Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo XXI — Corteza amarga
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Capítulo XXI — Corteza amarga

Capítulo XXI — Corteza amarga

El cuarto año no empezó con un viaje, porque el bosque ya estaba ahí.

El Bosque Sagrado de Sylvar rodeaba Aurenthal como un anillo, y el campamento de la Compañía de Hierro estaba dentro de él desde el primer día; pero en tres años la Compañía no había entrado.

Habían caminado por el borde, por el camino de tierra apisonada, y habían mirado la luz verde desde fuera.

Ahora iban a entrar. Y la Caballera del Bosque, que los había mirado un dedo con la cabeza inclinada hacía tres años y no había vuelto a hablarles, se plantó delante de las filas una mañana de otoño con la armadura de corteza verde oscuro, el musgo en los hombros que no era musgo, y el zorro grabado, y dijo:

—No hay vacaciones este año. Aurenthal está en alerta.

Los que tengan familia, les escriben. Los que no, ya tienen.

Soy Aurelia. Mi casa gobierna Sylvar desde hace cuatro siglos, y eso no importa aquí.

Lo que importa es que el bosque no se aguanta, no se le pega, no se suelta.

El bosque se escucha. Y el que no escucha, el bosque se lo queda.

—Miró la cabaña siete, que eran siete—. Hay quien ya lo sabe.

Y entró en los árboles sin volverse, y la Compañía la siguió.

*

El bosque de verdad, el de dentro, no se parecía al borde.

El borde era grande. Esto era antiguo. Los árboles del borde eran anchos como casas; estos eran anchos como plazas, con raíces que salían del suelo a la altura de un hombre y se volvían a hundir, y copas tan altas que la luz verde llegaba abajo ya cansada, como luz de fondo de un lago.

Había helechos que les llegaban a los hombros.

Había hongos del tamaño de mesas en los troncos caídos, naranjas, blancos, de un azul que brillaba de noche.

Había lianas con flores de campana roja que, cuando uno pasaba, se cerraban.

Y había el silencio: no un silencio vacío, sino lleno, hecho de mil ruidos pequeños, de agua que goteaba de una hoja a otra, de algo que se movía detrás de un tronco, de un pájaro que llamaba y otro que contestaba desde lejos.

—Escuchen —dijo Aurelia, el primer día, y los sentó en círculo en el suelo de hojas y no dijo nada durante una hora.

Al principio no oían nada. Después oían todo.

Y después, hacia el final de la hora, Alberion oyó algo que no era sonido: que el bosque, como el hielo, como la arena, como el mar, tenía vetas.

Que los ruidos venían de ciertos sitios y no de otros, que los pájaros callaban en una dirección y hablaban en otra, y que esa dirección cambiaba, y que lo que la cambiaba era algo que se movía, grande, lento, a cien pasos a la izquierda.

—Hay algo ahí —dijo, muy bajo.

Aurelia lo miró.

—¿Qué?

—No sé. Grande. No tiene miedo.

—Bien. —Aurelia se levantó—. Es la primera cosa que tienen que aprender: el bosque les avisa. Siempre. Lo que está ahí es un tapir de senda. Y el que me diga qué es un tapir de senda, no hace guardia esta noche.

Eduart levantó la mano.

*

El tapir de senda era el animal del bosque que Eduart había esperado toda su vida ver, y lo dijo así, con esas palabras, sin vergüenza.

Era grande, del tamaño de un caballo pero más bajo y más ancho, con la piel gris oscura y una trompa corta y flexible que usaba para arrancar hojas, y unas patas gruesas que no hacían ruido.

No corría. No tenía por qué: en el bosque de Sylvar nada se atrevía a atacar a un tapir de senda, no porque fuera peligroso sino porque era el que hacía los caminos.

Donde pasaba, dejaba una senda. Y las sendas del tapir eran las únicas por las que un hombre podía cruzar el bosque profundo sin perderse, porque el tapir sabía dónde estaba el agua, dónde estaba el claro, y dónde no había que ir.

—Se le sigue —dijo Aurelia—. No se le monta, no se le caza, no se le molesta. Se le sigue de lejos, y se llega.

Eduart lo siguió. Durante dos meses. Con el cuaderno, a treinta pasos, sin que el tapir se diera por enterado o dándose por enterado y sin importarle, y apuntó cada senda, cada agua, cada claro, y al final de los dos meses tenía un mapa del bosque profundo que Aurelia miró, y volvió a mirar, y guardó.

—Sylvar no tiene este mapa —dijo—. Ninguna casa lo tiene. —Lo miró—. Eres de aquí.

—Sí, señora.

—Y nunca habías entrado.

—No me dejaban.

Aurelia asintió, con la cara de quien no dice nada que no haga falta y está pensando si decir una.

—Tu abuelo era guardabosques —dijo—. Lo conocí. Hacía mapas en la cabeza y no los escribía nunca. —Le devolvió el cuaderno—. Él estaría orgulloso de que tú sí.

*

Los zorros fueron de Hara.

Nadie lo decidió. Fue que los zorros de lucero, los animales pequeños del bosque, con el pelaje rojizo y una mancha blanca en la frente que de noche brillaba como una estrella, no se acercaban a nadie, salvo a ella.

Aurelia dijo que los zorros de lucero elegían.

Que en cuatrocientos años de Academia, uno de cada cien cadetes del bosque se encontraba una noche con un zorro de lucero sentado a sus pies, y que eso no se pedía ni se ganaba: pasaba o no.

A Hara le pasó la tercera noche. Estaba de guardia, sola, en el borde de un claro, y oyó un ruido pequeño y bajó la vista y había un zorro.

Sentado. Mirándola. Con la estrella de la frente encendida.

Y después otro, detrás. Y otro. Cinco zorros de lucero sentados en semicírculo alrededor de Hara de Sylvar, en silencio, como una guardia.

Hara no se movió. No por valor; porque sabía que moverse era lo único que no debía hacer, igual que Alberion con el lobo.

Se quedó de pie toda la guardia con cinco estrellas a sus pies, y cuando llegó el relevo, los zorros se fueron, y Hara volvió a la tienda y no dijo nada, y al día siguiente los zorros volvieron.

—¿Qué significa? —le preguntó Lucian a Aurelia, porque Hara no preguntaba.

Aurelia miró a Hara, que estaba de pie junto al fuego con un zorro dormido sobre las botas.

—Que el bosque la eligió para mandar —dijo—. Y que ella ya lo sabía, y por eso no pregunta.

*

Y hubo la pantera.

Era el animal que se temía en Sylvar, como el lobo en Valdyr y el escorpión en Zareth y el tiburón en Thalassar.

Negra, grande, silenciosa, que vivía en lo profundo y que no se veía nunca hasta que estaba encima.

Aurelia les dijo que la pantera no cazaba hombres, que cazaba lo que estaba solo, y que un hombre solo en el bosque profundo era lo que estaba solo.

La vieron una vez. Fue Tessa.

Se había separado del grupo, de día, porque la yegua ceniza se había asustado de algo y había corrido, y Tessa había ido detrás, y a doscientos pasos, en un claro con un arroyo, encontró a la yegua quieta, temblando, mirando hacia arriba.

Y arriba, en una rama, a tres varas, tendida como una sombra con ojos, estaba la pantera.

Tessa no gritó. Tessa, que tenía los puños cerrados antes de que la insultaran, que montaba mejor que nadie, que había decidido en la cresta de una duna que se iba por las estrellas, se quedó quieta.

Y le habló. En la lengua vieja de los oasis, bajo, como le había hablado a la yegua la primera tarde, y no supo nunca si la pantera entendió, pero la pantera la miró mucho rato, y después bostezó, enorme, con los colmillos blancos, y se dio la vuelta en la rama y se fue.

Cuando Tessa volvió al grupo con la yegua de la rienda, con la cara blanca debajo de las pecas, Alberion fue el primero en verla, y la vio con esos ojos suyos, y vio que le temblaban las manos y que las escondía.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—Tessa.

—Nada. —Lo miró—. Había una pantera. Me miró. Me fui. No le dije a nadie porque no quiero que Aurelia me ponga guardia.

Alberion no dijo nada. Pero esa noche, junto al fuego, se sentó al lado de ella sin pedir permiso, como ella se había sentado a su lado en el muro después de Bastos, y no se fue, y Tessa no lo echó.

*

La planta del bosque se llamaba corteza amarga, y era la de Aurelia como la baya era de Tharion y el fruto de Kael.

Crecía en un solo árbol, en lo profundo, un árbol de corteza gris con vetas amarillas que Aurelia dijo que tenía más años que Oryndor, y la corteza, raspada y hervida, daba un líquido oscuro que no se podía tragar sin que la cara se arrugara entera, y que curaba lo que ninguna otra cosa curaba: la fiebre del bosque, las heridas que se pudrían, la picadura de la araña que vivía en los hongos azules.

Y con ella, hervida con el hierro, se templaba el acero verde: la armadura de Aurelia, que no era de placas sino de corteza, y que, les dijo, no se podía atravesar con una flecha porque la corteza amarga, en el hierro, hacía lo que hacía en el árbol: cerrar lo que se abre.

—Lo que cura, protege —dijo—. Como en Zareth lo que calienta protege del calor. Todas las armaduras son así. Están hechas de lo que el lugar tiene para dar. Por eso un caballero de la nieve no se abriga con la del desierto. No es cuestión de color. Es cuestión de a qué perteneces.

Y fue Eduart quien encontró el árbol, por supuesto, siguiendo al tapir de senda; y fue Hara quien subió a rasparle la corteza, porque los zorros de lucero la guiaron hasta la rama; y fue en esa rama, a diez varas del suelo, con la corteza amarga en una mano y Eduart abajo sosteniendo la cuerda con la cara hacia arriba, cuando Hara lo miró, y él la miró, y los dos se quedaron un momento más de lo necesario.

Alicia lo vio. Alicia estaba abajo, con la libélula en el hombro, y vio la mirada, y vio a Lucian al lado verla también, y los dos, por una vez, se miraron entre ellos con la misma cara.

—¿Tú también? —dijo Lucian, muy bajo.

—Desde el desierto.

—¿Desde el desierto? Yo desde la loma.

Y Alicia se rio, bajito, por primera vez en un año, y Lucian la oyó y se quedó mirándola, y después miró a Ikki, que estaba del otro lado del claro con los ojos fijos en Alicia, y entendió otra cosa, y se calló, cosa que en Lucian ya iba siendo costumbre.

*

Las medallas del bosque eran verdes, de hierro templado con corteza amarga, con una hoja grabada, y Aurelia las dio al final del año en el claro del árbol viejo, sin discurso, uno por uno, y cuando llegó a la cabaña siete se detuvo.

Les dio las siete. Y después hizo algo que no hacía con nadie: sacó de debajo de la armadura una cosa pequeña y verde y se la puso a Hara en la mano. Era una hombrera. Pequeña, de cuero verde, con un zorro.

—No es un rango —dijo—. Todavía. Es una promesa. Cuando levantes la espada, si levantas la del bosque, esta va en tu brazo izquierdo. —La miró—. Los zorros no se equivocan.

Hara la tomó. Y por primera vez en cuatro años, a Hara de Sylvar, la noble, la firme, la que daba el paso exacto, se le vio algo en la cara que no era firmeza, y lo tapó enseguida, pero Eduart lo vio, y lo apuntó, y después arrancó la página porque algunas cosas no se apuntan.

Esa noche, en el campamento, mientras Hara guardaba la hombrera verde como Alberion guardaba un anillo, Alberion se sentó en el muro con el lobo, con cuatro medallas en el brazo, mirando hacia el este, hacia donde el bosque se acababa y empezaba Kaoryn, y la pluma del guardabarranco estaba en el bolsillo de la flor junto al anillo.

Faltaba un año. Faltaba el cielo.