vacío, de abajo, de los barrancos entre las islas donde no se veía el fondo, subieron.
Guardabarrancos. No veinte, como en Thalassar.
Cientos. Subían del barranco en espiral, con las alas abiertas y las colas largas detrás, verdes, azules, con el ojo en la punta, batiendo el aire con ese sonido de vela grande, y pasaban por delante de la cornisa, a diez varas, a cinco, mirándolos con un ojo y después con el otro, y seguían subiendo, y se perdían entre las islas, y volvían a bajar.
—Nacen en los barrancos —dijo Aerion, en voz baja—.
En las paredes, en nidos de barro, a cien varas del suelo.
Nacen ahí y mueren ahí. Y entre que nacen y mueren, guardan.
Se cuidan entre ellos. Cuidan las islas.
Cuidan a los que viven en ellas. Nadie se lo pidió.
—Miró a los cadetes—. Un guardabarranco no se monta.
Se le pide. Y él dice que sí o que no. En cuatrocientos años, a la mitad de los cadetes que pidieron les dijeron que no.
No es un castigo. Es que el guardabarranco sabe a quién puede cargar.
*
El primer mes fue de no caerse, y Lucian dijo que era la frase de siempre pero que esta vez la decía en serio.
Les enseñaron los puentes: a cruzarlos sin mirar los pies, porque mirar los pies en un puente de un paso de ancho sobre doscientas varas de nada era la manera más rápida de ir al fondo; a leer el viento en ellos, porque el viento en Kaoryn no era el de la pradera ni el del mar: subía de los barrancos, bajaba de las islas, giraba entre ellas, y un hombre en medio de un puente con una ráfaga de lado estaba muerto si no la había visto venir.
Y aquí Alberion ya no tuvo que aprender nada.
Lo veía. Lo veía todo, el viento entero de Kaoryn como un mapa abierto, cada corriente, cada remolino, cada ráfaga antes de que llegara, y Aerion lo miraba cruzar los puentes sin detenerse y no decía nada, y una vez le dijo a Elindra, sin bajar la voz, “ese ya estaba aquí antes de subir”.
Les enseñaron las cabras del vacío. Eran el animal de Kaoryn, y eran lo más parecido a Ikki que había en el mundo: pequeñas, fibrosas, de pelo gris y cuernos cortos, que vivían en las caras de los acantilados y en los bordes de las islas, y que saltaban.
Saltaban de una isla a otra cuando el hueco era de cinco varas, y bajaban a los barrancos por paredes donde no había nada donde poner una pezuña, y subían, y nunca se caían.
Ikki las seguía. Ikki, que había escalado todo lo que estaba más arriba de donde debía durante cuatro años, pasó el primer mes de Kaoryn siguiendo a las cabras del vacío por donde iban, y Elindra dejó de castigarlo porque Aerion dijo que no tenía sentido.
Y les enseñaron el nido. A cada cadete, al final del primer mes, Aerion le dio una cuerda, lo bajó por una pared del barranco hasta un nido de barro con un guardabarranco adentro, y le dijo: “Pide”.
*
A Alberion lo bajaron el tercer día.
Cien varas por una pared de roca gris con el viento subiendo del fondo y la cuerda en la cintura, hasta una cornisa donde había un nido de barro grande como una barca, y en el nido, un guardabarranco joven, de alas todavía cortas, que lo miró con un ojo y después con el otro, y Alberion se quedó en la cornisa y no supo qué decir.
—Pide —gritó Aerion desde arriba.
—¿Qué le pido?
—Lo que quieras. Él decide.
Alberion miró al ave. Pensó en la pradera.
En la sombra que le había caído encima al lobo.
En el pastor diciendo “no es de nadie, es mi amigo, hay diferencia”.
Y no pidió. Se sentó en la cornisa, a dos pasos del nido, con las piernas colgando sobre el vacío, y se quedó quieto, como con el lobo, como Tessa con la yegua, y esperó.
Esperó una hora. El guardabarranco joven lo miraba. Y en algún momento de esa hora, Alberion sacó del bolsillo de la flor la pluma, la del pastor, larga, verde y azul, con el ojo en la punta, y la sostuvo en la mano sin ofrecerla.
El guardabarranco joven la vio. Estiró el cuello. La olió, si es que los guardabarrancos huelen. Y después hizo algo que Aerion, arriba, con la cuerda en las manos, dijo que no había visto hacer a ningún guardabarranco con ningún cadete: bajó la cabeza. Hasta la rodilla de Alberion. Y la dejó ahí.
—Vale —dijo Alberion, muy bajo, y le puso la mano en el cuello como el pastor se la ponía al suyo—. Vale. Pero no eres mío. Eres mi amigo. Hay diferencia.
*
A Ikki le dijo que sí el primero que pidió, en el primer minuto, un guardabarranco de alas largas y mal genio que mordió a Aerion cuando lo bajaba y que a Ikki le puso la cabeza en el pecho.
A Hara le dijo que sí uno tranquilo y grande que después los zorros de lucero, que habían venido en la mochila sin que nadie lo supiera, aceptaron sin problema.
A Eduart, uno viejo que no tenía prisa. A Lucian, uno que gritaba.
A Alicia, uno pequeño, el más pequeño del barranco, que ella eligió antes de que él la eligiera porque, dijo, “era el que estaba mirando”. Y a Tessa le dijeron que no.
Tres veces. Tres nidos. Tres guardabarrancos que la miraron y se dieron la vuelta.
Tessa subió del tercero con la cara roja y los puños cerrados y no habló con nadie hasta la noche, y en la noche se sentó en el borde de la Mesa con la yegua ceniza, que había subido el acantilado por el camino de un paso de ancho sin un tropiezo porque era de Zareth, y Alberion la encontró ahí.
—Tres —dijo Tessa, sin mirarlo—. Tres me dijeron que no.
—Van a decir que sí.
—No. —Lo miró—. No van a decir que sí. Y está bien. Yo soy de Zareth. Lo mío es ella. —Puso la mano en el cuello de la yegua—. No todos tienen que volar. Alguien tiene que estar abajo.
Alberion no dijo nada. Se sentó a su lado. Y Tessa, después de un rato, puso la cabeza en su hombro, y fue la primera vez, y los dos se quedaron mirando las islas flotando contra las estrellas, y ninguno dijo nada, y no hizo falta.
Aerion, al día siguiente, confirmó lo que Tessa sabía: que había cadetes a quienes el aire no elegía, y que no era vergüenza, y que la Espada del Desierto, si la levantaba, no necesitaba alas.
Y Tessa asintió, y no volvió a bajar a un nido, y pasó el año aprendiendo a leer el viento desde el suelo, que era, dijo Aerion, lo que hacían los mejores caballeros de Zareth desde hacía cuatrocientos años.
*
La carrera fue en el tercer mes, y fue la última.
No lo sabían. Ikki la propuso como proponía todas, una mañana, sin avisar: de la Mesa a la isla de las tres casas, por el aire, en guardabarranco, y de vuelta.
Alberion dijo “sí vale” como lo decía siempre.
Y Elindra, que los oyó, no lo prohibió, porque Aerion le había dicho que en Kaoryn las carreras eran el entrenamiento.
Volaron. Ikki delante, en el guardabarranco de mal genio, bajo, rápido, pegado a las islas, pasando por debajo de los puentes como una cabra del vacío con alas.
Alberion detrás, en el joven, más alto, leyendo el viento, viendo las corrientes que subían de los barrancos y usándolas, y a mitad de camino, en el hueco grande entre la Mesa y las islas del norte, los dos iban iguales, y los dos gritaban, y la Compañía entera, en el borde de la Mesa, gritaba con ellos.
Y entonces Alberion vio algo.
Arriba. Muy arriba, más arriba que las islas más altas, donde el aire era frío y las nubes pasaban rápido. Una sombra. Grande. Más grande que ningún guardabarranco que hubiera visto en Kaoryn, con una cola larguísima, verde y azul según la luz, volando despacio, en círculos, como si mirara.
Y en el lomo, un jinete. Con túnica. Sin armadura. Con el pelo de un color que no se decidía.
Alberion dejó de volar. No frenó al guardabarranco: dejó de volar, dejó de leer el viento, dejó de competir, y se quedó en el aire con el ave joven planeando y la cara hacia arriba, mirando.
Ikki pasó por delante y ganó y gritó, y después se dio la vuelta y vio que Alberion no había llegado, y volvió, y lo encontró así, quieto en el aire, mirando hacia arriba.
—¿Qué ves?
Alberion no contestó. Arriba, la sombra grande dio una vuelta más. Y después, despacio, bajó. No hasta ellos; hasta un punto a cien varas, al mismo nivel, donde se quedó planeando, con el jinete de pie en el lomo como si estuviera en el suelo, mirándolos.
Era el Gran Maestro. Era Althoren. Y el guardabarranco era viejo, enorme, con la cola de dos plumas desnudas y los ojos azules en las puntas, y Alberion lo había visto por primera vez en una pradera de Valdyr, cayendo sobre un lobo y posándose después en una roca al lado de un viejo con tres ovejas, y por segunda vez en el cielo del campamento de Hierro la noche de los cinco, y ahora por tercera, y ya no había manera de no verla.
Lo entendió. Entero. De golpe, como se ve el viento la primera vez.
El pastor. El Gran Maestro. El jinete de capa negra en el claro del gigante.
El que había sacado a su madre en una carreta.
El cuarto caballero, el que tenía nombre y lo habían borrado.
Eran uno. Siempre habían sido uno. Y lo habían estado mirando desde la pradera, desde antes, desde una carreta a medianoche, con una atención que pesaba, esperando a que lo viera.
Althoren no dijo nada. Lo miró, desde cien varas, de pie en el lomo del guardabarranco viejo, y Alberion lo miró, y entre los dos no hubo una palabra.
Y después el Gran Maestro inclinó la cabeza, un dedo, como Aurelia hacía cuatro años en el claro, y el guardabarranco viejo abrió las alas, y subió, y se perdió hacia el este, hacia donde los mapas terminan.
—Alberion —dijo Ikki, a su lado—. ¿Qué viste?
Alberion tardó en contestar. Y cuando lo hizo, la voz le salió como en la biblioteca.
—Al pastor —dijo—. Es él. Siempre fue él.
Ikki no preguntó qué pastor. Ikki, el que entendía, lo había entendido en la biblioteca y lo había callado, y ahora miró hacia el este, hacia donde se había ido la sombra, y dijo:
—Ya sé. —Y después—: ¿Y qué vas a hacer?
—Nada. —Alberion giró el guardabarranco joven hacia la Mesa—. Esperar a que él lo diga. Él esperó cinco años. Yo puedo esperar un poco.
—Perdiste la carrera.
—Ya sé.
—Mañana sí vale.
—Siempre vale.
Y volvieron. Y en la Mesa, Tessa estaba de pie en el borde con la yegua, mirando hacia el este, porque ella también había visto la sombra, aunque no supiera qué era, y cuando Alberion bajó del guardabarranco le miró la cara y no preguntó nada.
Solo le tomó la mano. Y él la dejó, delante de todos, y Lucian dijo “ya era hora”, y Alicia dijo “desde el desierto”, e Ikki, por una vez, no dijo nada.